Napoleon
Napoleón

Jacques-Louis David

El profano Imperio Romano (cuarta parte)

04/04/2019  •  de latrompeta.es
Alemania y el Sacro Imperio Romano: capitulo tres
 

Continuación de El profano Imperio Romano (tercera parte)

La dinastía de los Habsburgo

Durante algún tiempo, el Imperio Romano subsistió sin un emperador. En 1273, el austriaco Rodolfo de Habsburgo fue coronado rey en Aachen, pero no emperador. Antes, los Habsburgos parecían más interesados en el poder de su propia dinastía en Alemania y Austria, que en el dominio mundial.

No fue hasta el siglo XV que el imperio jugaría de nuevo un papel clave en las aspiraciones de los reyes de habla germana. Así fue cuando Federico V, el rey Habsburgo de Alemania, fue coronado por el Papa como Emperador del Sacro Imperio Romano. Ese título permaneció en la familia hasta que la dinastía terminó en 1806.

La grandeza de la dinastía de los Habsburgo reside más en su duración que en sus líderes dinámicos. Pero produjo al menos dos destacados reyes que reinaron en forma sucesiva en el siglo XVI: Maximiliano I (1493-1519) y Carlos V (1519-1556).

Maximiliano puso el fundamento para un imperio internacional al arreglar dos matrimonios con la Casa Española de Castilla y Aragón. En un matrimonio, el hijo de Maximiliano, Felipe, se casó con Juana, hija de Fernando e Isabel. La genealogía de la dinastía de los Habsburgo se dividió así a través de las líneas de Alemania y España.

Fue Carlos, hijo de Felipe y Juana, quien fue coronado emperador romano en 1520 como Carlos V. Él se convirtió en uno de los emperadores alemanes más grandes de la historia. Al igual que Federico II, Carlos creía que el emperador tenía reinado supremo. Fue durante su reinado cuando este cuarto resurgimiento del Sacro Imperio Romano alcanzó su cima.

A la edad de 19 años, Carlos llegó a gobernar sobre los dominios españoles y alemanes, incluyendo Alemania, Borgoña, Italia y España, además de considerables posesiones en ultramar. Su reino llegó a ser conocido como “el imperio donde el sol nunca se pone”. Desde los días de Carlomagno, un emperador germano no había gobernado sobre un territorio tan inmenso.

Antes de su coronación en Aachen, a Carlos se le hicieron las preguntas tradicionales por el Elector de Colonia: “¿Mantendrá y guardará por todos los medios apropiados la sagrada fe como fue transmitida a los hombres católicos? ¿Será un escudo fiel y protector de la Santa Iglesia y de sus siervos? ¿Sostendrá y recuperará aquellos derechos del reino y posesiones del imperio que han sido usurpados ilegítimamente? (…) ¿Se someterá debidamente al pontífice romano y al Sacro Imperio Romano?”

“Sí, lo haré”, respondió Carlos.

Diez años después fue coronado emperador en Roma por el Papa, y la aventura amorosa entre la iglesia y el estado se volvió a encender una vez más. Aunque Carlos había jurado defender a la Iglesia Católica, hizo unos esfuerzos vanos por corregir la ruptura en el mundo religioso provocada por la rebelión de Lutero en 1517. Sin embargo, su persecución contra los árabes y los judíos está bien documentada. De hecho, él ascendió a la cúspide de su poder mientras las inquisiciones española y romana eran muy fuertes en Europa.

Después de la muerte de Carlos, la dinastía de los Habsburgo rompió relaciones con España y Austria. La línea austriaca de los Hasburgo todavía asumía el título de “emperadores romanos de la nación germana” tal como sus predecesores cinco siglos antes, excepto que ellos no peregrinaban a Roma para ser coronados por el Papa. El oficio imperial llegó a ser hereditario dentro de la línea de los Habsburgo.

En este punto, la potencia y el poderío del cuarto resurgimiento del Sacro Imperio Romano comenzó a declinar. La Reforma Protestante debilitó considerablemente, a la una vez dominante iglesia en Roma. En el lado secular, la marea del poder estaba comenzando a moverse hacia Francia. El cuarto resurgimiento del “Sacro” Imperio Romano estaba en su última etapa.

Cuando Napoleón finalmente aplastó lo que quedaba del imperio Habsburgo en el siglo 19, parecía que el último vestigio del “Sacro” Imperio Romano había sido destruido. Pero lo que los historiadores no comprenden es que cuando Napoleón arrebató pomposamente la corona de emperador de las manos del Papa y se auto coronó en 1804, el Sacro Imperio Romano había sido meramente traspasado a las manos del ambicioso francés.

Después de siglos de dominación alemana y austriaca, el Sacro Imperio Romano revivió nuevamente por un breve intervalo de dominación francesa. Era el Imperio Romano encubierto. Napoleón se propuso mantener los ideales de Carlomagno, sólo que en un mundo más moderno. Como los emperadores germanos anteriores a él, Napoleón imaginó regir al mundo; y una vez más, a través del Vaticano.

La dominación francesa fue de corta vida. En el siglo XX, el mismo Imperio Romano levantó su horrible cabeza por sexta vez, y una vez más con un “emperador” alemán y la Iglesia Católica como los actores principales. Aunque enmascarado por el avance moderno, era toda la Edad Media nuevamente; esta vez a una escala mucho mayor y con armamento más sofisticado. (Más de esto en el capítulo 4). 

Continúa en El profano Imperio Romano (quinta parte)

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