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Examínese en busca de autoengaño

MELISSA BARREIRO/la trompeta

Examínese en busca de autoengaño

El amor del Padre (Capítulo Dos)

Continuación de Su espectacular pacto bautismal

Después de la muerte de Herbert W. Armstrong en 1986, la Iglesia de Dios Universal (idu) comenzó rápidamente a apartarse de la verdad que Dios había enseñado a través de él.

Apocalipsis 3:9 muestra algo impactante: existía una “sinagoga de Satanás” dentro de la Iglesia en la era de Filadelfia bajo el Sr. Armstrong. El diablo estableció su propia Iglesia justo dentro de la Iglesia de Dios, ¡mientras el Sr. Armstrong estaba vivo! Este complot satánico casi tuvo éxito en la década de 1970, cuando el Sr. Armstrong estuvo a punto de morir. Se recuperó y recobró el control de la Iglesia, pero esa “sinagoga” permaneció. Luego, cuando él murió, la Iglesia hizo la transición hacia la era laodicena, y la “sinagoga” de Satanás tomó el control (versículos 14-22).

Dese cuenta de cómo Satanás puede obrar a través de las personas. Incluso logró que algunos ministros de alto rango introdujeran lo que el apóstol Pedro llamó “herejías destructoras” (2 Pedro 2:1). La palabra destructoras es realmente fuerte. Thayer’s Lexicon dice que significa “destrucción total”, ¡o “la destrucción que consiste en la pérdida de la vida eterna”! ¡Eso es lo que Satanás busca por encima de todo!

A Satanás le tomó al rededor de cinco años para destruir el 95% de la Iglesia de Dios. ¡Cinco años! ¡Es asombroso lo exitosos que fueron esos hombres inspirados por Satanás para destruir la Iglesia de Dios! ¿Cómo pudo suceder algo tan impactante y grotesco?

Piense seriamente en esa historia. No sólo le muestra cuán hábil es Satanás para engañar, sino también cuán susceptibles son los seres humanos a ser engañados. De hecho, sin la protección de Dios, ¡todos nosotros somos peligrosamente vulnerables! Dios nos advierte repetidamente sobre la amenaza del engaño, especialmente el autoengaño, bajo la influencia de Satanás.

Lea de nuevo la descripción que hace Jesucristo de la Iglesia de los laodicenos: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Apocalipsis 3:17). ¡Así describe Cristo a Su propia Iglesia en esta era en la que vivimos! La mayoría del pueblo de Dios está convencido de su riqueza espiritual y de su autosuficiencia, ¡y son inconscientes de su verdadero estado espiritual miserable y empobrecido!

Usted debe preguntarse: ¿He sido yo engañado? ¿Me estoy engañando a mí mismo?

Sin embargo, Cristo no ha renunciado a ellos. Les dice: “unge tus ojos con colirio, para que veas” (versículo 18). Él quiere que todos nos libremos del engaño, que nos quitemos las escamas de los ojos y veamos la realidad, que nos veamos como realmente somos.

Cristo está a su puerta y llama, esperando que le respondan y le dejen entrar (versículo 20). ¡Aún tienen la oportunidad de cambiar sus vidas!

Puesto que Cristo es tan directo acerca de que Su propio pueblo se engaña a sí mismo, seguramente deberíamos examinarnos profundamente para saber en qué punto estamos cayendo en esta trampa.

Nuestro corazón engañoso

Piense detenidamente en Jeremías 17:9: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”.

La mayoría de la gente no cree lo que Dios dice aquí. Creen que el corazón humano es básicamente bueno. ¡No podrían estar más equivocados!

¡La verdad es que no hay nada más engañoso que el corazón humano!

Por eso la gente piensa que son buenos. Nos gusta pensar que somos buenos, ¡incluso cuando hacemos cosas que sabemos que están mal! Nos justificamos y nos halagamos a nosotros mismos; explicamos nuestros pecados con excusas; minimizamos nuestra culpa. El Sr. Armstrong decía a menudo que lo más difícil para la mente humana natural y vanidosa es confesar que está equivocada.

Esta mentalidad autosuficiente y confiada en sí misma es parte de la naturaleza adquirida por Satanás.

La palabra “perverso” debería leerse “peligrosamente enfermo”, “incurablemente enfermo” o “enfermo de muerte”. ¿Puede usted ver esto en su propio corazón? No podemos confiar en nuestro propio pensamiento. Eso es comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, el árbol de la muerte.

Comprender este profundo versículo es más importante que cualquier educación en este mundo.

Este versículo describe todos los corazones humanos. Pero Dios está hablando principalmente aquí a Su propio pueblo, especialmente a los laodicenos del tiempo del fin. ¡Tantos han seguido sus mentes incurablemente enfermas hacia un engaño sin paralelo!

