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Su espectacular pacto bautismal

MELISSA BARREIRO/la trompeta

Su espectacular pacto bautismal

El amor del Padre (Capítulo Uno)

Continuación de La angustia de un padre, la alegría de un padre

¡Nosotros no entendemos el amor de Dios el Padre con la suficiente profundidad!

Si viéramos verdaderamente la pasión que Él siente por Sus hijos engendrados por el Espíritu, y por la gente de este mundo, esto nos llevaría a arrodillarnos en humilde gratitud. Nos inspiraría más amor y devoción para servirle.

Uno ve ese amor en el pacto bautismal.

El bautismo es la ceremonia más importante y significativa en la vida. ¡Es un pacto glorioso e inspirador entre un ser humano y el Dios Todopoderoso!

Cuando nos bautizamos, recibimos toda una serie de promesas y bendiciones de Dios. Es difícil comprender plenamente la inversión que Dios hace en nosotros en ese momento.

Dios no se toma esto a la ligera. A partir de ese momento, ¡Él se compromete con nuestro éxito espiritual eterno de una forma intensa y personal!

Y se entristece profundamente cuando uno de Sus hijos engendrados rompe ese pacto con Él.

Santificado por el Padre

Dios el Padre es quien nos llama. Juan 6:44 nos dice: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere…”. El Padre debe traernos a Él antes de que podamos llegar a conocerlo verdaderamente a Él y a Jesucristo.

¿Se da cuenta de lo selectivo que es Dios al llamar a alguien? ¿Cuánto esfuerzo pone en decidir a quién llamar?

El primer versículo de la epístola de Judas nos permite comprender mejor este proceso. Esta carta está dirigida “a los santificados en Dios Padre, y guardados en Jesucristo, y llamados” [traducción nuestra según el orden usado en la versión King James para estas tres palabras]. La palabra llamados se lee mejor como invitados . Esta palabra es bastante diferente de como se usa en Mateo 22:14, donde Cristo dice que “muchos son llamados, y pocos escogidos”. Acá se refiere a Dios invitando personalmente a alguien a ser parte de Su Familia. Y este versículo muestra que antes de que Dios llame a un individuo, Dios el Padre lo santifica a él o ella.

El Padre es cuidadosamente selectivo cuando aparta a esa persona. Luego le da a Jesucristo el trabajo de guardar a esa persona. El individuo debe ser protegido del diablo y sus demonios que buscan destruirlo.

Durante ese período, Dios evalúa para medir la probabilidad de que esa persona ingrese exitosamente en Su Familia. Seguramente Él observa para ver cómo reacciona esa persona a Su verdad, a Su corrección, o a un desafío o prueba que Él permita o envíe.

Sólo después de que esa persona haya pasado tal escrutinio, Dios extiende esa invitación, ¡la mayor invitación que Dios dará por toda la eternidad! Esto sin duda significa que muchos que son santificados no son invitados.

Cuando usted entiende cuán especial y exaltado es ese llamamiento, y al reconocer lo que está en juego eternamente, el hecho de que el Padre sea tan cuidadoso y selectivo tiene perfecto sentido.

¡Cada persona con la que Dios trabaja es superespecial para Él! Él conoce y ama profundamente a ese individuo.

Y cuando ese individuo es bautizado en Su Familia, entrando en un pacto con Dios, ¡eso aumenta enormemente su estatura espiritual!

Engendrado por el Padre

Tras el bautismo, un ministro de Dios impone las manos sobre la persona y ora por ella. Con esa oración, la persona recibe el mayor regalo del universo. Dios imparte una pequeña porción de Su poder espiritual, el Espíritu Santo.

Eso es lo que hace a una persona cristiana: la morada del Espíritu Santo (Romanos 8:9).

En ese momento, ¡el Padre engendra a esa persona como Su propio hijo! Ese Espíritu es como un espermatozoide que fertiliza un óvulo: ¡es el comienzo de una nueva vida espiritual!

Sólo el Padre nos engendra; ni siquiera Cristo lo hace. ¡Qué asombroso es ser engendrado por Dios el Padre!

¿Puede usted entender cuán importante es esto para Dios? Cuando el Padre engendra un hijo, ¡eso significa todo para Él! Eso está en el corazón de Su plan maestro. ¡Por eso creó al hombre! El Padre está reproduciéndose a Sí Mismo en seres humanos, creando más seres Dios a Su propia imagen de carácter espiritual.

Espor esto que Él hizo el sacrificio supremo, al enviar a Su Hijo a la Tierra y permitirle morir, ¡para ofrecerle a usted la oportunidad de nacer en Su Familia eterna!

