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Gary Dorning/La Trompeta

¿Quién fue Antíoco Epífanes?

El modo que Barack Obama trató a Israel nos hace recordar a uno de los antisemitas más despiadados de la historia judía.

Después que la administración de Obama permitió que se aprobara la Resolución 2334 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, la cual tacha a muchos judíos como residentes ilegales en su propio país, algunos analistas compararon al [entonces] presidente de Estados Unidos con Antíoco Epífanes, uno de los peores villanos de la historia judía. Con eso, ellos realmente estaban haciendo eco de una comparación que Gerald Flurry, el jefe de redacción de Trompeta , había hecho hace seis años. Usted puede leer su folleto gratuito Estados Unidos bajo ataque , publicado en 2013, para una explicación completa.

¿Quién fue Antíoco? Aquí presentamos un repaso de la historia que ha llegado a ser tan relevante debido a los eventos recientes.

Tomando el poder

Antíoco nunca estuvo destinado a dirigir el reino Seléucida. Él era hijo de Antíoco (iii) el Grande, pero era el tercer hijo, no el príncipe heredero primogénito. De hecho, Antíoco vivió gran parte de su infancia lejos de la capital de Siria, como rehén residente de la República romana. Sin embargo, al final éste lideraría uno de los ataques más feroces contra los judíos en la antigüedad.

Cuando Antíoco era un niño, su padre deseaba expandir el territorio seléucida saliendo del Levante y entrando a Grecia. Allí enfrentó a la República romana en una batalla feroz. Perdió y se le ordenó pagar un tributo anual masivo a Roma y enviar allí como rehenes a representantes de la familia seléucida. Entre esos rehenes estaba el joven Antíoco iv.

Confinado a Roma, el joven Antíoco recibió la más alta clase de educación romana. Fue bien educado en las escuelas más aclamadas, codeándose con los intelectuales más grandes de la época. Se hizo amigo de muchos de los jóvenes aristócratas romanos. Miembros del gobierno romano esperaban que, si trataban bien a Antíoco, él al final aseguraría una alianza entre el reino seléucida y Roma.

En los últimos años de su adolescencia, llegó a Roma la noticia de que su padre había muerto y que su hermano, Seleuco Filopátor, había asumido la corona en Antioquía. Antíoco fue liberado cuando el joven hijo de Filopátor, el nuevo príncipe heredero, lo reemplazó como rehén de Roma.

Después de casi una década de estar retenido en Roma, Antíoco comenzó su viaje de vuelta a su tierra natal. En el camino, se detuvo en Atenas y fue empleado como asistente del magistrado principal de la ciudad por unos años.

Entonces Antíoco recibió noticias acerca de Filopátor: su hermano había sido asesinado a manos de uno de sus tesoreros. Inmediatamente, Antíoco pensó, ¡este es mi momento de actuar!

El trono seléucida debió haber pasado por derecho al hijo menor de Filopátor, pero Antíoco viajó rápidamente a Siria para tomar el trono para sí mismo. Ayudado por algunos de los amigos poderosos que había hecho en Atenas, Antíoco entró a Antioquía secretamente en el 175 a.C., antes de revelarse en una reunión pública. Usando la habilidad oratoria que había ganado en Roma y en Atenas, la dignidad real que regresaba apeló a los corazones del pueblo, aparentemente lleno de bondad y compasión. El pueblo de Antioquía aceptó su gobierno, aunque sabían que no era su derecho.

Antíoco y los judíos

El principal objetivo de la política exterior de Antíoco era tomar el reino ptolemaico, que tenía base en Egipto. Después de algunas campañas exitosas, Antíoco se aventuró una vez más a Egipto para finalizar el trabajo. Esta vez, la República romana envió a sus flotas para apoyar a los ptolomeos. En lugar de enfrentarse con los romanos, Antíoco sabiamente retiró sus fuerzas de Egipto, para no volver jamás.

En su viaje de regreso desde Egipto hasta Siria en el 168 a.C., Antíoco decidió derramar su rabia sobre uno de sus pueblos subyugados: los judíos.

