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Una esperanza real para los oprimidos de Irán

JULIA HENDERSON/LA TROMPETA

Una esperanza real para los oprimidos de Irán

El pueblo iraní, y el mundo, necesita algo mejor. ¡Dios promete dárselo!

Cuando las noticias sobre la muerte del ayatolá Alí Jamenei se difundieron el 28 de febrero, las reacciones de los iraníes se dividieron de forma marcada, casi como si se tratara de dos países.

Los partidarios del régimen organizaron concentraciones de duelo en Teherán y en todo el país, a las que acudieron decenas o cientos de miles de personas. Muchos expresaron su furia contra Estados Unidos e Israel por el asesinato. El Gobierno declaró 40 días de luto público. Las emisiones de los medios estatales se llenaron de emotividad. Un presentador de televisión rompió en llanto.




Exactamente al mismo tiempo, las calles de todo el país se llenaron de gente bailando, tocando la bocina, encendiendo fuegos artificiales y ondeando banderas iraníes de antes de la Revolución. Derribaron monumentos y símbolos vinculados al régimen. Fue la emotiva manifestación de un pueblo que ha sufrido durante casi medio siglo bajo la pesadilla de la tiranía.

¿Qué vendrá después para estas personas?

La profecía bíblica nos ofrece una visión anticipada. Revela cuál de estos dos Irán dominará el futuro inmediato. Muestra el desenlace de la guerra de EE UU e Israel. Revela el destino de este régimen iraní radical.

Y lo que es más importante, ofrece una hermosa promesa al pueblo iraní. Su sufrimiento está a punto de terminar. El yugo de la tiranía del régimen se romperá.

Un pueblo traicionado

El júbilo público tras la muerte de Jamenei no fue nada comparado con las triunfantes celebraciones de millones de personas, que llenaron las calles de Irán en febrero de 1979.

La Revolución Islámica acababa de poner fin al régimen autocrático del sah. Una amplia coalición de iraníes —izquierdistas, liberales, nacionalistas, comerciantes, estudiantes y conservadores religiosos— había luchado por acabar con un brutal Estado policial, la censura, la intimidación, la tortura y la dictadura. La revolución prometía libertad, justicia e independencia. Ruhollah Jomeini ofreció una visión de un sistema democrático con auténticas libertades políticas, libertad de expresión, elecciones justas, un gobierno responsable, igualdad, electricidad gratuita, mejores viviendas, educación, agua, atención médica, prosperidad y una vida digna para la gente común. Era el amanecer de un nuevo y hermoso Irán. O eso creían.

Después, comenzaron las ejecuciones extrajudiciales de funcionarios de la era del sah. En cuestión de semanas, Jomeini rechazó públicamente el término “democrático”, calificándolo de concepto occidental. Afirmó que la revolución no era democrática, sino islámica. Se celebró un referendo en el que se planteaba una única pregunta de respuesta binaria: “¿Debe Irán convertirse en una república islámica?” (los detalles de lo que eso significaba se decidirían más adelante). Se aprobó con un porcentaje sospechosamente alto del 98%. Para aquel verano, los comités revolucionarios y las milicias comenzaron a imponer estrictos códigos islámicos. Los grupos laicos, de izquierda, nacionalistas y liberales fueron marginados, prohibidos o atacados.

En agosto se eligió la Asamblea de Expertos, integrada por clérigos islámicos. Ellos redactaron una constitución que otorgaba el poder supremo a un líder religioso, Jomeini, y la aprobaron en diciembre de 1979.

Y el 4 de noviembre de ese mismo año, una turba de partidarios radicales de Jomeini irrumpió en la embajada de EE UU en Teherán. Tomaron como rehenes a los aterrorizados estadounidenses —en su mayoría diplomáticos y personal— y exigieron descaradamente el regreso del sah derrocado para someterlo a un juicio falso. Cincuenta y dos rehenes soportaron 444 días de brutal cautiverio mientras Jomeini se burlaba abiertamente del presidente de EE UU, diciendo con desdén: “Carter no tiene las agallas para emprender una operación militar”. Una desesperada misión de rescate acabó en llamas en el desierto iraní, causando la muerte de ocho militares estadounidenses en lo que supuso una humillación espectacular para la supuesta superpotencia. La crisis radicalizó aún más a Irán, envenenó las relaciones entre EE UU e Irán y destrozó el prestigio estadounidense.

Muchos iraníes que habían marchado por la libertad y la democracia se sintieron traicionados. En pocos años, la consolidación total del sistema teocrático —con la prohibición de los partidos de la oposición, purgas masivas y ejecuciones— quedó prácticamente completada.

Las amargas palabras de Salomón resonaron: “Me volví y vi todas las violencias que se hacen debajo del sol; y he aquí las lágrimas de los oprimidos, sin tener quien los consuele; y la fuerza estaba en la mano de sus opresores...” (Eclesiastés 4:1).

