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La Trompeta

Autobiografía de Herbert W. Armstrong: Aprendiendo lecciones importantes (tercera parte)

05/04/2019  •  de latrompeta.es
Capítulo 2: Aprendiendo lecciones importantes
 

Continuación de Aprendiendo lecciones importantes (segunda parte)

Introducción al Sur

Al recordar después de una vida llena de viajes, en este primer verdadero viaje lejos de casa, me parece increíble que pudiera haber sido tan absolutamente inexperto en viajar. Pero supongo que uno debe comenzar y aprender, y esa fue mi introducción a una vida de viajes.

Abordamos un vagón Pullman en Des Moines una noche, mi primera experiencia montando en uno. Pienso que estaba demasiado emocionado como para dormir mucho; quería ver tanto del paisaje como pudiese, especialmente dar mi primera ojeada al gran río Mississippi mientras lo cruzamos entre Davenport y Rock Island.

Había una ventisca fría cuando llegamos a Chicago la mañana siguiente. La tierra estaba cubierta de nieve. Fuimos a ver La Avenida Michigan. Yo estaba muy emocionado. Pasamos por “Peacock Alley” (“Callejón del Pavo Real”) un pasillo muy largo y estrecho en el Hotel Congress, famoso nacionalmente, y atravesamos el túnel bajo la calle que conecta con el Hotel Auditorium. Creo que visitamos los corrales del ganado, y experimenté por primera vez montar en un “L” (tren elevado).

Cerca del medio día abordamos el famoso all-Pullman “Panama Limited”, en el Ferrocarril Central de Illinois en la Estación de la calle 12. Entrar al vagón comedor para el almuerzo y de nuevo para la cena fue una experiencia emocionante. Yo nunca había visto el interior de un vagón restaurante antes. Fue una nueva experiencia aprender a darles propina a los camareros, auxiliares de estación, porteros y botones, pero mi acompañante era un viajero experimentado, y en mi iniciación a las “artes” del viaje recibí una buena instrucción. Aprendí rápidamente. La noche vino demasiado pronto, y esta vez dormí profundamente en mi litera.

A la mañana siguiente el tren llegó a Jackson, Mississippi, donde cambiamos a un tren local en la línea “G. & S. I.”

Esta fue la experiencia más extraña de mi vida hasta entonces. Habíamos dejado Chicago en una temperatura bajo cero y con ventisca. Yo había ido a dormir esa noche en un lugar cerca de Cairo, Illinois. ¡Y ahora, esta mañana luego de un sueño breve, era verano!

Nunca había visto negros sureños antes, y en ese tiempo, enero de 1912, ellos eran bastante diferentes de la gente de color que había conocido al norte. (Los lectores entenderán que en esos días a la gente de raza negra se les llamaba en EE UU, “Negroes” [: niigros] y “gente de color”).

Aquí en Jackson, Mississippi, parecía haber más personas negras que blancas en las calles, y ellos eran absolutamente diferentes de cualquier persona que yo hubiese visto en el norte; y en ese caso, también de los negros sureños actuales. Actualmente, los negros del Sur son comparativamente bien educados, en promedio, pero en aquel tiempo muy pocos habían tenido el privilegio de recibir mucha, si acaso algo de educación. Yo fui especialmente atraído por los vestidos de las mujeres negras, de colores brillantes y fuertes, tales como amarillo o naranja intenso, contrastando con púrpura fuerte.

Llegando a Wiggins, conseguí una habitación en el pueblo, a más de una milla a pie del almacén del comisario y el aserradero maderero, justo a las afueras del pueblo, y luego fui rápidamente introducido a mi trabajo en el almacén. La noche del sábado era la gran noche en el almacén. A los empleados del aserradero se les pagaba el sábado en la tarde, y llenaban totalmente el almacén. Me instalaron de inmediato como “surtidor en fuente de sodas”.

Uno de los primeros hombres con los que me encontré era un negro que nunca olvidaré, cuyo nombre era Hub Evans. Uno de los hombres en el almacén lo trajo a mí.

“Hub”, dijo él, “dile al Señor Armstrong cuantos niños tienes”.

“Tinta sis, seño” respondió rápido y con orgullo [y con acento sureño], “espedo ten’é cur-nta ante que o mura”.

Yo no solo estaba entretenido, sino sumamente interesado. “Dime, Hub”, respondí, “¿cuantas esposas has tenido?”

“So-o tre, seño!”. Hub era un hombre orgulloso.

El nuevo empleo

Después de unas pocas semanas, fui transferido a las oficinas del aserradero como marcador del tiempo de los obreros, y tesorero. Después supe que un poco antes, este trabajo había sido compartido por tres hombres, y todos ellos hombres hábiles, uno de los cuales era ahora el principal negociante de bienes raíces en Wiggins, otro ahora era el contador de la compañía, y el tercero el subgerente de la compañía.

La compañía cortaba y transportaba la madera de una gran área al este de Wiggins. Tenía su propio ferrocarril en el cual los troncos eran llevados al aserradero. Había alrededor de 350 hombres negros empleados, además de varios directores de departamento y empleados experimentados de alto rango, todos éstos blancos.

