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Lecciones inspiradoras de la Batalla de Inglaterra

“Los pocos” que lucharon para salvar a Gran Bretaña y al mundo nos enseñan lecciones para luchar hoy contra amenazas más sutiles, pero más alarmantes.

Hoy, Gran Bretaña está comprometida en una lucha política por su soberanía. Hace setenta y nueve veranos, estaba en una lucha por su supervivencia.

En el verano de 1940, la civilización Occidental estaba bajo amenaza. El destino de Gran Bretaña y, de ciertas formas, estaba en juego el destino del mundo. El resultado dependía del coraje, el sacrificio y el éxito de aproximadamente mil hombres, cuya edad promedio era de sólo 20 años.

El 18 de junio de 1940, el primer ministro británico Winston Churchill lo expresó de esta manera ante el Parlamento: “[L]a batalla de Francia ha terminado. Supongo que la Batalla de Inglaterra está a punto de comenzar. De esta batalla depende la supervivencia de la civilización cristiana. De ello depende nuestra propia vida británica y la prolongada continuidad de nuestras instituciones y nuestro Imperio”.

La Batalla de Inglaterra fue la única batalla de la Segunda Guerra Mundial que fue librada totalmente en el aire. Es un capítulo dramático e inspirador en la historia de Gran Bretaña. Y nos enseña lecciones importantes.

Hoy Gran Bretaña se enfrenta con la Unión Europea sobre cuestiones políticas y económicas. Pero no se da cuenta de que hay aún más en juego. La profecía bíblica muestra que el mundo está al borde de pelear otra guerra mundial—esta vez con armas de destrucción masiva.

Dios no sólo ha profetizado esta guerra, sino que ha encargado a Su pueblo que despierte al mundo ante esta amenaza. Aquellos con el coraje de luchar en esta guerra espiritual deben pensar y actuar como combatientes. Deben luchar en tres frentes: contra Satanás, contra la sociedad y contra la perversa naturaleza humana dentro de sí mismos.

En muchos sentidos el destino del mundo depende de unos pocos miles, muchos de los cuales son jóvenes y tienen una gran responsabilidad. El pueblo de Dios —aquellos que luchan la guerra espiritual y apoyan Su Obra— son “Los Pocos”.

Una nación sin una causa

A principios del siglo xx, Gran Bretaña vio a los alemanes desencadenar una guerra mundial, y había ofrecido una generación de sus jóvenes para derrotarlos. Gran Bretaña había prohibido a Alemania rearmarse y especialmente desarrollar la última tecnología del momento: aviones de combate. Y en las décadas de 1920 y 1930, una Gran Bretaña exhausta se relajó. La sociedad se volvió blanda.

Pero los alemanes no. Ellos reconstruyeron rápidamente. Entrenaron a pilotos militares en escuelas de aviación civil y en una escuela secreta en Rusia. Diseñaron aviones comerciales que podrían convertirse fácilmente en bombarderos. Cuando en 1935 Adolf Hitler anunció formalmente la Luftwaffe, ya tenía una fuerza aérea de 20.000 hombres. Inmediatamente rompió el Tratado de Versalles y ordenó a la industria aeronáutica de Alemania que comenzara la producción militar. En el curso de un año, estaban produciendo 160 aviones de combate por mes.

Mientras tanto, Gran Bretaña se estaba desarmando. Su fuerza aérea tenía menos de 500 aviones, la mayoría de los cuales ya eran obsoletos, hechos de madera y lona.

Superados en cantidad

Churchill luchó durante años simplemente para convencer a la nación de que se preparara para la guerra. Finalmente, en julio de 1934, el Parlamento votó para expandir la Real Fuerza Aérea. Ahora era una carrera de fabricación entre la temerosa, vacilante e indecisa democracia de Gran Bretaña y la dictadura creciente, agresiva y vigorosa de Alemania.

El 1 de septiembre de 1939, la Segunda Guerra Mundial comenzó. Gran Bretaña tenía unos 660 aviones cazas y unos pocos bombarderos. La Luftwaffe de Alemania tenía más de 3.600 cazas y bombarderos, y una experiencia de combate reciente en la Guerra Civil Española.

