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Vea a Dios en la historia estadounidense

ED VEBELL/GETTY IMAGES

Vea a Dios en la historia estadounidense

Si cree que 1776 fue espectacular, necesita conocer la antigüedad estadounidense.

¿Por qué creó Gran Bretaña el imperio más grande de la historia mundial? ¿Por qué domina Estados Unidos el mundo hoy? ¿Por qué dominan la ciencia, la cultura, el arte y la literatura occidentales?

Los historiadores han dedicado carreras enteras a examinar estas preguntas. Son fundamentales para comprender el mundo actual.

Pero el ascenso de Gran Bretaña y EE UU es difícil de explicar. No hay nada igual en la historia humana. Es asombroso, profundo y muy conmovedor.




Las Islas Británicas son pequeños trozos de tierra situados a más de 5.600 kilómetros del ecuador, fríos, oscuros y húmedos, y escasamente poblados desde hace milenios. De repente y de forma inesperada, se convirtieron en el imperio más grandioso de la historia.

Alemania es 1,5 veces más grande que Gran Bretaña. China es más de 40 veces más grande, y Rusia, 74 veces más grande. Cada una de estas potencias ha contado con los elementos necesarios para construir grandes imperios: territorio, recursos naturales, tecnología, una población numerosa y un liderazgo firme.

Pero estudie la historia de esas naciones. Estudie a los griegos, los romanos, los otomanos, los aztecas y los españoles. Ninguno se ha acercado a controlar tanta superficie terrestre, poseer tanta riqueza, gobernar a tantos súbditos o influir en tantas naciones como los británicos, quienes alcanzaron su grandeza “en un momento de distracción”.

Al otro lado del Atlántico, la colonia británica en el continente americano pasó de ser una nación recién nacida a convertirse en una superpotencia que dominaba el mundo en apenas un siglo.

A los historiadores les cuesta explicarlo, pero una de las profecías más importantes de la Biblia contiene la respuesta.

Gracias a Abraham

Génesis 12 contiene uno de los pasajes más importantes de las Escrituras para comprender la historia de Gran Bretaña, EE UU y el mundo.

Primero, Dios le prometió a Abraham: “Haré de ti una nación grande”. Esto significa una enorme prosperidad nacional y material, así como un gran poder para los descendientes de Abraham.

Segundo, Dios le prometió a Abraham: “Serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (versículo 3). Esta es la promesa de la salvación a través de Jesucristo, descendiente de Abraham.

“Este es el punto donde aquellos que profesan ser ‘cristianos’ y sus maestros han caído en el error y en la ceguera espiritual”, escribió Herbert W. Armstrong en Estados Unidos y Gran Bretaña en profecía.Han fallado en captar la promesa doble hecha por Dios a Abraham. Ellos reconocen la promesa mesiánica de la salvación espiritual a través de la singular ‘simiente’ que es Cristo [Génesis 22:18; Gálatas 3:8, 16]. (…) Este es un punto clave. Aquí es donde los que profesan ser ‘cristianos’ y sus maestros se desvían de la verdad. Este es el punto donde ellos se salen del carril que los llevaría hacia la llave maestra extraviada de las profecías. Ellos no captan el hecho de que Dios le dio a Abraham promesas de linaje físico, así como de gracia espiritual” (énfasis añadido en todo).

La promesa de Dios “haré de ti una nación grande” es la clave que descifra la profecía bíblica y ¡la historia mundial!

La promesa de la primogenitura es concedida

En Génesis 17:7, Dios reafirma Su promesa a Abraham y da más detalles, al decir que Su “pacto perpetuo” continuaría mucho después de la muerte de Abraham.

Génesis 26:3-5 registra las promesas de Dios de bendiciones nacionales, así como de bendiciones espirituales, que pasan al hijo de Abraham, Isaac.

Génesis 27:26-29 y Génesis 35:10-12 registran cómo Dios transmitió sus promesas a Jacob, hijo de Isaac, diciéndole: “Yo soy el Dios omnipotente: crece y multiplícate; una nación y conjunto de naciones procederán de ti, y reyes saldrán de tus lomos”.

Observe lo específica que es esta promesa: cuando llegara el momento de cumplir Su promesa relativa a la raza, Dios lo haría propiciando el surgimiento de una gran nación y de un gran “conjunto de naciones”.

