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Child

IAMGORTHAND/iStock.com

Civilice a sus hijos

Haciendo a un lado las teorías contrarias, la vida real demuestra que los bebés no se refinan por sí solos.

Hace algunos años pase todo un día en la escuela primaria de mi hija mayor, y aprendí mucho acerca de la naturaleza humana.

Estaba participando en un programa escolar que invitó a padres de alumnos para que estuvieran en el campus a lo largo del día, sirviendo como un guardia vigilando los pasillos, y como ayudante adicional en los salones de clases.

Fui testigo de cosas impresionantes en algunas clases. Una maestra hizo que sus alumnos de cuarto grado descompusieran oraciones gramaticalmente con una precisión que me dejo boquiabierto. A medida que ellos recitaban en perfecto unísono reglas sobre la “gradualidad semántica” y la “morfología flexional”, me preguntaba cuánto me costaría contratar a uno de esos niños de 9 años, como mi tutor de gramática.

Las otras aulas fueron diferentes. Los maestros enseñaban bien pero pláticas privadas surgían continuamente, y virtualmente cualquier distracción pequeña alejaba al estudiante del tema de la clase. Los estudiantes hablaban cada vez que se les ocurría, incluso cosas groseras.

No soy un experto en la educación primaria pero creo que puedo atribuir la diferencia entre las aulas más educativas y las menos educativas a un solo factor: La determinación del profeso para confrontar el mal comportamiento.

Reúna a un puñado de niños juntos y esté seguro que vera algún mal comportamiento. Usualmente comienza con algo pequeño. Pero si no se confronta, se expande. Un niño habla mientras el maestro está enseñando. Si nada sucede, el siguiente niño piensa “Creo que está bien hacerlo”. Así que también empieza a platicar. Algunos niños piensan “Bueno si ella puede hacer eso, yo haré ESTO”. Al poco tiempo el aula suena como una terminal de autobuses.

A veces pienso que los niños están programados para seguir hablando más fuerte hasta que alguien les diga basta.

La verdad es que ellos hablan con más y más volumen, específicamente para probar cuánto tiempo toma antes que alguien les diga, ya basta.

El Dr. Albert Siegel escribió una vez que, “En lo que concierne la crianza de los hijos, toda sociedad está a solo 20 años del barbarismo. Veinte años es todo lo que tenemos, para cumplir la tarea de civilizar a los infantes que nacen en nuestro medio cada año. Estos salvajes no saben nada de nuestro idioma, ni de nuestra cultura, nuestra religión, nuestros valores, nuestras costumbres de relaciones interpersonales (…). El bárbaro tiene que ser domesticado si la civilización quiere sobrevivir”.

Es un poco dramático, pero el principio es dolorosamente cierto. Llamar los niños salvajes refleja la realidad mucho mejor que tratarlos como santos, sabios y sabelotodo desde el nacimiento. La naturaleza humana en cada uno de nosotros, es la de un egoísta salvaje que debe ser civilizado. Como niños, la tenemos en abundancia, a menos que los padres (y los profesores) la confronten diligentemente. Es por eso que Proverbios 29:15 dice: “La vara y la corrección, dan sabiduría; Pero el muchacho consentido, avergonzará a su madre”.

Fue en el patio de recreo donde esta realidad me golpeó duro. Pasé tres recesos afuera con los de primer grado, luego con los de segundo grado, después con los de quinto grado. Cada grupo subsiguiente se comportaba peor. Los de quinto grado, habiendo vivido más año sin ser apropiadamente civilizados, mostraron un salvajismo genuino. Donde sea que miraba, era un desfile de insultos, acusaciones, maldiciones, gritos, alardes, empujones, engaños.

La mayoría de estos mismos niños habían estado bajo la autoridad de maestros efectivos y calificados quienes habían mantenido esta fealdad en cubierto. El nivel de perversidad demostrada en este patio de recreo está relacionado precisamente con la falta de gobierno en sus vidas hasta el momento.

Tome un buen estudiante fuera de la estructura de un salón de clases disciplinado y piérdalo con otros 60 niños y virtualmente sin supervisión, y usted tendrá El Señor de los Cielos.

He notado la misma dinámica en acción en mi propia casa. Cada vez que mi familia se torna muy ocupada (y yo en particular) empezamos a dejar que los incidentes nos abrumen; y entonces emerge el salvajismo. Si mi esposa y yo no ponemos mucha atención, se vuelve más escandaloso y feo hasta que se torna demasiado como para ignorarlo, y nos paramos con un firme, ya basta.

Así no es como Dios quiso que fuera la familia. Pero esta forma de entrenar a los hijos “ignorando a los salvajes hasta que te sacan de quicio”, es quizás el método más común del mundo Occidental.

Padres, mantengan una presencia firme y civilizadora en las vidas de sus hijos. Llenen sus mentes y energías con actividades, instrucción, disciplina, lectura, juegos, trabajo, quehaceres, manualidades, gráficos, horarios, premios, castigos, supervisión. Los niños necesitan estructura. Cuando ésta no está presente, ellos actúan más y más salvajes hasta que la consiguen. La estructura les ayuda a sus hijos a librarse de gastar sus energías en seguir todos sus caprichos, y le permite enfocarse; y les ayuda a lograr algunas cosas fantásticas.

No me mal interprete, la familia no es un campo de entrenamiento militar. Usted no necesita ejercer un enorme esfuerzo para alejarlos del ruido y confusión, a favor de un juego estructurado o incluso ligeramente supervisado. Los hijos necesitan espacio para cometer errores. Déjelos jugar. Guárdese de criticarlos por toda palabra o cosa que hagan que revele lo que son: unas pequeñas personas que aún no son civilizadas.

Enseñe a sus hijos el principio general de que cuando hacen cosas decentemente y en orden, como Dios lo hace, la vida es más feliz, más divertida, más gratificante en toda forma.

A medida que nuestros hijos crecen, la responsabilidad de estructurar sus vidas y frenar sus impulsos debe pasar a sus hombros eventualmente. Ellos necesitan practicar, el civilizar al salvaje en su interior. De no ser así, el momento en que su hijo esté sin supervisión, él revelará que solo es una versión más grande, del salvaje de quinto grado en el patio de recreo. Si usted quiere saber cómo luce eso, visite una universidad Estadounidense.

La tarea de civilizar a los preciosos infantes que nos nacen es un deber crucial. Veinte años es todo el tiempo que tenemos.

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