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Pan, circo y placeres violentos

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Pan, circo y placeres violentos

Deporte sangriento en el jardín de la Casa Blanca, y lo que significa

En junio, dos hombres entraron a un octágono gigante erigido en el jardín sur de la Casa Blanca. Uno saldría de la jaula con una hinchazón extrema alrededor de ambos ojos, sangre brotando de su rostro y un título perdido por nocaut técnico.

Este fue ufc Freedom 250: siete peleas montadas a pocos pasos del Despacho Oval, como pieza central de la celebración del semiquincentenario de la nación, el Día de la Bandera y el cumpleaños 80 del presidente Donald Trump.

Una multitud de 4.300 personas celebró estruendosamente cuando el médico de cuadrilátero dictaminó que el maltrecho artista marcial mixto Ilia Topuria no podía continuar la pelea. Decenas de miles más vieron el espectáculo en pantallas gigantes en el cercano Ellipse, mientras que millones en todo el mundo sintonizaron la transmisión en vivo.




La escena parecía sacada directamente de las páginas de un libro de historia sobre los últimos días del Imperio romano.

“La ufc en la Casa Blanca anoche fue increíble”, publicó el presidente Trump en Truth Social. “La Casa Blanca nunca se ha visto más hermosa. ¡El escenario fue insuperable! (…) Felicidades a Dana White y a su increíble ufc. ¡Uno de los días más emocionantes en la historia de nuestra legendaria Casa Blanca!”.

Piense en esa declaración: unos hombres se dieron una paliza en el jardín de la Casa Blanca, y el presidente Trump lo llamó uno de los días más emocionantes en la historia de la Casa Blanca. No hace muchos años, la idea de celebrar un evento de la Ultimate Fighting Championship en la Casa Blanca habría sido impensable. En 1996, el senador John McCain calificó célebremente este tipo de eventos “peleas de gallos humanas”. Envió cartas a los 50 gobernadores estatales instándolos a prohibir el deporte. Su campaña nacional ayudó a prohibir o restringir las artes marciales mixtas en 36 Estados. Ahora esas “peleas de gallos humanas” se promueven de la manera más grandiosa imaginable.

El carácter estadounidense

ufc Freedom 250 ilustra cuánto ha caído el carácter estadounidense desde los días de nuestra fundación.

En 1956, Herbert W. Armstrong escribió sobre cinco grandes vicios que amenazaban con derrumbar al país: 1) el rápido aumento del divorcio, 2) el rápido aumento de los impuestos, 3) la loca fiebre por el placer, 4) la rápida acumulación de armamento, y 5) la decadencia de la religión verdadera. No inventó estos vicios por su cuenta; los tomó de la obra clásica de Edward Gibbon Decadencia y caída del Imperio romano.

“Los deportes se volvieron cada año más emocionantes y más brutales ”, escribió el Sr. Armstrong. Necesitamos que esto nos quede claro para que lo veamos de verdad, para que nos demos cuenta y entendamos adónde está llevando a Estados Unidos hoy. Hoy, en lugar de participar nosotros mismos en juegos saludables, nos gusta disfrutar nuestros deportes sentados, mientras pagamos a otros para que nos entretengan y nos emocionen al competir en nuestro lugar. (…) A millones de estadounidenses les encanta ver peleas de boxeo, ver a hombres golpearse, aporrearse y lesionarse unos a otros. El vencedor es el que inflige el mayor daño, el más destructivo, no el que más ayuda, el que mejor sirve...”.

¿Qué diría el Sr. Armstrong hoy? En su época, las peleas de boxeo estaban aumentando en popularidad, y sin embargo, una pelea de artes marciales mixtas promovida por el presidente en la Casa Blanca habría sido impensable.

Y la loca fiebre por los placeres violentos en EE UU no termina en el jardín de la Casa Blanca. Los New York Knicks ganaron su primer campeonato de la nba en 53 años en junio, y los aficionados de los Knicks que miraban en la ciudad de Nueva York inundaron las calles para celebrar. Antes de que terminara esa noche, 63 personas habían sido arrestadas, una persona sufrió una herida de bala, cuatro personas fueron apuñaladas, cinco autobuses escolares fueron incendiados, y 10 policías resultaron heridos.

