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¿Podemos confiar en el libro de Daniel?

(Gustave Doré)

¿Podemos confiar en el libro de Daniel?

¿Fue escrito el libro de Daniel antes o después de los increíbles acontecimientos que dice haber profetizado?

El libro de Daniel es probablemente el libro clave en el debate sobre la autenticidad de la Biblia. Este libro afirma predecir múltiples acontecimientos que estremecen el mundo, incluyendo el auge de reyes específicos y el ascenso y caída de imperios.

Debido a su naturaleza profética, muchos creyentes consideran el libro de Daniel una prueba de que un Ser divino inspiró la Biblia. Muchos críticos, sin embargo, descartan este libro por completo. Dicen que debió escribirse después de que se cumplieran sus numerosas “profecías” y que no es más que un ingenioso recuento de la historia. Para los cínicos, es imposible que profecías tan increíblemente precisas pudieran haberse hecho con anticipación.

En medio de este debate, una cosa es cierta: Los acontecimientos históricos documentados en el libro de Daniel ocurrieron. Muchas figuras y acontecimientos de este libro, desde el impresionante esplendor del rey Nabucodonosor ii y el imperio neobabilónico, hasta la destrucción relámpago del imperio medo-persa por Alejandro Magno, están poderosamente corroborados por textos antiguos y pruebas arqueológicas. Así que la pregunta crucial es ¿En qué lado de esos acontecimientos se escribió Daniel? ¿Es el libro de Daniel una prueba de la revelación divina o es una falsedad absoluta? ¿Cómo podemos saber cuál es la verdad?

Los creyentes en la Biblia aceptan que Daniel escribió durante el siglo VI a. C., el periodo cronológico descrito en el texto. Los críticos afirman que el libro fue escrito en una fecha más tarde como el II siglo segundo a . C., después de que muchas de las profecías (especialmente las relacionadas con los imperios persa y griego se hubieran cumplido.

Los escépticos utilizan varios argumentos para defender su punto de vista. Por ejemplo, afirman que, dado que Daniel utilizó palabras griegas, su libro debió de escribirse durante la época posterior en Judea, que fue profundamente helenística. También señalan que hay detalles en Daniel que no han sido corroborados por la historia antigua o la arqueología. Como tales, estos acontecimientos no confirmados deben ser producto de la imaginación de un escritor tardío.

Examinemos estos argumentos.

Idioma

El libro de Daniel está escrito en hebreo (capítulos 1-2:4 y capítulos 8-12) y arameo (Daniel 2:4 hasta el capítulo 7). Varias palabras traducidas en hebreo y arameo son de origen extranjero.

El libro sí contiene palabras griegas: un total de tres. Las tres palabras se refieren a instrumentos musicales, y aparecen juntas, repetidas cuatro veces a lo largo del mismo capítulo: Daniel 3:5, 7, 10 y 15. (Para más información, lea “The Instruments of the Bible” [Los instrumentos de la Biblia; disponible en inglés]) ¿Prueba la presencia de unas palabras griegas que Daniel fue escrito mucho después del siglo VI a. C.?

La primera palabra griega es kitharis. Probablemente se refiere a una lira o laúd, que se sabe que ya se utilizaba en el siglo VIII a. C., unos 200 años antes de la datación tradicional del libro de Daniel. La traducción de esta palabra en el arameo de Daniel —como kitharos— en realidad coincide más con la forma griega más antigua de la palabra, tal como la utilizó Homero en el sigloVIII. (El griego kitharis hacía tiempo que había cambiado a kithara en el siglo II a. C.).

La segunda palabra griega es symphonia. Pitágoras utilizó esta palabra en el siglo VI a. C. Una forma de esta palabra también aparece en Hymni Homerici de principios del siglo VI a. C.

Por último, el profeta Daniel utilizó la palabra psanterin, vinculada a la palabra griega psalterion. Esta palabra se refiere probablemente a un arpa. Aún no se ha encontrado en textos griegos antiguos, lo que significa que no hay pruebas tangibles de que estuviera en uso en el siglo VI a. C. Considere, sin embargo, la estimación de que menos del 10% de los escritos griegos clásicos han sobrevivido hasta nuestros días. ¿Es racional utilizar una palabra griega como prueba de que Daniel no escribió este libro?