Desde entonces, la dictadura teocrática de Irán ha sido una plaga para su pueblo y para el mundo.

La vida bajo la tiranía

La revolución se llevó a cabo en nombre de “los oprimidos”. Sin embargo, ha producido hiperinflación, una moneda en caída libre (un dólar equivalía a 70 riales en 1979; hoy, a 1,4 millones) y un fracaso total a la hora de dar empleo, vivienda o alimento a su población.

En lugar de la monarquía autocrática del sah, Irán se convirtió en un Estado policial represivo, totalitario, sombrío y moralista. “El objetivo de la creación era que la humanidad fuera puesta a prueba a través de las penurias y la oración”, declaró Jomeini en su famosa frase de agosto de 1979. “Un régimen islámico debe ser serio en todos los ámbitos. No hay bromas en el islam. No hay humor en el islam. No hay diversión en el islam”.

Sin embargo, existe el sexo. El régimen permite que un hombre tenga hasta cuatro esposas permanentes, así como matrimonios temporales por placer o acuerdos de corta duración. Establece la edad legal para contraer matrimonio para las niñas en 13 años, pero pueden hacerse excepciones para niñas de aun más tierna edad con la aprobación de los padres o de un tribunal. El “Libro Verde” del ayatolá Jomeini, Tahrir-ol-vasyleh, considerado un manual de jurisprudencia islámica, explica con seriedad: “Un hombre puede casarse con una niña menor de 9 años, incluso si la niña es todavía un bebé que está siendo amamantada”. Sin embargo, insiste, hay que respetar los “derechos” de la niña, lo cual explica de la siguiente manera: “No obstante, se prohíbe a un hombre mantener relaciones sexuales con una niña menor de 9 años; se permiten otros actos sexuales como las caricias, los roces, los besos y la sodomía. Un hombre que mantenga relaciones sexuales con una niña menor de 9 años no ha cometido un delito, sino sólo una infracción, si la niña no sufre daños permanentes. Sin embargo, si la niña sufre daños permanentes, el hombre debe mantenerla de por vida. Pero esta niña no contará como una de las cuatro esposas permanentes del hombre”. Observe a una niña pequeña —quizás a su propia hija— e imagínela creciendo bajo este tipo de maldad demoníaca.

Esta forma de pensar inhumana y perversa, promovida por el poder del Estado, hace que la vida de muchas mujeres y niñas iraníes sea horrible. La policía moral impone normas estrictas sobre la vestimenta, el lenguaje y el comportamiento en público para controlar los “deseos sexuales peligrosos” y proteger a la sociedad de la corrupción moral. En 2022, una mujer detenida por llevar el cabello sin cubrir adecuadamente fue asesinada. Esto desencadenó un levantamiento entre las jóvenes y muchas otras personas, que terminó siendo brutalmente reprimido. Un informe posterior de Amnistía Internacional recopiló testimonios de docenas de iraníes, entre ellos menores de tan sólo 12 años, que habían sido violados y torturados por agentes de inteligencia y seguridad.

La oposición política en la “república” islámica está estrictamente controlada, los partidos independientes están prohibidos, las elecciones son sometidas a un riguroso escrutinio por parte de las autoridades religiosas, y los críticos —periodistas, activistas, académicos— son encarcelados de forma habitual. Los juicios en los tribunales revolucionarios son extremadamente injustos, a menudo duran apenas unos minutos y carecen de una defensa real. Castigos crueles como la flagelación, la amputación y los ahorcamientos públicos son habituales. La tortura es generalizada y sistemática en centros como la prisión de Evin, incluyendo violencia sexual, descargas eléctricas y simulacros de ejecución. Irán figura entre los países que más ejecutan a su propia población. Entre los delitos capitales están los relacionados con las drogas, vagas acusaciones de “seguridad nacional” y actividades políticas.

La socióloga franco-iraní Azadeh Kian describió cómo el régimen de Jomeini trataba a las jóvenes que había detenido por delitos políticos; su impactante denuncia fue confirmada posteriormente por un informe del Parlamento británico. Los clérigos creían que si una joven era virgen en el momento de su ejecución, iría al cielo. ¿Cuál fue su solución? Violarla y luego ejecutarla. Kian explicó: “Se organizaba un matrimonio temporal y se enviaba a la familia de la joven una dote en forma de dulces”. ¡Tales prácticas ponen de manifiesto lo satánico que es este movimiento y sus artífices!

No es de extrañar, pues, que millones de iraníes oprimidos y desesperados hayan arriesgado la vida para salir a las calles y corear: “Muerte al dictador”. No es de extrañar que muchos iraníes hayan apoyado a EE UU e Israel incluso mientras bombardeaban su país. Sin embargo, una y otra vez, las fuerzas de seguridad han aplastado estos levantamientos con fuerza letal.

