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La Trompeta

Autobiografía de Herbert W. Armstrong: El primer sermón (segunda parte)

Capítulo 20 - El primer sermón (segunda parte)

Continuación de El primer sermón (primera parte)

... Pero, ¿y dónde más se encontraría?

Y, sin embargo…

Pequeña, impotente, sin resultados, sin fuerzas como parecía ser, sí, aun así, aquí había una iglesia con el nombre correcto, “guardando los mandamientos de Dios y el testimonio de Jesucristo”, pero más cercana, ¡en sus doctrinas y enseñanzas que cualquier otra iglesia que yo conociera, y a lo que Dios había estado abriendo mis ojos para ver claramente en Su Palabra! Por pequeña e impotente que pareciera, ¡tenía más VERDAD bíblica que cualquier otra iglesia que pudiera encontrar!

En este momento, Dios estaba abriendo mi entendimiento a algunas verdades bíblicas que esta iglesia no aceptó; y también a algunos errores, aunque menores, que acogió. Claramente, no era perfecta. Simplemente parecía ser más cercana y menos imperfecta, en sus creencias y prácticas, que cualquier otra.

¿Podría una iglesia así, imperfecta, infructuosa, débil, carente de algún logro considerable, ser la verdadera Iglesia de Dios? ¿Podría ser este el instrumento de Cristo a través del cual trabajó, para llevar a cabo la obra de Dios en la Tierra? Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis”. Sus frutos no eran malos pero, ¡simplemente ésta no parecía producir fruto!

Estaba desconcertado. No pude encontrar la respuesta en ese momento, o hasta muchos años después. La respuesta real a esta pregunta desconcertante saldrá más adelante en esta Autobiografía, en el momento en que encontré la respuesta verdadera. Sin embargo, declararé aquí que más tarde supe que era simplemente el remanente de una iglesia que había estado más viva muchos años antes.

Mientras tanto, ¿qué iba a hacer? No estaba del todo convencido de que ésta fuera la única Iglesia verdadera. Sin embargo, si no fuera así, ¿cuál era? Ésta se acercó más a las calificaciones de la Biblia que cualquier otra que yo conociera.

Por lo tanto, comencé a tener compañerismo con sus pocos y dispersos miembros en Oregón, al mismo tiempo que me abstenía de reconocer la membresía.

Vivíamos en Portland, Oregón, en ese momento. No conocía a ningún miembro de esta iglesia en Portland, pero había una pizca de ellos en Oregón, a través del Valle de Willamette entre Salem y Eugene, en su mayoría agricultores o jardineros con camiones. Ellos recibieron bien el compañerismo mío y la Sra. Armstrong.

Descubrimos que eran personas simples, sencillas y humildes, trabajadoras y hacendosas, y que amaban la verdad bíblica, tanto como tenían, aun dispuestos a sufrir persecución por ésta.

Y así fue, en este compañerismo separado, que la Sra. Armstrong y yo continuamos los primeros 3 años y medio de mi incesante estudio de la Biblia, día y noche, y de la historia, especialmente en relación con la historia bíblica y la profecía, y de temas pertinentes relacionados. Estos también fueron años de mucha y sincera oración. Gran parte del estudio bíblico realizado en casa se hizo de rodillas, combinando el estudio con la oración. Se pasó mucho tiempo durante estos años, como lo habían sido los primeros seis meses, en la biblioteca pública. Allí profundicé en una investigación intensiva de los comentarios, enciclopedias bíblicas, diccionarios bíblicos, comparando varias traducciones de la Biblia, examinando textos griegos y hebreos de pasajes dudosos o cuestionables, comprobando con léxicos y A Grammar of the Greek New Testament [Gramática del Nuevo Testamento griego] de Robertson. Hice un estudio intensivo de la historia antigua en relación con la historia bíblica y la profecía.