Gran Bretaña era especialmente vulnerable a la guerra aérea. Churchill calificó a Londres como “el objetivo más grande del mundo, una especie de una tremenda vaca gorda (...) amarrada para atraer a las bestias depredadoras”. Desde la Europa continental los bombarderos podrían alcanzar grandes partes de Inglaterra en 20 minutos; mientras que los cazas británicos necesitaban de 10 minutos o más para despegar y alcanzar la altitud operacional.

Alemania conquistó rápidamente a Polonia. Gran Bretaña y Francia respondieron declarando la guerra a Alemania. Pero, aun así, muchos británicos estaban apáticos. En la primavera siguiente, Neville Chamberlain renunció como primer ministro y Churchill asumió el cargo. En ese mismo día, Alemania atacó los Países Bajos, Bélgica y Francia en una feroz guerra relámpago y rápidamente aplastó a las tres naciones.

En ese momento, Gran Bretaña se quedó sola.

“La batalla de Francia terminó”, dijo Churchill al Parlamento el 18 de junio de 1940. “Supongo que la Batalla de Inglaterra está a punto de comenzar. (...) Toda la furia y el poder del enemigo deben volverse muy pronto en contra de nosotros. Hitler sabe que tendrá que derrotarnos en esta isla o perder la guerra. Si podemos hacerle frente, toda Europa podrá ser libre, y la vida del mundo podrá avanzar hacia extensas tierras altas e iluminadas por el sol. Pero si fallamos, entonces todo el mundo... incluyendo todo lo que hemos conocido y cuidado, se hundirá en el abismo de una nueva Edad Media. (...) Por lo tanto, preparémonos para cumplir con nuestros deberes y tengamos el cuidado de que, si el Imperio Británico y su Mancomunidad duran mil años, los hombres todavía digan: ‘¡Esta fue su hora más gloriosa!’”.

Necesitamos tal coraje en nuestra guerra espiritual. Cuando el joven David se acercó a Goliat en un antiguo campo de batalla, habló con audacia: “Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de [el Eterno] de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. (...) Y sabrá toda esta congregación que [el Eterno] no salva con espada y con lanza; porque de [el Eterno] es la batalla, y él os entregará en nuestras manos” (1 Samuel 17:45, 47).

“¿Ve usted cómo podemos impactar al mundo hoy con este tipo de fe en el Dios viviente?”, escribe Gerald Flurry, jefe editor de la Trompeta. “¡David estaba motivado para luchar contra Goliat para que toda la Tierra supiera que hay un Dios en Israel!” (The Former Prophets: How to Become a King). [Los antiguos profetas: Cómo convertirse en rey, disponible en inglés].

Preparándose para la guerra

Gran Bretaña se apresuró a recuperar el tiempo perdido. Formó un ejército de ciudadanos llamado Guardia del Interior. Cientos de miles se apresuraron a unirse, pero sólo 1 de cada 3 tenía siquiera un rifle. El resto tenía escopetas, rifles deportivos, hachas, palos de golf y otras armas improvisadas. Pero si, y cuando aterrizaran los paracaidistas alemanes, éstos usarían metralletas y granadas.

El ejército regular de Gran Bretaña había sufrido grandes pérdidas de hombres y material en su esfuerzo por reforzar a los franceses, lo cual fue un fracaso. Tenía sólo alrededor de 100 tanques y tres divisiones pobremente equipadas. Los alemanes tenían 45 divisiones altamente entrenadas y estaban listos para suministrar 65 más. Si Hitler hubiera invadido en ese momento, la proporción de superioridad alemana de hombres y armas contra los británicos era de un increíble 32 a 1. Gran Bretaña necesitaba tiempo para construir sus defensas.

Tenía que detener a Alemania en el aire.

Sin embargo, la Real Fuerza Aérea (raf) también había sido devastada en Francia. El jefe del Comando de Cazas dijo que Gran Bretaña necesitaba al menos 52 escuadrones de cazas en casa para defender a Gran Bretaña. Ellos tenían solamente 37.

