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FEDERICO PARRA/AFP VIA GETTY IMAGES

Latinoamérica: Donde la democracia va a morir

Insatisfechos con la democracia liberal, un continente anhela hombres fuertes.

Imagine vivir donde el 1% de los ricos controla la economía. Usted carece de la educación necesaria para tener un buen trabajo, y es demasiado pobre para continuar su educación. Pandillas gobiernan los barrios pobres como el suyo. Un líder tras otro empatiza con su grave situación, promete cambios, realiza manifestaciones, gana una elección que pudo o no haber sido manipulada, se ve inmerso en escándalos de corrupción, falla en mejorar su situación y da paso al siguiente candidato que promete cambio.

Este no es un escenario imaginario para muchas personas en Latinoamérica y el Caribe.

Estas regiones tienen algunos de los niveles más altos desigualdad de ingresos en el mundo. En Brasil, el 1% de la población controla la mitad del territorio. En algunas áreas, la gente todavía paga impuestos a la propiedad a antiguos miembros de la realeza y nobles portugueses, además de pagar impuestos a sus gobiernos locales. Más del 40% de los niños brasileños viven en la pobreza, y menos de la mitad de los adultos de la nación tiene educación secundaria. En agosto de 2019, el gobierno cortó los gastos en educación, lo que provocó protestas de miles de personas.

Y esta es una de las naciones más estables en la región.

En Chile, la gente comenzó a manifestarse en octubre de 2019, cuando el gobierno anunció planes para subir las tarifas del metro de 1,12 a 1,16 de dólares. Lo mismo ocurrió en Ecuador cuando el gobierno anunció el fin de los subsidios al combustible para los conductores de buses, taxis y camiones. Y lo mismo ocurrió en Haití cuando el gobierno anunció aumentos de impuestos a la gasolina, diésel y queroseno.

Mientras tanto, violentos carteles de drogas gobiernan grandes áreas de El Salvador, Guatemala, Honduras y México. El juicio en curso del infame narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán continúa revelando que casi cada nivel del gobierno mexicano ha sido corrompido por sobornos de su cartel de Sinaloa: funcionarios aeroportuarios, asesores fiscales, oficiales de policía, personal militar, fiscales y guardias de prisión.

La Organización de Estados Americanos ha acusado a Bolivia y Venezuela de fraude electoral. El presidente Evo Morales gozaba de tan poca confianza que miles de bolivianos marcharon por la capital protestando por los cuestionados resultados electorales, y los militares lo forzaron a dejar el cargo. El presidente Nicolás Maduro solo se ha aferrado al poder en Venezuela al contratar a agentes cubanos que espían a sus propios oficiales del ejército para evitar que se vuelvan contra él.

La Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo reporta que 3 de cada 4 personas en Latinoamérica tiene poca o ninguna confianza en sus gobiernos nacionales. Es fácil entender por qué. Y es fácil entender cuánto desean la presencia de hombres fuertes en la política para resolver este desastre. La Biblia revela que el cambio político que se está produciendo en Latinoamérica afectará a todo un continente y al mundo entero.

Pasado autoritario

Cuba se unió al Sacro Imperio Romano en 1520, cuando el Emperador Carlos v heredó la isla de sus abuelos maternos, el rey Fernando y la reina Isabel de España. Al año siguiente, el conquistador español Hernán Cortés conquistó el Imperio Azteca en nombre del Sacro Imperio Romano. Doce años después, el conquistador español Francisco Pizarro conquistó el Imperio Inca en nombre del Sacro Imperio Romano. Para el final de su reinado, Carlos v gobernaba la mayor parte de América Latina aparte de Brasil, la cual fue gobernada por el cuñado de Carlos, el rey Juan iii de Portugal.

Los españoles y portugueses convirtieron a los pueblos de Latinoamérica al catolicismo. Ellos implementaron un sistema de castas donde españoles y portugueses gobernaban sobre los indios americanos y los africanos que trajeron como esclavos. Este sistema de gobierno colonial duró tres siglos hasta que los aristócratas españoles en Latinoamérica comenzaron a trabajar para lograr la independencia después de que el emperador francés Napoleón Bonaparte invadiera España.

Para 1830, Argentina, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Guatemala, México, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela se habían vuelto repúblicas dominadas por aristócratas españoles. Mientras tanto, el rey Pedro iv de Portugal huyó al otro lado del Atlántico, se unió al movimiento secesionista brasileño y se convirtió en el emperador Pedro i de Brasil. Incluso después que las naciones latinoamericanas se independizaran de Europa, los aristócratas seguían siendo las personas más ricas en la región. Poseían vastas plantaciones donde empleaban o subyugaban a las castas inferiores.

En 1888, Brasil se convirtió en el último país en el mundo occidental en abolir la esclavitud. El emperador brasileño Pedro ii fue depuesto en un golpe militar un año antes, y la nación se convirtió en la República de los Estados Unidos de Brasil.