Los estadounidenses están pegados a los deportes y al entretenimiento, especialmente este verano. Algunos periodistas han denominado “funflation” [inflación de la diversión] a los gastos de cuatro y cinco cifras de la gente en el Mundial, conciertos y otros eventos de entretenimiento. Como señaló el Wall Street Journal el 27 de junio, algunas personas han retirado miles de dólares de sus cuentas de jubilación, y muchas están usando servicios en línea de “compre ahora, pague después” para costear asientos, comida, alojamiento, transporte y otros gastos asociados sumamente costosos para asistir a eventos en otros Estados, países y continentes.

La comparación entre el entretenimiento popular de la antigua Roma y el de EE UU hoy es más acertada de lo que quisiéramos admitir.

El carácter romano

Cuando Roma gobernaba el mundo, rebosaba de prosperidad. La Pax Romana “hizo posible el mayor lujo, la vida comercial más activa que el mundo había visto alguna vez”, escribió el historiador William Stearns Davis. Esto avivó un apetito público creciente por la diversión. La escala de los entretenimientos de la antigua Roma superó la de cualquier imperio anterior, y probablemente no fue igualada hasta la era moderna.

La sociedad romana se transformó de una cultura de ambición, trabajo, virtud, disciplina y deber a una de placer, ociosidad, diversión, escapismo y comodidad. Mientras la gente disfrutaba de su riqueza, y los poetas y políticos alababan a Roma como Urbs Aeterna, “la ciudad eterna”, sembraban las semillas de la decadencia y caída de su imperio.

Los paralelos con el EE UU de hoy, obsesionado con el placer y distraído, son reveladores y ominosos.

“Sólo aquellos con un ojo puesto en las lecciones de la historia comprenden los peligros sutiles de la autocomplacencia descuidada y excesiva, del egoísmo y del hedonismo, mientras la nación enfrenta los mayores problemas de su historia, que exigen el mayor esfuerzo y sacrificio”, dice The Modern Romans [Los Romanos modernos], publicado por Ambassador College Press en 1971. “Sin embargo, millones de personas prefieren divertirse, evadirse y entregarse a objetivos temporales y egoístas”.

Reflexione sobre los decadentes y condenados romanos, y tome nota.

En el apogeo de la opulencia de Roma, el entretenimiento era “abundante y barato”, escribió el historiador Will Durant. “Recitales, conferencias, conciertos, mimos, obras de teatro, competencias atléticas, combates de boxeo, carreras de caballos, carreras de cuadrigas, combates mortales de hombres contra hombres o bestias, batallas navales no del todo simuladas en lagos artificiales... nunca una ciudad fue más generosamente entretenida” (The Story of Civilization [La historia de la civilización], Vol. 3, Caesar and Christ).

En el Imperio romano había un asombroso total de 76 días festivos públicos cada año, en los que se celebraban diversas obras de teatro o juegos. Edward Gibbon describió la escena: “De la mañana a la tarde, indiferentes al sol o a la lluvia, los espectadores, que a veces llegaban a sumar 400.000 [la capacidad del Circo Máximo de Roma], permanecían absortos; con la mirada fija en los caballos y los aurigas, sus mentes agitadas de esperanza y temor por el éxito de los colores que apoyaban; y la felicidad de Roma parecía depender del desenlace de una carrera”.

EE UU, como Roma, está loco por los deportes y el entretenimiento. Las personas mayores de 65 años pasan casi un tercio del tiempo en que están despiertas viendo televisión abierta, mientras decenas de millones de personas ven Netflix, Amazon Prime, Disney+, Peacock, Hulu, HBO Max y Paramount+. Más de una cuarta parte de los estadounidenses ve películas varias veces por semana. Casi 1 de cada 5 adultos ve películas a diario. Más de la mitad de toda la población estadounidense juega videojuegos al menos mensualmente, gastando decenas de miles de millones de dólares. De hecho, decenas de millones de personas entran a Internet específicamente para ver a otras personas jugar videojuegos. La gente simplemente no se cansa del entretenimiento: incluso pasan horas viendo a otras personas entretenerse a sí mismas.

