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¿Puede la ciencia darnos la inmortalidad?

GARY DORNING/la trompeta, GETTY IMAGES

¿Puede la ciencia darnos la inmortalidad?

El interés por la longevidad está en auge. La razón es más profunda de lo que usted creería.

Desde los antiguos alquimistas que intentaban descubrir el elixir de la vida hasta las fantásticas leyendas de conquistadores en busca de la fuente de la juventud, la búsqueda de la inmortalidad ha acaparado las ambiciones de la humanidad durante milenios.

Hoy, muchos consultan otra clase de “magia”: la ciencia.




El interés por la longevidad está en auge. Empresas de biotecnología como Altos Labs, respaldada por Jeff Bezos, y Calico, financiada por Google, han volcado miles de millones de dólares en la “reprogramación celular”, intentos de devolver las células envejecidas a un estado más joven. Los científicos realizan ensayos clínicos con fármacos orientados a nuevos usos como la rapamicina y la metformina, con la esperanza de que medicamentos de décadas de antigüedad sirvan también como tratamientos antienvejecimiento. Los dispositivos portátiles y los análisis de sangre caseros prometen ahora calcular su “edad biológica” con precisión de un año.

Los analistas esperan que la industria de la longevidad supere los 30.000 millones de dólares a nivel mundial sólo este año, y las promesas son cada vez más audaces: no sólo un envejecimiento más lento, sino incluso revertido; y unos pocos sueñan con el fin del envejecimiento por completo.

¿Podría ese trabajo científico producir realmente vida física inmortal?

Los pioneros

Bryan Johnson es el millonario famoso por experimentar consigo mismo para revertir el envejecimiento: dietas estrictas, ejercicio diario, plasma sanguíneo transfundido de su hijo adolescente. Más recientemente, anunció el 21 de julio en las redes sociales: “Acabo de clonarme (…) como recién nacido”. Afirma que “este bebé-Bryan vive por ahora en una placa de Petri” y que algún día podrá usarse para cosechar sus células, su sangre y sus órganos para su propio rejuvenecimiento. (Contrariamente a lo que él afirma, el “clon” se describe con más exactitud como el cultivo de algunas de sus propias células y la experimentación con ellas para revertir el envejecimiento celular).

Durante una visita a China el año pasado, se captó al presidente ruso Vladimir Putin diciéndole con el micrófono abierto al secretario general Xi Jinping: “En unas pocas décadas, a medida que la biotecnología siga desarrollándose, se seguirán trasplantando órganos humanos, y las personas se volverán más jóvenes y quizá incluso alcancen la inmortalidad”. No fue un comentario casual. Putin se toma muy en serio el descubrimiento de una cura para la muerte. Rusia ha invertido unos 26.000 millones de dólares en un programa estatal destinado a derrotar al envejecimiento antes de que termine la década. Un informe del Wall Street Journal del 28 de mayo afirma que el gobierno está invirtiendo fuertemente en terapia génica para frenar el envejecimiento celular, y que está imprimiendo tejido vivo en 3D y cultivando órganos compatibles con humanos dentro de minicerdos modificados genéticamente. Los investigadores afirman haber impreso ya cartílago humano y una glándula tiroides de ratón, y aspiran a lograr el reemplazo de órganos para 2030.

Una figura controvertida del movimiento antienvejecimiento es el cirujano italiano Sergio Canavero. En 2017 afirmó que realizaría el primer intento del mundo de trasplante de cabeza humana, uniendo una cabeza sana a un cuerpo que volvería a la vida. Valeri Spiridónov, un parapléjico ruso, se ofreció como voluntario para el proyecto, pero después se echó atrás. Hasta ahora, parece que Canavero aún no ha encontrado otro voluntario dispuesto a que le corten la cabeza.