¡Los laodicenos no creen en este versículo! Si así fuera, no se habrían dejado engañar tan fácilmente. Se miran a sí mismos y a otros hombres para entender sus propias mentes, ¡no a Dios! Confiando en el corazón humano destruyeron la propia Iglesia de Dios.

No se puede confiar en corazones engañosos y enfermos. Sin embargo, sorprendentemente, el corazón humano es la base de la educación y el gobierno de este mundo. Nuestros educadores y líderes creen que el hombre es fundamentalmente bueno y confiable. Confían en el malvado razonamiento humano.

En todas partes de este mundo enfermo, vemos pruebas de hombres que confían en mentes humanas enfermas. A nuestro alrededor se acumulan problemas aterradores, y aun así los hombres siguen confiando en sus propias mentes. ¡Parece que nada puede convencerles de que vamos por mal camino! Los corazones humanos, engañosos y perversos en extremo, están llevando a este mundo a un punto en el que, si Cristo no interviniera, ¡nos aniquilaríamos a nosotros mismos! (Mateo 24:21-22).

El principal problema de la humanidad hoy en día es que la gente no se da cuenta de su propia enfermedad terminal. Se trata de un profundo autoengaño.

¡Esto es lo que ocurre cuando la gente no escucha a Dios!

Así que Dios está obligando a la humanidad, incluyendo a Su propio pueblo, a enfrentarse a la verdad. Pronto este mundo se verá envuelto en un holocausto nuclear creado por mentes humanas enfermas. ¡Sólo el peor tiempo de sufrimiento en la historia hará que admitan el verdadero problema! Ya no podrán negar los horribles frutos del razonamiento humano engañoso. Sólo entonces Dios puede empezar a enseñarles.

Si realmente comprende la verdad fundamental de Jeremías 17:9, ¡usted clamará a Dios todos los días para que le salve! ¡No dejará pasar ni un día sin orar y estudiar intensamente en busca de ayuda para vencer su corazón fatalmente enfermo!

¿Está usted orando y estudiando con esa intensidad cada día? El Sr. Armstrong recomendaba al menos 30 minutos cada uno de oración y estudio cada día simplemente para sobrevivir espiritualmente, ¡y una hora de cada uno para prosperar! Eso le da una idea del esfuerzo intenso que se necesita para construir y sostener una relación verdaderamente sólida con Dios. Si no lo está haciendo, es muy fácil engañarse a sí mismo sobre cuánto ama a Dios.

Dios termina el versículo 9 con la pregunta: “¿Quién lo conocerá?”. Sólo Dios conoce el corazón humano. Sólo Dios puede explicar la mente y las emociones del hombre. Nuestra mayor necesidad es dejar que Dios nos revele nuestra enfermedad y la cure.

Hasta que no aprendamos esta lección, viviremos bajo una maldición (versículo 5). Seguiremos engañados mientras sigamos mirando a los hombres, y eso incluye confiar en nuestro propio razonamiento.

“Yo [el Eterno], que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras” (versículo 10). ¡Mire los terribles y devastadores frutos de nuestros caminos y de nuestras acciones! ¡Seguir nuestros corazones está causando todos los problemas del mundo y conduciendo a una guerra nuclear!

No hay esperanza en el hombre. Hay una esperanza infinita en Dios.

Vanidad de vanidades

La naturaleza humana es naturalmente vanidosa. “Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Eclesiastés 1:2; 12:8). Es fácil tener una visión inflada de nosotros mismos. Todos somos propensos a la autojusticia, a tener un concepto demasiado elevado de nuestras obras, a confiar en nuestras propias acciones, en nuestra propia justicia.

Esa es una poderosa forma de autoengaño. “Porque el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña” (Gálatas 6:3). El orgullo, la vanidad, la autojusticia, el sobrevalorarnos: todos brotan del autoengaño que debemos examinar en nosotros mismos y del cual debemos despojarnos.

Tal autoengaño y autojusticia dejan a Dios totalmente al margen. Nos ciegan a Dios. ¡Ni siquiera podemos verlo! Nuestros pensamientos se concentran en el yo, dejando poco espacio para Dios. ¡Quebrantamos el Primer Mandamiento al poner el yo por encima de Dios! Dios odia eso apasionadamente porque es un Dios celoso que nos ama.

Fíjese en el ejemplo de Job. Era un hombre bastante justo, pero cuando hacía buenas obras, se atribuía el mérito a sí mismo. Le gustaba que los demás lo vieran como una buena persona (p. ej., Job 29:14). Su caridad era para mostrar lo impresionante que era él, ¡en lugar de mostrar lo impresionante que es el Dios al que servimos! Su motivo era exaltarse a sí mismo, no a Dios (Job 32:1-2).