Génesis 48 registra que Dios transmite la promesa de la “primogenitura” de grandeza nacional a los dos hijos de José, Efraín y Manasés. (Vea también 1 Crónicas 5:1-2). La promesa se volvió aún más específica: “También él [Manasés] vendrá a ser un pueblo, y será también engrandecido; pero su hermano menor [Efraín] será más grande que él, y su descendencia formará multitud de naciones” (Génesis 48:19). Dios profetizó que los descendientes de Efraín llegarían a ser una mancomunidad de naciones y que Manasés llegaría a ser una gran nación.

Bendiciones no otorgadas al antiguo Israel

¿Ha cumplido Dios Su promesa a Abraham? Alrededor del año 1450 a. C., los hijos de Israel eran entre 2 y 3 millones de personas. Dios los liberó de la esclavitud en Egipto, les entregó Su ley en el monte Sinaí y los guió durante cuarenta años por el desierto hasta llegar finalmente a Canaán, la Tierra Prometida. Aquí es donde Dios tenía previsto hacer grande a Israel, convirtiéndolo en una nación poderosa y en una “conjunto de naciones”, tal y como había prometido.

Sin embargo, escribió el Sr. Armstrong: “Había una condición, un gran ‘si’, ¡una condición para recibir efectivamente esta estupenda promesa de primogenitura en su tiempo! Dios dijo: ‘Si anduviereis en mis decretos y guardareis mis mandamientos, y los pusiereis por obra; [entonces] yo daré vuestra lluvia en su tiempo, y la tierra rendirá sus productos…’ [Levítico 26:3-4]” (Estados Unidos y Gran Bretaña en profecía).

¿Cuáles eran esas obligaciones? El pasaje bíblico clave que responde es Levítico 26. Este capítulo es crucial. El Sr. Armstrong lo describió como “el eje central de las profecías del Antiguo Testamento”.

Observe cómo lo explicó: “Levítico 26 es la profecía básica del Antiguo Testamento. (…) En esta profecía central, Dios reafirmó la promesa de la primogenitura para aquellos que vivieron durante los días de Moisés, ¡pero con ciertas condiciones! Las tribus de la primogenitura de Efraín y Manasés estaban entonces con las otras tribus, como una nación. La obediencia a las leyes de Dios habría traído la enorme riqueza y las bendiciones nacionales de la primogenitura no sólo a Efraín y Manasés, sino que toda la nación las habría compartido automáticamente en ese tiempo” (ibíd.).

Si los descendientes de Abraham rechazaban a Dios y le desobedecían, Dios dijo que maldeciría a Israel posponiendo el cumplimiento de Su promesa!

Siete ‘tiempos’ proféticos

¿Por cuánto tiempo lo pospondría? Dios dice: “Y si aun con estas cosas no me oyereis, yo volveré a castigaros siete veces más por vuestros pecados” (Levítico 26:18).

Como explicó el Sr. Armstrong: “Siete tiempos’ implica duración o continuación del castigo. Pero la palabra también tiene el significado de ‘siete veces’, o siete veces mayor en la intensidad del castigo, es decir un castigo siete veces más intenso” (ibíd.).

En el lenguaje de la profecía bíblica, un “tiempo” es un período específico: un año profético de 360 días. (Para ver la prueba de por qué un año profético en la Biblia es de 360 días y no de 365, solicite Estados Unidos y Gran Bretaña en profecía). Como en otras profecías bíblicas, cada uno de esos “días” proféticos representaba un año en el cumplimiento del castigo de Israel.

Usted puede ver en acción este principio de un día por año cuando Israel se preparaba originalmente para heredar la Tierra Prometida (Números 13-14). Israel acababa de salir de Egipto y de recibir la ley de Dios en el monte Sinaí. Sus espías exploraron la Tierra Prometida 40 días, y luego regresaron con un reporte falto de fe, por lo que los temerosos israelitas se negaron a entrar en la tierra. Dios pospuso la herencia que les había prometido y los sentenció a vagar por el desierto durante 40 años. ¿Por qué 40 años? Números 14:34 explica: “Conforme al número de los días, de los cuarenta días en que reconocisteis la tierra, llevaréis vuestras iniquidades cuarenta años, un año por cada día; y conoceréis mi castigo”.

