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Cancelando a Verdi

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Cancelando a Verdi

¿Hay que ‘descolonizar’ la música clásica?

Una nueva expresión con la que muchos se han familiarizado en los últimos años es la “cultura de la cancelación”. Las estatuas de importantes figuras de la historia (Theodore Roosevelt, la reina Victoria e incluso Gandhi) han sido derribadas o han pedido que las retiren. Pero hay un ámbito del patrimonio histórico occidental que uno pensaría que estaría más seguro. La tradición artística de la civilización occidental es muy apreciada en todo el mundo. La llamada “música clásica” ha enriquecido durante cientos de años la vida de personas de culturas de todo el mundo.

Pero ni siquiera la música clásica es inmune al ataque de la “cultura de la cancelación”. Según un artículo del Telegraph del 7 de mayo, la Universidad de Cambridge ofrece una clase sobre la historia de la música clásica, con un giro. Con el nombre de “Descolonizando el oído”, el curso enseña a escuchar la música de forma “postcolonial”. La premisa de la clase es que la música clásica podría ser “cómplice (…) de los proyectos de imperio y de los sistemas neoliberales de poder”. En otras palabras, la música clásica es racista y clasista. El material del curso incluye la enseñanza de cómo “géneros como la ópera parecen particularmente susceptibles a las representaciones racializadas”. Cambridge ha estado ofreciendo esta clase desde al menos 2019.

El material de la clase sugiere la ópera Aida de Giuseppe Verdi como “punto de partida”. Aida, estrenada en 1871, es una ópera romántica ambientada en el antiguo Egipto.

A raíz de las protestas recientes de Black Lives Matter (blm), la élite dominante de la música clásica británica ha buscado formas de ser más “incluyente”. El Royal College of Music anunció recientemente que “diversificaría” su plan de estudios de música clásica. Un profesor de la Universidad de Oxford llegó a sugerir el año pasado que la notación musical representa la “hegemonía blanca”. La notación musical moderna se formó mucho antes del comercio transatlántico de esclavos.

Uno de los principales objetivos del movimiento blm es hacer “justicia” a los afrodescendientes. Sus principales blancos son la trata transatlántica de esclavos y los imperios coloniales europeos. Parte de la idea de “justicia” de blm consiste en atacar el patrimonio y la memoria histórica de Occidente. Al principio, los principales objetivos de la ira de los activistas de blm eran figuras como el general confederado Robert E. Lee. Luego se extendió a los presidentes estadounidenses relacionados con la esclavitud. Pero como demuestra el artículo del Telegraph, el alcance se ha ampliado. Ahora, cualquier cosa que tenga que ver con el patrimonio cultural occidental se considera “juego limpio”.

Pero considere esto: muchos de los compositores más célebres no tuvieron nada que ver con la trata transatlántica de esclavos ni con la colonización de África. Tampoco sus países de origen. Austria (el país de Franz Joseph Haydn, Wolfgang Amadeus Mozart, Franz Schubert y otros) nunca tuvo una colonia en África. Tampoco (aparte de un extraño episodio en 1889) Rusia, la tierra de Sergei Prokofiev y Pyotr Ilyich Tchaikovsky. George Gershwin, Felix Mendelssohn y otros eran judíos, una raza que sufrió persecución durante mucho más tiempo que los africanos coloniales.

“La producción artística que sobrevive varias décadas e incluso siglos está juzgando a los de hoy”, comentó Ryan Malone, compositor y director de programas de la Fundación Cultural Internacional Armstrong. “Como enseño a mis alumnos, no estamos juzgando esta música; ella nos está juzgando a nosotros. Ha existido mucho más tiempo que nosotros, y es una arrogancia temeraria pensar que podemos desestimar su impacto en la civilización humana con nuestro brevísimo parpadeo en la línea de tiempo de la humanidad”.

