MELISSA BARREIRO/la trompeta
La angustia de un padre, la alegría de un padre
La parábola de Jesucristo sobre el hijo pródigo, registrada en Lucas 15, es quizás la más conmovedora de las que Él pronunció.
Un hombre tenía dos hijos, y el menor le pidió a su padre su herencia. No le gustaba estar en casa con su papá y todas sus “reglas estrictas”. Tengo que salir de aquí. No soporto la autoridad ni el gobierno, pensó. ¡Quiero salir a pasarla bien! Decidió huir al mundo. Como cualquier padre puede imaginar, semejante rechazo y abandono resulta devastador.
El padre con el corazón destrozado de esta parábola representa a Dios Padre. A lo largo de la historia, Él ha tenido muchos hijos pródigos que se han apartado de Él. Esta parábola nos ayuda a comprender cómo se siente Dios ante ese rechazo y cómo maneja Él una situación tan dolorosa.
Sin duda este padre trató de persuadir a su hijo de no tomar un rumbo tan imprudente y autodestructivo. Sin embargo, no lo obligó a quedarse. Cada persona debe tomar sus propias decisiones, y cada persona debe vivir con las consecuencias de esas decisiones.
Dios el Padre anhela una relación estrecha con cada uno de Sus hijos, pero nos deja la decisión a nosotros. Él ofrece una vida verdadera y abundante: una vida bendecida, llena de propósito, esperanza y alegría. Él nos muestra el camino y luego nos anima a escoger la vida. “… Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición”, dice Él, “escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30:19). Dios nos da libre albedrío, y nos deja esa decisión a nosotros. Él busca el mismo amor y la misma devoción voluntarios y sinceros que muestra Su Hijo Jesucristo (Juan 8:29; 14:31). ¡Eso es lo que Él quiere de cada hijo! Lamentablemente, a pesar de lo maravilloso que es como Padre, ese amor y esa devoción son sumamente raros.
El hijo de la parábola viajó lejos y derrochó su fortuna en una vida desenfrenada. Pronto se quedó sin nada y se vio obligado a realizar trabajos forzados para sobrevivir. Era miserable y moría de hambre. Fue en esas condiciones deplorables cuando “volvió en sí” (Lucas 15:17). Por fin se dio cuenta de que su vida se había convertido en un desastre. Vio los terribles errores que había cometido y reconoció, por primera vez, lo bien que había estado y que no había nadie como su padre.
Se propuso enderezar las cosas. Se dijo a sí mismo: “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros” (versículos 18-19). ¡Esto es cierto para todos nosotros! ¡No somos dignos de ser llamados hijos de Dios!
Esa prueba llevó a este joven a un arrepentimiento sincero. Hay ocasiones en las que quienes abandonan a Dios se encuentran en pruebas y dificultades. Dios a menudo usa circunstancias difíciles para ayudar a un hijo a “volver en sí” y arrepentirse.
Si usted se ha encontrado en ese estado, cuanto antes cambie de rumbo, mejor le irá. Mientras siga separado de la bendición y la protección de Dios, su vida sólo empeorará. De hecho, la profecía bíblica muestra que muchos de los hijos e hijas de Dios están a punto de ser arrojados a la Gran Tribulación, ¡el tiempo del peor sufrimiento en la historia humana! Lo crea usted o no, la violencia está a punto de desbordar nuestras ciudades. Millones de vidas serán extinguidas por armas nucleares, ¡y un gran número de personas será llevado a campos de concentración y campos de exterminio! Muchas profecías advierten de este horror, y llegará pronto.
Es en esas condiciones lamentables cuando muchas personas “volverán en sí”. Reconocerán su rebeldía contra su amoroso Padre. ¡Qué trágico que haga falta una prueba tan extrema para que entiendan! Aun así, eso los llevará a un arrepentimiento sincero, como al hijo pródigo.
El padre de esta parábola claramente amaba a su hijo y, a pesar de la traición de éste, nunca dejó de amarlo. Lloró su partida y temió no volver a verlo jamás. Cada día, mientras recorría sus tierras, escudriñaba el horizonte con la esperanza de ver alguna señal del regreso del joven.
Por fin llegó ese día. El padre alcanzó a ver la figura de su hijo perdido “cuando aún estaba lejos” (versículo 20). Su corazón empezó a latir más rápido. De pronto, desbordado de emoción, ¡corrió hacia su hijo! Mientras más se acercaba, con más claridad veía el estado quebrantado y demacrado del joven; pero ¡estaba vivo! En el momento en que lo alcanzó, ¡el padre abrazó y besó a su hijo! ¡Estaba desbordado de alegría! El hecho de que su hijo hubiera regresado indicaba un espíritu arrepentido, y el padre, lleno de compasión, estaba ansioso por perdonar.
El hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo” (versículo 21). El padre ni siquiera le respondió. Simplemente les dijo a sus siervos: “Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (versículos 22-24).
¡Éste es un tipo de Dios el Padre! Este padre no actuó como un padre del mundo ni dijo: ¿No te dije que estabas arruinando tu vida? Vio a su hijo regresar arrepentido, ¡y corrió hacia él y lo colmó de besos! ¡Estaba tan agradecido de tenerlo de vuelta en casa con la familia! Hicieron un gran banquete porque el padre estaba muy feliz.