Dios ayudó a Job a superar este problema haciéndole pasar por unas pruebas atroces. Eso sacó el pecado a la superficie: autojustificación, autoexaltación, autojusticia. Entonces Dios le ofreció a Job una visión sobrecogedora de su inmenso y temible poder, de la vasta escala de Su creación, Su dominio de los elementos, Su provisión para todas las criaturas, Su majestad y gobierno (Job 38-41).

Una vez que Job se dio cuenta de su propia insignificancia al lado de la grandeza infinita de Dios, ¡pudo ver a Dios! “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:5-6).

Cuanto más claramente veamos a Dios, en todo Su poder, juicio, amor, misericordia y excelencia, menos impresionados estaremos de nosotros mismos y más abiertos estaremos a escuchar a Dios y a aceptar Su corrección.

Vea su pecado

Romanos 3:23 dice que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. ¡Cuanto más nítida sea su imagen de Dios en toda Su gloria, mejor verá lo lejos que está de la gloria de Dios!

El pecado es la transgresión de la ley de Dios (1 Juan 3:4). La ley de Dios es santa, justa y buena (Romanos 7:12). Es “perfecta, que convierte el alma”, más deseable que el oro fino, más dulce que la miel (Salmos 19:7-10). Dios nos dio Sus mandamientos, estatutos y juicios para ayudarnos a ver dónde no estamos pensando como Él, dónde necesitamos cambiar. “Tu siervo es además amonestado con ellos; en guardarlos hay grande galardón” (versículo 11).

El pecado es la naturaleza adquirida de Satanás. Es pensar como piensa Satanás. Su actitud de amor propio —en su raíz y núcleo, la vanidad— transgrede el espíritu de la ley de Dios.

¿Ve realmente el pecado en su vida? “¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos” (versículo 12). Sí, debido a nuestro corazón engañoso, es muy difícil ver realmente nuestros pecados. De hecho, hace falta un milagro de Dios. Necesitamos que Dios nos muestre nuestros errores, y que nos limpie de nuestras faltas ocultas y de aquellos pecados que ni siquiera podemos reconocer. Dios debe abrirnos los ojos, porque “todo camino del hombre es recto en su propia opinión; pero [el Eterno] pesa los corazones” (Proverbios 21:2).

Por naturaleza nos convencemos de que nuestros defectos no son tan graves. Esto es puro autoengaño. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Juan 1:8). ¡Ahí está otra vez! No caiga en la trampa de esa ceguera. Dios nos ordena arrepentirnos continuamente en oración por nuestros pecados para que Él pueda limpiarnos (versículo 9).

“Preserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mí; entonces seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión” (Salmo 19:13). Sí, cuando quebrantamos la ley de Dios, el pecado tiene dominio sobre nosotros, ¡nos gobierna! Jesucristo dijo: “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:34). El pecado nos esclaviza en servidumbre (Romanos 6:16; 2 Pedro 2:19). Sólo Dios puede liberarnos de esa esclavitud, y debemos acercarnos a Él para romper ese yugo (Isaías 58:6).

¡La ley de Dios es “la perfecta ley, la de la libertad” que conduce a la libertad! (Santiago 1:25). ¡La mayoría de las religiones están esclavizadas porque rechazan la ley de Dios y llaman a eso libertad! Los hombres suelen pensar que la esclavitud es libertad, tanto intelectual como espiritual.

Apenas unos años después de la muerte del Sr. Armstrong, la Iglesia de Dios Universal dejó de guardar el Sábado, que es uno de los Diez Mandamientos. Pensaron que era libertad trabajar o divertirse en el Sábado. ¡En realidad, se pusieron a sí mismos en esclavitud al pecado y al diablo!

Sólo la verdad nos hará libres (Juan 8:32). Y la Palabra de Dios es verdad (Juan 17:17).

Una de las formas más fáciles de engañarnos a nosotros mismos es simplemente escuchar la Palabra de Dios y no aplicarla. “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1:22). Muchas personas creen que están aceptando lo que Dios les dice simplemente porque escuchan y están de acuerdo. Pero si no está actuando con base en ello y cambiando su vida, ¡entonces se está engañando a sí mismo!

Lea Ezequiel 33:30-33: hay personas que aman escuchar la verdad de Dios; admiran al mensajero de Dios de la misma manera que admirarían a un músico habilidoso. Dios le dice a Su profeta: “[Ellos] oirán tus palabras, pero no las pondrán por obra (…) y el corazón de ellos anda en pos de su avaricia”. Ese es un peligroso autoengaño, ¡y está profetizado que afligirá a muchas personas en nuestros días! Puede leer sobre esto en el capítulo 2 de mi folleto Cómo ser un vencedor, “¿Se está engañando usted mismo?”.

“Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana” (Santiago 1:26). Gran parte de la religión carece de valor porque la gente no controla su lengua ni su vida. Están engañando a su propio corazón.

¿Cómo son sus pensamientos y su conversación en el santo Sábado de Dios? ¿Se enfocan en Dios, o en las cosas de este mundo? Esta es una verdadera prueba de nuestra conversión.

Podemos engañarnos durante un tiempo, pero al final, la verdad saldrá a la luz. Dios nos juzgará según nuestras obras. Toda falsedad e hipocresía quedarán al descubierto. “La obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará” (1 Corintios 3:13). ¡Cuánto mejor para nosotros aprender ahora dónde estamos desviados del camino que esperar hasta que nuestros pecados sean revelados por el fuego, en la Gran Tribulación, o peor, en el lago de fuego!

Debemos hacer todo lo posible por evitar el pecado común y mortal del autoengaño. “Nadie se engañe a sí mismo. Si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios. (…) El Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son vanos. Así que, ninguno se gloríe en los hombres…” (versículos 18-21).

¡Qué diferente es nuestra perspectiva humana de la de Dios! Y qué crucial es que nos humillemos y busquemos el punto de vista de Dios.

Si se ha vuelto espiritualmente perezoso, si su contacto diario con Dios a través de la oración y el estudio es escaso o débil, si ha permitido que los intereses materiales desplacen a Dios de su vida, ¡mire esos problemas a través de los ojos de su Padre celestial! Malaquías 1:6-8 le ayudará a hacerlo.

La perspectiva de Dios

En este libro, pasaremos mucho tiempo estudiando los capítulos 2 al 7 de la profecía de Jeremías. Estos capítulos son un mensaje crucial de Dios para Su pueblo tibio de hoy en día. Tienen un mensaje de lo más audaz y directo que leerá en la Biblia.

Este mensaje aplica a la mayoría del pueblo de Dios en esta era. ¡Si tan sólo escucharan e hicieran caso! Lamentablemente, la mayoría no lo hará. Pero, por favor, considere las palabras de Dios con honestidad y humildad. Le insto a que estudie estos capítulos con los ojos abiertos a todo lo que Dios tenga que decirle. Creo que cada uno de nosotros puede tomar en serio lo que Dios está diciendo aquí.

Observe primero con qué frecuencia en estos capítulos Dios confronta el autoengaño en Su pueblo. Está señalando los pecados de Sus propios hijos engendrados; sin embargo, ellos se declaran inocentes, niegan su maldad, se niegan a avergonzarse, confían en falsas promesas y suponen que la ira de Dios se ha apartado.

La forma en que Dios describe las acciones de Su pueblo en estos capítulos es realmente devastadora. Jeremías 2:33-34, por ejemplo, los muestra saliendo en busca de amantes espirituales y causando terribles daños. Pero están tan engañados que no ven su pecado: “Dices: ‘Soy inocente, de cierto su ira se apartó de mí’. He aquí yo entraré en juicio contigo, porque dijiste: ‘No he pecado” (Jeremías 2:35; traducción nuestra de la versión Revised Standard).

¿Cómo podría Dios dirigir a quienes tienen un espíritu tan rebelde? De todas las formas posibles, quieren gobernar sus propias vidas y hacer lo que les plazca.

Estos capítulos de la profecía de Jeremías exponen repetidamente su hipocresía y ceguera espiritual.

‘No soy inmunda’

En Jeremías 2:21-22, Dios describe cómo Su pueblo se ha contaminado con el pecado. Pero ellos responden: “No soy inmunda, nunca anduve tras los baales” (versículo 23). Dios, al responderles, se muestra incrédulo: ¿Cómo puedes decir esto, después de todo lo que has hecho? ¡Eres como un camello joven e inquieto que corre de aquí para allá, un asno salvaje en celo! (versículos 23-24). Dios dice que Su pueblo es delirante, negando descaradamente su idolatría y adulterio espiritual.

Después de la muerte del Sr. Armstrong, muchos del pueblo de Dios regresaron a caminos paganos, guardando la Navidad, cumpleaños y otras prácticas arraigadas en el paganismo. O transigieron con esas cosas, razonando que no era motivo de preocupación. ¿Lo ha hecho usted?

En Jeremías 3:3 Dios dice: “y no quisiste tener vergüenza”, o “te niegas a sonrojarte de vergüenza” (traducción nuestra de la versión New King James). Carecen de conciencia de su culpa y no sienten remordimiento (vea también Jeremías 6:15). Los versículos 4-5 de Jeremías 3 muestran que siguen llamando a Dios “Padre mío” y suponen que Su ira ha pasado, incluso mientras continúan en su maldad.