La manía por el espectáculo dejó una profunda huella en la vida romana. Trajo fama y fortuna a quienes triunfaban en la arena, y a veces libertad. “Los aurigas también conocían la gloria, y más”, escribió el historiador francés Jérôme Carcopino. “Aunque eran de origen humilde, en su mayoría esclavos emancipados sólo tras éxitos reiterados, fueron elevados de sus humildes condiciones por la fama que adquirían y las fortunas que amasaban rápidamente con los regalos de magistrados y emperadores, y los sueldos exorbitantes que exigían (...) A finales del primer siglo y en la primera mitad del segundo, Roma se enorgullecía de la presencia de sus aurigas estrella…” (Daily Life in Ancient Rome [La vida cotidiana en la Roma antigua]). Esto prefiguró vívidamente la cultura de celebridades y los llamativos contratos deportivos multimillonarios de hoy.

De manera más amplia, estos entretenimientos reflejaban e influían en la moral pública. “Los juegos del circo y el anfiteatro absorbían el interés y embrutecían el gusto del público”, escribió Durant. El lujo fácil, el escapismo y la autocomplacencia alimentaron la propagación de la inmoralidad, la perversión y una obsesión por el sexo y la violencia.

“Casi desde el principio, el escenario romano fue grosero e inmoral”, escribió el historiador Philip Van Ness Myers en 1900. “Fue una de las principales causas a las que debe atribuirse el debilitamiento de la vida moral originalmente sana de la sociedad romana” (Rome: Its Rise and Fall [Roma: Su auge y caída]).

Morir por entretenimiento

Las carreras de cuadrigas eran peligrosas, pero el público romano tenía un apetito creciente por espectáculos aún más mortales. Muchos entretenimientos públicos “implicaban animales salvajes matando a hombres y mujeres que habían sido sentenciados a muerte por diversos delitos, incluido el de ser cristianos”, explicó Rodney Stark. “Además de ser arrojados a las fieras, la gente era ejecutada en las arenas de diversas maneras sádicas: azotes, quema, desollamiento, empalamiento, desmembramiento e incluso crucifixión” (How the West Won [Cómo triunfó Occidente]). Las luchas a muerte entre gladiadores —la mayoría de los cuales eran esclavos, a menudo tomados como prisioneros de guerra, y de los cuales es probable que muchos murieran en su primer combate— eran especialmente populares.

Además del Coliseo de Roma, con capacidad para 50.000 personas, otros 251 anfiteatros salpicaban el Imperio romano, muchos de los cuales tenían capacidad para 20.000 o más; el más pequeño podía albergar a 7.000. “Se estima de manera creíble que al menos 200.000 personas murieron en el Coliseo”, escribió Stark. “Parece bastante conservador estimar que un promedio de al menos 10.000 habrían muerto en cada uno de los otros 251 anfiteatros, o sea otros 2,5 millones. ¡Todo esto por diversión!”.

Estas exhibiciones sangrientas tuvieron un efecto embrutecedor e insensibilizador en el público. Entretenerse con semejante brutalidad es una marca de enfermedad moral e influencia satánica.

Sin embargo, estos sedientos espectadores de antaño encontrarían hoy de sobra para saciarse. La violencia es notoria en el entretenimiento moderno. Es literalmente el objetivo de competencias en vivo como el boxeo y las artes marciales mixtas, y figura ampliamente en deportes como el fútbol americano y el hockey sobre hielo que llenan los coliseos y estadios de hoy. La televisión y el cine muestran rutinariamente brutalidad simulada, y con un detalle y realismo sin precedentes. Los estudios muestran que más de 9 de cada 10 películas en televisión contienen violencia, incluida violencia extrema. Cada hora de televisión en horario estelar muestra un promedio de nueve armas. Las películas de terror y de asesinos en serie atraen a multitudes que acuden a ver escenas sangrientas mucho más gráficas y de cerca que cualquier cosa que un espectador en la arena romana hubiera podido presenciar.