Como se mencionó antes, los negros de hace 62 años habían recibido poca o ninguna educación. No había ni un solo hombre de estos obreros que pudiera escribir su propio nombre. Todas las declaraciones eran firmadas con una “x”, su marca. Esta era una firma legal.

Me enteré que a los empleados negros se les debía pagar tres veces al día, en la mañana, a mediodía y por la noche. Ellos nunca habían sido adiestrados en el manejo del dinero. Si se les hubiese pagado una sola vez a la semana, ellos y sus familias habrían muerto de hambre antes del siguiente día de pago, pues estaban casi siempre “quebrados” andes del lunes por la mañana.

Pero la compañía les pagaba en efectivo sólo los sábados en la noche. Las demás veces, se les pagaba con cheques negociables en el almacén del comisario, sólo servían para compras. Qué contraste con las condiciones actuales. Eso fue en 1912. Solo unos 45 a 48 años desde la esclavitud. Los terribles años después de la guerra habían hecho poco para darle a nuestra gente negra las ventajas económicas, educativas y sociales que la nación les debía.

Pero, aunque todavía no hemos resuelto totalmente el problema de los derechos civiles, ¡la gente negra ciertamente ha progresado mucho! Estos problemas requieren tiempo, paciencia, comprensión, y reemplazar los prejuicios por amor al prójimo. Aquí solo estoy registrando los hechos verdaderos de la historia, lo cual debe ayudarnos a comprender los problemas de hoy.

Un pez fuera del agua

Yo aprendería que era una clavija cuadrada en un agujero redondo. Me había fijado una meta en la profesión publicitaria, donde el auto-análisis había mostrado que encajaba. La fascinación de lograr viajar al remoto Mississippi sureño, combinado con la adulación cuando se me ofreció tal trabajo como resultado de mi historia de un año en anuncios clasificados, momentáneamente me había cegado de mi propósito previamente establecido. Por supuesto, viajar es una fase importante de la educación, así que estos seis meses de digresión no fueron del todo tiempo perdido.

He mencionado que este empleo combinaba el trabajo hecho previamente por tres hombres competentes, ahora ascendidos a cargos más importantes. Pero no era el tipo de trabajo en el cual yo encajaba. Como decimos, no era mi especialidad. Estaba como un pez fuera del agua, o una clavija cuadrada en un agujero redondo.

Para mantener el ritmo de trabajo, debido a la inadaptabilidad y lentitud resultante, se volvió necesario trabajar en las noches. Establecí un sistema, trabajaba alternadamente una noche hasta las diez, la siguiente hasta media noche y me levantaba a las 5:30 cada mañana. Tenía que sacar tiempo para caminar una o dos millas de mi habitación al aserradero y también para caminar hasta la pensión donde tomaba las comidas. Me mantenía despierto en las noches de trabajo fumando una pipa; la primera vez que me habitué a fumar. En solo seis meses este exceso de trabajo y pérdida de sueño cobraron su cuota, y fui enviado al hospital con un caso muy severo de fiebre tifoidea.

Escape de la muerte

Pero durante estos seis meses en Wiggins hubo algunos eventos sociales. Uno fue un encuentro antes de la Primera Guerra Mundial con un alemán, en la que apenas logré escapar de ser baleado hasta la muerte.

Yo tomaba los alimentos en una pensión cerca del aserradero. La hija de la propietaria era una morena sureña atractiva más o menos de mi edad. Tuve unas cuantas citas con ella, pero pienso que completamente diferentes a la mayoría de citas de hoy en día. No hubo “besuqueo” como lo llaman los adolescentes de hoy. De hecho nunca había besado o puesto mis brazos alrededor de una chica. Eso simplemente no se hacía, en aquel tiempo, a la escala universal de los años de posguerra. Dos guerras mundiales han traído mayores cambios sociales y morales de los que la mayoría de las personas comprenden. Y en su mayor parte malos.

El nombre de esa chica era Matti-Lee Hornsby. Las pocas citas que tuve fueron los domingos, y consistían de caminar y conversar.

Esa clase de citas parecería bastante “aburrida” para la mayoría de jóvenes de 19 años hoy en día, supongo. Me pregunto si no es porque han perdido el arte de la conversación interesante. Siempre he encontrado que una conversación entretenida puede ser mucho más interesante que una ilusión prefabricada en una película o antes una serie de televisión, mucho más estimulante, agradable, y benéfica que el pasatiempo que incita la lujuria llamado el “besuqueo”.

Pero después hablaré más de las experiencias en citas. Yo no había tenido muchas citas hasta ese momento. Una cosa, sin embargo, se aferra a mi memoria, cada vez que Matti-Lee se enojaba un poco conmigo, sus ojos oscuros se encendían y pronunciaba el epíteto: “yankee!” Era por supuesto, medio en broma; pero luego descubrí que el epíteto supuestamente era un insulto. Nunca antes lo había escuchado.

Allí conocí a un joven alemán. Él debe haber tenido alrededor de 21 años en ese tiempo. Su padre era un leñador en Alemania, y había enviado al hijo a Estados Unidos para estudiar técnicas americanas en madera. Él estaba pasando algunas pocas semanas en el aserradero de Finkbine en Wiggins.