Milagrosamente, Hitler retrasó el ataque a Gran Bretaña durante varias semanas.

“Siguieron semanas de actividad frenética mientras Gran Bretaña se armaba contra la invasión”, escribió Ira Peck. “La producción de guerra comenzó a subir continuamente. En las fábricas, los hombres trabajaban largas horas hasta que, exhaustos, se quedaban dormidos en sus máquinas. En los hogares, las mujeres de mediana edad tenían ‘grupos de limado’ después del té, para suavizar los bordes ásperos de las piezas de las máquinas. En los talleres escolares, los muchachos ayudaban a bordear los asientos de los aviones con martillos que eran demasiado grandes para que algunos de ellos los sostuvieran” (La Batalla de Inglaterra).

Pero el destino de la nación dependía de aquellos que se sentaban en esos asientos, los pilotos de combate. Estos jóvenes provenían de todos los orígenes, la mayoría de ellos del trabajo civil.

Dios está buscando guerreros espirituales que estén ansiosos por luchar. Cuando los israelitas se enfrentaron a los madianitas en una batalla, Dios instruyó a su líder, Gedeón, que le dijera al ejército: “Quien tema y se estremezca, madrugue y devuélvase” (Jueces 7:3). Y de 32.000 soldados, 22.000 abandonaron las filas. También eliminó a muchos más descartando a aquellos que dejaron sus armas para beber agua. Él retuvo solamente a los pocos que permanecieron vigilantes mientras se refrescaban. Estos eran los hombres más deseosos de pelear. ¡Pero sólo había 300 de ellos! A menudo, sólo “Los Pocos” están anhelando luchar.

¡Pero en la lucha por la causa justa, Dios usará hasta el último soldado ferviente!

Encarando el miedo

El 5 de junio de 1940, Alemania comenzó los ataques aéreos contra Inglaterra. Los pilotos de la raf superados en número se lanzaron al cielo.

Un piloto británico de un Spitfire [avión de la época] describió cómo se sintió cuando vio al enemigo: “Al avistar una formación enemiga abrumadoramente grande, hubo una especie de sentido del humor histérico ante la imposibilidad de la tarea; borrado casi de inmediato por la arremetida de rápidos y punzantes rayos de miedo a medida que el escuadrón de aviones se acercaba; y finalmente, antes de unirse al combate, la conciencia de un ceño palpitante y húmedo acompañada de un miedo sin aliento y lleno de pánico”.

Estos hombres tuvieron que enfrentar su miedo. “Alguien puede parecer como un guerrero, pero se necesita verdadera fe para enfrentar a los gigantes y otros problemas”, escribe el Sr. Flurry en The Former Prophets. “Las pruebas revelan quiénes son los verdaderos guerreros. No podemos fingir eso. Cuando llegue la gran batalla, ¿quién se levantará como David y luchará por el Dios vivo?”

Proverbios 28:1 dice: “[E]l justo está confiado como un león”. Ser justo es la clave para ser un soldado espiritual valiente. Si usted cree y obedece a Dios en las pequeñas decisiones que toma a diario, tendrá valentía cuando la necesite.

En El Mensaje de Malaquías, el Sr. Flurry escribe: “La valentía espiritual puede ser la mayor necesidad. Sin valentía, ¡las otras virtudes tienen poco valor! El pueblo de Dios no puede amilanarse de miedo y aún crecer en el amor de Dios”. Espiritualmente, debemos ser como esos pilotos británicos lo eran físicamente: ellos tuvieron que amar a su país y a sus compatriotas más de lo que le temían al enemigo.

“Ahora nos ha tocado estar solos en la brecha y enfrentar lo peor que el poder y la enemistad del tirano pueden hacer”, transmitió Churchill por la radio. “Al presentarnos humildemente ante Dios, pero conscientes de que cumplimos un propósito en marcha, estamos listos para defender nuestra tierra natal contra la invasión por la cual está amenazada. Estamos luchando solos, pero no estamos luchando solamente por nosotros. Aquí, en esta fuerte ciudad de refugio, que consagra los títulos de propiedad del progreso humano, y de profunda consecuencia para la civilización cristiana, aquí, ceñida por los mares y océanos donde reina la armada, protegida desde arriba por la destreza y la devoción de nuestros aviadores, esperamos sin desmayo el inminente ataque” (14 de julio de 1940).