Recuerde que Dios dijo en Levítico 26:18 que a Israel se le negaría la promesa de la primogenitura durante siete “tiempos” (años) proféticos. Siete años de 360 días suman 2.520 días. El principio de un día por año hace de esto un castigo que pospone la promesa durante 2.520 años. En este caso —al igual que en Números 14— implica la retención de la bendición prometida por Dios.

Sí, Dios profetizó específicamente que pospondría la bendición de los descendientes de Abraham durante 2.520 años.

¿Nos dice la Biblia cuándo hizo cumplir Dios esta postergación?

Un retraso de 2.520 años

Después de 40 años de vagar, Josué, el sucesor de Moisés, lideró a la nación hacia la Tierra Prometida. Poco después, soportó más de 300 años terribles durante la época de los jueces. Dios estableció entonces la monarquía: Saúl, David y Salomón reinaron sobre las 12 tribus de Israel, y este reino unido tuvo una prosperidad considerable. “Pero aún no habían llegado a la posición de dominio mundial que se les había prometido según la primogenitura”, escribió el Sr. Armstrong (ibíd.).

Después de la muerte de Salomón, la nación se dividió. El reino de Judá conservó las tribus de Judá y Benjamín, con Jerusalén como capital. Las otras diez tribus —contando a los hijos de José, Efraín y Manasés, como dos tribus completas cada uno— se separaron para formar el reino de Israel.

El reino de Israel se rebeló contra Dios. Él les envió profeta tras profeta para advertirles, pero ellos los rechazaron. Entre los años 721 y 718 a. C., el reino cayó en manos del Imperio asirio. Nunca había recibido las bendiciones a la escala prometida a Abraham.

“Desde ese momento”, escribió el Sr. Armstrong, “Dios dejó de enviarles profetas. No les dio más oportunidad de recibir la más grande bendición nacional de toda la historia, ¡hasta el final de los 2.520 años!” (ibíd.).

Tome los años 721–718 a. C. y sume 2.520 años. Llegará a los años 1800–1803 d. C.

Una vez que la actitud de Israel —caracterizada por la incredulidad y la desobediencia hacia Dios, a diferencia de su patriarca Abraham— había hecho necesario este nuevo curso de la historia, Dios le dio al profeta Daniel unas visiones en las que le mostraba cómo se desarrollaría. Dado que Efraín y Manasés no dominaron el mundo durante 2.000 años, surgieron otras potencias: Babilonia, luego Persia, después Grecia, más tarde Roma y, posteriormente, sus sucesivos renacimientos. La historia se desarrolló en el vacío creado por la caída de Israel.

Imagínese lo diferente que habría sido la historia del mundo si Israel hubiera obedecido a Dios y hubiera heredado la promesa hecha a Abraham en la época de Salomón. No habría historia griega ni romana, al menos no como está escrita hoy.

¡La gran promesa finalmente cumplida!

A partir del año 1800, Dios comenzó a cumplir la promesa hecha a Abraham, que había sido concedida específicamente a los descendientes de Efraín y Manasés. En el siglo xix, Él orquestó el surgimiento de una gran nación y de un gran “conjunto de naciones”.

Esto se puede ver claramente en la historia de EE UU y Gran Bretaña.

No son pocos los historiadores que han documentado todas las circunstancias que “misteriosamente” coincidieron para facilitar el surgimiento repentino del Imperio británico y de EE UU.

Consideremos todos los acontecimientos importantes que tuvieron lugar en Gran Bretaña entre 1500 y 1800, los tres siglos que precedieron al auge del Imperio británico. La Reforma protestante. La ruptura de Inglaterra con el catolicismo bajo Enrique viii. La unificación de Inglaterra, Escocia e incluso Irlanda, por un momento. El ascenso de la Armada inglesa y su dominio sobre las rutas marítimas. La Revolución Industrial y el surgimiento de Gran Bretaña como centro mundial en los ámbitos económico, cultural, filosófico y tecnológico. También hay que mencionar la desaparición de los rivales de Gran Bretaña durante este periodo, como la milagrosa derrota de la Armada Española en 1588, que eliminó a la España católica como amenaza, y la derrota de Napoleón en 1805.