Pero, como se mencionó anteriormente, todo este estudio e investigación tuvo que enfocarse en una sola doctrina a la vez. Tardaría algunos años en llegar al tronco del árbol, el mismísimo propósito para el cual la humanidad fue puesta en la Tierra, y para enderezarme claramente con una comprensión correcta del plan de Dios.

Sin embargo, como he mencionado, después de haber sido entrenado como redactor de revista y publicidad, los resultados de estos estudios se redactaron en forma de artículo sólo para mi propio beneficio. Mi esposa comenzó a mostrar estos artículos a algunas mujeres miembros de esta Iglesia de Dios que vivían en Salem. Y pronto comenzaron a instarme que les predicara. Pero convertirme en predicador fue lo último que quise hacer. Sentí una aversión instintiva contra la idea.

Mientras tanto, a instancias de ellos, algunos de estos artículos fueron enviados por correo al Bible Advocate [Abogado de la Biblia] en Stanberry, Missouri. Estos artículos comenzaron a aparecer en la portada.

La prueba dual

Al principio de este período de 3 años y medio, entre 1927 y 1930, decidí intentar una prueba doble para ayudar a resolver la interrogativa de si ésta era, en realidad, la verdadera Iglesia de Dios.

La Iglesia es simplemente la suma total de sus miembros. Por el único Espíritu de Dios, somos bautizados o puestos en la verdadera Iglesia (1 Corintios 12:13). Jesús prometió que cuando recibamos el Espíritu Santo, Su Espíritu nos guiará a toda la verdad, no sólo a una parte de ella (Juan 16:13).

Pero ninguna persona puede recibir toda la verdad instantáneamente. La mente humana recibe conocimiento gradualmente. El hijo de Dios debe crecer en el conocimiento de nuestro Señor (2 Pedro 3:18). También debe tener el espíritu de arrepentimiento, siempre listo y dispuesto a reconocer el error y apartarse de él. Las Escrituras son valiosas para el redargüir y la corrección, así como para la instrucción de conocimientos nuevos para nosotros. Y Dios corrige a cada hijo que ama (Hebreos 12:6).

Ahora bien, era una simple verdad que, si cada miembro individual de la Iglesia debe estar creciendo en el conocimiento de Dios, venciendo constantemente, siendo corregido y eliminando errores, entonces todos los miembros juntos, que forman la Iglesia, también deben estar constantemente dispuestos a confesar error y eliminarlo, y aceptar lo que es “nueva luz” de la Palabra de Dios a la Iglesia.

No conocía ninguna iglesia, secta o denominación que alguna vez hubiera confesado públicamente un error o aceptado una nueva verdad. Sin embargo, claramente, esto sería una prueba de la verdadera Iglesia.

Entonces, como el primer paso en esta prueba, escribí una exposición de unas 16 páginas mecanografiadas que demuestran clara, y más allá de la contradicción, que cierto punto menor de doctrina proclamado por esta iglesia, basado en una interpretación errónea de cierto verso de las Escrituras, estaba equivocado. Esto se envió por correo a la sede de Stanberry, Missouri, para ver si sus líderes confesarían el error y cambiarían.

La respuesta vino de su jefe, el editor de su periódico y presidente de su “Conferencia General”. Se vio obligado a admitir, en palabras simples, que su enseñanza sobre este punto era falsa y errónea. Pero, él explicó que temía si se hiciera algún intento de corregir esta falsa doctrina y confesar públicamente la verdad, muchos de sus miembros, especialmente los de mayor antigüedad y buenos contribuyentes de diezmos no podrían aceptarla. Temía que perderían la confianza en la iglesia si descubrían que ésta había estado en error en algún punto doctrinal. Dijo que temía que muchos retiraran su apoyo financiero, y que podría dividir a la iglesia. Y, por lo tanto, sintió que la iglesia no podía hacer nada más que continuar enseñando y predicando esta doctrina que admitió por escrito que era falsa.