¡Este padre respondió exactamente como responde Dios el Padre ante cualquiera que deja Su Iglesia y luego regresa a Él arrepentido! Nuestro Padre se conmueve profundamente por un hijo que se arrepiente, que tiene la actitud de: Seré un jornalero; haré lo que sea. Estoy muy agradecido de poder volver a tu amor y a tu misericordia. ¡Estoy muy agradecido por tus besos y tus abrazos, porque tú eres mi Padre! ¡El Padre espera con los brazos abiertos! Así es Él; así de profundo es Su amor. ¡Él es un Padre!
¡Sí, Dios es un Padre amoroso! Él no es como un padre; ¡Él es el Padre supremo!
La parábola del hijo pródigo es la tercera de tres parábolas registradas en Lucas 15. En la primera, la parábola de la oveja perdida, Jesucristo dijo: “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (versículo 7). ¡Cuando usted se arrepiente, realmente llena a Dios de entusiasmo y alegría! ¡Usted puede influir en los sentimientos y la felicidad de Dios simplemente arrepintiéndose cuando necesita hacerlo! Su Padre lo ama muchísimo.
El libro que usted está leyendo está dirigido, en gran parte, a los hijos pródigos de Dios, de los cuales hay muchos en esta era final de la Iglesia de Dios en este tiempo del hombre, llamada la era de Laodicea en Apocalipsis 3:14-22.
Si usted se ha apartado de Dios, ¡sepa que Dios lo ama y no se ha dado por vencido con usted! Él anhela el día en que usted vuelva en sí, se arrepienta y emprenda el camino de regreso a Él. ¡Él vigila el horizonte esperando cualquier señal de su regreso! No se demore. Humíllese y vaya a Él para que puedan reencontrarse y usted vuelva a disfrutar de Su bendición y Su favor.
La parábola de Cristo continuó. El otro hijo de aquel hombre se molestó porque se celebraba una fiesta en honor de su hermano que había estado descarriado. Enojado, se mantuvo alejado de la fiesta (Lucas 15:25-28). Esta parte de la parábola también nos enseña sobre el amor de Dios el Padre.
El padre, atento, se dio cuenta y salió a buscar a su hijo mayor. Percibió que había un problema y le “rogaba”. La palabra griega parakaleo significa llamar a alguien a su lado; hablarle para exhortarlo o consolarlo; suplicar o implorar; procurar apaciguar mediante ruegos; consolar, animar y fortalecer. Este hombre no exigió: “¡Entra ahora mismo y dale la bienvenida a tu hermano!”. Dijo: Hijo, ¿qué te pasa? Noto que algo te está molestando. Déjame ayudarte. Este es un momento de alegría, y quiero que puedas compartirlo. Le dio la oportunidad de expresar su frustración.
El hijo le dijo francamente a su padre: “He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo” (versículos 29-30). Este hijo no reaccionó ante el arrepentimiento como lo hace Dios.
¿Cómo respondió el padre? Le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas” (versículo 31). ¡Qué profundo amor expresó ese padre! Este hijo no estaba siendo rebelde; simplemente había perdido algo de perspectiva y necesitaba cambiar su actitud. Su padre lo ayudó a superarlo, consolándolo y rogándole.
Este es Dios el Padre hablando: ¡Tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas! ¡El Padre les da todo a Sus hijos fieles! ¡Muchas Escrituras muestran que la herencia que Dios ha reservado para quienes permanezcan fieles durante esta era de Laodicea, y para quienes se arrepientan antes de la Segunda Venida de Cristo, es verdaderamente asombrosa! Nosotros heredaremos “todas las cosas” (Apocalipsis 21:7): ¡todo lo que el Padre tiene para dar! Y Él nos mantiene “siempre con Él”, en la relación más íntima, enseñándonos, consolándonos y rogándonos, ayudándonos a vencer y a crecer.
Este libro es también para los hijos fieles de Dios. Necesitamos abrirnos por completo a nuestro Padre y escuchar y responder a Su guía y Su corrección.
Todos necesitamos estudiar, apreciar e imitar las maravillosas cualidades de nuestro Padre celestial. Dios es amor (1 Juan 4:8). Él busca lo mejor en Sus hijos. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (1 Corintios 13:7). Él quiere lo mejor para nosotros. Quiere vernos prosperar y triunfar. Quiere darnos; ¡verdaderamente es un dador generoso! Quiere colaborar para nuestro gozo. Dios el Padre anhela atraer a Sus hijos a la más estrecha relación con Él. Y Él es perfecto. Él dijo: Si ustedes, siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto más yo, en quien no hay maldad alguna? (Mateo 7:11). Dios nos dio lo más precioso posible: a Su propio Hijo, para pagar por nuestros pecados, ¡de modo que cuando nos arrepintamos y aceptemos ese sacrificio, Él pueda abrirnos las puertas a Su Familia!
Todos debemos llegar a pensar mucho más como nuestro amoroso y perfecto Padre Dios.
Donde nos hayamos desviado, necesitamos ser humildes y contritos, arrepentidos y obedientes. Donde seamos egoístas y mezquinos, necesitamos crecer en compasión y misericordia, en generosidad y amor.
Es mi sincera oración que este libro ayude a que muchos hijos pródigos perdidos sean hallados, ¡y que muchos hijos espiritualmente muertos vuelvan a la vida!
