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Las siete leyes del éxito (decimotercera parte)

Continuación de Las siete leyes del éxito (duodécima parte)

Todavía necesitamos la séptima ley

Ahora sí parecería que si aplicáramos estas seis leyes del éxito, no faltaría ningún elemento necesario para alcanzar el éxito.

Ciertamente, los hombres de “éxito” que hemos descrito aplicaron estos seis principios. Alcanzaron sus metas, ganaron mucho dinero, se volvieron importantes y disfrutaron de los placeres pasajeros.

No obstante, aun con todo ese “éxito”, sus vidas estuvieron vacías. Nunca estuvieron satisfechos sino descontentos. Jamás encontraron la felicidad duradera, permanente e imperecedera. No se llevaron sus pertenencias cuando murieron y ¡su fama pereció con ellos!

Lo que les faltó es lo mismo que les falta a todos los que no alcanzan el éxito verdadero: la séptima ley del éxito, la más importante de todas. ¡Este era el ingrediente que lo hubiera cambiado todo!

La ley que no se ha tenido en cuenta

He reservado la explicación de esta importantísima ley hasta lo último. Pero lejos de ser la última, es la primera en cuanto a su importancia vital.

La he dejado hasta ahora por dos razones: 1) porque es precisamente la última que la gente reconoce y aplica; y 2) porque siendo la primera en hacer factible la obtención del éxito verdadero, quiero dejarla hasta el final para que quede grabada en la mente del lector.

Cuando acomete alguna enfermedad seria, la gente llama al médico. La mayoría confían automáticamente en los conocimientos y la pericia de los humanos, y en drogas, medicinas y bisturíes. Pero cuando el médico, tal vez en colaboración con algunos especialistas, llega a la conclusión de que la ciencia médica nada puede hacer, que sólo un poder superior podrá salvar al enfermo, entonces por fin ¡la gente clama con desesperación al Creador!

¿Es posible que el Dios vivo pueda ser un factor determinante en nuestro éxito o fracaso? Pocos creen que sí. La gente siempre rechaza cualquier idea de guía y ayuda divinas; sin embargo, si uno se encontrara naufragado en medio del océano sin agua ni comida, ¡no tardaría en creer que realmente hay un Dios viviente! En su desesperación de último momento, la gente clama a aquel a quien ha negado, desobedecido y tenido en nada toda su vida.

¿No parecería axiomático que si hay un Creador benéfico y compasivo, listo y dispuesto a proporcionarnos ayuda de emergencia como último recurso, lo más sensato sería buscar su guía y su ayuda desde un principio? Sin embargo, algunos adquieren riquezas, viven con toda clase de lujos y, finalmente, al perderlo todo, recurren a Dios. Otros se suicidan. Pocas personas confían en el Hacedor y Sustentador de la vida antes de que se sientan indefensos y desesperadamente necesitados de ayuda; y aun así su motivación principal es egoísta.

Sin embargo, si pretendemos disfrutar de las buenas cosas de la vida, como libertad de temores y angustias, paz mental, seguridad, protección, felicidad, abundante bienestar, ¡la fuente que proporciona todo eso es el gran Dios! Como todo nos viene de Él, ¿por qué no recurrir a esa fuente desde el principio?

En esta época de adelantos científicos, de sofisticación y vanidad, no es de buena pose intelectual creer en la existencia de un Creador. En este mundo engañado, la existencia de Dios ha gozado de poca o ninguna aceptación en la educación moderna.

La importantísima séptima ley del éxito es tener contacto con Dios y contar con la guía y ayuda continuas de él.

La persona que coloca en último lugar esta importante séptima ley, ¡probablemente está condenándose al fracaso ulterior! 

Continuará…

SEV, AD