LA TROMPETA
Qué impulsó a este hombre a vivir con rectitud
“Esta es la obra del Dios Creador vivo. Ahora estamos muy cerca del final de esta era actual. Continuaré entregando todo de mí a la obra de Dios hasta el último aliento”, escribió Herbert W. Armstrong en una carta a los colaboradores en diciembre de 1985, un mes antes de su muerte. “Espero que todos ustedes se den cuenta de la seriedad del tiempo en que vivimos y de que ya nada es más importante que estar cerca de Dios y tener asegurado un lugar en Su Reino que muy pronto llegará”.
La obra de Dios era la prioridad máxima del Sr. Armstrong. Incluso cuando se encontraba en su lecho de muerte, exhortó a sus colaboradores a continuar en la lucha. Temía que muchos no lo hicieran.
Después de su muerte, el 95% de los miembros de la verdadera Iglesia de Dios abandonaron su ejemplo. Dejaron de publicar sus libros. Dejaron de proclamar el mensaje de Dios. No continuaron la obra de Dios.
No siguieron los pasos del Sr. Armstrong.
Y cuando dejaron de hacer la obra de Dios, estos miembros de la Iglesia también dejaron de vivir rectamente. La Iglesia cayó en un letargo espiritual y entró en la era laodicena, marcada por la tibieza espiritual (Apocalipsis 3:14-20).
Años antes, el Sr. Armstrong había advertido: “En mis 50 años de experiencia intensiva, rica y activa desde que Dios cambió mi dirección hacia Su camino, he observado que la primera necesidad de todo cristiano, que ha de crecer y desarrollar este carácter espiritual, es tener su corazón completamente en la obra de Dios, para cuya realización el Cristo vivo ha llamado a Sus siervos, ¡como instrumentos Suyos!” (La Pura Verdad, enero de 1983).
Poner la obra de Dios en primer lugar en nuestras vidas nos da una orientación espiritual correcta que nos impulsa a crecer y a vivir con rectitud. Esto fue lo que motivó a Jesucristo, quien dijo: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34).
La autobiografía del Sr. Armstrong ofrece un ejemplo fenomenal de esta dinámica espiritual en acción (solicite su ejemplar gratuito). El Sr. Armstrong enfocó toda su vida en vivir según cada Palabra de Dios (Mateo 4:4), una ambición impulsada y motivada por querer hacer la obra de Dios.
Ya sea que el Sr. Armstrong profetizara sobre la bestia emergente de Apocalipsis 17, trabajara en el embellecimiento del campus de la sede en Pasadena, California, o se reuniera con líderes mundiales, él sabía que el trabajo que estaba haciendo estaba volviendo a la gente hacia su Padre celestial, en preparación para el regreso de Jesucristo (Malaquías 4:5-6).
La obra de Dios impulsó al Sr. Armstrong a abandonar las posesiones materiales y otros ídolos mundanos. Lo inspiró a purificar su corazón y a convertirse en un instrumento más grandioso para Dios (1 Juan 3:3). Eso le motivó a vivir una vida más recta. ¿Y qué de usted?
Cuando el Sr. Armstrong dirigía la Iglesia de Dios Universal, era una operación próspera enfocada en hacer llegar al mundo la verdad de Dios. Después de su muerte, sus sucesores cambiaron las doctrinas basadas en la Biblia que él enseñaba y asumieron un enfoque pequeño y poco abierto. La gran mayoría de las personas que salieron de esa Iglesia e intentaron aferrarse en cierta medida a esas doctrinas no tienen una obra de la que hablar. Están más enfocados en sí mismos que en llevar a cabo la obra de Dios para este mundo.
El testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía (Apocalipsis 19:10), pero las Iglesias laodicenas dicen: No profeticéis (Amós 2:12). Como resultado, la era laodicena carece de celo por la justicia.
La única manera de cambiar esto es poniendo todo su corazón en la única y verdadera obra de Dios.
La Palabra de Dios advierte enfáticamente que no basta con estar de acuerdo con lo que dice el mensajero de Dios. Dios condena a los que oyen sus palabras pero no las ponen en práctica, es decir, no apoyan la obra y no purifican sus corazones. “Y vendrán a ti como viene el pueblo, y estarán delante de ti como pueblo mío, y oirán tus palabras, y no las pondrán por obra; antes hacen halagos con sus bocas, y el corazón de ellos anda en pos de su avaricia. Y he aquí que tú eres a ellos como cantor de amores, hermoso de voz y que canta bien; y oirán tus palabras, pero no las pondrán por obra” (Ezequiel 33:31-32).
¿Esto le describe? ¿Está de acuerdo con las enseñanzas del Sr. Armstrong? ¿Sigue la Trompeta para escuchar ese mismo mensaje profético? Y al mismo tiempo ¿sigue su corazón envuelto en las cosas de este mundo y en sus propios deseos?
Todos somos pecadores (1 Juan 1:8). La forma de vencer el pecado y crecer espiritualmente es darlo todo para apoyar la obra de Dios.
¿Está examinando su vida en busca de áreas en las que podría dedicar más tiempo a Dios en ayuno, oración y estudio de la Biblia? ¿Está examinando su presupuesto para ver cómo podría dar más a Dios? ¿Está buscando el consejo de los ministros de Dios para ver cómo podría servir más a la obra de Dios?
No importa que cosa lo esté frenando, dese cuenta de que el tiempo se está acabando. Mientras más espere, más difícil le resultará cortar los lazos con este mundo y comprometerse plenamente con Dios. Para aquellos que esperen demasiado, será necesaria la Gran Tribulación y un sufrimiento inimaginable para que despierten. Incluso entonces, la mitad no despertará, sino que perderá su salvación (Mateo 25:1-13). Pero a los que respondan ahora se les ofrece la mayor recompensa imaginable.
“¡Ha llegado el tiempo de Dios de acelerar Su obra con un poder dinámico y tremendo!”, escribió el Sr. Armstrong. “¡El tiempo para finalizar la gran misión de Dios en este mundo moribundo se nos está acabando rápidamente!” (carta a los colaboradores, 25 de noviembre de 1985).
El momento de actuar es ahora. Puede que no tenga otra oportunidad.