Zacarías 9:11 menciona “la sangre de tu pacto”. El hebreo muestra que se refiere a un “pacto de sangre”. ¡Cristo, quien fue Dios en la carne, dio Su propia sangre para hacer posible este pacto! Debemos ver el precio sangriento que se pagó para darnos esta oportunidad y reconocer cómo demuestra el amor y la devoción sin paralelo de Dios. (Lea sobre esto en el Capítulo 7 de mi folleto gratuito Zechariah—The Sign of Christ’s Imminent Return [ Zacarías: La señal del inminente regreso de Cristo, disponible sólo en inglés].)

En la Familia de Dios, no hay hijos accidentales, como un embarazo accidental. ¡Dios lo calcula hasta el más mínimo detalle!

El Padre tiene un amor ferviente por cada individuo en quien ha plantado Su Espíritu Santo. Somos Su Familia, y Él se asegura de que seamos cuidados si somos leales a Él. No va a permitir que Sus hijos sean descuidados o maltratados. ¡Qué amor tiene el Padre por nosotros!

Dios permite que haya pruebas en nuestras vidas, pero incluso esas son bendiciones: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman” (Santiago 1:12). ¡El Padre quiere darle una corona de vida! Esto contrasta radicalmente con la flor que se marchita de esta vida (versículos 10-11). Si usted Lo ama, lo que significa que ama Su ley y al gobierno que la enseña, ¡entonces nadie puede romper la promesa de vida eterna divina que Dios le ha hecho!

¿Ama usted a Dios como Él lo ama a usted? ¿Está usted demostrando ese amor cada día? No podemos permitirnos responder estas preguntas a la ligera.

Nuestro entierro en el bautismo

El apóstol Pablo sabía que todos somos pecadores (Romanos 3:23). Sabía que no había nada que pudiéramos hacer, por nosotros mismos, para borrar esa pena de muerte. Todos necesitamos un Salvador. Por la gracia de Dios, después de que nos arrepentimos, Él remueve la pena por nuestros pecados contra la ley de Dios.

Pablo también tenía claro que, después de aceptar a Jesucristo como nuestro Salvador, necesitamos vivir según la ley de Dios. Esto también requiere un milagro.

Después de explicar en Romanos 5 acerca de la gracia y el sacrificio de Jesucristo, Pablo dice: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo, viviremos aún en él?” (Romanos 6:1-2). ¿Ha desaparecido la ley a causa de la gracia? Pablo responde con un rotundo ¡no!

Luego explica el simbolismo inspirador de la ceremonia bautismal. Debemos entender este simbolismo para comprender por qué necesitamos el Espíritu Santo y por qué Cristo debe vivir en nosotros hoy.

“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?” (versículo 3). Pablo dice que fuimos bautizados en la muerte de Cristo. Señaló en el capítulo anterior que somos justificados por la muerte de Cristo y salvados por Su vida (Romanos 5:9-10).

En el bautismo, nos sumergimos totalmente bajo el agua, lo que es un entierro simbólico (p. ej., Mateo 3:16; Hechos 8:36-38). El viejo hombre carnal muere con Jesucristo. Pablo lo explica con más detalle: “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Romanos 6:4).

¡Ahora empezamos a ver la importancia del Espíritu Santo y por qué es la vida de Cristo que nos salva! Así como Cristo fue resucitado, o levantado de entre los muertos, nosotros nos levantamos de esa tumba acuosa y procedemos a andar en vida nueva por el poder del Espíritu Santo de Dios.

Aceptamos enterrar al viejo yo, y cuando somos bautizados, ese viejo yo muere. Pablo lo deja claro: “Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección” (versículo 5). El bautismo simboliza tanto una muerte como una resurrección. En el bautismo morimos como lo hizo Jesucristo, y cuando salimos de esa tumba acuosa, vivimos como Él vive, ¡no por nuestro propio poder, sino por el poder del Espíritu Santo de Dios!

Nuestros pecados han sido perdonados. ¿Pero excusa el pecado nuestro bautismo? ¿Cubre pecados futuros? Pablo continúa: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (versículo 6). El bautismo simboliza una ruptura completa. ¡Es una línea entre la muerte y la vida, entre el pecado y la justicia!

Para que “andemos en vida nueva” para que “no sirvamos más al pecado”, Dios nos da el don de Su Espíritu Santo mediante la imposición de manos inmediatamente después del arrepentimiento y el bautismo. Andar en “vida nueva” significa que ahora vivimos una vida guiada por el Espíritu de Dios (Romanos 8:14).

El Espíritu Santo por el cual Dios nos engendra como Sus hijos después del bautismo es el mismo poder por el cual comenzamos a vencer el pecado y en realidad asumir la naturaleza divina de Dios Mismo. ¡Es por ese poder que Jesucristo resucitado vive en nosotros!