En Jeremías 5:11, Dios condena a Su pueblo por su traición contra Él. ¿Cómo responden? El versículo 12 dice: “Han hablado falsamente de [el Eterno], y han dicho: ‘Él no hará nada; ningún mal vendrá sobre nosotros, ni veremos espada ni hambre’” (traducción nuestra de la versión Revised Standard).

La Biblia tiene muchas profecías sobre la espada y la hambruna venideras y otras tragedias. ¡Dios nos da estas advertencias para ayudarnos a evitar estas pesadillas! El mundo las ignora, a pesar de que la profecía constituye aproximadamente un tercio de la Biblia. Incluso una gran mayoría del propio pueblo de Dios ha desarrollado una actitud despreocupada respecto a estas profecías. Niegan el juicio de Dios, o “dilatáis el día malo” (Amós 6:3), sin sentido de urgencia. O se engañan a sí mismos pensando que si llega la gran tribulación, ellos mismos no tienen que preocuparse por enfrentar ninguna consecuencia. ¿Ve usted los acontecimientos mundiales de manera despreocupada, a pesar de que Cristo nos manda a velar y orar en todo tiempo, para que seamos tenidos por dignos de escapar? (Lucas 21:36).

Estos cristianos tibios aún no se dan cuenta, pero pronto lo verán: no van a ser protegidos por Dios, ¡porque negaron la ley y el gobierno de Dios! Algunos de ellos piensan que estarán en el lugar de seguridad durante la Gran Tribulación, ¡pero no lo estarán!

Muchos laodicenos y gente en el mundo están interesados en escuchar las profecías de Dios, pero rechazan la ley de Dios. ¿Qué significará su conocimiento de la profecía cuando estén en la Gran Tribulación? Si ver el cumplimiento de la profecía no le lleva a purificar su vida ahora, entonces la Gran Tribulación profetizada le obligará a volverse puro, ¡o a morir en su pecado!

En Jeremías 7:4 y 8, Dios advierte al pueblo que no confíe en palabras engañosas ni suponga que sus prácticas religiosas les protegerán del juicio.

El tema en todos estos versículos es claro: ¡Dios está tratando de despertar a Su pueblo de sus engaños! Están tomando sus pecados a la ligera y provocando Su juicio. Les pide repetidamente que reconozcan su culpa y se arrepientan.

¡Qué crucial es para todos nosotros pedirle humildemente a Dios que nos muestre dónde nos estamos engañando y que nos ayude a ver la realidad!

A quien Dios ama, disciplina

En Hebreos 12, el apóstol Pablo escribe que Dios es un Padre que corrige a Sus hijos. “Y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (versículos 5-6).

La corrección es un regalo de Dios. Si recibimos corrección, ¡Dios nos está preparando para ser hijos suyos en Su familia! Esa es una de las maneras principales por las que Dios cumple Su parte del pacto que hizo con nosotros en el bautismo.

Se requiere un verdadero esfuerzo para estar abiertos a la corrección de Dios. Pero debemos hacerlo si queremos llegar a formar parte de Su Familia eterna.

El Padre ama profundamente a Sus hijos. Él nos corrige, incluso con dureza cuando lo necesitamos, porque nos ama. Todos debemos seguir creciendo para alcanzar nuestro potencial y cumplir nuestro llamamiento. Su corrección tiene como objetivo ayudarnos a ver dónde nos estamos desviando y ayudarnos a crecer en rectitud.

Considerando lo pecadora que es la humanidad, ¿no tiene sentido que Dios necesite corregirnos a veces para prepararnos para nacer en Su Familia? Todos debemos recibir corrección.

“Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos” (versículo 8). ¿Está usted recibiendo corrección de Dios? Si no es así, ¡ni siquiera se nos considera Sus hijos!

Nuestra mayor maldición es cuando nuestro Padre ya no nos corrige. Entonces, ¡ya no formamos parte de Su Familia! Dios deja de ser nuestro Padre.

¡Nuestra mayor bendición es recibir corrección de nuestro Padre! Él está haciendo todo lo que puede para ayudarnos a entrar en Su Familia eterna. Eso significa que Él debe corregirnos.

¿Cuál es su respuesta natural a la corrección?

La mayoría de la gente se pone inmediatamente a la defensiva. Empezamos a justificarnos. Pensamos que quien nos critica no conoce la historia completa. Argumentamos por qué lo que hicimos no fue tan malo o, de hecho, estuvo bien. Defendemos nuestras acciones. Respondemos en contra.

La Biblia advierte repetidamente contra esa respuesta. Sin embargo, también muestra que la mayoría del pueblo de Dios en este tiempo del fin tiene una idea equivocada de lo que es la corrección. La rechazan o la evaden con excusas.

Si eso le describe a usted, ¡entonces está en peligro de perder su salvación!