Algunos podrían restar importancia a la comparación entre la ufc y otras formas de entretenimiento estadounidense con las matanzas de gladiadores en vivo. Pero, aunque la mayor parte sea falsa, su intensidad se magnifica no sólo por su hiperrealismo, sino también por su omnipresencia. En lugar de una visita ocasional al Coliseo, la violencia llega a ellos.

El hogar estadounidense promedio tiene cinco dispositivos conectados: televisores de ultraalta definición, teléfonos inteligentes, tabletas, computadoras portátiles, dispositivos de videojuegos y más. Los adolescentes pasan en promedio más de siete horas al día con medios de entretenimiento en pantalla, según informa la Academia Estadounidense de Médicos de Familia. Antes de los 18 años, el joven estadounidense promedio habrá presenciado 200.000 actos violentos en televisión. Cerca del 100% de los adolescentes juega videojuegos, y casi dos tercios de estos son juegos de acción que suelen incluir violencia.

Muchos videojuegos son ultraviolentos y hacen que el jugador cometa espantosos actos de destrucción y asesinato. Los juegos más jugados y más vistos del mundo son de estilo “battle royale” [batalla campal], en los que decenas de jugadores, arrojados a un entorno virtual repleto de armas, se matan entre sí hasta que sólo queda un sobreviviente. El concepto proviene directamente de los gladiadores de Roma.

¿Cuáles son los efectos de que las mentes de las personas se saturen con semejante salvajismo? “La violencia puede tener un atractivo demoníaco, pornográfico”, escribió el Dr. Ted Baehr, editor de Movie Guide. “El Imperio romano ofrecía espectáculos de violencia en vivo. Los gladiadores luchaban a muerte, los cristianos eran arrojados a los leones, y toda clase de matanza horrible se ofrecía como entretenimiento a un estadio lleno de espectadores. Este mismo gusto demoníaco puede alimentarse con películas, videojuegos y contenido en línea. De hecho, es un escenario en el que se hunden muchas personas adictas a la pornografía. Lo que puede comenzar como una simple atracción sexual se transforma en abismos cada vez más oscuros del infierno”.

Al igual que los romanos que veían los sangrientos espectáculos en las arenas, nuestra gente está, como escribió Carcopino, “aprendiendo nada más que desprecio por la vida y la dignidad humanas” (óp. cit.).

Esto ni siquiera aborda la sexualidad, la inmoralidad y la perversión que también son generalizadas hoy, particularmente en línea. Los estudios muestran que alrededor del 80% de los hombres y el 45% de las mujeres ven pornografía semanalmente. La sexualización de la sociedad es evidente de innumerables maneras lamentables: en muchos aspectos, está poniendo nuestro mundo de cabeza.

“Estos placeres violentos tienen finales violentos”. La máxima de Shakespeare se aplicó a Roma, y se aplica a EE UU.

Drenando los fondos públicos

Los efectos devastadores de esta tendencia sobre la moral pública se vieron igualados por los efectos sobre los recursos del Imperio romano. Los funcionarios del gobierno estaban bajo una presión creciente de ofrecer lujosos entretenimientos para ganar aclamación pública o apaciguar a las turbas revoltosas. “Se organizaban elaborados circos y duelos de gladiadores para mantener contento al pueblo”, escribió Lawrence W. Reed. “Un historiador moderno estima que Roma invirtió el equivalente a 100 millones de dólares al año en los juegos” (Are We Rome? [¿Somos Roma?]).

Curiosamente, eso es apenas una tercera parte de lo que el gobierno de EE UU gasta en beneficios fiscales para los estadios de la nfl.

La escala épica de estos antiguos espectáculos era asombrosa. Un ejemplo: “En los años 108 a 109 d. C., el emperador Trajano empleó a 10.000 gladiadores y 11.000 animales salvajes en un entretenimiento que duró 123 días. Tales entretenimientos continuaron hasta que los emperadores cristianos los prohibieron en el siglo cuarto”, escribió Stark (óp. cit.).