Naturalmente, esto sacudió mi confianza considerablemente. ¡Este líder de la iglesia, si no la iglesia misma, estaba mirando a las personas como la fuente de la creencia, en lugar de a Dios! Sin embargo, aquí estaba la única iglesia que sostenía la mayor verdad básica de los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, guardada en el nombre de Dios, y a pesar de esto y algunas otras enseñanzas erróneas, aún estaba más cerca de toda la verdad que cualquier iglesia que yo haya encontrado.

Entonces, si ésta no era la verdadera Iglesia de Dios, ¿dónde estaba?

La segunda prueba

Poco después intenté la segunda prueba. Después de un exhaustivo estudio e investigación, encontré comprobado que las llamadas “10 tribus perdidas” de Israel habían emigrado a Europa occidental, las Islas Británicas y más tarde a Estados Unidos, que los británicos eran descendientes de Efraín, hijo menor de José, y que Estados Unidos de hoy en día es Manasés, hijo mayor de José, y que poseíamos la riqueza y los recursos nacionales de la primogenitura que Dios le había prometido a Abraham a través de Isaac, Jacob y José.

Esta verdad fue escrita en un extenso manuscrito de cerca de 300 páginas mecanografiadas y enviada por correo a este editor y líder de esta iglesia. Le expliqué que aunque esta nueva verdad parecía demostrarse sin lugar a dudas, todavía era relativamente nuevo en Cristo y en el conocimiento de las Escrituras, y deseaba el juicio de alguien más maduro y experimentado en las cosas bíblicas.

Creo que pasaron unos seis meses antes que llegara la respuesta. Fue escrita en un tren a altas horas de la noche. Este líder de la iglesia declaró en su carta (la cual todavía tengo) que ciertamente tenía razón, que ésta era una nueva verdad maravillosa revelada por Dios, y que Dios seguramente tenía una razón especial para revelarme esta nueva verdad. Sin embargo, dijo que no sabía qué uso, si alguno, podía tener en ese momento, pero estaba seguro que más tarde oiría más.

¿Acaso esta iglesia aceptó y proclamó esta nueva verdad vital y llave que abre las puertas a toda profecía? Aquí estaba la clave para entender un tercio de toda la Biblia. ¡Pero esta iglesia se negó a aceptarla, predicarla o publicarla, aunque su líder confesó francamente que era verdad y revelación de Dios!

Sin embargo, aquí estaba la iglesia que parecía tener más verdad y menos error que cualquier otra. Sí “profesó” los mandamientos de Dios y tuvo “el testimonio de Jesucristo”. tenía el verdadero nombre de la Iglesia que Cristo construyó. ¡Sus miembros amaban la verdad que tenían y se sacrificaban por ella! A pesar de ello, esta iglesia no parecía estar dinámicamente viva espiritualmente, pero a pesar de su escaso o nulo logro, ¡aún se acercaba más a las características bíblicas de la verdadera Iglesia de Cristo que cualquier otra que yo conociera!

¡En verdad, esto fue desconcertante!

Mi estudio sincero y en oración continuó. Después de un tiempo, hice un descubrimiento en el capítulo 31 de Éxodo. Al menos no había encontrado nada en la literatura publicada de esta Iglesia de Dios o de los Adventistas del Séptimo Día al respecto. Se hizo muy claro que Éxodo 31:12-18 era el relato de un pacto completamente diferente y distintivo que Dios hizo con Su pueblo en la Tierra. ¡Este pacto estableció el Sábado de Dios como obligatorio para siempre! Estaba completamente separado y aparte del “Antiguo Pacto” hecho con Israel en el Monte Sinaí.

Mi primer sermón

Esta fue una “nueva luz” que me sentí impulsado a presentar ante estos hermanos de la iglesia que habíamos llegado a conocer y a amar en el Valle de Willamette. En repetidas ocasiones, me habían instado a predicarles. Pero predicar era lo último que sentía que quería hacer. Me había negado continuamente.