Considérelo también: ¿Sería realmente inusual que unos términos técnicos griegos para instrumentos especializados se hubieran utilizado en las cortes babilónicas del siglo VI a. C.? Los textos antiguos demuestran que hubo cierta interacción cultural entre los griegos y los babilonios. Los instrumentos musicales son símbolos fácilmente transportables de culturas específicas. No sería raro que los instrumentos griegos (e incluso los artistas griegos) figuraran en la corte babilónica. Tampoco sería inusual que un funcionario como Daniel, que sirvió tanto en la corte babilónica como en la persa, registrara su presencia en un libro.

Lo que sería inusual es que un libro del siglo II a. C. estuviera tan desprovisto de terminología griega. Si Daniel hubiera sido escrito durante el siglo II a. C., cuando la lengua y la cultura griegas saturaban la región, seguramente contendría más de tres palabras griegas diferentes.

Algunos eruditos señalan el uso de palabras persas en Daniel como prueba de una fecha posterior. También este argumento es difícil de corroborar. Las 18 palabras persas utilizadas en el libro se refieren en su mayoría a cargos administrativos. El propio Daniel es descrito claramente como viviendo y escribiendo durante el periodo de gobierno persa. Y seis de estas palabras persas no se encuentran en uso después del siglo IV a. C. Todas las palabras persas del libro se consideran “persa antiguo”, lo que indica que el libro fue ensamblado en la historia persa.

Como ya se ha dicho, el cuerpo principal del libro de Daniel se escribió en arameo y se completó al principio y final en hebreo. Es dificil de poner fecha al hebreo para los periodos en cuestión, pero las pruebas sugieren que Daniel fue escrito primero enteramente en arameo antes de ser traducido parcialmente al hebreo. Inicialmente, los críticos creían que el arameo de Daniel era de un estilo arameo occidental tardío. Esta creencia reforzaba la opinión de que Daniel fue escrito en una fecha posterior. Pero esta suposición tuvo que ser revisada tras el descubrimiento de los Papiros de Elefantina y los Manuscritos del Mar Muerto.

Resulta que el estilo arameo de la escritura del libro de Daniel se ajusta al estilo imperial temprano, un estilo utilizado en el periodo del siglo VI a. C. Desesperados por situar la autoría de este libro en el siglo II a.e.c., algunos argumentaron que los autores de Daniel debían haber falsificado un estilo arameo temprano.

El libro de Daniel contiene unas 20 palabras nativas de Asiria y Babilonia. Si el libro de Daniel fue escrito en el siglo II, esto sería inusual, teniendo en cuenta que el Imperio Babilónico cayó 400 años antes.

Además, el libro de Daniel contiene una fraseología específica que apunta a una fecha temprana de escritura. Por ejemplo, la frase “Señor del cielo” no se utilizaba durante el periodo macabeo porque en esa época se asociaba con el dios pagano Zeus.

Analizándolo palabra por palabra, el libro de Daniel en su conjunto fue escrito en un estilo lingüístico algo más antiguo, con términos más arcaicos que los libros de Crónicas, Esdras, Nehemías y Ester (libros que en general se acepta que datan del siglo V a. C.). Esto encaja, entonces, con la datación tradicional de Daniel: el siglo VI a. C. (Para más detalles sobre estos puntos del idioma, véase el libro de Craig Davis Dating the Old Testament [Datación del Antiguo Testamento], páginas 404-428.).

Historicidad

Es cierto que ciertos acontecimientos del libro de Daniel no han sido totalmente verificados por la arqueología. ¿Prueba esto que esos acontecimientos debieron ser invención de escritores fantasmas del siglo II a.e.c?

Los descubrimientos arqueológicos confirman constantemente que la descripción que hace Daniel de la vida en Babilonia y Persia es extraordinariamente exacta. Por ejemplo, las descripciones de Daniel de los programas de construcción de Nabucodonosor, su jactancia, sus amenazas apresuradas y posiblemente incluso su amor por los cedros (Daniel 4) han sido todas confirmadas arqueológicamente.

Numerosas fuentes antiguas, incluidos los archivos de Ciro el Grande, confirman el relato de Daniel sobre la caída de Babilonia en 539 a.e.c. También se han verificado muchos otros detalles históricos, como el carácter irrevocable de las leyes de los medos y persas. En Persia, ni siquiera un rey podía revocar sus propias leyes (Daniel 6; Ester 8:8). No ocurría lo mismo en Babilonia, donde los reyes podían cambiar las leyes a su parecer (por ejemplo, Daniel 3:28).

