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George Haddad/La Trompeta

Su deber como un mentor

Crezca ayudando a otros a crecer.

Si usted ha logrado algún éxito en su vida, probablemente recibió ayuda. Puede ser un gran empuje tener a alguien quien le enseñe, que le guíe y le provea una oportunidad o abra una puerta mientras usted progresa en su educación y carrera.

Con la experiencia y el éxito viene una responsabilidad que quizá usted no ha considerado: el darse la vuelta y ayudar a los que vienen detrás. El dar de sí a otros siendo mentor de ellos.

Un mentor es un consejero de confianza o un guía quien enseña, ayuda o da asesoramiento a otro quien tiene menos experiencia; a menudo ésta es una persona joven. Ser un mentor implica la colaboración entre una persona con conocimiento y otra que quiere aprender. Esta es una relación que construye a la sociedad. Es un principio de vida que puede cambiar vidas, incluyendo la suya.

Como el general Wilbur Lyman Creech, comandante del Comando Aéreo Táctico de la Fuerza Aérea estadounidenses, dijo, “El primer deber de un líder es crear más líderes”.

Probablemente, hay muchas personas más jóvenes que usted, a quienes puede ayudar si se aferra a este reto. Sí, es un reto porque toma tiempo, energía e inversión. Pero hay que reconocer que cuando una persona joven está en apuros o necesita atención, ayudarla no es una carga sino más bien una oportunidad.

Hay poder en compartir conocimiento. La Biblia está repleta de consejos y ejemplos de esta dinámica de la enseñanza. La mayoría giran alrededor de enseñarles a nuestros hijos la verdad de Dios: “y las repetirás [estas palabras] a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:7; también leer Deuteronomio 4:9 y 11:19 y Salmos 78:1-8). Efesios 6:4 exhorta a los padres a criar a sus hijos en la disciplina y amonestación del Señor. Tito capítulo 2 contiene instrucción detallada para las mujeres mayores. Les dice que no solo trabajen con sus propias hijas pero también con mujeres jóvenes en general.

La manera en que usted trata a sus hijos y a otras personas jóvenes, o a quienes tienen menos experiencia y pericia, dice mucho sobre su carácter. Una cualidad del gran patriarca Abraham que impresionó a Dios fue que él ¡enseñaría, guiaría, aconsejaría, asesoraría, instruiría—siendo un mentor! (Estudiar Génesis 18:19). Cuando Dios lo elogió de esta manera, Abraham solo tenía un hijo. Usted no necesita tener hijos para desarrollar la mentalidad de un mentor.

Para pensar como un mentor, usted debe de hacer dos cosas: Reconocer el potencial de la otra persona; y reconocer su propio poder para ayudarle a él o ella a lograrlo. Estas son tareas difíciles. Requieren generosidad, madurez y pensar en grande. Requieren ver a los demás como Dios los mira, y además quererlos lo suficiente para de hecho ayudarlos.

Una vez que usted comience a desarrollar esta mentalidad, entonces verá como las oportunidades surgen a su alrededor.

El hecho de ser un mentor incluye dos componentes: proveer dirección y proveer oportunidades. Es mucho más que simplemente dar consejos, ofrecer asesoramiento y repartir instrucciones. También significa el organizar oportunidades, abrir puertas y proveer retos; asignando trabajos que van a ayudar el crecimiento de sus estudiantes.

Un mentor se pregunta: ¿Qué sé yo que puede beneficiar a los demás? ¿Quién se puede beneficiar de este conocimiento? ¿Qué puedo aprender que sería conocimiento útil para enseñar a los demás? ¿Qué deseo que alguien me hubiera enseñado? ¿Qué oportunidades puedo proveer?

Si usted tiene un hijo o una hija, comience ahí. Duplique el tiempo que pasan juntos. Busque toda oportunidad de hacer cosas juntos. Busque retos apropiados para él o ella. Piense en cada detalle que puede enseñarle en la preparación para la edad adulta.

Un niño estaría mucho mejor preparado para ser un hombre, si por ejemplo, su padre se tomara el tiempo de enseñarle como mantener su atención en una sola tarea; como atar una corbata; como hacer una fogata; como tratar una herida; como cambiar el aceite de un carro; como arreglar una fuga; como cazar. Claro que después vienen cuestiones de relaciones y carácter, por ejemplo, ¿cómo tener conversaciones significativas; cómo tratar a una mujer; cómo ser un hombre de su palabra, cómo admitir errores; cómo construir una relación con Dios; etcétera?

Una vez que haya avanzado en su hogar, busque a quienes más puede ayudar: gente que trabaja para usted, sus estudiantes, otras personas jóvenes en su comunidad. Dedique su atención a ellos. Demuestre interés. Desarrolle una buena relación. Piense si los puede incluir en su trabajo, en sus planes. Busque oportunidades de enseñar y de transmitir algo de valor. Los jóvenes tienen tantas cosas que necesitan aprender.

Además de beneficiar a sus estudiantes, ¡ser un mentor también lo beneficia a usted! Usted necesita oportunidades para pensar en más que solo usted mismo. Ser un mentor requiere esfuerzo genuino. Toma sacrificio y tiempo; tiempo que quizá no quisiera dar, frustraciones que quizá no quisiera tener, sacrificios que prefiriera no hacer. Pero esos son pensamientos egoístas. Usted necesita oportunidades para pensar sin egoísmo, como Dios. La verdadera alegría en la vida viene del dar, no del tomar (Hechos 20:35). Dedicarse a ayudarle a otro a crecer (a luchar a través de reveses y aprender de los errores) es una obra verdaderamente bienaventurada.

Su vida no solo es el mejoramiento de sí mismo. ¡Es su mejoramiento a través del mejoramiento de otros! ¡Es crecer mientras se ayuda a otros a crecer!

Hay personas jóvenes alrededor suyo esperando por usted, que le necesitan, y ellos ni siquiera lo saben. Pero ahora usted lo sabe. Entonces despierte a su vital deber: ¡sea un mentor!  

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