Dios nos dice que necesitamos corrección y reprensión. Debemos aprender a escuchar y prestar atención. De hecho, deberíamos buscar y desear la corrección.

Dios nos da mucha reprensión y corrección a través de Su Palabra. Pero tenemos que aceptarla para beneficiarnos de ella como Dios quiere. “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17).

La pregunta es, ¿lo tomará usted como algo personal y lo pondrá en práctica en su vida? No es fácil. Muy poca gente está dispuesta a hacerlo.

‘La mayoría de ustedes no lo entienden’

Herbert W. Armstrong estaba dispuesto a corregir a los miembros de la Iglesia de Dios cuando era necesario. Con frecuencia tronaba fuertes correcciones en la Iglesia de Dios Universal, especialmente durante los últimos años de su vida. Esto reflejaba el amor de Dios. Era realmente Dios acercándose a nosotros, recordándonos Su amor y el pacto que hizo con nosotros. Pero la mayoría rechazó la corrección.

El último Pentecostés que celebró el Sr. Armstrong fue el 26 de mayo de 1985. En su sermón habló sobre el tema de “¿Por qué los Primeros Frutos?”. Él dijo: “¿Por qué la Fiesta de los Primeros Frutos? (…) Creo que la mayoría de ustedes no lo entienden en absoluto. (…) Percibo que incluso nuestros ministros, cuando predican, dan por sentado que el único objetivo es llevarnos al Reino de Dios; y que eso es todo a lo que estamos llamados ahora. (…) Temo que la mayoría de ustedes simplemente no lo entienden. (…) Voy a intentar explicarlo claramente esta tarde, y aun así creo que no lo entenderán”.

¡Esa fue una triste súplica del Elías de Dios del tiempo del fin! Nos estaba enseñando el mensaje más inspirador de la Biblia, pero a mucha gente no le importaba o se negaba a comprenderlo.

Lidiar con la insensatez espiritual ha sido habitual para tantos profetas y apóstoles de Dios a través de los siglos.

El Sr. Armstrong dijo: “La mayoría de ustedes simplemente no lo entienden”. Mucha gente pensó, y algunos incluso dijeron: ¡Oh no, Sr. Armstrong, eso no puede ser! Seguro que la mayoría de nosotros lo entendemos. ¡Pero la realidad era aún peor de lo que él pensaba! Mire lo que ocurrió en la Iglesia de Dios después de su muerte, apenas siete meses después de esa advertencia. En poco tiempo, ¡la mayoría del pueblo de Dios se apartó de la verdad que él les enseñó de su propia Biblia!

¿Cómo es que la mayoría del pueblo de Dios rechazó esta corrección? ¿Cómo es que fallaron en ponerse de rodillas en arrepentimiento? ¿Por qué es que tantos de esos miembros en la actualidad, si es que asisten a la iglesia, carecen de ministros que prediquen las palabras correctivas de Dios?

Si asiste a los servicios de la iglesia, ¿le da su ministro este tipo de corrección directamente de la Palabra de Dios? Demasiadas personas escuchan a los predicadores por sus palabras suaves y agradables. ¡Esos predicadores están llevando a la gente a la ruina!

Un espíritu quebrantado

Si tenemos sabiduría divina, Santiago 3:17 dice que somos “benignos” [o dóciles, versión King James]. Piense en el rey David. ¡Cometió adulterio, causó el asesinato de un hombre y mintió sobre ello! Pecados graves. Sin embargo, cuando el profeta Natán lo confrontó, ¿cuáles fueron sus primeras palabras? “Pequé contra [el Eterno]” (vea 2 Samuel 12:7-13). No luchó contra Dios. No tuvo que ser corregido físicamente y “volver en sí” sólo después de quedar destituido y hambriento. Escuchó las palabras de Dios, aceptó la corrección y se arrepintió inmediatamente.

¡Qué actitud tan hermosa! Natán respondió: “También [el Eterno] ha remitido tu pecado; no morirás” (versículo 13). David aún tuvo que afrontar duras consecuencias, pero su arrepentimiento le salvó la vida.

David nos da el ejemplo de arrepentimiento más poderoso de la Biblia. Lea el Salmo 51, su salmo del arrepentimiento. Él tenía el “corazón contrito y humillado” (versículo 17). Debemos ser enseñables y tener un espíritu contrito y quebrantado para que Dios pueda guiarnos y usarnos. Dios quiere guiarle a usted como Su hijo o hija, pero no puede hacerlo si usted carece de un espíritu quebrantado. Debe permitir que Dios le haga ver sus pecados y le enseñe. Esta actitud fue fundamental para el arrepentimiento de David, y es una gran razón por la que Dios le consideraba “un hombre conforme a [Su] corazón” (Hechos 13:22).