Todas estas atracciones desviaban la atención del pueblo romano de asuntos de mayor peso, como el gobierno y la defensa del imperio. “La gente llegó a estar tan absorta en las representaciones indecentes del escenario que perdió por completo el interés y la preocupación por los asuntos de la vida real”, escribió Myers (óp. cit.).

“Dado que la situación económica y militar del imperio era demasiado complicada para que la multitud pudiera comprenderla, esta se fue volcando cada vez más en lo único que podía entender: la arena”, escribió Daniel P. Mannix. “El nombre de un gran general o de un brillante estadista no significaba más para la multitud romana que lo que el nombre de un gran científico significa para nosotros hoy. Pero el romano promedio podía relatarle cada detalle de los últimos juegos, tal como hoy el hombre promedio puede contarle todo sobre las últimas clasificaciones de fútbol americano o béisbol, pero apenas tiene la más vaga idea de qué está haciendo la otan o qué medidas se están tomando para combatir la inflación” (Those About to Die [Los que están por morir]).

“La vida simplemente se volvió demasiado compleja para el romano promedio”, continuó Mannix. “Pero la puesta en escena continua de juegos y espectáculos, hábilmente promovida por los césares para mantener ocupadas las mentes del pueblo, era algo con lo que él podía identificarse. Los césares, dijo un historiador, ‘agotaron su ingenio para ofrecerle al público más festivales de los que ningún pueblo, en ningún país, en ningún momento, ha llegado a ver”, es decir, se podría argumentar fácilmente, hasta este pueblo, en este país, en nuestro tiempo.

Los efectos entumecedores de un ocio tan generalizado sobre el público se han manifestado repetidamente en la historia. Cuando la gente se enriquece y se satura de lujo y diversión, su carácter se debilita y comienza la decadencia social.

Ignorando los verdaderos problemas

EE UU está siguiendo el ejemplo de Roma, no sólo en su adicción al entretenimiento, sino también en el hecho de que esta fiebre nos está distrayendo de problemas que amenazan a la nación. El mundo actual está plagado de peligros. Los enemigos de EE UU están trabajando activa y exitosamente para derrocar el actual orden mundial liderado por este país.

Sin embargo, nada de esto está despertando a los estadounidenses a realmente hacer algo. Si EE UU lograra que tan sólo una fracción de la gente absorta en una liga de fútbol americano de fantasía dedicara su atención a apoyar el papel indispensable del país en los asuntos internacionales, el rumbo de éste bien podría virar en una dirección diferente.

¿Cuánto tiempo puede EE UU seguir siendo una potencia mundial cuando nuestras prioridades están tan equivocadas y son tan egoístas?

La Biblia está llena de advertencias contra tales excesos que destruyen tanto al individuo como a la nación. En Amós 6, por ejemplo, Dios condena a los que están “reposados” en un tiempo de gran peligro. Estas personas “alejan el día malo”, dando por sentado que la destrucción no está en el horizonte. “Qué terrible será para ustedes que se dejan caer en camas de marfil y están a sus anchas en sus sillones, comiendo corderos tiernos del rebaño y becerros selectos engordados en el establo. (…) Beben vino en tazones llenos y se perfuman con lociones fragantes. No les importa la ruina de su nación” (versículos 4, 6; Nueva Traducción Viviente). La gente debería lamentarse por lo que le está sucediendo hoy a EE UU y a Gran Bretaña. Pero nosotros somos verdaderamente los romanos modernos, hechizados por los placeres y las diversiones.

Tanta riqueza, tanta comodidad y tanto exceso insensibilizan a quienes las poseen ante la realidad y debilitan su vigilancia ante el peligro y su disposición a sacrificarse por una causa mayor. El 48% de los estadounidenses no puede nombrar las tres ramas del gobierno; el 19% no puede nombrar ningún derecho de la Primera Enmienda. Más de 3 de cada 4 estadounidenses de entre 17 y 24 años no son aptos para el servicio militar.

