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Sayonara al pacifismo

GETTY IMAGES/KASSANDRA VERBOUT/la trompeta

Sayonara al pacifismo

Si los líderes estadounidenses que desarmaron a Japón tras la Segunda Guerra Mundial estuvieran hoy en escena, reconocerían el peligro de su cambio y trabajarían para revertirlo. Pero los líderes modernos lo aclaman.

“Nos comprometemos a velar por que el pueblo japonés sea liberado de esta condición de esclavitud”, declaró el general estadounidense Douglas MacArthur el 2 de septiembre de 1945, mientras desmantelaba el ejército imperial japonés.

La esclavitud de la que hablaba era mental, psicológica e indescriptiblemente perversa. Había sido alimentada por la creencia de este gran pueblo de que su emperador era un dios y de que ellos eran una raza superior, destinada a gobernar el mundo. Esta fe tóxica los había obligado a luchar durante 14 años con una crueldad tan extrema que incluso los soldados nazis estacionados en Asia expresaron públicamente su consternación.




En la Masacre de Nanjing, las tropas japonesas asesinaron a unos 200.000 civiles chinos. Incluso las mujeres embarazadas, las madres con bebés, los niños y los ancianos fueron asesinados con bayonetas, torturados, decapitados, quemados o enterrados vivos. Como rutina, los soldados les arrancaron los ojos y arrancaron a los bebés nonatos del vientre de sus madres.

La brutalidad de Nanjing no fue un caso aislado. Conflictos anteriores, como la Primera Guerra Sino-Japonesa, la invasión de Taiwán y la Guerra Ruso-Japonesa, revelan aún más esta tendencia. Durante la Segunda Guerra Mundial, las tropas japonesas actuaron con similar psicosis y violencia en varias otras ciudades chinas, así como en Corea, Filipinas, Singapur y otras naciones.

En agosto de 1945, la provocación de Japón a sus vecinos y a naciones lejanas le había costado alrededor del 4% de su población, con millones más de heridos o gravemente enfermos. La mayoría de los japoneses pasaban hambre y el país estaba cubierto de cenizas y ruina. Incluso entonces, esta “condición de esclavitud” llevó a soldados y civiles a luchar fanáticamente hasta la muerte. Pocos se rindieron. Sólo dos bombas atómicas podrían romper las cadenas del fanatismo.

Y fue entonces, inmediatamente después de esa devastación indescriptible, que Estados Unidos ocupó la nación derrotada y redactó su Constitución. En ese documento, el gobierno de ocupación de MacArthur estableció el artículo 9, una cláusula que prohíbe la guerra como medio para que Japón resuelva disputas internacionales. EE UU y Japón firmaron entonces el Tratado de Cooperación y Seguridad Mutuas, que codificaba la dependencia de Japón de EE UU para su defensa en caso de ataque.

El objetivo principal era impedir que el pueblo japonés volviera a armarse lo suficiente como para convertir la beligerancia en carnicería. El tratado también fue de inmenso valor estratégico para EE UU, ya que proporcionó acceso a las bases japonesas y permitió el despliegue de decenas de miles de tropas estadounidenses en puntos críticos en el este de Asia, cerca de los principales adversarios actuales y potenciales.

El equipo de MacArthur también despojó al emperador Hirohito del poder político y prohibió todo culto al emperador. Le exigieron que pronunciara ante la nación su famoso discurso radial “Declaración de Humanidad”, en el que condenaba la idea de que él era un dios y de que los japoneses eran una raza superior.

Han pasado más de 80 años desde el histórico discurso de MacArthur y estas dramáticas medidas. Durante décadas lograron su objetivo general de impedir que los japoneses volvieran a encadenarse a esa perversa y mortal esclavitud mental. Pero a medida que aumentan las amenazas regionales y flaquea el compromiso de EE UU con sus aliados, los japoneses se sienten ahora justificados para abandonar el pacifismo y construir una impresionante potencia de fuego.

Primero gradual y discretamente

Los primeros movimientos de Japón alejándose del pacifismo total fueron avances limitados que probablemente parecieron triviales para muchos en ese momento. El primero ocurrió en 1954, cuando funcionarios estadounidenses alentaron a Japón a convertir su Reserva de la Policía Nacional en la Fuerza de Autodefensa de Japón (sdf, por sus siglas en inglés). Los japoneses accedieron discretamente, aunque minimizaron la visibilidad de la sdfy limitaron su presupuesto a sólo el 1% del producto interior bruto.