Durante la década anterior, muchos de los judíos en la ciudad capital de Judea habían sido helenizados, adoptando la cultura que dominaba al reino seléucida y más allá. Pero los judíos todavía practicaban muchas de sus tradiciones y leyes antiguas. Los seléucidas tenían poder sobre los asuntos y tributos de Judea; sin embargo, le permitían a su pueblo mantener muchas de sus costumbres.

Los judíos habían escuchado que Antíoco había sido asesinado, y que un sacerdote rival se había convertido en sumo sacerdote, sacando al sacerdote que Antíoco había nombrado en ese cargo. Cuando Antíoco llegó a la escena, lanzó uno de los actos más inexplicablemente bárbaros en la historia.

Antíoco fue primero al templo en Jerusalén y puso una estatua del dios griego Júpiter Olimpo en el lugar santísimo. Sobre el altar de sacrificio en el patio del templo, él forzó a los sacerdotes a sacrificar carne de cerdo a los dioses paganos. Cualquiera que fuera visto en Jerusalén practicando cualquier otra forma de religión que no fuera la de Antíoco era sentenciado a muerte inmediata. Donde quiera que encontraran libros de la Biblia, eran destruidos, así como las personas en cuya posesión eran hallados.

Con el fin de asegurarse de que los judíos no volvieran a su religión, Antíoco ordenó que una fortaleza masiva fuera construida justo al sur del templo. Esta imponente ciudadela
les dio a las fuerzas de Antíoco la capacidad de ver todo lo que sucedía en el área del templo. Sus impenetrables muros también le permitían a Antíoco guarnecer las tropas en Jerusalén en caso que los judíos pensaran rebelarse.

Con el corazón de Jerusalén profanado y la construcción en marcha en la ciudadela, Antíoco retomó su camino hacia Antioquía. Allí él oficializó su política emitiendo un decreto formal a todo el reino. Su decreto decía que “todo el reino debería ser un pueblo y que cada nación debía renunciar a sus costumbres”.

Para ejecutar su decreto, envió soldados a Jerusalén y a todo el campo de Judea. Los soldados impedían a los judíos ofrecer holocaustos, sacrificios y libaciones en el santuario en Jerusalén. Ellos los forzaban a guardar costumbres extrañas, construir altares y santuarios a ídolos, sacrificar y comer carnes inmundas, dejar a sus hijos incircuncisos y quebrantar el Sábato. Aquellos que circuncidaran a sus hijos eran quemados hasta la muerte. Muchos judíos adoptaron la religión pagana.

Antíoco no solo estaba tratando de controlar una población subyugada. Él buscaba destruir cualquier vestigio de la
verdad y las leyes de Dios.

La incursión de Antíoco a Judea fue extremadamente exitosa. Todo Judea se entregó al helenismo a expensas de la ley de Dios; todos, excepto por una familia en Judea occidental conocida como la familia Asmonea (o los Macabeos). Esta familia más tarde lideraría una rebelión contra Antíoco y el reino seléucida, conocida como la rebelión macabea.

Antíoco envió varios generales a Judea en los siguientes años, pero ninguno de ellos pudo aplastar la rebelión. Antíoco Epífanes estaba con el principal ejército seléucida en el oriente tratando de aplastar la creciente rebelión partia. Fue allí que él escuchó de la derrota de uno de sus generales en Judea. Inmediatamente partió hacia Judea para aplastar la rebelión por sí mismo. Según Polibio, historiador de la época, cuando Antíoco iba de camino a destruir a los judíos, fue golpeado y turbado con un “delirio perpetuo” de alguna clase, “imaginando que los espectros [espíritus aterradores] estaban continuamente delante de él, reprochándole por sus crímenes”. Este tormento lo volvió literalmente loco. Poco después, en el 164 a.C., Antíoco murió.

Por casi 2.200 años el nombre de Antíoco ha sido sinónimo de los enemigos de los judíos que les quitarían su libertad, sus vidas y su verdad.

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