En los albores del siglo xx, Brasil y otras naciones latinoamericanas eran ahora repúblicas constitucionales donde los ciudadanos votaban por sus representantes. Sin embargo, sus divisiones étnicas y de clase se mantenían, debilitando la unidad nacional. El vacío de poder dejado por el Sacro Imperio Romano llevó a levantamientos y rebeliones étnicas y de clase. Esto a su vez llevó a los caudillos, dictadores militares como Juan Perón de Argentina, Fulgencio Batista de Cuba, Jorge Rafael Videla de Argentina, Humberto Castello de Brasil, Juan Velasco de Perú y Augusto Pinochet de Chile.

Para 1977, solo dos de las 19 naciones que eran antiguas colonias españolas y portuguesas podían clasificarse como democracias (Costa Rica y Venezuela). Colombia estaba en medio de una transición democrática, mientras que las otras 16 naciones estaban gobernadas por dictadores. Entre 1968 y 1989, las juntas militares en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay mataron a cerca de 50.000 personas y encarcelaron a otras 400.000. Sin embargo, muchas de estas dictaduras detuvieron la propagación del comunismo y usaron la aplicación de la ley al estilo militar durante un tiempo caótico.

Presente democrático

Ha sido sólo desde 1977 que la mayoría de las naciones latinoamericanas se han vuelto democracias. Sin embargo, muchas ya están cansadas de ellas. Los ciudadanos disfrutan de una menor amenaza de ser arrestados y encarcelados sin juicio, y la brecha entre ricos y pobres se ha reducido en los últimos 20 años (a menos que sea cubano o venezolano). Pero el crimen está en un espiral fuera de control. Las cifras de homicidios en las Américas casi se han duplicado en las últimas dos décadas, principalmente por causa del aumento del crimen en Brasil, Colombia, El Salvador, Guatemala, Honduras, México y Venezuela.

Solo el 8% de la población mundial vive en Latinoamérica, pero la región registra el 33% de las víctimas de asesinato en el mundo: 400 cada día. Gran parte de esta carnicería es perpetrada por carteles de la droga. En muchos lugares, estos carteles han corrompido la democracia sobornando a funcionarios de gobierno, amenazando a políticos e incluso poniendo a sus propios candidatos.

La fe en las instituciones democráticas es débil. Según el servicio de encuestas Latinobarómetro, solo el 48% de los latinoamericanos encuestados favorecen la democracia sobre el autoritarismo, mientras que el 28% dijo que la democracia no es necesariamente preferible sobre el autoritarismo. Ese es el porcentaje más alto de escépticos de la democracia desde que el servicio comenzó a seguir la tendencia en 1995. El escepticismo es más alto donde la violencia de los carteles es peor.

Uno de los hijos del presidente brasileño Jair Bolsonaro sugirió que, para controlar las protestas callejeras, el gobierno de su padre podría tener que adoptar tácticas de la era de la dictadura, como suspender algunos de los derechos de los legisladores de oposición y suspender partes de la Constitución. La Fundación Getulio Vargas de Brasil publicó una investigación que indica que al 55% de los brasileños no les importaría una forma de gobierno no democrática, siempre que resolviera los problemas de la sociedad. La misma fundación encontró que solo el 6% de los brasileños confía en el gobierno federal, pero el 53% confía en la Iglesia Católica, y el 56% en el ejército.

A cerca del 11% de los brasileños les gustaría ver la monarquía restaurada. El príncipe Luiz de Orléans-Braganza, un descendiente real del emperador del Sacro Imperio Romano Francisco ii y del emperador brasileño Pedro ii, asesora a Bolsonaro en política exterior. El tío de Luiz, el príncipe Bertrand de Orléans-Braganza, de hecho afirma que la elección de Bolsonaro es el primer paso hacia la restauración de la monarquía brasileña y el regreso del país a los valores católicos romanos.

Tal movimiento traería a los latinoamericanos completamente de vuelta a la forma de gobierno contra la cual se rebelaron sus ancestros hace dos siglos. Para muchos la opción parece preferible a la anarquía y el crimen actuales en una sociedad “libre”. Ya sea que las personas anhelen una monarquía católica, un dictador socialista o una junta militar, están de acuerdo en que el sistema presente no está funcionando. Quieren protección contra los narcotraficantes violentos y los políticos corruptos. ¿Pero cómo encontrar tal protección sin recurrir a un gobierno autoritario dirigido por personas violentas y corruptas?

El profeta Jeremías reflexionó sobre preguntas similares y oró: “Conozco, oh [Eterno], que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina el ordenar sus pasos” (Jeremías 10:23).

La humanidad ha llorado y sangrado a través de 6.000 años de gobiernos fallidos, y está aprendiendo la lección de que un gobierno efectivo requiere un nivel de carácter perfecto y justo que los seres humanos no poseen naturalmente. 

Boletín, AD