David cometió pecados terribles. ¡Eso no impidió que Dios lo amara! Porque lo amaba, Dios corrigió a David severamente.

Hebreos 4:12 dice que “la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. La Palabra de Dios revela nuestros verdaderos pensamientos e intenciones. Expone lo que ocurre en nuestra mente. Nos ayuda a enfrentar la verdad sobre nuestro propio corazón y a ver cómo nos gobierna la naturaleza humana. ¡Revela dónde estamos mal para que podamos cambiar!

Eso es incómodo, pero es tan necesario y hermoso. ¡Conduce a la vida!

“Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Hebreos 12:11). Cuando aceptamos la corrección, produce frutos maravillosos en nuestras vidas.

He sido corregido muchas veces en mi vida. No siempre se hizo exactamente bien, pero siempre me esforcé mucho por aceptar la verdad, ¡y a veces tuve que orar muy intensamente para lograrlo! Cada vez que he recibido corrección, incluso cuando no se manejó de la mejor manera, resultó ser lo que necesitaba.

Esta es un área en la que necesitamos acudir a Dios y, como David, decir: Examíname, Dios. Revélame mis pecados secretos. Quiero ser como un niño. Cada uno de nosotros debe orar para que Dios nos muestre nuestras faltas. Debemos orar para que Dios nos corrija (Jeremías 10:24). Debemos usar la Palabra de Dios para que nos penetre hasta los pensamientos y las intenciones de nuestro corazón. Y luego debemos ser hacedores de lo que sabemos que debemos hacer, no sea que nos engañemos a nosotros mismos (Santiago 1:22).

Si dejamos un problema sin resolver, con el tiempo estallará hasta el punto en que todos sabrán acerca de él. Cuando llegue la Tribulación, se acabarán los juegos. El mundo entero sabrá quién respondió y obedeció a Dios, y quién se negó a hacerlo.

‘¿De qué manera me has amado?’

El libro de Malaquías está dirigido a la Iglesia de Dios del tiempo del fin. Dios reveló el significado de este libro para iniciar la Iglesia de Dios de Filadelfia en 1989, exponiendo lo que estaba sucediendo en la Iglesia laodicena. (Solicite un ejemplar gratuito del primer libro que escribí, El mensaje de Malaquías para la Iglesia de Dios hoy.) A través del profeta Malaquías, Dios está reprendiendo fuertemente a Su pueblo, señalando y corrigiendo sus pecados.

Pero a lo largo del libro, ¡se ve que el pueblo de Dios no acepta la reprensión de Dios! No dejan de contestarle, racionalizando engañosamente y tratando de justificarse a sí mismos.

Comienza en Malaquías 1:2: “Yo os he amado, dice [el Eterno]; y dijisteis: ¿En qué nos amaste?”. ¡Ellos no ven el amor de Dios! Él ha mostrado Su amor y los ha bendecido abundantemente de muchas maneras. ¡Incluso Su reprensión es amor! Pero ellos no están de acuerdo.

“Yo os he amado”, dice Dios; pero ellos responden: ¿En qué nos amaste? Rechazan el mensaje de amor de Dios. Quieren que les dejen en paz. Papá, ¡déjame en paz! podría decir un adolescente rebelde. Los padres que no quieren a sus hijos los dejan en paz. Pero si realmente quiere a su hijo, no lo dejará solo.

Dios dice: ¡Yo os he amado! Esto es un “dice [el Eterno]”. ¿Escucha usted a Dios diciendo esto hoy? ¿Puede ver claramente todas las formas en que Dios muestra Su amor por usted, incluso en la corrección que le da y las pruebas que permite? Cuando Él dice: “Yo os he amado”, nuestra respuesta debería ser: ¡Oh, Padre, gracias! ¡Veo cómo me has amado más allá de lo que yo podría pedir!

¡Qué vergonzosa falta de perspectiva es decir en cambio: ¿De qué manera me amaste? Tristemente, ¡eso es lo que muchos de los propios hijos de Dios están haciendo hoy!

Contestándole a Dios

“El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor? dice [el Eterno] de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre. Y decís: ¿En qué [o de qué manera] hemos menospreciado tu nombre? En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo. Y dijisteis: ¿En qué te hemos deshonrado? (…) Habéis hecho cansar a [el Eterno] con vuestras palabras. Y decís: ¿En qué le hemos cansado?…” (Malaquías 1:6-7; 2:17).

¡Es difícil imaginar al pueblo de Dios contestándole de forma tan descarada, pero así es como Dios lo ve!

Dese cuenta: aunque esta actitud espantosa se expresa dramáticamente en estos versículos, podemos ser mucho más sutiles en la forma en que le contestamos a Dios. Comunicamos la misma actitud simplemente al no escuchar Su corrección o al negarnos a arrepentirnos y cambiar.