Ahora, sin embargo, me invadió la necesidad de entregar este nuevo conocimiento ante ellos. No pude negarme más a hablar. Creo que se programó para que yo hablara el siguiente Sábado.

La reunión se llevó a cabo en el edificio de una tienda campestre, pero primero condujimos, para el almuerzo, a la casa de campo de uno de los miembros al sur de Salem, cerca de Jefferson. Nos llevaron los Runcorns de Salem, a quienes ahora habíamos comenzado a considerar como una especie de “segundos padres”. La Sra. Runcorn fue quien abrió los ojos de mi esposa a la verdad del Sábado. Recuerdo que conducían un gran Studebaker “President”.

En el automóvil, en camino desde Salem al lugar de la reunión, la consternación me abrumó de repente. Teníamos que llegar al mediodía y todos almorzaríamos al aire libre bajo un gran árbol. El servicio de predicación se llevaría a cabo en la tarde. De repente, una impresionante comprensión me llegó a la mente, de que podría ser llamado a dar gracias por la comida del almuerzo. Me di cuenta que sería habitual llamar a un invitado. Nunca había orado en voz alta delante de otros. ¡La idea de hacerlo me asustó!

Pero para entonces había llegado lo suficientemente lejos en mi experiencia cristiana y estudio de la Biblia para saber qué hacer. Comencé a orar en silencio, mientras avanzábamos, para que si lo solicitaban, Dios me pusiera las palabras en la boca y me diera la ayuda que necesitaba. Mi miedo disminuyó. Había estado aprendiendo la lección de fe. Sabía que Cristo estaría conmigo y no me abandonaría, y toda la vergüenza por la anticipación se fue.

Efectivamente, fue llamado para pedir la bendición sobre la comida. Tuve la ayuda que necesitaba. No creo que nadie allí, excepto la Sra. Armstrong, sabía que ésta fue mi primera oración en voz alta en presencia de otros, hasta que se lo dije a algunos después.

La reunión se llevó a cabo en un edificio vacante de una tienda de campo cercana. Este era conocido como la antigua tienda Dever. Creo que esta reunión fue en el verano de 1928.

Si este discurso podría llamarse un sermón, explicando el pacto del Sábado, este fue mi primero. La señora Armstrong me aseguró que estaba lejos de ser un sermón poderoso. Sin embargo, fue recibido con entusiasmo. Tenía un mensaje y una sincera necesidad de presentarlo.

Recuerdo que un miembro imponente de un metro noventa de alto, quien se había mudado a este valle de Oregón desde Texas, y que era un líder entre los miembros, se puso de pie después de que concluí y dijo: “Hermanos, sólo quiero decir que he escuchado a casi todos los ministros principales de la Iglesia de Dios, pero esta tarde escuché el mejor sermón que he escuchado en mi vida”. Esto no coincidió con la evaluación de mi esposa, quien dijo que la entrega fue extremadamente principiante e inexperta, pero, supongo, el hecho que el mensaje era nuevo para ellos, y que era sincero y estaba entusiasmado sobre este nuevo “descubrimiento” de la verdad, hizo que fuera tan bien recibido.

Me pidieron que les hablara de nuevo.

Comienza la oposición

Se ha relatado en capítulos anteriores cómo mi esposa había sido sanada milagrosa y asombrosamente en el verano de 1927. Después de esto, me sumergí en un estudio exhaustivo del tema de la sanación en la Biblia.

En consecuencia, aproximadamente un mes después, cuando volví a hablar en una reunión de estas personas, en esta misma tienda vacante de Dever, mi mensaje fue acerca del poder de Dios y la promesa de sanar.

Aparentemente, los ministros de esta iglesia habían oído hablar de mi anterior discurso a estas personas, y de su solicitud para presentarme de nuevo ante ellos. Así que esta vez, uno de los ministros más anciano de la iglesia en Idaho había sido enviado a Oregón para estar disponible y contrarrestar cualquier influencia que pudiera tener.