Este pueblo necesita alivio. Necesita justicia. ¡No un retorno a la dictadura real del sah, sino el amanecer de un gobierno que verdaderamente les ayude a prosperar!

El Salmo 103:6 promete: “[El Eterno] es el que hace justicia y derecho a todos los que padecen violencia”. Dios no es indiferente. Él ve la opresión de los iraníes, escucha sus gritos y ha prometido traer justicia a Su debido tiempo. Docenas de profecías prometen que los tiranos serán derrocados y el pueblo liberado. “Pero así dice [el Eterno]: Ciertamente el cautivo será rescatado del valiente, y el botín será arrebatado al tirano…” (Isaías 49:25). Esta visión acabará haciéndose realidad en toda la Tierra.

Una plaga para el mundo

Hoy en día, sin embargo, el régimen iraní sigue decidido a ir más allá de simplemente reprimir a su propio pueblo. Considera que la Revolución Islámica continúa y afirma su deber de difundir su modelo revolucionario islamista shií y promover su ideología antioccidental mucho más allá de las fronteras de un solo Estado-nación. “Exportaremos nuestra revolución al mundo entero”, afirmó Jomeini. “Hasta que el grito ‘No hay más dios que Alá’ resuene por todo el mundo, habrá lucha”.

Para alcanzar este objetivo, Irán ha recurrido a medios viles y malignos. Como principal Estado patrocinador del terrorismo a nivel mundial, financia, entrena, arma y dirige a grupos violentos como Hezbolá, Hamás, la Yihad Islámica Palestina, los hutíes y las milicias shiíes en todo Oriente Medio y más allá. Irán ha construido así una red de aliados que le ha permitido proyectar poder y cercar a sus rivales, combatiendo indirectamente y evitando una guerra convencional a gran escala. Su red de gobiernos y milicias aliados ha desestabilizado naciones, prolongado guerras y dejado a millones de personas desplazadas o muertas. Sus tropas y hombres armados han matado a estadounidenses, británicos, franceses, saudíes y emiratíes.

Irán aviva los conflictos en el Líbano, Siria, Irak, Yemen, Baréin, los territorios palestinos, Somalia, Sudán, Etiopía, Turquía y otros lugares. Su estrategia militar oficial consiste en fabricar misiles y drones para disparar contra zonas civiles de ciudades densamente pobladas. Exporta drones suicidas que Rusia ha utilizado en Ucrania (cuando se ven morir niños en un parque infantil ucraniano a causa de un dron suicida, Irán es responsable directa o indirectamente). Asesina a disidentes en el extranjero, utiliza embajadas para complots terroristas y difunde la paranoia y el odio antioccidental. Ha tramado numerosos asesinatos, tanto fallidos como exitosos, a nivel mundial, incluidos más de 160 críticos del régimen que viven en otros países.

El régimen persigue explícitamente la destrucción del Estado judío. “Israel es un tumor canceroso maligno en la región de Asia Occidental que debe ser eliminado y erradicado”, declaró el ayatolá Jamenei en 2018. “Es posible y sucederá”. Irán adoctrina sistemáticamente a sus niños para que odien a los judíos. Los libros de texto y los planes de estudios controlados por el Estado enseñan a los alumnos a corear “Muerte a Israel” y presentan el sionismo como una conspiración global contra el mundo musulmán. A través de sus aliados, el régimen ha lanzado miles de ataques con cohetes, misiles, drones y actos terroristas contra civiles israelíes, incluida una importante guerra a través de Hezbolá en 2006 y repetidos conflictos con Hamás en Gaza. Planeó y facilitó la demoníaca masacre de Hamás del 7 de octubre de 2023, en la que murieron más de 1.200 personas.

Israel, sin embargo, no es más que el “pequeño Satanás”. El “gran Satanás” —la principal fuente de arrogancia, imperialismo y corrupción a escala mundial que debe ser derrotada para que la revolución tenga éxito— es EE UU.

‘El Gran Satán’

El régimen aspira a expulsar a EE UU de Oriente Medio, socavar el poder estadounidense a escala mundial y acelerar la humillación y el colapso del orden mundial liderado por EE UU. Ha atacado intereses estadounidenses en todo Oriente Medio, causando la muerte de cientos de estadounidenses. Durante la guerra de Irak, la Fuerza Quds de Irán y las milicias shiíes suministraron armas y entrenamiento a los insurgentes que mataron o hirieron a cientos de soldados estadounidenses. En los últimos años han llevado a cabo más de 180 ataques contra las fuerzas estadounidenses en Irak, Siria y Jordania.