Guiados por el Espíritu

Muchos de ustedes que leen esto probablemente hicieron este pacto bautismal debido a las enseñanzas del difunto Herbert W. Armstrong. Recuerde lo que él enseñó sobre esto.

El anticipo del Espíritu de Dios imparte la mente de Dios. El Sr. Armstrong dijo en un sermón de julio de 1983 que esto significa que Dios inyecta “Su vida [y] también Su mente, también Su carácter, también Su actitud de amor, de cooperación, de dar, de preocupación por los demás así como por uno mismo. Altruismo en lugar de egoísmo”.

Cuando somos guiados por el Espíritu Santo, éste produce frutos espirituales en nuestras vidas que proceden directamente de Dios: Su amor, alegría, fe y otras cualidades (Gálatas 5:22-23). Ese Espíritu también nos da entendimiento espiritual (1 Corintios 2:9-14). ¡Qué regalo tan incomparable!

1 Juan 4:2 muestra que, por medio del Espíritu Santo, Jesucristo “ha venido en carne”. El tiempo del verbo griego traducido ha venido significa está viniendo. Podría leerse “ha venido y sigue viniendo” o “está viniendo ahora”. ¡Cristo Mismo está morando en nosotros en Espíritu! Y cuando Cristo está viviendo en nosotros, tenemos vida (1 Juan 5:12). ¡Esa es una verdad asombrosa!

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5). La mente misma de Dios viene a través del Espíritu. Debemos dejar que Su mente esté en nosotros. Él no lo forzará.

“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios” (Romanos 8:14). ¡Qué declaración tan profunda! Si hemos de nacer como hijos de Dios, simplemente tener el Espíritu de Dios no es suficiente: ¡Debemos ser guiados por ese Espíritu!

Esta es una gran razón por la que hay tan pocos en la “manada pequeña” de Dios (Lucas 12:32), Su verdadera Iglesia. Dios lo deja en sus manos.

Si no seguimos la dirección del Espíritu de Dios, estamos apagando el Espíritu (1 Tesalonicenses 5:19), ¡y corremos el riesgo de perderlo!

El Padre quiere guiar a Sus hijos. Quiere que le sigamos como lo hace Su Hijo Jesucristo. Cristo dijo: “Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:29). Esta es una de mis escrituras favoritas, si no la favorita. ¡Qué hermosa actitud tenía Cristo! ¡No es de extrañar que el Padre llamara a Jesús “mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”! (Mateo 3:17; 17:5).

Si amamos a nuestro Padre, usaremos Su Espíritu para guardar Sus mandamientos voluntariamente y con alegría (1 Juan 5:3). Así es como Le demostramos que Le amamos.

Si somos guiados por el Espíritu de Dios que mora en nosotros, esforzándonos siempre por agradar a nuestro Padre, ¡entonces Él hará todo por nosotros! “Y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Juan 3:22). ¡Imagínese recibir cualquier cosa que le pida a Dios! Pero para obtener eso, usted debe hacer más que simplemente obedecer a su Padre celestial por deber. ¡El apóstol Juan está tratando una actitud de querer hacer todo lo posible para agradar a su Padre! ¡Esa actitud hace que sus oraciones sean respondidas! Por supuesto, usted estará pidiendo por aquellas cosas que le agradan a Dios.

Obviamente, Dios sólo nos dará lo que es bueno para nosotros. Pero este versículo muestra que no debemos poner límites a lo que Dios podría darnos, siempre y cuando seamos obedientes y Le pidamos con una actitud correcta. Esa es la fórmula del éxito que siguió Cristo.

¿Dejaría solo un padre a un hijo que tuviera esa actitud? ¡No! ¡Destrozaría a un batallón de soldados para salvar a ese hijo! Asuma esa actitud, y su Padre celestial intervendrá en su vida y hará que sucedan cosas espléndidas para usted.

¡Esta es la amorosa relación familiar que Dios nos ofrece cuando entramos en ese pacto bautismal con Él!

Arrepentíos y creed

El Padre quiere dar generosamente estos dones gloriosos, pero hay condiciones que debemos cumplir primero.

Cuando la Iglesia del Nuevo Testamento comenzó en Pentecostés del año 31 d. C., el apóstol Pedro dijo: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38). El arrepentimiento es un prerrequisito para ser bautizado y recibir el Espíritu de Dios. Y hay que señalar que el arrepentimiento continuo es clave para mantener el Espíritu de Dios (p. ej., Salmo 51, especialmente el versículo 11).

Antes del bautismo, Dios nos guía a arrepentirnos de la forma en que hemos estado viviendo, una vida contraria a Su ley (Romanos 2:4). Nos arrepentimos no sólo de lo que hemos hecho, sino de lo que somos.