El científico Ray Kurzweil, pionero en tecnologías como el reconocimiento del habla por máquinas, ha venido abogando por avances basados más bien en la mejora mediante máquinas. Una idea es cargar la conciencia humana en computadoras. El historiador israelí y autor de éxitos de ventas Yuval Noah Harari predice que la trayectoria tecnológica actual acabará haciendo posible ese escenario. Harari no es un científico marginal: ha vendido 50 millones de ejemplares de sus libros en 65 idiomas.

Las investigaciones científicas sobre la longevidad y la inmortalidad atraen mucha atención y mucho dinero. Sin embargo, la “vida eterna” que prometen algunas de estas figuras no suena tan deseable. ¿Cosechar órganos de cerdos o de su propio clon? ¿Coserse la cabeza a un cadáver? ¿Subir su mente a la nube?

Aunque usted tuviera el dinero y los científicos la capacidad, ¿es éste un futuro que valga la pena esperar?

¿Se le escapa algo a la ciencia?

Nadie quiere morir, pero la mayoría somos demasiado despreocupados con el cuidado del cuerpo que Dios nos dio. Habitando cuerpos perecederos, viviendo en un mundo efímero, actuamos como si la vida fuera permanente.

Entonces la cruda realidad se impone. Nuestros cuerpos envejecen y fallan. Nuestras familias sufren pérdidas. Nuestros amigos mueren. Y aun así nos resistimos a afrontarlo. Incluso en cuidados intensivos o paliativos, donde el final de la vida flota en el aire, las palabras morir, agonizar y muerte casi nunca se pronuncian.

Cristo vino “para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Debemos obedecer las leyes de Dios sobre la salud disciplinándonos para comer de forma nutritiva, hacer ejercicio, dormir bien, evitar lesiones y obedecer otros principios de causa y efecto que producen buena salud. Los sectores más moderados de la industria de la longevidad promueven este tipo de prácticas, y con razón. Nos animan a tomar decisiones que prioricen los beneficios a largo plazo por encima de los placeres poco saludables e inmediatos. Eso tiene un mérito indudable.

Lo que demasiados de nosotros hacemos en cambio es vivir como nos place y luego, tras recibir el golpe de las consecuencias, buscar soluciones rápidas. Y la ciencia promete cada vez más proporcionarlas.

Los médicos están aplicando lo mejor de sus facultades intelectuales y creativas para perseguir el objetivo fundamentalmente benévolo de dar a las personas un regalo valioso, aunque fugaz: más años de vida preciosa. Más años para profundizar relaciones, crear recuerdos, compartir sabiduría, emprender hazañas, cumplir sueños.

Al mismo tiempo, la mayoría reconoce que es imposible desafiar la mortalidad humana de forma perpetua. No tenemos poder para sanarnos verdaderamente a nosotros mismos. Y en muchos casos nuestros tratamientos médicos, al cambiar un conjunto de síntomas por otro, en realidad dañan a los pacientes, disminuyen su calidad de vida y, en trágica ironía, aceleran la muerte. Así, ellos, junto con los pacientes y sus familias, enfrentan decisiones angustiosas sobre cuánta terapia administrar, pisando terreno incierto, guiados por probabilidades y sentimientos.

Los avances médicos modernos claramente han dado años —de calidad variable— a muchas personas. Al mismo tiempo, esos avances nos han permitido aplazar las preguntas fundamentales que plantea nuestra mortalidad. Con la muerte acechando, nos preocupamos por asuntos esencialmente materiales: opciones, compensaciones, tratamientos, calendarios, probabilidades. Para muchísimos, los últimos días de vida no se pasan en paz, sino en lucha. En última instancia, esa “rabia contra la extinción de la luz”, como lo expresó el poeta Dylan Thomas, siempre termina en derrota.

Hay algo notable, incluso noble, en esta cualidad casi universal entre las personas y todos los seres vivos: queremos preservar la chispa de vida que poseemos. Dios quiso que el hombre viviera una vida abundante (Juan 10:10) y desea que el hombre cuide mucho su salud (3 Juan 2). Pero intentar desafiar la muerte por completo nos lleva a un terreno de circunstancias totalmente nuevo. Y cuando eso se convierte en una religión en sí misma, perdemos el rumbo.