¿De verdad quiere saber lo que Dios piensa de usted? ¿Quiere que evalúe su estado espiritual? ¿Quiere la verdad?

Siempre debemos buscar activamente la opinión de Dios. No ponga excusas.

“Desde los días de vuestros padres os habéis apartado de mis leyes, y no las guardasteis. Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros, ha dicho [el Eterno] de los ejércitos. Mas dijisteis: ¿En qué hemos de volvernos?” (Malaquías 3:7).

Esa es una promesa muy misericordiosa y amorosa de Dios a Sus hijos rebeldes: ¡Vuelvan a mí, y yo volveré a ustedes! Cualquiera que se haya alejado de la obediencia a Dios y a Sus mandamientos necesita volver al camino que una vez conoció. ¡No debemos dejar que nada nos impida correr de vuelta hacia Dios! ¡Está suplicando a Su pueblo que regrese a Él!

¿No es desgarrador y vergonzoso que la gente responda: ¿Qué quieres decir, Dios? ¿Cómo puedo volver? ¡Nunca me alejé! Sin embargo, muchas personas con las que se reúnen nuestros ministros muestran este tipo de pensamiento. ¡Simplemente no pueden ver cuánto se han alejado de su llamamiento!

“Vuestras palabras contra mí han sido violentas, dice [el Eterno]. Y dijisteis: ¿Qué hemos hablado contra ti?” (versículo 13). Sus palabras son “violentas” o presuntuosas, insolentes y desafiantes. ¿Cómo puede alguien estar tan engañado como para rechazar Su clara reprensión?

Esto le muestra que el autoengaño es mucho más fácil y común de lo que la mayoría de la gente cree. Todos somos propensos a él. Todos debemos examinarnos para detectarlo y estar atentos para evitarlo. Todos necesitamos pedirle a Dios que nos ayude a superarlo. Aceptar la corrección de Dios es la única forma que tenemos de evitar el autoengaño.

Acepte la corrección

¿Está usted dispuesto a ser corregido?

“El oído que escucha las amonestaciones de la vida, entre los sabios morará. El que tiene en poco la disciplina menosprecia su alma; mas el que escucha la corrección tiene entendimiento” (Proverbios 15:31-32; vea también Proverbios 13:18; 10:17). Proverbios 12:1 dice que si rechazamos la reprensión, somos estúpidos (traducción nuestra de la versión New International).

¿Cómo puede Cristo salvarnos si no aceptamos Su corrección? ¿Cómo puede usted comenzar como un ser humano terrible, malvado y feo, y esperar convertirse en un Ser Dios, de carácter perfecto, sin recibir corrección?

¡Nunca calificaremos para entrar en la Familia eterna de Dios, y mucho menos para ser la Esposa de Jesucristo, sin la corrección de nuestro Padre!

¿Qué ocurre si Dios nos muestra dónde nos equivocamos y no lo aceptamos? ¡Ese es un problema mortalmente grave!

Proverbios 15:10 dice: “La reconvención es molesta al que deja el camino; y el que aborrece la corrección morirá”. Si ha recibido el Espíritu Santo de Dios, como comentamos en el capítulo anterior, ¡su vida eterna depende en amar y aceptar la reprensión de Dios!

“El hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado, y no habrá para él medicina” (Proverbios 29:1). Eso se refiere a la muerte eterna. ¡No hay nada más grave!

Sin embargo, muchos del pueblo de Dios están cometiendo este error: están verdaderamente descarriados, rebelándose contra Dios, y no aceptarán Su corrección.

Cuando los laodicenos estén en el holocausto nuclear, ¡ya no podrán jugar al autoengaño! Dios va a permitir la Gran Tribulación para aplastar toda esperanza que el hombre tenga en sí mismo y llevarlo a poner su esperanza en Dios.

Usted debe aprender esta lección hoy, antes de esa calamidad.

La historia nos muestra que la mayoría de las eras de la Iglesia de Dios acabaron alejándose de Él. Por eso debemos aprender de Dios y de Su Palabra. Debemos examinar cada doctrina y cada palabra de Dios. Entonces no podremos ser engañados.

Le imploro que estudie este libro junto con la Palabra de Dios, comprobando cada afirmación con un corazón que busque la verdad.

Preste atención a las advertencias de Dios. Dese cuenta de que el autoengaño es nuestra inclinación natural debido a nuestro corazón engañoso, nuestro orgullo y nuestra incapacidad de poner en práctica la verdad de Dios. Evite esa trampa. Pídale a Dios que escudriñe su corazón (Salmo 139:23-24). Acepte la amorosa reprensión y corrección de su Padre celestial. Confiese sus pecados honestamente. Y actúe según la Palabra de Dios.