El Sr. Armstrong escribió que el arrepentimiento “es un cambio total en la mente, el corazón y el rumbo en la vida. Es un cambio hacia un nuevo camino de vida. Es rechazar el camino egocéntrico de la vanidad, el egoísmo, la codicia, la hostilidad a la autoridad, la envidia, los celos y la falta de interés por el bienestar de los demás, y volverse hacia el camino centrado en Dios, de la obediencia, la sumisión a la autoridad, del amor hacia Dios mayor que el amor por uno mismo y del amor y la preocupación por los demás seres humanos igual a la que se tiene por uno mismo” (Qué significa… conversión?).

Muchos malinterpretan que el arrepentimiento significa tristeza. El arrepentimiento en realidad significa cambio. Merriam-Webster define arrepentir como “volverse del pecado…”. Volverse del pecado, cambiar su anterior forma de vida, significa volverse a obedecer la ley de Dios.

Además del arrepentimiento, debemos “creer”: conocer y aceptar que Jesucristo murió por nosotros (por ejemplo, Marcos 16:15-16; Hechos 8:12, 36-38; 16:30-31). Esto significa que Él pagó la pena de muerte por nuestros pecados pasados (Romanos 6:23). Esta creencia, o fe en la sangre derramada de Jesucristo como pago por nuestros pecados, se manifiesta exteriormente mediante el bautismo.

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). Debemos tener fe en esa sangre y en el hecho de que Él pagó la pena por “los pecados pasados” (Romanos 3:25).

Durante la ceremonia bautismal, el ministro de Dios le pregunta lo siguiente al miembro potencial de la Familia de Dios: “¿Se ha arrepentido de sus pecados y ha aceptado a Jesucristo como su Salvador personal?”. El individuo es bautizado después de que dice que sí.

Compromiso de todo corazón

El bautismo es sólo el punto de partida de toda una vida de conversión y esfuerzo por parecerse cada vez más a Dios. ¡Es un compromiso de obedecer a Dios y reemplazar nuestros pensamientos, emociones y deseos carnales con los pensamientos de Dios Mismo! ¡Debemos pensar como Dios! Eso es muy difícil de lograr. Debemos crecer constantemente en nuestra conversión. Y debemos resistir hasta el final. Todo ello forma parte de nuestro compromiso bautismal.

Jesucristo dijo: “Si alguno viene a mí y no aborrece [o ama menos en comparación] a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:26-27).

¿Comprende la seriedad del compromiso que hace cuando entra en este pacto con Dios? Usted promete que, sea cual sea la carga que Él le imponga, la soportará y seguirá a Dios cueste lo que cueste. Usted debe estar dispuesto a renunciar a cualquier cosa por esta causa, incluyendo a los miembros más cercanos de su propia familia. ¡Incluso puede que tenga que morir por ello!

Dios debe saber que nunca permitiremos que alguien o algo tenga prioridad sobre Él. “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (versículo 33). En el bautismo le decimos a Dios que, si es necesario, renunciaremos a cualquier cosa, haremos cualquier cosa e iremos a cualquier parte, ¡para obedecerle y mantenerle en primer lugar en nuestra vida!

Usted no puede entrar en ese pacto a la ligera. Antes de bautizarse, debe contar el costo.

La parte de Dios del pacto es segura. Efesios 4:30 dice de usted: “sellados para el día de la redención”. En el bautismo, Dios lo “sella”. Él no abandonará Su llamado. Si usted es guiado adecuadamente por el Espíritu, está prácticamente salvado, así es como Dios lo ve. Dios “llama las cosas que no son, como si fuesen” (Romanos 4:17).

En el bautismo, somos “sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13). ¡Es una “promesa” porque la parte de Dios es segura! Sin embargo, nosotros podemos romper ese sello con nuestras acciones. Nada está garantizado hasta que nazcamos como hijos, no sólo engendrados.

Los pactos pueden ser quebrantados por los hombres. Pero la Palabra de Dios no puede ser quebrantada. Este es el carácter que debemos construir para convertirnos en miembros de la Familia de Dios. ¡Nosotrosdebemos mantener nuestra parte de ese pacto bautismal!

Nuestro Padre está dedicado a nuestro éxito. No nos habría elegido si no creyera que podríamos lograrlo. Él anhela consumar este pacto con nosotros, y sólo puede hacerlo si cumplimos fielmente nuestra parte del acuerdo.

Reyes y sacerdotes

De nuevo, Efesios 1:13 llama a lo que recibimos en el bautismo “el Espíritu Santo de la promesa”. Es una promesa de Dios de algo aún mayor.