La arqueología ha revelado un suceso similar al registrado en Daniel 6, en el que un rey persa decretó que un hombre fuera ejecutado, luego se descubrió que el hombre era inocente, pero fue ejecutado de todas formas. Incluso al descubrir el error, el propio rey no pudo revocar su orden; tal era la naturaleza irrevocable de la ley medo-persa. Según el historiador John C. Whitcomb: “La historia antigua confirma esta diferencia entre Babilonia, donde la ley estaba sujeta al rey, y Medo-Persia, donde el rey estaba sujeto a la ley”.

Tal y como confirman los registros arqueológicos e históricos, los babilonios utilizaban el fuego como castigo, como se describe en Daniel 3. Los persas, sin embargo, consideraban que el fuego era sagrado y, por tanto, no lo habrían utilizado para tal fin, pero sí mantenían leones enjaulados.

Daniel detalló con precisión la burocracia gubernamental —líderes y funcionarios de los imperios babilónico y persa— desde los reyes hasta los magos y el “oficial principal” (Daniel 1:3). Registró el reinado de Belsasar, un rey corregente considerado ficticio por los escépticos hasta que se demostró mediante la arqueología con una referencia en el Cilindro de Nabonido. Ni siquiera el famoso historiador del siglo V a.e.c. Heródoto menciona a este hombre, pero Daniel sí. La exactitud del relato de Daniel se ha demostrado una y otra vez por medio de la arqueología, incluso hasta detalles como el hecho de que los muros del palacio babilónico estaban enyesados (Daniel 5:5).

Teniendo en cuenta los detalles altamente precisos y verificables del libro de Daniel, es difícil imaginar a un autor de la época macabea, escribiendo más de 300 años después y viviendo a más de mil millas de distancia en Judea, componiendo un relato semejante.

Por supuesto, la arqueología no ha confirmado ni puede confirmar cada palabra de Daniel. Sigue habiendo cierta ambigüedad sobre la identidad de Darío el Medo, igual que la hubo con Belsasar hasta que se demostró su existencia. Pero hay muchas más pruebas que atestiguan la autoría de Daniel que las que demuestran que fue escrito por otra persona. Y la regla de oro de la arqueología es que la ausencia de pruebas no es prueba de ausencia: no es prueba de que algo no sucediera.

Sin embargo, la prueba mayor y más pasada por alto para una datación tradicional de Daniel es la misma cosa que motiva una datación tardía: la profecía.

Profecía

El historiador del siglo I e.c. Josefo escribió que cuando Alejandro Magno arrasó Judea (circa 329 a.e.c.), fue recibido por una procesión de sacerdotes judíos. Cuando el sumo sacerdote se presentó ante el afamado conquistador, le mostró el libro de Daniel donde se profetizaban directamente sus conquistas. Esto asombró a Alejandro. Se sintió conmovido por la revelación y concedió a los judíos enorme favor (Antigüedades de los judíos, 11.8.4-5). Esto también se relata en el posterior Talmud judío (circa 500 e.c.).

Si este relato es exacto, significa que el libro de Daniel fue escrito antes de la época de Alejandro (333 a.e.c.). Naturalmente, los escépticos rechazan el registro de Josefo considerándolo ficción. Sin embargo, su narración de este periodo más amplio ha sido corroborada por otros registros históricos y por la arqueología. Puesto que Josefo vivió 2.000 años más cerca de los hechos reales que nosotros, y tuvo acceso a un archivo mucho mayor de material histórico destruido desde entonces, ¿no es razonable que supiera más sobre lo que ocurrió entre los judíos y Alejandro Magno?

Los críticos no ponen fecha diferente a Daniel porque lo exija la ciencia. Lo cambian porque les cuesta aceptar que los acontecimientos que describe se escribieron mucho antes de que se cumplieran. La única explicación que pueden aceptar para la exactitud de las profecías de Daniel es que fueron escritas después de los acontecimientos que predijeron.

Hay un problema importante con este razonamiento. Fechar este libro en el siglo II a.e.c. ¡sigue situando su autoría mucho antes que muchas de las figuras y acontecimientos que pronostica!

Si pudieran, los críticos afirmarían que este libro se escribió incluso más tarde, preferiblemente en el siglo V e.c. o después. Pero no pueden. ¿Por qué? Para empezar, se descubrieron copias del libro de Daniel entre los Rollos del Mar Muerto, lo que significa que el texto ya existía en el siglo II a.e.c., por tanto, ésa es la fecha más tardía que puede asignarse.