Para hacer nuestro trabajo, debemos ver la causa más grande. Es demasiado fácil subestimar la diferencia que hace su contribución individual. Pero no estamos luchando sólo por nosotros mismos.

Directiva de Guerra Nº 17

Los alemanes prepararon su invasión terrestre: Atacarían el transporte marítimo británico, pulverizarían las ciudades costeras y luego aterrizarían sus fuerzas. Confiaban en poder hacerlo entre dos a cuatro semanas. Pero entendieron muy bien que primero tenían que atraer a más combatientes británicos al cielo.

El 1 de agosto de 1940, Hitler emitió la Directiva de Guerra Nº 17: “Las Fuerzas Aéreas alemanas deben, con todos los medios a su alcance y lo más rápido posible, destruir a la Fuerza Aérea inglesa”.

La Luftwaffe cambió de los ataques a fábricas e infraestructuras, a fuertes bombardeos contra aeródromos británicos. El 15 de agosto, ocurrió el golpe de gracia, volando 1.786 salidas en un solo día. Pero cuando terminó la lucha, la Luftwaffe había perdido 76 aviones, y el Comando Aéreo de Gran Bretaña había perdido menos de la mitad de eso.

Motivados a defender su patria, los pilotos de la raf se lanzaban contra los enjambres de bombarderos y cazas alemanes. Vaciaban sus municiones y combustible en un combate aéreo giratorio y de piruetas. Saltaban en paracaídas o en aterrizaje forzado dirigían sus aviones impactados, o aterrizaban en pistas dañadas, esquivando los cráteres de las bombas. Luego, volvían a subir.

Y los alemanes seguían viniendo. Estaban destruyendo aeródromos, aviones y pilotos más rápido de lo que los británicos podían reemplazarlos. Entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre, 295 aviones de combate británicos fueron destruidos y 171 sufrieron graves daños; 103 pilotos fueron muertos o desaparecieron, y 128 más resultaron heridos.

“Los pilotos británicos de reemplazo eran a menudo presa fácil para los pilotos más experimentados de la Luftwaffe”, escribió Peck. “En cuanto a los experimentados pilotos del Comando de Cazas, la tensión de volar siete u ocho salidas al día estaba produciendo en ellos un terrible cansancio. (...) El Comando de Cazas se estaba desangrando de forma lenta pero segura. Sólo un milagro podría salvarlo de la destrucción” (op. cit).

Algunos comandantes británicos pensaban que el Comando de Cazas podría durar quizás una semana más.

El Blitz

Mientras tanto, los alemanes habían estado bombardeando las afueras de Londres, principalmente para desmoralizar a los británicos. Hitler había prohibido bombardear Londres mismo. Él lo estaba guardando como su carta de triunfo. Sin embargo, el 24 de agosto, un piloto alemán bombardeó el centro de Londres, probablemente por error. Churchill respondió ordenando el bombardeo de Berlín la noche siguiente y varias noches después.

Enfurecido, Hitler tomó una decisión emocional: ordenó bombardear a Londres. Toda la potencia de fuego que estaba destruyendo con éxito el Comando de Cazas fue ahora desviado para atacar a Londres.

El 7 de septiembre, los alemanes lanzaron más de 300 toneladas de bombas de alto poder explosivo y miles de bombas incendiarias. Londres estaba en llamas por kilómetros. Esa noche, cuando los bomberos y otros ciudadanos intentaban apagar los incendios, los alemanes regresaban. Usando los fuegos como faros para guiarlos, bombardearon durante siete horas más. Gran Bretaña prácticamente no tenía defensas para las incursiones nocturnas.