El versículo 14 lo llama “las arras [que significa garantía o anticipo] de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria”. Esa pequeña medida de Espíritu que Dios implanta en nosotros en el bautismo es un anticipo de nuestra herencia futura: Dios nos dará la medida completa de Su Espíritu Santo cuando lleguemos a ser seres espirituales, ¡hijos nacidos de Dios!

Dios da Su Espíritu a Sus hijos para empoderarnos para vencer y crecer. Pero ese don representa aún más. ¡Nuestro Padre tiene planes magníficos para Sus hijos! ¡Cuando Él hace ese pacto con nosotros en el bautismo, se está comprometiendo a establecernos en cargos supremamente exaltados en Su reino eterno!

1 Juan 2:20 dice: “Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas”. La New King James Version traduce unción como “ungimiento”. Recibir el Espíritu Santo significa que usted tiene un ungimiento del Santo, ¡de Dios Mismo!

En el Antiguo Testamento, los sacerdotes y los reyes eran ungidos con aceite cuando Dios los ponía en ese cargo (p. ej. Éxodo 30:30; 1 Samuel 16:13). Cuando usted es bautizado y recibe el Espíritu, representado por ese aceite en esas ceremonias de ordenación, ¡Dios lo unge como rey y sacerdote en embrión!

Juan dice “tenéis la unción”, tiempo presente, no “recibiréis una unción”. Dios lo ve como si estuviera completo.

Por eso Apocalipsis 1:6 y 5:10 utilizan el tiempo pretérito perfecto al decir que Dios “nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre…”. Una vez bautizados, ¡somos allí y entonces consagrados en los más altos cargos del Mundo de Mañana! En Su mente ya somos reyes y sacerdotes, aunque aún tenemos que asumir esos cargos. Después del bautismo, estamos siendo entrenados y preparados para gobernar este mundo.

¡Qué honor! En el bautismo somos como embriones espirituales en el vientre materno, apenas comenzando el proceso de conversión. ¡Qué asombroso e inspirador que, incluso en ese momento, Dios nos coloca en ese oficio sacerdotal real! Luego continúa amorosamente dándonos forma y moldeándonos para convertirnos en reyes y sacerdotes.

Dios tiene un enfoque tan positivo y lleno de esperanza para Sus hijos. Si permanecemos fieles, ¡nuestra doble corona eterna como reyes y sacerdotes está asegurada!

Esto también demuestra lo profundamente que Dios está involucrado en cada uno de los santos engendrados por el Espíritu. Piense en las emociones del Padre al elegir individualmente a cada uno de nosotros como miembro de la Familia real y sacerdotal que gobernará el mundo con Él en el Reino de Dios que pronto llegará. Es una oportunidad entre un millón que Él no da descuidadamente.

Jesucristo dijo a Sus discípulos: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay [o cargos]; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho. Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:2-3). Dios tiene muchos cargos que ocupar en Su templo futuro en Jerusalén, ¡y está preparando esos cargos ahora mismo para Sus primicias! ¡Estos mismos reyes y sacerdotes después tendrán más cargos en la nueva Jerusalén! Apocalipsis 3:12 promete que quien permanezca fiel al estándar de Filadelfia “nunca más saldrá” del templo de Dios. ¡Trabajaremos desde la casa del Padre para siempre!

¡Este destino debe conmovernos mucho más que cualquier otra cosa en nuestras vidas! La recompensa otorgada a estos sacerdotes-pilares, los cargos de más alto nivel en el Reino de Dios, ¡es magnífica más allá de las palabras! Y comienza con la unción espiritual que recibimos en el bautismo.

Si usted puede creerlo, hay un aspecto aún más asombroso e inspirador del pacto bautismal.

Un pacto matrimonial

Pocos comprenden esta verdad, pero el Antiguo Pacto era un pacto matrimonial. El Dios del Antiguo Testamento fue el Ser que más tarde se convirtió en Jesucristo. (Explico esta doctrina en el Capítulo 1 de mi libro gratuito El Eterno ha escogido Jerusalén.) El pacto que Dios hizo con el antiguo Israel en el Monte Sinaí en Éxodo 19 y 24 fue un acuerdo matrimonial. Lea Ezequiel 16, que describe el matrimonio de Dios con Israel. El versículo 8 dice: “… Te di juramento y entré en pacto contigo, dice [el Eterno] Dios, y fuiste mía”.

Lamentablemente, Israel rompió su “voto matrimonial”, por así decirlo. Como dice el versículo 32, se convirtió en “mujer adúltera, que en lugar de su marido recibe a ajenos”. En los versículos 38-39, se compara a Israel con “las adulteras” [mujeres que rompen el matrimonio, versión King James]. En Jeremías 3:14, Dios suplica: “Convertíos, hijos rebeldes (…) porque yo soy vuestro esposo…”. Esa historia muestra cómo los seres humanos pueden fallarle a Dios, incluso cuando Él les ofrece una oportunidad tan especial y gloriosa.

