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Las siete leyes del éxito (cuarta parte)

Continuación de Las siete leyes del éxito (tercera parte)

Otro caso de “éxito”

He tenido el privilegio de conocer a muchos de los grandes hombres y de los casi grandes, especialmente del medio financiero. He tenido trato con capitalistas multimillonarios, jefes ejecutivos de grandes compañías, ministros de gobierno, autores, artistas, conferencistas y rectores de universidades.

Para la mayoría de ellos, el éxito significaba la adquisición de dinero y bienes materiales, así como el ser reconocidos como gente importante.

Uno de los personajes importantes que conocí fue Elbert Hubbard, filósofo, escritor prolífico, editor, conferencista y conocido como un hombre sabio. “El Fray”, como él mismo se tildaba algunas veces, se hizo famoso. Usaba una cabellera semi larga, bajo un sombrero grande y un corbatón. Se decía que contaba con medio millón de dólares; hoy esa cantidad equivaldría a varios millones.

Publicaba dos revistas: El Filisteo y El Fray, las cuales casi llenaba con escritos propios. Se jactaba de poseer el vocabulario más extenso desde el tiempo de Shakespeare. Publicó Una Biblia Americana que escandalizó a muchos religiosos, aunque él les explicó que la palabra “Biblia” simplemente significa “libro”, sin implicar necesariamente escritos sagrados, a menos que fuera precedida de la palabra “santa”. Su “Biblia” consistía en composiciones selectas escogidas por él, entre las cuales se encontraban escritos de varios escritores norteamericanos influyentes… ¡incluso Hubbard, por supuesto! Casi la mitad del libro contenía sus propias obras y el resto era una colección de las de otros escritores.

Hubbard no era víctima de complejos de inferioridad, y la filosofía que predicaba era positivista. Poseía una perspicacia y una sabiduría singulares para las cosas puramente materiales, además de una comprensión profunda de la naturaleza humana.

Sabía que los hombres “importantes” codiciaban la lisonja, tanto como los actores el aplauso. Una gran parte de su fortuna la había ganado escribiendo una serie casi interminable de folletos bajo el título de Pequeños viajes a las casas de los grandes y los casi grandes. Eran impresos en un estilo único en su propia imprenta. Gran número de norteamericanos ricos y famosos le pagaban enormes sumas para que los ensalzara en su inimitable estilo literario.

Una información interesante sobre el concepto que el Sr. Hubbard tenía del éxito, le salió espontáneamente un domingo en la tarde mientras charlábamos en su hospedería en la ciudad de Aurora Oriental, Nueva York.

—Una vez le pregunté a un ministro unitario—le dije al Sr. Hubbard—, si había podido por fin determinar cuáles son realmente las creencias religiosas que usted profesa, si es que profesa algunas.

“El Fray Elberto” se interesó al momento.

—¿Y qué le contestó?—me preguntó curioso.

—Me dijo que no estaba seguro, pero que cualquiera que fuera la religión de usted, sospechaba que tenía su origen en su billetera y su cuenta bancaria—le contesté. El Sr. Hubbard no lo negó, sino que carcajeándose me dijo:

—Y bien que me salgo con la mía, ¿no es cierto?

¿Tuvo éxito el Sr. Hubbard? De acuerdo con las normas humanas, creo que lo tuvo. Él conocía y aplicaba seis de las siete leyes del éxito. Era industrioso, trabajaba con afán y cosechó abundantes “frutos”: dinero, popularidad, aclamación. Sin embargo, él y su esposa se fueron al fondo del mar cuando un submarino alemán hundió al trasatlántico Lusitania en el que viajaban.

La fama del Sr. Hubbard no fue duradera, pues hoy es prácticamente desconocido. Él conocía los valores materiales, pero su agnosticismo le cerró la puerta del camino que le hubiera conducido a la comprensión de los valores espirituales. Él nunca entendió el verdadero propósito de la vida. No estaba seguro si en efecto existía un Creador. Estaba convencido de que la “cristiandad”, en la forma en que el mundo la conceptúa, era una superstición irrazonable. Ignoraba la razón por la cual la humanidad había sido puesta sobre la tierra… o si había surgido por azar. Ignoraba también el destino potencial del hombre. No tenía conocimiento de la séptima ley del éxito. Y como no conocía ni aplicaba esta ley, se impulsaba fuertemente, mediante la aplicación concienzuda de las primeras seis, ¡en la dirección diametralmente contraria a la que lleva al verdadero éxito! 

Continúa en Las siete leyes del éxito (quinta parte)

SEV, AD