Yo hablé primero. Cuando él tuvo el turno, dedicó una buena parte de su sermón en un esfuerzo por refutar todo lo que había dicho. Advirtió a los hermanos que, si confiaban en Dios para la sanación, Cristo les diría: “Apartaos de mí, hacedores de maldad, nunca les he conocido”.

Ese fue el comienzo de años de continua oposición de los ministros. Esto también me lleva a una etapa en esta historia de eventos y experiencias en mi vida que nunca he deseado escribir.

Es simplemente el hecho de que, a partir de este momento, desde el segundo “sermón”, si es que esos primeros discursos pudieran llamarse así, la oposición de otros ministros se encontró continuamente a cada paso tanto dentro como fuera de esta iglesia.

¡No ocultaré los HECHOS!

Entonces digo con franqueza que relataré estos eventos. Trataré de registrar con sinceridad lo que sucedió, sin sentir rencor, y ciertamente no guardo resentimiento ni rencor contra estos ministros, cualesquiera sus intenciones. Creo que, como estos incidentes y acontecimientos están relatados en los próximos capítulos, realmente abrirán los ojos de muchos que nunca supieron la verdad sobre mis contactos y esfuerzos para trabajar y cooperar con los ministros de esa iglesia.

Desde hace poco tiempo, mis artículos habían aparecido en la primera página del Bible Advocate [Abogado de la Biblia], publicado por esta Iglesia de Dios en Stanberry, Missouri.

Hasta este momento, ya en 1928, no había habido ningún ministro de esta iglesia en Oregón, excepto por las visitas ocasionales del ministro de Idaho, y el de Texas a quien había preguntado sobre el bautismo en agua durante su visita a Oregón en 1927. Pero había en ese momento quizás 50 o 60 miembros de la iglesia en Oregón, desde Salem hasta Eugene.

Y con el comienzo de mi discurso ante estas personas en Oregón, y con mis artículos presentados en el periódico de su iglesia, no se perdió tiempo para enviar un ministro a Oregón que se hiciera cargo. Era un hombre joven, creo que tenía unos 28 años o menos, que creo había venido de Arkansas o Missouri. Él vino a verme a Portland. Su actitud parecía cordial y amigable. Pero poco después de su llegada, se detuvo la publicación de mis artículos en el Bible Advocate [Abogado de la Biblia].

Pronto supe la razón. Probablemente el miembro más influyente en el estado en ese momento era el señor G. A. Hobbs, de la ciudad de Oregón. Tenía más de 80 años, pero estaba muy alerta, era agresivo y activo. Él había recibido una carta del editor en Stanberry, Missouri, explicando que mis artículos estaban siendo descontinuados a pedido del joven ministro recién llegado a Oregón. La razón era que no era miembro de la iglesia y era peligroso darme tanta reputación y prestigio ante los hermanos allí. Podría ganar influencia y convertirme en su líder y llevarlos por mal camino.

Esto había despertado la ardiente indignación del Sr. Hobbs. Él inmediatamente envió una carta candente a Stanberry, de la cual me dejó leer una copia. Ésta resultó en el restablecimiento de mis artículos en la publicación.

Primera experiencia predicando

Tan pronto como supe de este Sr. Hobbs, y del pequeño grupo en Oregón City, lo visité unos días después de mi primer “sermón”. Encontré un grupo muy pequeño de hermanos que se reunían en un pequeño edificio de la iglesia localizado en la cima de la colina en la carretera de Molalla, en Oregón City.

Solo había entre ocho y 12 de ellos, pero habitualmente se reunían los Sábados por la tarde para estudiar la “lección de la escuela sabática”, utilizando las “revistas” de la editorial Stanberry.

Al descubrir este pequeño grupo, comencé a ir a Oregón City para reunirme con ellos regularmente. Casi de inmediato me pidieron que fuera su líder en el estudio de la lección. Y pronto les estaba entregando un “sermón” cada Sábado.

