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JULIA GODDARD/LA TROMPETA

¿Puede Dios corregirlo a usted?

Lo que funcionaría para nuestra sociedad, si sólo la gente hiciera caso, funcionará en su vida.

A medida que el coronavirus, los disturbios raciales, los incendios forestales y las maldiciones caen, los políticos, candidatos presidenciales, analistas en los medios y académicos, proponen una gran variedad de soluciones. Sin embargo, todos tienen un tema en común: cualquiera que sea el problema, la culpa siempre es de alguien más.

Los seres humanos de todas las ideologías están haciendo un desastre en este mundo. Pero sorprendentemente, nos negamos a reconocer nuestros fracasos obvios. En cambio, seguimos redoblando el comportamiento inútil, rebelde, terco, voluntarioso y destructivo. La naturaleza humana odia admitir que está equivocada. Pero si nunca admitimos la verdad, ¡nunca podremos resolver nuestros problemas!

Estos no son sólo problemas, son maldiciones. Sí, Dios nos maldice por nuestros pecados. Y las maldiciones se intensificarán, hasta que reconozcamos nuestros pecados y nos volvamos a Él.

Dios nos está corrigiendo, pero nosotros estamos resistiendo. Lo más difícil para cualquier persona es admitir el error y luego cambiar. La mente carnal excusa los errores, se justifica a sí misma, busca escapar. Pero esto crea serios problemas. En última instancia, no le deja a Dios más remedio que intensificar el castigo. Jesucristo dijo que esta actitud está a punto de causar “gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá” (Mateo 24:21).

Las naciones están ignorando esta lección. Pero usted debe aprenderla personalmente. Usted debe aceptar la corrección de Dios y asumir la responsabilidad de sus pecados. Esta es la clave más importante para resolver nuestros problemas, a nivel nacional e individual.

“Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:6). Todos necesitamos la corrección de Dios el Padre. Mientras Dios pueda corregirle, puede perfeccionarle. Cuando usted es incorregible, pone en peligro su relación con Dios—y su vida eterna.

“Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (versículo 11). Ejercitados proviene del griego gymnazō, que significa ejercitarse en una escuela de atletismo; ejercitar vigorosamente, cuerpo o mente. Pablo está comparando la corrección de Dios con un entrenamiento arduo que lo deja sin aliento, con dolor en los músculos, pero que le hizo bien.

“El que ama la disciplina ama la sabiduría, más el que odia la reprensión es estúpido” (Proverbios 12:1, VRE). Reconozca su propia resistencia carnal natural a la corrección de Dios. Todos necesitamos mucha más corrección de lo que pensamos. Sin Dios, los seres humanos simplemente no saben cómo resolver sus problemas, a nivel individual o nacional. La buena noticia es que el Creador de los seres humanos, la fuente de las soluciones, está listo para ayudarnos (y a nuestras naciones) si nos arrodillamos y le pedimos que nos ayude a ver nuestras faltas y apartarnos de ellas. Ore por corrección con misericordia, como lo hizo Jeremías (Jeremías 10:23-24). Se necesita coraje para orar de esta forma, pero el coraje es una virtud que todos necesitamos.

Entonces acepte la corrección en cualquier forma que venga. Por ejemplo, no se resista porque usted no respeta a la persona a través de la cual ésta viene. Esté alerta a la corrección a través del estudio bíblico, de conversaciones, ejemplos de otros y de las situaciones en las que se encuentre. La corrección está realmente a nuestro alrededor, todos los días, si la aprovechamos. Dios corrigió a Balaam por la boca de un asno (Números 22:28-30), así que Él le puede dar corrección de lugares y personas de las que no espera. Depende de su actitud.

Usted nunca es demasiado bueno o sabio para no recibir corrección. “Da al sabio, y será más sabio; enseña al justo, y aumentará su saber” (Proverbios 9:9).

Para muchos, es posible que escuchemos instrucciones o correcciones y que reconozcamos que tenemos que cambiar, pero luego seguimos nuestro camino y lo olvidamos. Esto conduce al autoengaño (Santiago 1:22). No podemos ser sólo un “oyente” de la Palabra, sino un hacedor.

Entre más difícil sea para Dios alcanzarle, más debe castigarle para que despierte y estimularle a seguir creciendo. “La reprensión aprovecha al entendido, más que cien azotes al necio” (Proverbios 17:10). Ser incorregible es peligroso. Debido a que el mundo es incorregible, a medida que aumentan las tragedias, ¡la gente solo se atrinchera más en el pecado! “El hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado, y no habrá para él medicina” (Proverbios 29:1).

“La reconvención es molesta al que deja el camino; y el que aborrece la corrección morirá. (…) El oído que escucha las amonestaciones de la vida, entre los sabios morará” (Proverbios 15:10, 31). ¡Es una cuestión de vida o muerte!

Responder bien a la corrección puede ser maravillosamente sanador. “Los azotes que hieren son medicina para el malo, y el castigo purifica el corazón” (Proverbios 20:30). Dios usará el toque más ligero que pueda para corregirnos. Si nos juzgamos a nosotros mismos por la Palabra de Dios y purificamos nuestro pecado, entonces en general, el castigo de Dios puede ser bastante suave. Debido a que este mundo es incorregible, su castigo será severo (1 Corintios 11:31-32).

Dese cuenta de la lección que le están enseñando los acontecimientos actuales y toda la historia de la humanidad, y aplique esa poderosa lección en su vida. Reconozca su resistencia natural a la corrección y deje de luchar contra ella. Ore para que Dios le corrija con misericordia. Acepte la corrección de donde sea que venga. Aplíquela cuando la reciba. Y lo más importante, ame la corrección. Es Dios el Padre que le está preparando, purificando y perfeccionando para la vida eterna, y mostrándole cuánto Él le ama. 

Boletín, AD