Ezequiel 16 sí describe el matrimonio del Antiguo Pacto con el antiguo Israel, pero es sobre todo una profecía sobre un matrimonio del Nuevo Pacto con la Iglesia de Dios de hoy. Ese es el enfoque.

En el versículo 8, la expresión “extendí mi manto sobre ti” es un símbolo de matrimonio. Dios dice fuiste mía, te convertiste en mi esposa. ¿Cuándo ocurre eso? A nivel individual, ocurre en el momento en que somos bautizados.

Este es quizá el aspecto más electrizante del pacto bautismal. En el bautismo, las primicias hacen un pacto matrimonial para obedecer a Dios y nacer de nuevo como la esposa de Cristo. Decimos que nos casaremos con Cristo y cumpliremos todas las condiciones del pacto.

¡Sólo a las primicias, a aquellos llamados antes de que Cristo regrese, se les ofrece esa noble recompensa! ¡Esta es la recompensa más exaltada que se haya ofrecido alguna vez a ser humano alguno en época alguna! No será ofrecida a la gente bautizada en el Milenio y después de eso.

El versículo 9 dice: “Te lavé con agua; y lavé tus sangres de encima de ti, y te ungí con aceite”. El agua y el aceite son símbolos del Espíritu Santo de Dios, que nunca se ofreció como parte del matrimonio del Antiguo Pacto hecho con el antiguo Israel. Esto describe a las primicias de Dios en la actualidad.

En el versículo 10, Dios dice: “… te ceñí de lino [lino fino, versión King James]…”. Éxodo 39:27 muestra que Aarón y sus hijos, los sacerdotes de mayor rango en el tabernáculo, eran los que vestían lino fino. Apocalipsis 19:8 dice que la Esposa de Cristo “se le ha concedido que se vista de lino fino”, que representa “las acciones justas de los santos”. Dios está vistiendo a Su Esposa con el lino fino de la justicia.

Aunque no estamos oficialmente casados con Jesucristo hasta que Él regrese, Dios ya considera a la Iglesia hoy como Su esposa. A diferencia del Antiguo Pacto, quienes estamos bajo el Nuevo Pacto debemos probarnos a nosotros mismos antes del matrimonio. Sin embargo, Apocalipsis 19:7 dice que la “esposa” de Cristo “se ha preparado”. El marco de tiempo aquí es durante la etapa de preparación, antes de nuestro matrimonio, pero no utiliza el término futura esposa o prometida. ¡Cristo considera que ese fabuloso matrimonio ya se ha consumado! Esta dama fue Su esposa mientras ella se preparaba para el matrimonio. Esto es lo que dice la Palabra de Dios.

Para expandir Su Familia, el Padre primero le dará a Su Hijo una ayuda idónea que pueda asistirle en criar al resto de la Familia, aquellos que serán invitados durante el Milenio y después. ¡Esta invitación es dada sólo a unos cuantos, la invitación más selectiva de todos los tiempos!

Esto es lo mejor y más fino que el Padre podría darnos. Debemos estar agradecidos: ¡hemos sido invitados a ser la única Esposa de Cristo para siempre! ¡Una majestad eterna nos aguarda! Somos los humildes del mundo, pero somos la élite de Dios; ¡tendremos una estatura sin igual por toda la eternidad! Estaremos casados con el Hijo del Padre para siempre, sin divorcio, ¡el matrimonio más exaltado jamás!

¡Cuanto más profundamente medite en todas estas emocionantes verdades, claramente expresadas en la Biblia, más claramente verá qué pacto tan espectacular hace Dios con un individuo en el bautismo!

¡Piense en esto! En ese momento, Él lo engendra como Su propio hijo. Le da un anticipo de Su poder espiritual, Su naturaleza, Su mente y Su vida. Lo unge como rey-sacerdote en embrión. ¡Y le lleva hacia un acuerdo matrimonial con Su Hijo Jesucristo!

¡Dios está profundamente involucrado en nosotros! Nos considera la esposa de Cristo, y si hacemos lo que Él dice, ese es nuestro destino. Su parte del pacto está absolutamente asegurada, porque Él es Dios (p. ej., Números 23:19; Salmos 119:89-90).

La lección que Dios intenta enseñarnos es que un pacto es una promesa de mantener su palabra. Nunca debemos quebrantar nuestra palabra. Y si manifestamos el carácter de Dios, ¡entonces nuestra palabra se cumplirá!