Estos fueron días de extremas dificultades financieras en nuestro hogar. A menudo pasábamos hambre. Varias veces no había suficiente transporte para que mi esposa y mi familia me acompañaran a Oregón City; de hecho, rara vez podían ir. Fueron al menos tres veces durante los siguientes dos años más o menos, y apenas tuve suficiente para el transporte a Oregón City en la línea eléctrica, sin el pasaje para regresar a casa. Incluso me faltaba la tarifa del autobús desde el centro de Oregón City hasta la pequeña casa de la iglesia en la cima de la colina en las afueras de la ciudad. El camino fue probablemente dos o tres millas arriba de una colina empinada, pero lo caminé, llevando mi maletín con Biblias, concordancia, etc.

Pero en cada caso, cuando había venido sin transporte para regresar a casa, “acontecía” que alguien me entregaba uno o dos dólares de diezmo. Y, extrañamente, nadie me entregó dinero en esos Sábados cuando tuve suficiente para regresar a Portland. Y, por supuesto, nunca hice saber la necesidad. ¡Pero Dios siempre tuvo una manera de suplir cada necesidad!

¡Mi primer hijo!

Creo haber contado en capítulos anteriores que después del nacimiento de nuestra segunda hija, tres médicos (uno de ellos un eminente obstetra de reputación internacional) nos advirtieron a la Sra. Armstrong y a mí que ella nunca podría tener otro hijo. Dijeron que un embarazo significaría la muerte segura tanto de la madre como del feto.

Es natural que cada hombre desee un hijo. Antes del nacimiento de nuestro primer hijo, ni a la Sra. Armstrong ni a mí nos había importado si era niño o niña. Nuestro segundo hijo fue otra hija. Cuando me dijeron que nunca podríamos tener otro, ¡estuve terriblemente decepcionado!

Ya en 1927, habían pasado siete años sin expectativas de tener un hijo.

Pero cuando, en el verano de 1927, la Sra. Armstrong había sido sanada milagrosamente de varias cosas a la vez, y cuando recordamos que el hombre que la había ungido y orado por ella le había pedido a Dios que la sanara por completo de todo, de la cabeza a los pies, teníamos fe en que todo lo que había hecho imposible otro parto también había sido sanado. Planeamos, en consecuencia, tener un hijo. Y tenía fe en que Dios finalmente me daría un hijo.

¡Y Dios así lo HIZO!

Nuestro primer hijo, llamado Richard David, nació el 13 de octubre de 1928. Ese día, dije entonces y durante años después, fue el día más feliz de mi vida. Simplemente, estaba lleno de gratitud hacia un Dios misericordioso y amoroso que tan generosamente nos empapa con Su gracia y bendiciones completamente más allá de todo lo que podemos anticipar o esperar, si entregamos nuestras vidas a Él y hacemos esas cosas que son agradables en Su vista, ¡si buscamos primero el Reino de Dios y Su justicia!

Dedicamos a ese hijo a Dios para su servicio.

Durante su carrera universitaria en Pasadena, California, aquí en Ambassador College (la cual Dios más tarde me usaría para fundar en 1947), nuestro hijo Dick, como lo llamamos, se convirtió, su vida cambió, y él mismo dio su vida a Dios.

Desde ese momento se usó en el servicio de Dios, con una utilidad y logros cada vez mayores, hasta su repentina muerte en un accidente automovilístico en 1958. Dick trabajó duro por sí mismo, superando las fallas, debilidades y hábitos que confesó libremente, que se arrepintió y que se esforzó por superar. Llegó al punto más alto de su crecimiento y desarrollo espiritual, de superación y utilidad, habiendo establecido la sede de la Obra de Dios en Londres y convirtiéndose en director de todas las operaciones en el extranjero.

Más tarde, Dios nos dio otro hijo, Garner Ted, solo un año y cuatro meses más joven que su hermano Dick.

Capítulo 21 El negocio de arcilla de “un millón de dólares”

Continúa en El negocio de arcilla de un millon de dolares

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