Pero Irán no limita sus ataques a la región. Apoyó indirectamente los sangrientos atentados del 11-S: entrenó a Al Qaeda en materia de explosivos, inteligencia y seguridad; facilitó los desplazamientos de los secuestradores; y les ofreció refugio tras el ataque. Lleva mucho tiempo utilizando a Hezbolá, que mantiene extensas redes criminales en Latinoamérica, para introducir en EE UU enormes cantidades de cocaína y otras drogas (que debilitan e incluso matan a miles de estadounidenses cada año), para luego canalizar los cientos de millones de ganancias anuales hacia actividades terroristas. Irán ha llevado a cabo operaciones de influencia y espionaje dentro de EE UU, con casos documentados de agentes y simpatizantes infiltrados en círculos políticos y cargos gubernamentales durante la administración Biden. Ha organizado complots de asesinato contra líderes estadounidenses, incluidos varios en 2024 para matar al candidato presidencial Donald Trump.

Y, mientras tanto, este Estado terrorista radical ha continuado con su programa nuclear y ha mentido sistemáticamente sobre ello. Considera su programa nuclear —así como sus misiles balísticos capaces de transportar ojivas nucleares— como una fuente de orgullo nacional y de influencia, la máxima garantía de la supervivencia del régimen. Y entre sus facciones clericales de línea dura y de la Guardia Revolucionaria, esto tiene incluso implicaciones proféticas. Creen que el regreso mesiánico del duodécimo imán para establecer la justicia y el dominio islámicos a escala mundial sólo se producirá en una época de guerra apocalíptica (en la que la tierra quede “manchada con la sangre de los infieles”). Algunos radicales del régimen quieren acelerar el regreso del Mahdi utilizando las armas nucleares como herramienta divina para cumplir la profecía: destruir Israel, enfrentarse a EE UU y desencadenar el cataclismo. Esta es su convicción innegociable que trasciende el bienestar de los ciudadanos, el interés nacional, la supervivencia propia e incluso la cordura.

El presidente Trump ha insistido, con razón, en que Irán nunca debe obtener armas nucleares. Esto motivó los ataques conjuntos de EE UU e Israel contra las instalaciones nucleares iraníes el verano pasado. Pero está claro que el ataque no eliminó la amenaza. Cuando la administración Trump se reunió con los negociadores iraníes en febrero, Steve Witkoff afirmó que estos declararon de manera rotunda y descarada que disponían de suficiente uranio enriquecido para fabricar varias ojivas nucleares y que tenían “un derecho inalienable” a seguir enriqueciéndolo. Añadió que los negociadores iraníes “se enorgullecían de haber eludido todo tipo de protocolos de supervisión para llegar a un punto en el que podían fabricar 11 bombas nucleares” (Fox News, 2 de marzo).

Irán no es sólo un régimen malvado. Es un régimen que trata a su propio pueblo como súbditos a los que hay que doblegar y al mundo como un campo de batalla que conquistar. Es un régimen que ha atacado repetidamente a EE UU y que estaba a punto de amenazar al mundo con armas nucleares.

La profecía muestra que no puede perdurar. No prevalecerá.

Sin embargo, la profecía también revela que los esfuerzos limitados de EE UU e Israel no lograrán derrotar al régimen. Se necesita una fuerza mucho mayor para erradicar esta plaga cancerosa.

La cabeza de la serpiente

Tras el 11-S, el presidente George W. Bush lanzó la “guerra contra el terrorismo” de EE UU, primero atacando a los talibanes y luego decapitando a Irak. Gerald Flurry, editor de la Trompeta, criticó a EE UU por ignorar a Irán. “La única forma de ganar semejante guerra es ocuparse de la fuente principal del terrorismo, o cortar la cabeza de la serpiente terrorista”, escribió en 2003. “Pero ni EE UU ni Israel tienen la voluntad para enfrentar a Irán, aunque sea la parte clave del ‘eje del mal’ en Oriente Medio” (“Por qué no podemos ganar la guerra contra el terrorismo”, la Trompeta, diciembre de 2003).

En aquel momento, el régimen iraní estaba aislado económicamente, era militarmente convencional y aún se estaba recuperando de la devastadora guerra entre Irán e Irak. Su programa nuclear se encontraba en sus inicios y su arsenal de misiles balísticos era rudimentario. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica aún no había alcanzado el imperio económico, la red regional de aliados ni el aparato de vigilancia interna que controla hoy en día. Un ataque decisivo por parte de EE UU podría haber explotado estas debilidades y muy bien podría haber tenido éxito.

El Sr. Flurry predijo terribles consecuencias de este error estratégico. Esas consecuencias se están desarrollando hasta el día de hoy.

EE UU agotó sus fuerzas en Afganistán e Irak. Esas guerras causaron más de 7.000 bajas estadounidenses, más de 50.000 heridos y un costo cercano a los 8 billones de dólares. Debilitó la voluntad de lucha de la nación, agravó la desconfianza de los ciudadanos hacia sus líderes y socavó su prestigio internacional. Además, la destitución de Sadam Husein eliminó al principal competidor regional de Irán, lo que facilitó y aceleró el ascenso de este país.