“Hitler todavía alimentaba el sueño de que los bombardeos aterrorizarían al pueblo británico y los haría demandar la paz”, escribió Peck. Y el bombardeo en casi todas las noches continuó durante dos meses, matando a casi 20.000 personas, hiriendo a muchos más y reduciendo a escombros enormes zonas de la ciudad.

Sin embargo, los británicos tomaron “el Blitz” increíblemente bien. Hubo mucha tragedia. “Sin embargo, hubo otro aspecto”, escribió Peck. “El pueblo de Londres, de todas las clases, se volvió mucho más amigable que antes o, quizás, más que nunca. (...) La gente fue puesta junto con sus vecinos, e incluso perfectos desconocidos en numerosas situaciones, en refugios antiaéreos, puestos de primeros auxilios, cuerpos de bomberos y grupos para reparar las casas de los demás. (...) La gente también demostraba su amistad de otras maneras. Cuidaban de los hijos de los demás, compartían sus estufas con vecinos menos afortunados y se prestaban mutuamente todo tipo de necesidades. Había amabilidad, había simpatía y había comprensión...”.

“Mientras Hitler esperaba una ‘histeria colectiva’, y el gobierno británico la temía, la gente permaneció notablemente tranquila y animada. Durante el Blitz, la cantidad de londinenses con trastornos mentales en realidad disminuyó. Hubo menos suicidios, mucho menos borracheras y menos conducta desordenada”.

El apóstol Pablo escribió en 2 Corintios 4:8-9: “Estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos”. Debemos tener una moral alta en esta guerra, incluso en circunstancias muy difíciles. El pueblo británico dio un maravilloso ejemplo a este respecto. Estos bombardeos “no lograron quebrantar su espíritu ni poner fin a su voluntad de luchar”.

Una segunda cosa notable sobre el Blitz fue que esencialmente salvó a la Real Fuerza Aérea. Libró las bases aéreas y los puestos de comando vitales de más daños y les dio a los británicos tiempo para reparar sus aeródromos y líneas de comunicación. En lo que resultó ser un error catastrófico, Hitler había renunciado efectivamente a su ventaja, e Inglaterra recuperó la superioridad aérea sobre Gran Bretaña.

Fue un milagro, no de Hitler, sino de Dios. Ese mismo Dios puede darnos los milagros que necesitamos para prevalecer en nuestra guerra espiritual y en hacer Su obra.

Buscando la ayuda de Dios

El día después de ese primer terrible ataque aéreo a Londres, al percibir una invasión inminente, el rey George vi convocó un día nacional de oración.

Churchill habló por la radio a la nación tres días después. Luego de recordarles a los oyentes sobre los éxitos históricos de Nelson y Drake para Gran Bretaña, dijo: “Hemos leído sobre todo esto en los libros de historia; pero lo que está sucediendo ahora es a una escala mucho mayor y con consecuencias mucho mayores para la vida y el futuro del mundo y su civilización que en esos valientes viejos tiempos del pasado. Por lo tanto, todo hombre y mujer se preparará para cumplir con su deber, sea cual sea, con especial orgullo y cuidado. (...) Es con devota pero segura confianza que digo: ‘Que Dios defienda al justo’”.

Estos líderes orientados hacia Dios motivaron a una nación a orarle en masa por su liberación.

Exactamente una semana después, la Batalla de Inglaterra entró en su peor crisis.

Hitler eligió el 15 de septiembre como el día para que la Luftwaffe aplastara al Comando de Cazas con ola tras ola y formación tras formación de cazas y bombarderos. Los británicos lanzaron al aire a todos los cazas que tenían. Durante todo el día, la gente en tierra observó cómo se desarrollaba la gran batalla en los cielos sobre el sureste de Inglaterra.