Teniendo en cuenta la magnitud de la recompensa que Dios nos está ofreciendo, ¿no está justificado que Él espere de nosotros un compromiso total y sin reservas? ¡Habría que decir que Dios nos está ofreciendo la mayor oportunidad que podríamos tener!

Vida eterna o muerte eterna

La parte del pacto que corresponde a Dios es segura, pero nosotros primero debemos ser probados. De hecho, ¡es muy posible que fracasemos y nunca formemos parte de esa boda!

Debemos entender que una vez que Dios nos da Su Espíritu Santo, entonces nuestra vida eterna está en juego. Dios nos hace responsables de la promesa que Le hicimos. Nos hace responsables de lo que hacemos con Su Espíritu y de si cumplimos nuestro llamamiento.

La mayoría de la gente no se da cuenta de esto, pero la Biblia muestra claramente que este mundo no está siendo juzgado hoy. Dios se está preparando para ofrecerles salvación después de que Jesucristo regrese, y Su pueblo va a enseñarles. Será en ese momento cuando todas las personas serán juzgadas.

¡Pero Dios está juzgando ahora a Su pueblo engendrado por el Espíritu! “Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios?” (1 Pedro 4:17). Una vez bautizados, ¡estamos bajo el escrutinio de Dios en todo lo que hacemos! La vida eterna está en juego. Por eso Dios está tan profundamente preocupado.

“Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados, y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del [mundo] venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio” (Hebreos 6:4-6).

¡Qué bendiciones espirituales tan incomparablemente majestuosas recibe el pueblo de Dios! Hemos sido iluminados. ¡Hemos gustado del don celestial y gustado de la buena Palabra de Dios y de los poderes del mundo venidero! ¡Hemos participado del mismo Espíritu y poder de Dios! Una vez que haya experimentado estas cosas, Dios lo hace responsable a usted.

¿No está Él justificado en hacerlo? ¡No puede simplemente alejarse de esos dones gloriosos sin consecuencias aterradoras!

¡Su pacto bautismal es una decisión eterna de vida o muerte!

Dios está tratando de reproducirse en usted, y Él cumple cada palabra de cada promesa. Eso es lo que Él necesita de nosotros. ¿Cómo podría darnos la vida eterna si no pudiera contar con nosotros para honrar nuestra palabra?

Cuando medite en todo lo que Dios Padre ha invertido en esta relación, y todo lo que ha dado a cada uno de sus hijos, y todo lo que nos está ofreciendo, ¡seguramente podrá entender por qué tiene tan altas expectativas de Sus primicias! Seguramente usted puede entender por qué Él quiere ver devoción de todo corazón, compromiso total, tal como un padre quiere de sus propios hijos, o un esposo quiere de su única esposa.

¡Y seguro que puede ver por qué el Padre se decepciona tanto emocionalmente cuando uno de Sus hijos engendrados por el Espíritu trata su llamamiento a la ligera o descuida su relación con su Padre o se aleja de Él!

Sin embargo, como este libro le mostrará, vivimos en una época en la que la gran mayoría del pueblo de Dios ha hecho precisamente eso.

El Padre CLAMA

Apocalipsis 2 y 3 son una profecía de siete eras de la verdadera Iglesia de Dios, comenzando desde su fundación por Jesucristo en el primer siglo hasta Su Segunda Venida, la cual está a las puertas. Vivimos en la séptima y última era, justo antes del regreso de Cristo, llamada la era laodicena.

Lea el mensaje sentido de Jesucristo a Su pueblo precioso en esta era en Apocalipsis 3:14-22. Es un mensaje desgarrador. Es una época de horrible tragedia espiritual, en la que la inmensa mayoría del propio pueblo de Dios, Sus hijos engendrados por el Espíritu, se han vuelto espiritualmente tibios.

“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (versículos 15-16). ¡Esas son palabras fuertes! Cristo sólo diría tal cosa a aquellos de nosotros que deberíamos tener mejor juicio y que deberíamos honrar nuestra promesa a Él.

¿Le está hablando Cristo a usted?

En el versículo 17 Él describe cómo estas personas se han vuelto carnales en su forma de pensar, fijando su mente en las cosas físicas, volviéndose mundanos y autosatisfechos, ¡y sin darse cuenta se han vuelto “desventurados, miserables, pobres, ciegos y desnudos” espiritualmente! ¡Qué desastre!

Tristemente, esto describe a casi todo el pueblo de Dios en esta era tibia. Espiritualmente, ¡esta es la mayor crisis de la Tierra!

¿Ha descuidado usted a Dios? ¿Ha permitido usted la enfermedad de la negligencia espiritual en su vida? Como veremos en el próximo capítulo, todos somos susceptibles de engañarnos a nosotros mismos. Tenemos que escuchar atentamente a Cristo y aceptar cualquier corrección que Él nos dé.