No se le puede ganar a la biología

En julio, Bryan Johnson reveló que le habían diagnosticado gastritis autoinmune, y dijo: “Mi estómago se está comiendo a sí mismo”. La afección es rara e incurable. Johnson admitió: “La atención médica estándar se da por vencida y afirma que no se puede hacer nada salvo controlar la enfermedad”.

Este hombre ha invertido una fortuna en no morir, unos 2 millones de dólares al año. Es implacable con su nutrición científicamente optimizada, que incluye 54 pastillas que toma cada mañana. Un dispositivo parecido a un casco rastrea sus biomarcadores; se hace análisis de sangre rutinarios de ferritina, hierro y vitamina B12. Aun así, su propio cuerpo se estaba destruyendo silenciosamente desde dentro, y él ni siquiera sabe cuánto tiempo lleva ocurriendo.

Johnson publicó: “He estado dándole vueltas y me pregunto si he llevado todo este asunto de la longevidad demasiado lejos”.

Ahora sí va entendiendo algo. He aquí un hombre con más recursos, información y motivación para derrotar al envejecimiento que prácticamente cualquier otra persona viva, y su propio estómago no coopera.

La realidad es que Dios incorporó una fecha de caducidad en todo cuerpo físico (Hebreos 9:27). Ninguna cantidad de dinero ni de experiencia cambia eso. A veces puede retrasarse, pero nunca cancelarse.

Aunque no sea de forma tan extrema como hombres como Johnson, Putin o Canavero, muchos de nosotros llegamos muy lejos para preservar nuestra existencia física. Cuando llegan la vejez avanzada o pruebas graves de salud, aumenta la tentación de tomar medidas más radicales, aunque ello implique una calidad de vida muy deteriorada a cambio de, por ejemplo, unos meses más con respirador. Nuestra vida puede reducirse a concentrarnos en una sesión más de tratamiento, una cirugía más.

La ciencia moderna promete una especie de inmortalidad. Sugiere que nuestras energías, pensamientos y dinero se emplean mejor recurriendo a todos los medios posibles para prolongar la existencia física el mayor tiempo posible. Esto es ficción. Si no tenemos cuidado, esta ficción puede desplazar las importantes preocupaciones espirituales que deberían dominar nuestro pensamiento, e incluso nuestras decisiones, al contemplar lo inescapable de la muerte.

Vladimir Putin afirma ser cristiano ortodoxo. Promueve la participación de la Iglesia en los asuntos de Estado, toma parte en rituales religiosos y presenta a Rusia como la oposición cristiana a la impiedad occidental. Pero comenzó su carrera en la policía secreta de la atea Unión Soviética, lo que sugiere que en realidad es ateo y usa la religión como herramienta para imponer su dominio. Parece tener más fe en los órganos de cerdo que en el Dios de la Biblia o incluso en sus propios sacerdotes.

Lamentablemente, muchas personas que se llaman cristianas toman más o menos las mismas decisiones, y ponen su confianza en la ciencia en lugar de permitir que las preguntas en torno a la mortalidad las lleven a reflexionar sobre su relación con su Creador.

Hay una paz enorme en reconocer y comprender el valor de lo espiritual por encima de lo físico. Al fin y al cabo, ¿cuál es el verdadero propósito de la vida? Usar todos los medios posibles para prolongarla unos años más no contribuye en nada a responder a esa pregunta fundamental.

Una encuesta de Pew de mayo de 2025 sugiere que el 70% de los estadounidenses está seguro o casi seguro de que hay vida después de la muerte. Pero qué es exactamente esa vida sigue siendo un misterio para muchos. Sencillamente nunca han examinado el tema de cerca. Quizá tengan miedo de hacerlo.