La realidad fundamental a la que se enfrenta EE UU ahora es que el régimen iraní contra el que lucha está mucho más arraigado, es más sofisticado y resistente de lo que era en 2001.

Un cuarto de siglo de oportunidades perdidas, por no hablar del apoyo activo de Barack Obama, permitió que el régimen radical de Irán pasara de ser una teocracia vulnerable a convertirse en un Estado de seguridad endurecido.

Sustituirlo por un gobierno menos radical, menos provocador y menos letal requeriría una determinación mucho mayor, una determinación que, francamente, EE UU no tiene.

Hecho para sobrevivir

La República Islámica se creó para sobrevivir a un asedio. Sus líderes, impulsados por la ideología, dan por sentada la hostilidad del extranjero y la disidencia interna. Su objetivo principal no es la prosperidad ni la popularidad, sino el poder, y la supervivencia.

El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (irgc, por sus siglas en inglés) se encuentra en el centro de la maquinaria de supervivencia. A diferencia de un ejército convencional, se trata de un ejército ideológico, una enorme fuerza de cientos de miles de hombres encargados de proteger y promover la revolución. A lo largo de décadas, se ha expandido hasta convertirse en una extensa red que abarca los servicios de inteligencia, la seguridad interna y las milicias regionales. Sus comandantes ejercen una enorme influencia política, controlan industrias lucrativas y complementan su imperio económico con operaciones masivas de contrabando y mercado negro. Existen pruebas de que las sanciones económicas, aunque perjudican a las empresas legítimas y al iraní común, han enriquecido al irgc al ampliar sus oportunidades en el mercado negro.

Mientras tanto, los movimientos de oposición iraníes —por valientes que sean— se encuentran fragmentados, sin liderazgo, sometidos a una estrecha vigilancia y sufren ataques despiadados. El irgc supervisa a la milicia Basij —con una plantilla de entre medio millón y un millón de efectivos— para llevar a cabo la represión interna, respondiendo a las oleadas de malestar interno con medidas represivas que han perfeccionado sus tácticas y herramientas tiránicas. Dado que las manifestaciones son vigiladas de cerca por los servicios de seguridad, que a menudo las utilizan para identificar y castigar a las redes disidentes, algunos creen que el régimen, en realidad, permite estas protestas ocasionales de forma periódica para identificar —y luego sofocar— la deslealtad. Cada crisis, lejos de debilitar el sistema, permite a los partidarios de la línea dura y al irgc purgar a los moderados y reforzar su control.

La determinación y la resistencia del régimen se basan en su ideología radical. Considera que su lucha contra Occidente tiene profundas raíces en la historia shií: resistencia bajo la opresión, sacrificio frente a la fuerza enemiga. Como escribió Ali Hashem en Foreign Policy, el régimen ha estado utilizando un lenguaje que apunta a “la glorificación de la resistencia ante una amenaza existencial, por encima de cualquier transigencia. La idea de “morir de pie y no vivir de rodillas” desafía la lógica estadounidense de respuesta proporcional y diplomacia coercitiva” (23 de febrero).

En otras palabras, EE UU se equivoca al pensar que, dado que nosotros somos pragmáticos y estamos dispuestos a transigir en nuestra religión y nuestros principios, todo el mundo también lo está. En realidad, no podemos obligar a estos fanáticos a renunciar a sus ideales mediante bombardeos.

Los ataques extranjeros son un motivo de orgullo, una prueba de que son tropas ideológicas en una misión de conquista de civilizaciones. Los soldados de Alá están destinados a luchar y morir.

Poco después de que Israel y EE UU lanzaran sus ataques en febrero, el presidente Trump hizo esta sorprendente declaración: “Esperemos que el irgc y la policía se unan pacíficamente a los patriotas iraníes y trabajen juntos como una unidad para devolver al país la grandeza que se merece”. Prometió “inmunidad total” a “los miembros de la Guardia Revolucionaria Islámica, las fuerzas armadas y toda la policía” que bajaran las armas.

Este comentario reveló la ingenuidad fatal del presidente respecto a las personas contra las que lucha. No ha aprendido nada de lo ocurrido en Gaza. Ese lugar ha quedado reducido a polvo, y, sin embargo, Hamás ha rechazado firmemente todas las exigencias de desarme. Se mantendrán ideológicamente puros aunque eso signifique gobernar un montón de estiércol. (Por supuesto, muchos líderes islamistas, en particular los de Gaza, viven en otros lugares y disfrutan de una vida lujosa).

El 17 de febrero, en su último discurso antes de ser asesinado, Ali Jamenei afirmó que “el imperio estadounidense (…) se está desmoronando de verdad. Tienen problemas en su economía, problemas con sus políticas y problemas en su sociedad. Más del 50% de la población estadounidense no aprueba a su actual presidente. (…) Los propios estadounidenses, que amenazan constantemente con que ‘habrá una guerra’ o que ‘sucederá tal o cual cosa’, saben que no tienen la capacidad de resistencia necesaria para algo así. Sus problemas económicos, sus problemas políticos y su reputación y prestigio internacionales no pueden soportar un enfrentamiento de esa naturaleza”.