Sin embargo, cada yen se gastó con astucia y, a principios de la década de 1990, la sdf era un aparato de seguridad avanzado y muy capaz.

Los líderes de Japón no se contentaron simplemente con poseer esta formidable fuerza militar; buscaron ponerla en uso y brindar a una nueva generación de personal experiencia militar en el mundo real.

En 1992, el gobierno japonés aprobó una ley que autorizaba la participación de la sdf en los aspectos no militares de las misiones de las Naciones Unidas. Esto significó que, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, las tropas japonesas podían estacionarse más allá de las fronteras de Japón. Pronto fueron desplegados en naciones como Angola, Camboya y El Salvador.

Al mismo tiempo, los líderes japoneses siguieron asignando más recursos para el avance tecnológico y la integración de la sdf. A finales de siglo, el ejército japonés era un conjunto totalmente integrado y ultramoderno de fuerzas de tierra, mar y aire.

Luego vinieron los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra el principal aliado de Japón. Esto desencadenó lo que el New York Times denominó “la transformación más significativa del ejército japonés desde la Segunda Guerra Mundial” (22 de julio de 2007). Entre otras cosas, Japón adquirió sistemas de defensa antimisiles, practicó el lanzamiento de bombas reales de 500 libras y envió tropas marítimas al océano Índico para ayudar en las operaciones estadounidenses.

Fueron medidas significativas. El experto en Japón Richard Samuels dijo que demostraban que, a los ojos de los líderes de la nación, “el plazo de prescripción de la mala conducta de Japón durante la Guerra del Pacífico había expirado”.

Y los japoneses apenas estaban empezando.

El fin de la era tranquila

El 11 de marzo de 2011, un terremoto de magnitud 9,0 sacudió Japón, provocando un tsunami y una grave crisis nuclear. La sdf saltó a la acción, llevando a cabo operaciones de rescate con más de 100.000 soldados, un número sin precedentes en la posguerra. “No es exagerado decir que el terremoto ha impulsado las operaciones militares japonesas más importantes desde el final de la Segunda Guerra Mundial”, escribió World Politics Review (13 de abril de 2011).

Lo más importante es que los esfuerzos de rescate mejoraron drásticamente la percepción del público japonés sobre las fuerzas de la nación. Casi de la noche a la mañana, la sdf pasó de ser un doloroso recordatorio del vergonzoso pasado de Japón y de su “condición de esclavo” a una fuente de orgullo.

Los líderes japoneses aprovecharon esta marea de orgullo en 2013 para acelerar aún más el desarrollo militar, poniendo en marcha un plan tremendamente ambicioso para duplicar el gasto anual en defensa de aquí a 2027.

En los años que siguieron, votaron a favor de “reinterpretar” la prohibición constitucional de la autodefensa colectiva y utilizaron parte de los nuevos fondos destinados al presupuesto militar para ampliar considerablemente el poder naval de Japón. Modernizaron submarinos, mejoraron los misiles antibuque, compraron 147 aviones de combate F-35 de última generación fabricados en EE UU y, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, construyeron portaaviones.

Otro hito se produjo en 2022, cuando Japón se comprometió a adquirir misiles de largo alcance y la libertad legal para utilizarlos de forma preventiva. Esto significa que si un adversario tiene un misil apuntando a un objetivo japonés, Japón tiene ahora la capacidad y la autorización legal para destruir ese misil antes de que salga de la plataforma de lanzamiento.

Al mismo tiempo, cada vez más líderes japoneses comenzaron a pedir el desarrollo de las armas cuya devastación extrema sólo Japón ha sufrido en carne propia. “No debemos convertir en tabú los debates sobre la realidad a la que nos enfrentamos”, dijo el ex primer ministro Shinzo Abe en 2022, refiriéndose a que Japón fabricara armas nucleares.

En 2024, poco antes de convertirse en primer ministro, Shigeru Ishiba dijo que Japón debía “considerar la posibilidad de que EE UU compartiera sus armas nucleares o de introducir armas nucleares en la región”.

“Creo que deberíamos poseer armas nucleares”, declaró a la prensa el 17 de diciembre de 2025 un alto funcionario de seguridad de la oficina de la nueva primera ministra Sanae Takaichi. La necesidad se debe no sólo a las crecientes amenazas en Asia sino también a las dudas sobre la promesa de EE UU de proteger a Japón bajo su paraguas nuclear. “Al final”, dijo, “sólo podemos confiar en nosotros mismos”.