La ópera Aida que “Descolonizando el oído” utiliza como “punto de partida”, es un excelente caso de estudio. Aida no se estrenó en Milán, Viena o París, sino en El Cairo. La Ópera Khedivial de El Cairo fue encargada por el gobernante de Egipto, Ismai’il Pasha. Al parecer, Verdi estaba furioso porque no se invitó a más público egipcio. La trama en sí implica a un guerrero egipcio que lucha por liberar a esclavos etíopes. En el momento del estreno, un crítico escribió: “El amor de Aida [una esclava etíope] y Radamés [el guerrero egipcio] se convierte en un brillante ejemplo de verdadera devoción que, en última instancia, trasciende las enormes diferencias culturales entre sus naciones en guerra”.

¿Le parece una producción racista?

Verdi, como los activistas de hoy, tenía fuertes convicciones políticas. Otra ópera célebre suya, Nabucco (ambientada en el antiguo Irak), simbolizaba las luchas políticas de Italia. Malone dijo que el “nombre de Verdi se convirtió en un acrónimo de la lucha de su pueblo por liberarse de la opresión y ser una nación”. Son temas universales que cualquiera podría apreciar.

Lo mismo ocurre con Mozart. Hoy, muchos piensan en la música de Mozart como un arquetipo de la tradición y la aristocracia. Sin embargo, para su época, se le consideraba revolucionario. Su famosa ópera Las bodas de Fígaro “fue en realidad un acto de rebelión contra la cultura ‘refinada’ en la que creció”, dijo el asistente (e hijo) de Malone, Seth Malone. “Entonces, que (…) los historiadores de la música señalen a Mozart de ser símbolo de la aristocracia, equivale básicamente a que un astrónomo diga que la Tierra es plana. No podría estar más lejos de la verdad”.

Todo lo que el hombre toca (incluidas las artes) suele reflejar prejuicios y sesgos de alguna manera. Pero las artes están pensadas para que las disfrute cualquier persona de cualquier raza, religión o condición económica. La música es uno de los grandes unificadores de la humanidad.

Según Ryan Malone:

El sonido es sonido. Las vibraciones de las moléculas (que conforman lo que nuestros oídos perciben como tono y timbre) son científicamente medibles y superan cualquier cultura. Por ejemplo, la “tríada mayor” [uno de los acordes más comunes en la música] se encuentra en los sobretonos, en gran medida inaudibles, de cada tono. Eso no es cultural. Claro, cada cultura aprovecha los elementos musicales de forma diferente, y el hecho de compartir estas manifestaciones de la “física de la música” es una de las alegrías de la experiencia humana, no una “apropiación” que deba evitarse. …

El gran arte debe “colonizar” e “imperializar” nuestras vidas en el sentido de que es algo fundamentalmente humano. La música, especialmente, es un lenguaje universal en muchos aspectos, lo que significa que se eleva por encima de nuestras culturas y orígenes étnicos y enriquece nuestras vidas. Al igual que un pilar sostiene una estructura, independientemente de las conexiones artísticas, políticas y culturales asociadas a ese pilar.

La música clásica debe unir, no dividir. Como dijo Malone, el arte musical es algo que nos hace “fundamentalmente humanos”. Es algo que traspasa las culturas. Nos conecta tanto con nuestros antepasados como con nuestros descendientes. Muchos estudios demuestran los efectos positivos de la música clásica en la salud mental.

La música clásica es algo que vale la pena preservar. Es algo digno de proteger y digno de disfrutar, no importa de quien se trate ni de donde venga.

¿Cómo se empieza a aprender y apreciar? Para los que no han crecido con la música clásica, puede llevar tiempo desarrollar el gusto. Malone tiene un artículo en nuestro sitio web hermano, pcg.church, llamado “Face the Music” [Enfrente la música; pronto disponible en español]. Es una buena introducción para explicar por qué es importante la apreciación musical.

La Trompeta patrocina un podcast presentado por Ryan Malone llamado Music for Life [Música para la vida]. En él se presentan programas musicales organizados por la Fundación Cultural Internacional Armstrong. Entre ellos figuran intérpretes de renombre a lo largo de los años, como Joshua Bell, el Ballet Nacional de Rusia, los Niños Cantores de Viena y otros. Music for Life es un buen punto de partida para formar su propia apreciación de la música clásica.


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