Lamentablemente, las pruebas respaldan esta sombría valoración. Las guerras limitadas rara vez derrocan sistemas como el que gobierna Irán, y una operación de la magnitud actual tampoco lo hará. La República Islámica está preparada para absorber el impacto, mucho más de lo que EE UU está preparado para obtener la victoria a cualquier precio. Estos son los hechos innegables.

¿Qué es la victoria?

Este régimen está decidido a luchar hasta la muerte y a reforzar su pretensión de ser el “rey” ideológico del islam radical.

El presidente Trump anunció que quería tener voz y voto en la selección del próximo líder de Irán. Irán respondió nombrando precisamente al hombre al que Trump había vetado. Según se informa, Mojtaba Jamenei (aunque, en el momento de redactar este artículo, no ha aparecido en público y se rumorea que está herido) es aún más radical que su difunto padre y mantiene una estrecha alianza con el irgc. ¿Lo matarán también EE UU e Israel? ¿Seguirán eliminando sucesores hasta que Irán nombre a un Thomas Jefferson persa? Los asesinatos y los atentados con bombas sólo sirven hasta cierto punto. No ganan guerras.

¿Qué sería lo que ganaría esta guerra? La descripción que el presidente Trump ha hecho de la victoria ha cambiado varias veces: simplemente impedir que Irán desarrolle un arma nuclear; animar al pueblo iraní a levantarse y tomar el control de su gobierno y forjar su propio futuro; sugerir una actitud abierta a colaborar con un nuevo líder del régimen actual; exigir una “rendición incondicional”; simplemente “aniquilar” la capacidad militar de Irán; insistir en un líder “justo y equitativo” que “trate bien a EE UU e Israel”.

Durante todo este tiempo, Irán se ha mantenido totalmente firme. Su Guardia Revolucionaria afirmó: “Somos nosotros quienes determinaremos el final de la guerra”.

Un líder justo y equitativo que trate bien a EE UU e Israel requeriría nada menos que someter, si no reformar, los corazones de cientos de miles de extremistas que controlan la infraestructura militar y clerical de Irán. El Washington Post reportó sobre un informe clasificado del Consejo Nacional de Inteligencia (que sintetiza el trabajo analítico de las 18 agencias de inteligencia estadounidenses) en el que se afirma que ni siquiera un ataque a gran escala contra Irán lograría el objetivo.

El presidente Trump se ha mostrado más que dispuesto a ignorar tales evaluaciones de expertos que a menudo se han desacreditado a sí mismos. Pero esta evaluación de inteligencia concuerda con la historia: operaciones militares considerablemente más amplias y prolongadas no trajeron un cambio de régimen favorable a Vietnam, ni a Afganistán, ni a Irak, ni a Libia.

Y lo que es más importante, esta evaluación concuerda con la profecía bíblica.

¿Quién decide el resultado?

Los hombres traman y planean, elaboran estrategias y luchan, se esfuerzan por dirigir el curso de los acontecimientos. Se rebelan contra regímenes opresores, para luego sucumbir ante ellos o incluso volverse peores que los regímenes que derrocan. Mezclan armas, dinero, promesas, engaños y fe en sus intentos por ejercer el poder y determinar el futuro.

Pero olvidan: “[El Eterno] hace nulo el consejo de las naciones, y frustra las maquinaciones de los pueblos” (Salmos 33:10).

Los pretenciosos gobernantes creen que pueden simplemente imponer su voluntad al mundo mediante la fuerza y el poder. Pero la historia deja expuestos una y otra vez los límites del poder humano. “El rey no se salva por la multitud del ejército, ni escapa el valiente por la mucha fuerza. Vano para salvarse es el caballo; la grandeza de su fuerza a nadie podrá librar” (versículos 16-17).

¿Quién decide el resultado de las guerras? Las Escrituras revelan que los líderes mundiales sólo tienen poder porque Dios lo ha permitido (Romanos 13:1). Los propósitos de Dios prevalecen. “… Porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero. (…) Yo hice la tierra, el hombre y las bestias que están sobre la faz de la tierra, con mi gran poder y con mi brazo extendido, y la di a quien yo quise” (ver Isaías 46:9-10 y Jeremías 27:5).

(Es fundamental comprender que este mundo actual y malvado no es el mundo de Dios, sino el de Satanás. Y aunque Dios es, en última instancia, quien está al mando, durante esta era limitada Él está permitiendo que la humanidad experimente el amargo sabor de rechazar Su gobierno. Esta profunda verdad bíblica se explica en El misterio de los siglos).