Muchos historiadores reconocen la llegada singular y aparentemente inexplicable de Gran Bretaña como potencia mundial. “Algunos de los elementos necesarios para una transformación económica estaban presentes en otras partes del mundo”, escribe Paul Johnson, “pero sólo Inglaterra los poseía todos en combinación” (The Offshore Islanders).

Se puede hacer el mismo ejercicio con EE UU, que heredó el legado de Gran Bretaña y mucho más. Piense en el Congreso Continental y en la Declaración de Independencia; en el desarrollo de la Constitución, que dio a la incipiente nación un fundamento para la estabilidad política. Piense en la historia de la Compra de Luisiana, de 1800 a 1803, mediante la cual la nación estadounidense duplicó de repente su tamaño para incluir el territorio más fértil y abundante de la faz de la Tierra, a 3 centavos por acre. Piense en la expedición de Lewis y Clark y en la fiebre del oro de California. EE UU también fue testigo del declive de sus competidores regionales —especialmente las potencias católicas europeas, como Francia y España— a lo largo de su frontera sur. Cada uno de estos acontecimientos fue crucial para el ascenso de EE UU. ¡Una vez más, con cada acontecimiento, Dios estaba preparando a EE UU para llegar a ser la “gran nación” que había prometido!

Un acontecimiento que cambió la historia

No he logrado ni remotamente documentar todos los factores que contribuyeron a facilitar el surgimiento de Gran Bretaña y EE UU como potencias mundiales hacia el año 1800. Incluso el clima en Gran Bretaña durante este tiempo, como ha señalado Paul Johnson, fue históricamente bueno, lo que significó buenas cosechas, estómagos llenos, personas sanas y un rápido crecimiento demográfico. Puede repasar las bendiciones de Levítico 26 y comparar las profecías específicas de prosperidad material con los libros de historia de la época, y ver estas profecías cumplidas con exactitud.

“El cumplimiento más asombroso de la profecía bíblica en tiempos modernos fue el repentino florecer de las dos potencias mundiales más grandes: una, la mancomunidad de naciones que formó el imperio mundial más grande de todos los tiempos; la otra, la nación más rica y poderosa del mundo hoy”, escribió el Sr. Armstrong. “Estos pueblos que heredaron la primogenitura, ¡llegaron con rapidez increíble a poseer más de dos terceras partes (casi tres cuartos) de la riqueza cultivada y los recursos de todo el globo! Este auge sensacional, partiendo de unos comienzos muy modestos y en un tiempo muy corto, es una prueba incontrovertible de la inspiración divina. Nunca en la historia ocurrió otra cosa semejante” (op. cit.).

Deténgase y piense en las implicaciones de esta profecía, no sólo para EE UU y Gran Bretaña, sino también para la historia mundial. En términos generales, es justo decir que la historia mundial tal como la conocemos es, en gran medida, el producto de la promesa abrahámica, incluidas su postergación y su colosal cumplimiento.

Durante más de dos siglos, el mundo ha estado dominado por dos potencias: una de ellas, una gran nación; la otra, una gran comunidad de naciones. El mundo ha sido transformado en prácticamente todos los aspectos —para bien y para mal— como resultado de la riqueza material y del avance y el predominio intelectual, político, cultural y moral de estas dos naciones.

Por último, piense también en la historia de Gran Bretaña, del Imperio británico y en la fenomenal transformación de Gran Bretaña en el siglo xix, de una isla incipiente al imperio más rico, más extenso e impresionante de la historia humana.

La historia de Gran Bretaña y EE UU es verdaderamente notable: su riqueza, la grandeza, la inmensidad de su territorio, sus logros, su poder. ¡Pero, sobre todo, es notable por la manera en que ofrece una prueba viviente, tangible y cuantificable de la existencia de Dios!

ESTADOS UNIDOS Y GRAN BRETAÑA EN PROFECÍA

La gente del mundo occidental estaría sorprendida y boquiabierta, ¡si lo supieran! Los gobiernos de Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Australasia y África del Sur pondrían en marcha gigantescos programas de protección, ¡si lo supieran! ¡Ellos podrían saberlo! ¡Pero, no lo saben! ¿Por qué?