En el apogeo de la batalla, Churchill visitó el Cuartel General del Grupo Nº 11, comandada por Keith Park. “Me di cuenta de la ansiedad del comandante”, escribió él más tarde. “Lo había observado en silencio. Luego le pregunté: ‘¿Qué otras reservas tenemos?’. ‘No hay ninguna’, dijo el Vice Mariscal del Aire Park. En un relato que más tarde escribió al respecto, él dijo que ante esto ‘yo lo veía difícil’. Bien podría. Qué pérdidas no podríamos sufrir si nuestros aviones de reabastecimiento de combustible fueron atrapadas en el suelo por nuevas redadas de ‘40 más’ o ‘50 más’. Las probabilidades eran grandes; nuestros márgenes pequeños; los riesgos infinitos”.

La supervivencia misma de Gran Bretaña dependía de los esfuerzos de un puñado de jóvenes en edad universitaria que estaban dispuestos a arrojarse a las garras de la muerte.

Lo mismo es cierto de aquellos que apoyan la obra de Dios hoy. Hay muy pocos de nosotros. Pero tenemos a Dios de nuestro lado. En 1 Crónicas 12:8 se describe a las personas que Dios necesita: “hombres de guerra muy valientes para pelear, diestros con escudo y pavés; cuyos rostros eran como rostros de leones, y eran ligeros como las gacelas sobre las montañas”. “Eso es lo que necesitamos ser hoy”, escribe el Sr. Flurry. “Dios nos ha llamado a ser soldados espirituales. Estamos aquí para enfrentarnos al peor Goliat de todos los tiempos: Satanás el diablo en su peor ira. Debemos estar en forma para esta batalla espiritual” (The Former Prophets).

En aquel fatídico día, esos pilotos británicos perdieron 26 aviones. Pero habían derribado 60 aviones alemanes, además de los 140 noqueados la semana anterior.

Ese fue “un golpe impresionante para los alemanes”, escribió Peck. “Incluso la Luftwaffe no podía permitirse perder aviones a ese ritmo. Además, el Comando de Cazas [británico] había demostrado de manera concluyente que no iba a ser sacado del aire. Los comandantes de la Luftwaffe, que antes tenían suprema confianza, ahora estaban afectados. La Armada alemana, que nunca había estado interesada en invadir a Inglaterra, ahora estaba aún menos entusiasmada. El Ejército [alemán], antes confiado en que podría hacer su parte una vez que la Luftwaffe hubiera ganado la supremacía aérea, ahora tenía sus propias dudas” (op. cit).

“Al final de la batalla, uno tenía la sensación de que había habido una intervención divina especial para alterar alguna secuencia de eventos que de otra manera hubieran ocurrido”, dijo el Mariscal Jefe del Aire de la raf, General Hugh Dowding. “Veo que esta intervención no sucedió en el último momento (...) todo fue parte de un poderoso plan (...) yo digo con absoluta convicción que puedo rastrear la intervención de Dios, no sólo en la batalla misma sino en los eventos que condujeron a ella; y que, si no hubiera sido por esta intervención, la batalla se habría efectuado en condiciones que, humanamente hablando, habrían hecho imposible la victoria”.

Después de la derrota de ese día, Hitler aplazó indefinidamente la invasión de Inglaterra.

Douglas “Tin Legs” Bader, el experto piloto inglés sin piernas y oficial al mando del Escuadrón N° 242 de la raf, resumió este histórico punto de giro: “El 15 de septiembre fue el día en que se ganó la batalla. Gran Bretaña había sido salvada principalmente por unos 1.000 muchachos y jóvenes que volaron para el Comando de Cazas”.

Churchill grabó este logro poéticamente: “En el ámbito del conflicto humano, nunca, tantos, debieron tanto, a tan pocos”.

Los Pocos

“Curiosamente, en el momento de esta épica batalla (…) los hombres que lucharon tenían poca idea de su importancia”, escribió Peck. “Es muy improbable que algún piloto de combate de la Real Fuerza Aérea haya dicho, o incluso pensado, ‘Estoy peleando la Batalla de Inglaterra y de su resultado depende el destino del mundo’. (...) El hecho es que, el piloto de combate promedio en ese momento, simplemente pensó que estaba haciendo su trabajo del día”.

