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Aubrey Mercado

Lecciones del Mar Muerto

Una advertencia de lo que una vez fue, ¡y la esperanza para un mañana mejor!

“¿Puedes imaginar cómo sería vivir cerca de aquí?”, le pregunté a mi esposa mientras conducía al lado del Mar Muerto.

Su reacción fue justo lo que esperaba: “¡Iiiuuuu!”

Este es el lugar más inhóspito en la Tierra. Dentro de sus aguas saturadas de sal (ocho veces la salinidad del océano) sólo unos pocos microbios sobreviven. Además de eso, no hay plantas, ni algas marinas, ni peces o cualquier otra criatura marina. Simplemente no hay vida en esta tremenda masa de agua.

Más allá de la línea de la costa, la vida es escasa. Dejando a un lado a los seres humanos que vienen en tropel a la fuente rica en minerales por sus beneficios medicinales, la región que rodea al Mar Muerto sustenta menos organismos vivos que el desierto del Sahara o el Valle de la Muerte de California.

Pero no siempre fue así de infértil. De hecho, hace 4.000 años atrás, ¡toda la región estaba llena de vida exuberante y florida, de fructífera abundancia!

Cuando el gran patriarca Abraham y su sobrino Lot decidieron extenderse a raíz del aumento de su población, Abraham y sus descendientes escogieron Canaán como su tierra. Lot escogió el Valle del Jordán. Y Lot, usted recordará, ¡hizo la primera elección! Él realmente escogió las planicies del Jordán. Nadie en su sano juicio, teniendo la primera opción, habría escogido un yermo desierto con un enorme mar de sal como su característica más dominante. En ese tiempo, ¡no había Mar Muerto! Como lo nota el autor de Génesis, todo el valle era como Edén, el jardín de Dios. Todo en el valle, dice la Escritura, su fértil suelo estaba bien regado.

Pero esto, por supuesto, fue antes de que Dios destruyera Sodoma y Gomorra (Génesis 13:10). “Fue de antiguo una tierra muy feliz”, escribió Josefo, el historiador del primer siglo, “tanto por los frutos que producía como por la riqueza de sus ciudades, aunque ahora todo está completamente consumido” (Guerras, iv, 8, 4).

La gente de Sodoma y Gomorra fue conocida por su estilo de vida extremadamente malvado y perverso. No sólo era por su muy difundida aceptación de la homosexualidad, también era por su desenfrenado individualismo y excesos. El profeta Ezequiel describió a estos prósperos pueblos como obsesionados con el egoísmo y el orgullo. Ellos experimentaban con todo acto abominable imaginable. En el Nuevo Testamento, el apóstol Judas dice que fornicaron y fueron en pos de vicios contra naturaleza.

De la manera que Dios lo veía, junto con Lot y su familia, ninguna cosa era digna de preservarse en estas dos ciudades. Note lo que ocurrió: “Entonces [el Eterno] hizo llover sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego de parte del Eterno desde los cielos; y destruyó las ciudades, y toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades, y el fruto de la tierra” (Génesis 19:24-25). Dios quemó la tierra con fuego y vertió azufre en lo alto de la destrucción. El área entera fue completamente destruida.

Incluso la esposa de Lot, como es comúnmente conocido, se volvió un pilar de sal después de que ella anhelantemente miró hacia atrás a la extrema decadencia y maldad que dejaba atrás. La sal, por supuesto, es conocida por su calidad de preservación duradera. ¡Qué simbólico! Incluso hasta este día, ¡las cercanías que rodean al Mar Muerto permanecen como un recordatorio sin vida, arrasado y saturado de sal de la fiera ira de Dios!

El profeta Isaías del Antiguo Testamento compara a nuestros pueblos con aquellos de Sodoma y Gomorra, describiéndonos como “enfermos” desde la cabeza a los pies. Él profetizó nuestra eventual ruina y desolación como resultado de nuestro pecado universal y rebelión contra las leyes de Dios.

Jesucristo describió a nuestra sociedad de los últimos días exactamente como la de Sodoma y Gomorra, prosperidad abundante pero extremadamente malvada. Al igual que Isaías, Jesús profetizó: “Mas el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó a todos. Así será el día en que el Hijo del Hombre se manifieste” (Lucas 17:29-30).

El apóstol Pedro, igualmente, dijo que las cenizas de Sodoma y Gomorra servían como advertencia a los impíos (2 Pedro 2:6-7).

Esa es la lección más importante que nos enseña la región alrededor del Mar Muerto: que el pecado universal causa destrucción universal. Esa es la maldición en la cual está el actual mundo lleno de maldad debido a su rebelión en contra de la ley de Dios y su obstinada insistencia en vivir de acuerdo a las leyes de Satanás del egoísmo y la codicia, la vanidad y el orgullo, la desviación sexual y la lujuria, la división y la contienda, las guerras y los rumores de guerras.

Sí, vamos arrolladoramente hacia la misma destrucción universal que Sodoma y Gomorra experimentaron hace unos cuatro milenios atrás, sólo que esta vez será mundial, una Tierra quemada literalmente.

Pero hay otra lección igualmente importante envuelta en el prodigio sin vida del Mar Muerto.

El profeta Ezequiel escribió de un tiempo venidero, justo delante de nosotros ahora, cuando un río fluirá desde la sede milenial de Dios en Jerusalén, dirigido al este hacia el Valle del Jordán. Ese río puro, dijo el profeta, sanará las contaminadas aguas del Mar Muerto, ¡haciéndolas frescas y puras! Los pescadores llenarán las orillas del una vez infame mar, llenando sus redes con peces. Árboles frutales de todo tipo crecerán a lo largo de todas las riberas, produciendo fruto cada mes (lea Ezequiel 47). Sí, Dios restaurará la vida y la abundancia a este yermo baldío e inhabitable de tantos milenios.

Y cuán poderosamente simbólica es esta profecía.

La profecía bíblica nos informa que estamos muy cerca de la resurrección del mundo de Dios saliendo de la quemada superficie de este presente mundo lleno de maldad. Muy pronto ahora, de las cenizas de ese yermo ruinoso y lleno de muerte, habrá un Reino eterno. Un Rey mesiánico, con la ayuda y apoyo de Sus santos, ¡establecerá un gobierno utópico de 1.000 años sobre la Tierra!