Si este libro fue escrito en el siglo II, esto significaría que sus notables “profecías” sobre el Imperio griego y Antíoco vi fueron escritas después de los acontecimientos que presagiaban. Pero, ¿qué hay de los acontecimientos que Daniel profetizó y que ocurrieron después del siglo II?

Daniel, de hecho, profetiza principalmente sobre el Imperio Romano. Describió claramente cuatro imperios sucesivos del hombre a nivel mundial (Daniel 2, 7): primero, el babilónico; segundo, el medo-persa; tercero, el greco-macedonio; y finalmente, el romano. Los eruditos intentan hacer concordar los cuatro imperios de Daniel antes del siglo II a.e.c. separando a los medos y persas como segundo y tercer imperio, y convirtiendo así al imperio griego en el cuarto. Sin embargo, el libro de Daniel identifica explícitamente a Medo-Persia como un solo imperio —el segundo— y a los greco-macedonios como el tercero.

La exactitud de las profecías sobre el Imperio Romano es increíble. Daniel predijo que provocaría la destrucción de Jerusalén y del templo (Daniel 9:25-26), profecía cumplida en el año 70 e.c. No sólo predijo la fundación del imperio, sino que también describió la división entre Roma y Constantinopla (simbolizada por las dos piernas de la estatua en Daniel 2:33, 40-41; cumplida en el año 395 e.c.), así como 10 “resurrecciones” del imperio (descritas en símbolo como “diez cuernos” en Daniel 7:7, 19-20, 24). Daniel también profetizó sobre la conquista de Roma por tres tribus bárbaras (versículos 8, 20, 24; cumplido en los siglos V y VI e.c. por los vándalos, los hérulos y los ostrogodos), seguida de la aparición de la Iglesia católica romana como cabeza espiritual del imperio (el “cuerno pequeño” de los versículos 8, 20-21, 25; cumplido a partir del 554 e.c. en adelante).

Incluso si aceptamos una fecha tardía de autoría, ¡el libro de Daniel sigue siendo un libro poderosamente profético!

A pesar de todos los esfuerzos por asignar al libro de Daniel una fecha posterior, ninguna fecha es lo bastante tardía como para escapar a su cronología profética. Este libro no fue escrito para su época. El propio profeta admitió lo confundido que estaba con las profecías. “Y yo oí, mas no entendí. Y dije: Señor mío, ¿cuál será el fin de estas cosas? 9 Él respondió: Anda, Daniel, pues estas palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin” (Daniel 12:8-9).

Como revela este pasaje final, este libro no podría haber sido comprendido en su totalidad, en su pleno contexto profético, en ningún otro momento de la historia, hasta el mismo “tiempo del fin”.

La palabra de Dios a los escépticos

Nuestro predecesor, el difunto Herbert W. Armstrong, escribió una vez lo siguiente: “La mayoría de las personas altamente educadas, y de los hombres de ciencia, suponen que la Biblia no es la revelación infalible de un Dios sobrenatural, y lo suponen sin las pruebas científicas que exigen en cuestiones materiales” (The Proof of the Bible [La prueba de la Biblia]). Tal es el caso del libro de Daniel. Pero éste no es el único enfoque problemático. Escribió más adelante: “La mayoría de los creyentes fundamentalistas asumen, por pura fe, sin haber visto nunca pruebas, que la Santa Biblia es la mismísima Palabra de Dios”.

Ambos enfoques son erróneos. La ciencia debe basarse en hechos y pruebas firmes. Y del mismo modo la fe, como se pone de manifiesto en varios pasajes bíblicos, debe ser educada (Isaías 1:18; Malaquías 3:10). Es correcto y necesario cuestionar, probar. Y cuando se trata de pedir cuentas a un supuesto profeta, como Daniel, Dios mismo instruye en Deuteronomio 18: “Y si dijeres en tu corazón: ¿Cómo conoceremos la palabra que [el Eterno] no ha hablado?; si el profeta hablare en nombre de [el Eterno], y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que [el Eterno] no ha hablado; con presunción la habló el tal profeta; no tengas temor de él.” (versículos 21-22).

La Biblia dice que debemos poner a prueba a los profetas. Si pasan la prueba, entonces debemos creerles.

EL MISTERIO DE LOS SIGLOS

Se ha preguntado usted alguna vez: "¿Quién soy yo? ¿Qué soy? ¿Por qué existo?" Usted es un misterio. El mundo que lo rodea es un misterio. ¡Ahora usted puede comprenderlo!