Vida verdaderamente abundante

“Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres”, escribió el apóstol Pablo relativamente al principio de su ministerio (1 Corintios 15:19). Al final de su vida escribió: “Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:6-8).

Pablo anhelaba vivir, igual que todos nosotros. Pero a lo que aludía no era a una esperanza vacía de prolongar su vida física, sino a la verdadera esperanza revelada por Dios en la Biblia. Esta incluye comprender el maravilloso propósito de Dios al crear al hombre mortal y someternos a las pruebas de la carne, una experiencia que Él incluso hizo pasar al otro Ser Dios eterno (p. ej., Hebreos 2:9).

Jesucristo prometió dar un agua viva que “será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14). Hablaba del Espíritu Santo, el poder de Dios, que Él pone a disposición de los seres humanos tras el arrepentimiento y el bautismo (Hechos 2:38).

Ese Espíritu es llamado “el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia…” (Efesios 1:13-14): la de la vida eterna. Esa es la garantía de Dios en las Escrituras.

El don de una gozosa vida eterna es una enseñanza central del cristianismo. Este tema es prominente desde el principio de la Biblia, cuando la desobediencia de Adán llevó a Dios a apartar al hombre del árbol de la vida (Génesis 3:22-24), hasta su final, donde se habla de que el árbol de la vida quedará a disposición de todas las personas (Apocalipsis 22:1-2).

¡La vida eterna es la prerrogativa y el glorioso don de nuestro Creador!

Dios nunca quiso que los hombres vivieran para siempre físicamente, porque no sería bueno para el hombre vivir para siempre físicamente. El fallecido teólogo Herbert W. Armstrong escribió en El misterio de los siglos: “En la fundación del mundo de Satanás, también se decretó que Dios había determinado que todos los hombres morirían una vez y luego, mediante una resurrección, vendrían a juicio (Hebreos 9:27). Mientras tanto la humanidad entera no estaría sujeta a juicio todavía; no sería condenada ni salvada. En ese momento se decidió que así como en Adán todos los seres humanos han de morir, también en Cristo todos volverían a la vida mediante una resurrección a juicio (1 Corintios 15:22)”.

¡La Biblia revela que el propósito de Dios es llevar a la humanidad a Su Familia! Es una existencia de tal gozo que el mundo material jamás podría compararse con ella. Cristo dijo: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63).

El Sr. Armstrong escribió: “Los filósofos consideran que el hombre tiene un valor supremo en sí. Hablan de la ‘dignidad humana’. (…) Pero la verdad es otra: el único valor de la vida humana radica en el espíritu humano y su potencial de ser engendrado por Dios y más tarde nacer como Dios, como hijo de la Familia Dios”. (…)

“Por lo tanto, el hombre en sí mismo es infinitamente más pequeño e insignificante de lo que creen los supuestos sabios de este mundo. Pero una vez engendrado por el Dios supremo, por la vida misma y el Espíritu del Dios viviente que mora en él, el potencial del ser humano viene a ser infinitamente más valioso de lo que el mundo se ha imaginado” (ibíd.).

Ninguno de nosotros puede escapar de su propia biología. La verdadera esperanza de las Escrituras no tiene que ver con los “milagros” de la intervención médica. Es la promesa de la resurrección. Es la promesa de que, “así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados”, y de que, en última instancia, “el postrer enemigo que será destruido es la muerte” (1 Corintios 15:22, 26). ¡La muerte humana no significa nada para Dios salvo un sueño temporal (versículos 51-55), porque Dios puede resucitar a los seres humanos de la tumba!

¿En quién pone usted su confianza para alcanzar la vida inmortal? ¿En un científico loco que ofrece cirugías y chips en el cerebro? ¿O en el Dios que lo creó para que tuviera vida eterna junto a Él?

EL INCREÍBLE POTENCIAL HUMANO

Este es el asombroso relato del verdadero mensaje evangélico de Jesucristo—y de cómo la dimensión faltante fue retenida y el mundo entero engañado.