Un líder de escuadrón comentó: “En ese momento, no sabíamos que era una batalla vital. Pensábamos que esa era la manera en que se libraba una guerra. Ya sabes; esto era combatir todos los días, y seguir adelante. Tampoco sabíamos que estuvimos tan cerca de la derrota. Porque al nivel de pilotos de escuadrón, no sabíamos cuán escasos estábamos de aviones y de pilotos sustitutos. (...) Nosotros sólo éramos jóvenes. Yo tenía 23 años y era uno de los de más experiencia”.

Es fácil subestimar cuánto impactan nuestras batallas diarias a la obra de Dios en su conjunto. Pero cuanto más resistente sea cada uno de nosotros individualmente, mayor será esta obra.

El ejemplo de la fe de David en Dios al derrotar a Goliat, y durante toda su vida, inspiró a los hombres bajo él, quienes figuran en 2 Samuel 21:18-21: “Otra segunda guerra hubo después en Gob contra los filisteos; entonces Sibecai husatita mató a Saf, quien era uno de los descendientes de los gigantes. Hubo otra vez guerra en Gob contra los filisteos, en la cual Elhanán, hijo de Jaare-oregim de Belén, mató a Goliat geteo, el asta de cuya lanza era como el rodillo de un telar. Después hubo otra guerra en Gat, donde había un hombre de gran estatura, el cual tenía doce dedos en las manos, y otros doce en los pies, veinticuatro por todos; y también era descendiente de los gigantes. Este desafió a Israel, y lo mató Jonatán, hijo de Simea hermano de David”.

“¿Por qué Israel se hizo tan grande bajo David? Estos hombres querían hacer todo lo posible para ayudar a su rey. ¡Mataron a gigantes tal como lo hizo David! Esta actitud fiel vino directamente de David a sus generales”, escribe el Sr. Flurry. “¡Así es como podemos convertirnos en la Iglesia más grande posible! (...) Siguiendo la fe del hombre que Dios está usando para guiar al Israel espiritual. (...) ¡Todos debemos ser matadores de gigantes! Dios lo hace posible para cada uno de nosotros. ¡Así es como el Cuerpo de Cristo se volverá poderoso y logrará cosas asombrosas! (...) No es suficiente que David sea grande. ¡Todos bajo él deben ser grandes! Eso es lo que se requiere si queremos tener una gran Iglesia. No puede haber ruptura en ningún eslabón. (...) ¡Esta gran lección de gobierno es lo que nos ayudará a terminar la obra con verdadera fuerza!” (The Former Prophets).

“No se puede decir lo suficiente sobre ‘Los Pocos’—los pilotos del Comando de Cazas que nunca consideraron la derrota y que se superaron en combate, sabiendo todo el tiempo que la suya era una causa justa” (Peck, op. cit).

Anne Turley George era la esposa de un ex piloto de combate. Ella dijo esto sobre la Batalla de Inglaterra: “Nos acostábamos en zanjas y observábamos los combates aéreos y vitoreábamos a nuestros guerreros y nos reíamos, bailábamos y cantábamos con ellos por las noches, y al día siguiente los despedíamos con el puño apretado de miedo y anudado profundamente en nuestras entrañas—y más y más caían. (...) Ellos tenían nuestras vidas, nuestra felicidad y nuestra herencia en sus manos jóvenes y fuertes, y nunca se acobardaron. Si yo pudiera componer música—crearía un gran y triunfante himno clamoroso: alabando, honrando y contándoles nuestro amor y gratitud por los siglos de los siglos. Amén”.

Dios quiere que alcancemos la victoria. Estamos luchando para que toda Gran Bretaña, toda Europa, todas las naciones y pueblos de todo el mundo puedan ser libres, y la vida del mundo pueda avanzar hacia extensas tierras altas e iluminadas por el sol.

Y qué amor y gratitud tendrán ellos cuando alcancemos la victoria. Por la eternidad, disfrutaremos de alabanza y honor debido a la guerra que libramos hoy. Por lo tanto, preparémonos para cumplir con nuestros deberes y aguantemos, para que cuando este Imperio dure mil años y más, los hombres digan: “¡Esta fue su hora más gloriosa!” 

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