Usted puede regresar a Dios, incluso al final mismo de su vida, y terminar su carrera con fuerza. Lea el resto del pasaje y verá de nuevo la profundidad del amor de Dios, ¡incluso cuando Su pueblo se desvía! ¡Estas son las palabras urgentes de nuestro Esposo comunicándose con Su Esposa! No está simplemente criticando y condenando. ¡Está clamando para recordarnos nuestro compromiso con Él, para mostrarnos cómo volver al camino, para expresar Su devoción hacia nosotros y para hacer hermosas promesas a cualquier individuo que quiera escuchar y prestar atención!

“Te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas” (versículo 18). ¡Dios quiere que seamos ricos espiritualmente! Quiere que nos vistamos de justicia, que nos preparemos para ese matrimonio espectacular. Él quiere que veamos dónde necesitamos arrepentirnos y cambiar, para abrir nuestros ojos a la magnitud de nuestro llamamiento. ¡Él quiere darnos una visión espiritual deslumbrante!

Cada uno de nosotros debe escuchar y prestar atención al clamor de nuestro Padre a Sus hijos descarriados.

El Padre corrige con amor

“Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19).

Sí, Dios reprende a los que ama. Nuestro Padre nos castiga porque nos ama. Incluso la Gran Tribulación, el peor sufrimiento de la historia que está a punto de sobrevenir al mundo entero, es una corrección amorosa de Dios. Este y otros pasajes dejan claro que la mayoría del pueblo de Dios no será protegido durante la Tribulación.

Pero la reprensión de Dios viene ahora, ¡antes de la Tribulación! Dios ama a Su pueblo y está suplicando que se arrepienta ahora. Cualquiera que sea celoso y se arrepienta hoy no necesitará el castigo de la Tribulación; Dios ¡lo protegerá de ella!

Piense profundamente en su pacto bautismal. Considérelo a través de los ojos de Dios el Padre. Dese cuenta de lo importante que es para Él cada hijo engendrado por el Espíritu, y de cuán determinado está en ayudar a que cada uno de nosotros entre en Su Familia.

Recuerde al padre en Lucas 15, quien permitió que su hijo se fuera e hiciera algunas malas elecciones, ¡pero que siempre miraba a lo lejos buscando cualquier señal de su regreso, deseoso de recibirlo de nuevo con banquete y regocijo!

Promesas cumplidas

El amoroso mensaje de Cristo a los laodicenos continúa: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo” (Apocalipsis 3:20). Él está en el exterior, ¡suplicándoles que lo dejen entrar en sus vidas! ¡Ellos están desperdiciando la relación más hermosa que una persona puede tener!

Cristo no quiere ver a nadie pasar por la Tribulación. Pero los laodicenos deben “oír Su voz”. Él está alcanzándolos a través de Su mensajero humano. ¿Qué más puede hacer Cristo? ¿Qué puede hacer usted si, por ejemplo, su hijo adolescente mayor se descarría?

Dios nunca dejará que se meta en una situación espiritualmente fatal mientras usted esté escuchando a Su Espíritu.

“Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (versículo 21). ¡Qué promesa tan increíble!

Dios hace tantas promesas a Su preciosa Familia.

Nuestro pacto bautismal es una serie de promesas. Dios nos da el Espíritu Santo de la promesa, el anticipo de una herencia espectacular. Podemos estar “persuadidos de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6). Dios termina lo que empieza. Incluso cuando le fallamos, Él no se da por vencido con nosotros. Nos reprende y nos castiga cuando lo necesitamos, en un esfuerzo intenso por cambiarnos. ¡Dele gracias a Dios por ese castigo! Él ha dicho: “No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5).

Dios cumple Sus promesas. La pregunta es, ¿lo hará usted?

Cada uno de nosotros debemos recordar la promesa que hicimos a Dios cuando tuvimos ese pacto con Él en el bautismo. Cada uno de nosotros debemos usar el Espíritu de Dios para examinarnos a nosotros mismos y vernos con honestidad.

Piense a fondo en el amor profundo y apasionado de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, nuestro Esposo, y en todo lo que han hecho para demostrar ese amor por usted. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). Cuanto más comprenda el amor de Dios, más se sentirá impulsado a cumplir la promesa que le hizo de amarle y servirle con mayor devoción.

¡Si usted permanece fiel a Dios y a Cristo, ellos van a consumar ese pacto, a glorificarlo a usted, a llenarlo del Espíritu Santo, a coronarle como rey y sacerdote, y a permitirle compartir el trono de Cristo como Su esposa eterna!

¡Qué recompensas tan espectaculares nos esperan si cumplimos nuestro pacto bautismal!