La idea de que Japón se vuelva nuclear ya no se limita a un debate marginal, sino que se discute en las más altas esferas del gobierno. Japón posee una industria nuclear civil muy desarrollada y un grupo de físicos e ingenieros de talla mundial, por lo que puede desarrollar armamento nuclear en cuestión de meses. Según los analistas, construir un arsenal japonés sólo requeriría un “giro de destornillador”.

En los últimos años, los políticos y partidos nacionalistas japoneses también han ganado tracción. Han revisado los libros de texto de historia para garantizar que los estudiantes de la nación aprendan una versión suavizada y pro japonesa de la Segunda Guerra Mundial y otros conflictos. Junto con ese revisionismo, están usando lemas como “Los japoneses primero”, junto con llamados a restaurar el poder político al emperador, a restablecer el nacionalismo popular y el etnocentrismo.

Estos acontecimientos dejan claro que Japón está experimentando una profunda transformación, reanudando rápidamente una postura militarista e ideológica que podría volver a encadenar al pueblo en la “condición de esclavitud” de la que el equipo de MacArthur tomó medidas extraordinarias para liberarlo. Si él y su equipo estuvieran hoy en la escena, reconocerían los peligros del cambio actual de Japón y tomarían medidas para revertirlo.

Pero los actuales líderes estadounidenses no muestran ninguna preocupación. Aparentemente están demasiado enfocados en la amenaza de China como para recordar el potencial beligerante de Japón. Y así, lejos de detener o incluso condenar la transformación de Japón, la están alentando. De hecho, están presionando a los líderes para que la aceleren.

A instancias de EE UU

En marzo, Japón alcanzará su objetivo de gastar el 2% del pib en su ejército, casi dos años antes de lo que ya era un calendario notablemente ambicioso. Pero el subsecretario estadounidense de Defensa para Política, Elbridge Colby, dice que esto aún no es suficiente. En una declaración sobre la política asiática, escribió: “Japón debería gastar al menos el 3% del pib en defensa lo antes posible y acelerar la renovación de sus fuerzas armadas”.

En agosto, un alto funcionario de defensa de EE UU calificó el gasto actual de Japón y su acumulación como “manifiestamente inadecuados”, añadiendo que la nación “debería gastar tanto como sea posible en defensa, lo más rápido posible”.

Estos líderes estadounidenses ven a Japón sólo como un aliado. Ven a una democracia confiable y firme que debería asumir más la carga de defender al mundo libre de los regímenes autoritarios. No recuerdan su perversa historia militar ni reconocen que los japoneses modernos podrían verse encadenados una vez más al férreo yugo del fanatismo.

“Sólo me pregunto quién hizo esto”, dijo el presidente Trump en abril, refiriéndose al Tratado de Seguridad entre EE UU y Japón y a la forma en que obliga a EE UU a proteger a Japón, sin exigir lo contrario. Los responsables del acuerdo son “personas que odian a nuestro país o a quienes no les importa”, dijo.

Incluso una mirada superficial a la vida del general Douglas MacArthur demuestra que fue un patriota inquebrantable cuya devoción por EE UU guió su carrera y sus decisiones. Y una mirada a la propensión histórica de Japón al militarismo fanático muestra por qué se llegó al extraordinario acuerdo entre EE UU y Japón. Pero la historia —tanto de la brutalidad de Japón en tiempos de guerra como del éxito del pacifismo impuesto, incluyendo los inmensos beneficios estratégicos que el acuerdo ha proporcionado a EE UU— ha sido olvidada.

Así que los tambores de guerra japoneses siguen sonando, y EE UU sigue aplaudiendo el ritmo, instando a un tempo cada vez más rápido.

‘Los reyes del oriente’

Los japoneses son un pueblo excepcional con numerosas aptitudes notables y asombrosas capacidades tecnológicas y económicas, sobre todo teniendo en cuenta los limitados recursos naturales y las desventajas geográficas de su nación.

No es de extrañar por qué, después de pasar cinco años viviendo entre los japoneses, ayudando a la nación a lograr su dramática reconstrucción y transición a la democracia, MacArthur les otorgó los mayores elogios. “El pueblo japonés, desde la guerra, ha sufrido la mayor reforma registrada en la historia moderna”, dijo en su discurso de despedida ante el Congreso en 1951. “Con una voluntad encomiable, afán de aprender y una notable capacidad de comprensión, han levantado en Japón, de las cenizas que dejó la guerra, un edificio dedicado a la supremacía de la libertad individual y la dignidad personal (…) No conozco ninguna nación más serena, ordenada y laboriosa, ni en la que puedan albergarse mayores esperanzas de un futuro servicio constructivo para el avance de la raza humana”.