Este alemán, cuyo nombre no recuerdo, alardeaba mucho sobre la superioridad de los productos, técnicas y sistemas alemanes. Un día, en su cuarto en la pensión, él estaba demostrándome la superioridad de su revolver de fabricación Alemana sobre un revolver Colt u otro de fabricación americana.

Jugando, él apuntó el revolver directo a mí.

“¡No me apunte con eso!” dije, esquivando.

“Oh, no está cargado”, se rio él. “Mira, si estas asustado, apuntaré hacia otro lado y te mostraré”.

Él apuntó el revolver unos centímetros a un lado mío, y apretó el gatillo.

Era un arma muy superior, está bien. Abrió un agujero que atravesó completamente la pared de su cuarto, permitiendo que un pequeño redondo rayo de luz solar brillara a través de éste.

Mi amigo alemán se puso pálido, y temblando de confusión. “Pero...”, tartamudeó turbado y asustado, “yo estaba seguro que no estaba cargada”.

Armas “no cargadas” han matado a muchas personas. Y antes de dejar este pequeño paréntesis, les sugiero respetuosamente a todos los que están leyendo que les enseñen, sí enséñenles verdaderamente a sus niños a nunca, bajo ninguna circunstancia, apuntar siquiera con un arma de juguete a una persona. ¡Usted hasta podría salvar su propia vida!

En el hospital

Mi estadía en el sureño Mississippi fue detenida de forma inesperada y difícil. Para el verano, debilitado por el exceso de trabajo y la pérdida de sueño en la lucha desesperada por hacer un buen trabajo en el que no encajaba, un germen diminuto de tifoidea, según la teoría médica, encontró tierra fértil. Comencé a delirar. Los oficiales del aserradero, por orden del doctor, me llevaron al Southern Mississippi Infirmary en Hattisburg. Entré allí con el caso más severo en la historia del hospital. Estuve inconsciente por dos o tres días.

Pero sólo por el hecho de poder permanecer en cama, después de esos seis meses de trabajo continuo, durmiendo demasiado poco, fue tan bueno que de algún modo me recobré más rápido, aparentemente, que cualquier paciente anterior de tifoidea en ese hospital.

Quiero mencionar algo aquí, para el beneficio de una gran parte de mis lectores. A menudo no es considerado “agradable” hablar de eso, pero el estreñimiento es llamado por algunos médicos “la madre de todas las enfermedades”. Un gran porcentaje de personas sufren de esta plaga. Yo lo había sufrido por unos dos años. Los purgantes dan solo alivio temporal. No hay cura ni en un camión lleno de esos.

En el hospital fui forzado a ayunar. Diariamente me daban aceite de ricino. ¡Ugh! ¡No lo he tomado desde entonces, pero aún puedo sentir el sabor de la desagradable poción! Me alimentaron solo con jugo de limón y de vez en cuando leche cuajada.

Cuando dejé el hospital el estreñimiento estaba curado. Ayunar, con frutas frescas crudas (no bananos), lo curará, si lo hace por suficiente tiempo. Yo no subvaloré la bendición de librarme de eso. Lo aprecié lo suficiente como para asegurarme de hacerlo regularmente. Nunca he permitido que esta condición regrese. Ese solo hecho es responsable de una gran parte de la energía dinámica que he podido darle a nuestra gran Obra, y por larga vida. ¡Una de las 7 reglas básicas del éxito es buena salud! Espero haberlo dicho lo suficiente. Usted no puede subestimar su importancia.

En el hospital yo era el paciente favorito de prácticamente todas las enfermeras. La mayoría de ellas solo eran unos cuantos años mayores que yo, pero no tanto como para que no disfrutáramos de muchas conversaciones mientras estuve convaleciente. Mi cuarto se convirtió en una clase de lugar de reunión social para las enfermeras. A menudo había allí cinco o seis de ellas a la vez. De veras disfruté este descanso en el hospital; la liberación de esa responsabilidad atemorizante de intentar tan desesperadamente de mantener el ritmo de un trabajo al cual no pertenecía, obteniendo descanso y sueño abundante por fin.

Pero yo siempre he creído en la exhortación: “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas”, aunque no supe hasta mucho después que esto estaba en la Biblia (Eclesiastés 9:10). Le di a ese trabajo todo lo que tenía. Ahora, años después, encuentro alguna satisfacción en acordarme de eso.

Los doctores me dijeron que tendría que regresar al norte para proteger mi salud. Así que por motivos fuera de mi control, fui sacado de un tirón de esta digresión de un trabajo no apropiado, y pensé que había aprendido, ahora, la lección por la que un año antes sacrifiqué $2 dólares a la semana.

Al regresar a Des Moines, Iowa, a mitad del verano de 1912, esta vez si fui a buscar el consejo de mi tío. Ahora comenzaba mi verdadera carrera publicitaria. Pienso que la historia retoma interés en este punto.

Capítulo 3: Aprendiendo a redactar anuncios eficaces

Continuará ...

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