En la antigüedad, las defensas físicas reales de Italia y de la propia “ciudad eterna” se deterioraron, pero sus habitantes creían que su poder, riqueza y entretenimientos durarían para siempre. Cuando Alarico se preparó para saquear Roma, sus murallas defensivas eran fáciles de romper, y los romanos no pudieron reunir un verdadero ejército entre los italianos para defender el imperio, ni siquiera a sí mismos. Se habían vuelto insensibles al peligro del colapso. Para aquellos absortos en búsquedas egoístas, la caída fue repentina y calamitosa.

‘Se ha destruido a sí mismo’

The Modern Romans señala algo importante: no es que haya algo intrínsecamente malo en el entretenimiento cuando se usa correctamente. “Pero cuando toda una nación parece no tener más objetivos nacionales que la búsqueda de dinero, artilugios, placer, evasión y emociones fuertes, ¡esa nación se encuentra en serios problemas! Hoy, millones no tienen un ideal o propósito más elevado que salir a entregarse a algún placer personal en particular. Tan envueltos e inmersos están millones en estos placeres de corto alcance, que pocos están dispuestos a soportar incomodidad o privación alguna para resolver problemas o amenazas nacionales”.

“¿Por qué semejante materialismo y placer desmedido se han convertido en la principal preocupación de millones de personas?”, pregunta. “Porque la nación ha perdido el sentido de propósito nacional o de ideales más elevados que los meramente egoístas”.

Este folleto se publicó por primera vez hace más de 50 años. Las tendencias que analizaba respecto al deporte y el entretenimiento son hoy mucho más intensas.

El espíritu que motivó a esos aficionados de los Knicks a quemar, apuñalar y amotinarse fue el mismo que movió a la multitud de la Casa Blanca a aplaudir con deleite mientras Ilia Topuria era molido a golpes. Es el espíritu que el apóstol Pablo describió en 2 Timoteo 3:1-5: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos” —y varias otras características que marcarían estos “postreros días”. ¡La gente se ama a sí misma, más que a la familia, la comunidad, la nación! Son “intemperantes”, profetizó Pablo, y “amadores de los deleites más que de Dios”. Lea esa lista y vea si no describe nuestra sociedad violenta y ávida de placer. Eso es profecía cumplida en EE UU: amamos los placeres más de lo que amamos la libertad, la justicia o cualquier cosa honorable.

Los estadounidenses están entre los descendientes modernos del antiguo Israel. Dios ama a Israel y lo ha usado a través de los milenios de una manera especial para al final beneficiar a todas las naciones. Pero nos hemos apartado de ese propósito, nos hemos alejado de Dios, y nos estamos precipitando rápidamente hacia el cumplimiento de nuestro colapso profetizado, siguiendo el mismo curso hacia nuestra propia destrucción que Roma y tantas otras grandes potencias han seguido a lo largo de la historia.

Dios se lamenta en Oseas 13:9: “Te perdiste, oh Israel…”. Nosotros mismos nos estamos haciendo esto.

Puede llamarlo Freedom 250, ponerlo en el jardín de la Casa Blanca y vestirlo de patriotismo y pompa, pero el veredicto de Dios no cambia. Estados Unidos es el Imperio romano de hoy: ahogándose en un escapismo violento mientras los bárbaros están a las puertas.

El Imperio romano no cayó en un día; se pudrió por dentro. Los paralelos con EE UU hoy son reveladores, y ominosos.

Necesitamos comprender lo mismo que Dios les imploró a nuestros antepasados que comprendieran: “mas en mí está tu ayuda. ¿Dónde está tu rey, para que te guarde con todas tus ciudades…?” (versículos 9-10). Ciertamente, a estas alturas deberíamos poder reconocer que nadie más que Dios puede salvarnos a nosotros.

¡Dios nos está tendiendo la mano! Él nos ayudaría, resolvería nuestros problemas, sería nuestro Rey, si tan sólo nos arrepintiéramos, abrazáramos Su ley y nos sometiéramos a Su gobierno.

Dios ama a EE UU. Quiere evitar nuestra destrucción. Pero sólo puede hacerlo, y lo hará, si se lo permitimos.