Al repasar las décadas transcurridas desde entonces, es innegable que la extraordinaria creatividad, diligencia y contribuciones culturales y tecnológicas de Japón han enriquecido la experiencia humana de miles de millones en todo el mundo, como predijo MacArthur. Parece que casi todo lo que se proponen los japoneses lo consiguen con un éxito asombroso.

Sin embargo, la alarmante historia bélica de Japón sigue pesando mucho. Nos recuerda lo que esas mentes brillantes pueden lograr cuando se dirigen hacia la destrucción, y enciende gigantescas luces de advertencia sobre el actual retorno de la nación al militarismo.

Y no es sólo la historia la que emite señales de peligro. También las profecías bíblicas dan la voz de alarma.

No es raro oír referencias a la palabra bíblica Armagedón que se encuentra en Apocalipsis 16:16, pero pocos hablan de “los reyes del oriente” mencionados en el mismo capítulo. Esta frase del versículo 12 describe una alianza de naciones asiáticas que se unirá en un futuro próximo. Será una de las principales causas de los cataclismos del Armagedón.

Apocalipsis 9:16 dice que esta fuerza multinacional asiática estará formada por la impresionante cifra de 200 millones de soldados. Ezequiel 38 muestra que esta fuerza colosal estará dirigida por Rusia e incluirá a China. El versículo 6 especifica que la alianza también incluirá a “Gomer” y “Togarma”, nombres antiguos que se refieren en parte a los pueblos que componen el Japón moderno.

En la actualidad, la animosidad y el miedo están aumentando entre los pueblos de Japón y China, motivando a estos dos pueblos y economías líderes mundiales a fortalecer sus ejércitos. Pero estos pasajes bíblicos dejan claro que la animosidad no durará. Las dos naciones pronto unirán sus fuerzas, aunque sólo sea brevemente, bajo el liderazgo ruso para desempeñar un papel central en la guerra más devastadora de la historia de la humanidad.

En ese momento futuro, los japoneses volverán a verse encadenados a una “condición de esclavitud”, consumidos por la obsesión de destruir y conquistar. Esta vez, ellos y sus aliados dispondrán de armas nucleares, lo que hará que su guerra sea exponencialmente más mortífera que cualquier cosa que pudiera desencadenar el Japón imperial en la Segunda Guerra Mundial.

Jesucristo profetizó sobre esta guerra venidera, diciendo: “Pues habrá más angustia que en cualquier otro momento desde el principio del mundo. Y jamás habrá una angustia tan grande. De hecho, a menos que se acorte ese tiempo de calamidad, ni una sola persona sobrevivirá…” (Mateo 24:21-22; Nueva Traducción Viviente).

Cada yen que Japón gasta hoy en su Fuerza de Autodefensa acerca más esta calamidad que podría provocar la extinción. Cada aumento de la potencia de fuego japonesa la acerca y la hace más letal.

Pero esta historia no terminará con la aniquilación de la humanidad.

Justo después de que Jesús profetizara que esta guerra casi acabaría con la humanidad, añadió esta promesa: “Pero se acortará…” (versículo 22; ntv).

Antes de que el fanatismo psicótico de Japón y otras naciones aniquile a la humanidad, ¡Cristo interrumpirá la guerra con un poder superior! Someterá a los reyes del oriente y a otros bloques militares y establecerá un nuevo gobierno. Este gobierno literal de Dios liberará a Japón de su “condición de esclavitud” ¡mucho más eficazmente de lo que cualquier hombre podría soñar hacer! Dará paso a una era de paz y prosperidad sin precedentes para los japoneses y para todas las naciones y pueblos. De esta futura era de paz mundial, Isaías 2:4 dice que “no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra”.

RUSIA Y CHINA EN PROFECÍA

La posición de Estados Unidos como la única superpotencia mundial se está desvaneciendo rápidamente. Otras naciones y grupos de naciones están en la disputa por llenar ese vacío. Desde el oriente, está surgiendo un bloque de poder con un potencial enorme, tanto en número de hombres como en influencia económica y poderío militar. Su creciente presencia está intensificando la competencia global por los recursos y la influencia geopolítica. ¿A dónde conducirá esta tendencia? ¡Usted puede saberlo! ¡La profecía bíblica provee una extraordinaria y aguda visión por anticipado del futuro de Asia!