Y Dios nos comunica de antemano muchos de Sus planes y el resultado final de los acontecimientos, a través de Su Palabra, en la profecía bíblica. Y luego se asegura de que lo que ha profetizado se cumpla tal y como lo ha dicho.

Esto incluye el resultado y las consecuencias de las guerras. “El caballo se alista para el día de la batalla; mas [el Eterno] es el que da la victoria” (Proverbios 21:31)

¡Esta es la perspectiva que los estadounidenses, los iraníes y el mundo están ignorando! Dios proclama que “las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas…” (Isaías 40:15).

Incluso los mejores escenarios que pueda imaginar el observador más ingenuamente optimista de la guerra de Irán se quedan cortos en comparación con lo que Dios está planeando y llevando a cabo activamente para el pueblo iraní, así como para los pueblos estadounidense e israelí y los demás pueblos descendientes del antiguo Israel. Aunque este mundo perverso es el triste resultado de nuestros pecados, ¡Dios, en Su misericordia, está a punto de traer un mundo mejor!

Pocos creen que se avecina la verdadera justicia y la transformación de los corazones de los hombres, pero esto es precisamente a lo que conducen estos y otros acontecimientos tumultuosos. ¡Así lo dice la profecía bíblica!

Dios va a reprender los males que nos envuelven. Lo hará directamente, muy pronto. Sin embargo, incluso en el mundo actual, Él utiliza a otras naciones para llevar a cabo una parte de esa corrección.

Irán es profundamente inmoral, de una forma demoníaca. Debe ser corregido, y lo será. ¿Está Dios utilizando a EE UU e Israel para hacerlo, en cierta medida, incluso en estos momentos? Dios “quita reyes, y pone reyes” (Daniel 2:21). En esta guerra, algunos de estos clérigos y funcionarios asesinos y lujuriosos ya han recibido su merecido por sus pecados.

La Trompeta lleva décadas escribiendo sobre la necesidad de atacar a la “cabeza de la serpiente” del terror iraní. EE UU e Israel acaban de hacerlo, aunque tarde y de forma limitada. El poder de estas naciones es verdaderamente formidable cuando se utiliza. Uno puede imaginarse lo que se podría lograr si EE UU e Israel fueran naciones bendecidas que lucharan por una causa justa.

Pero EE UU no está siendo bendecido. Estamos maldecidos debido a nuestros propios pecados, por los que Dios debe castigarnos (“¿Ganará EE UU?”, página 8).

Efectos no deseados

Hoy en día, Dios está impidiendo a EE UU verdaderas victorias militares. Él ha permitido o supervisado el ascenso de un poder en Irán que ha sido una espina clavada para EE UU durante casi 50 años y que, incluso hoy, sigue frustrando a EE UU a pesar de todos sus esfuerzos. Al igual que lo hizo la pequeña Vietnam hace medio siglo, y al igual que lo hicieron Afganistán e Irak hace una generación.

¿Es capaz de reconocer una maldición cuando la ve? Los costosos esfuerzos de EE UU e Israel por hacer frente a nuestros enemigos y resolver problemas, si no resultan inútiles, en realidad se están tornando en contra nuestra y nos están perjudicando. Considere lo siguiente: la considerable potencia de fuego que lanzamos contra Irak tuvo el efecto involuntario de facilitar el ascenso de Irán. La guerra de 12 días del pasado mes de junio tuvo, al parecer, el efecto no deseado de acelerar los planes de contingencia del régimen ante la muerte del ayatolá. Al final, este conflicto actual demostrará haber logrado poco de lo que EE UU e Israel esperaban y mucho de lo que no deseaban: habrá radicalizado aún más a Irán, dividido a EE UU, movilizado a Europa, debilitado a la otan, enriquecido a Rusia, unido al mundo árabe, tensado las relaciones con Israel, intensificado el resentimiento mundial contra EE UU y, sin duda, acelerado aún más las profecías (artículo, página 13).

EE UU está gastando sus fuerzas en vano, cumpliendo una profecía de maldiciones por desobediencia, que Dios trasmitió claramente a nuestros antepasados a través de Moisés en Levítico 26:20.

Dios nos está enseñando una lección dolorosa, mostrándonos el error de confiar en nuestros líderes y en nuestras capacidades militares, tal y como advirtió a nuestros antepasados que no confiaran en sus propios planes y ejércitos. Él quiere que nos demos cuenta de que nuestra mayor vulnerabilidad en materia de seguridad nacional son nuestros pecados. Él busca llevarnos al arrepentimiento, para acercarnos de nuevo a Él.

De hecho, ¡le está enseñando al mundo lecciones que, en última instancia, sacarán a todas las naciones de las ideologías, los engaños y el pecado, y las llevarán al verdadero conocimiento del Dios verdadero!

Resultados a esperar

¿Cuáles son los resultados que Dios está causando con esta guerra actual?

La profecía muestra que Irán se levantará para provocar a Europa a la guerra. Además, lo hará después de haber construido un nuevo “eje de resistencia”, que incluirá a Egipto, Libia y Etiopía, para reemplazar lo que ha perdido (ver Daniel 11:42-43; esto se explica en el folleto del Sr. Flurry El rey del sur). Y seguirá buscando formas de atacar a Israel. Esto indica claramente cuál de los dos Irán —el de los partidarios de la línea dura que están de luto o el de los moderados que se regocijan dominará el futuro inmediato.

A juzgar por las apariencias, la guerra actual está haciendo que estos resultados sean menos probables. Pero sólo hay que observar y ver cómo los acontecimientos acabarán propiciando exactamente lo que Dios ha profetizado. La historia demuestra que, a menudo, así es como las profecías certeras de la Biblia se cumplen de forma misteriosa y milagrosa.

Dios a menudo maneja las circunstancias para que cumplan Sus propósitos, incluso cuando parecen oponerse directamente a ellos. ¡Es probable que Sus propósitos incluyan el castigo de algunos hombres malvados en Irán a través de estas operaciones de EE UU e Israel! Pero sin duda incluyen la corrección de EE UU e Israel.

A menos que estas naciones se arrepientan, Dios no va a utilizar a EE UU ni a Israel para acabar con el régimen iraní. No, Él castigará a estas naciones con otra derrota militar más.

Irán está muy lejos de cualquier cambio de régimen. Se necesitará mucho más que lanzar bombas para destruirlo. De hecho, se necesitará “una tempestad, con carros y gente de a caballo, y muchas naves” una fuerza que entre y lo inunde, no que simplemente pase por encima (Daniel 11:40). Esa fuerza no estará liderada por EE UU.

Dios profetizó a través de Daniel que utilizará al “rey del norte” para corregir a Irán. El “rey del sur”, liderado por Irán, contenderá contra este rey —una Europa liderada por los católicos y dominada por Alemania— y provocará esta respuesta sorprendentemente violenta. La guerra que librará Europa será significativamente más poderosa y devastadora que la que estamos presenciando ahora. La guerra actual muestra claramente que sólo algo así podrá eliminar al rey del sur.

Esta profecía revela el destino terrible e inminente de este malvado régimen iraní.

Piense en una Europa capaz de tal ferocidad, tanto en lo militar como en lo operativo y lo moral. Es difícil de imaginar, ¡pero también es una profecía que se cumplirá! De hecho, el Continente está adquiriendo este tipo de poder en estos momentos, con el consentimiento de EE UU.

Sorprendentemente, ¡muchas otras profecías advierten que Dios también va a utilizar este feroz imperio europeo para corregir a EE UU y a las demás naciones del Israel moderno! Esto implicará una guerra mundial y un terror a una escala que el mundo nunca ha visto. Debe leer esta advertencia en Estados Unidos y Gran Bretaña en profecía; con gusto le enviaremos un ejemplar gratuito.

Las profecías bíblicas no terminan ahí: ¡muestran que Dios castigará entonces al rey del norte con un ataque de un ejército asiático de una magnitud inconcebible al que Él llama “los reyes del oriente”! (Apocalipsis 16:12; 9:16).

Estos golpes catastróficos de guerra mundial serán los actos finales de la era del hombre antes de que Jesucristo regrese para cumplir Sus promesas a toda la humanidad: establecer el juicio y la justicia en todo el mundo.

Esta es la hermosa promesa de Dios al pueblo iraní y a todos los pueblos. Se acerca el día en que todos los tiranos del mundo serán derrocados. Dios, defensor de los oprimidos, traerá justicia y libertad. “Juzgará a los afligidos del pueblo, salvará a los hijos del menesteroso, y aplastará al opresor” (Salmo 72:4). Dios está a punto de derrotar a todos los gobernantes malvados que oprimen a la humanidad y de establecer un reino gobernado por el Rey de reyes (Apocalipsis 11:15). Ese reino nunca será destruido (Daniel 2:44).

“Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra…” (Proverbios 29:2). En ese momento, las celebraciones no surgirán para luego desaparecer. Se prolongarán indefinidamente. Los oprimidos tienen esperanza. Incluso los opresores tienen esperanza, una vez que Dios los lleve al arrepentimiento. Él está a punto de destruir no sólo a los hombres pecadores, sino también el pecado en los hombres, y —ya sea en esta vida o en la resurrección profetizada— someterá a todos los hombres al único y verdadero buen gobierno que existirá alguna vez: el Reino de Dios en la Tierra, en sentido literal.

EL MISTERIO DE LOS SIGLOS

Se ha preguntado usted alguna vez: "¿Quién soy yo? ¿Qué soy? ¿Por qué existo?" Usted es un misterio. El mundo que lo rodea es un misterio. ¡Ahora usted puede comprenderlo!