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JULIA GODDARD/TRUMPET

Las revoluciones de revoluciones

La exigencia por el cambio es tan antigua y universal como la humanidad misma.

Todo cambió el día que un monje budista se arrodilló en medio de la calle, se prendió fuego y murió quemado. Hace poco vi un documental que muestra cómo las protestas contra el presidente Ngo Dinh Diem aumentaron rápidamente después de ese suicidio en Vietnam del Sur en 1963. Rápidamente le siguió un golpe de Estado y los líderes militares pusieron una bala en la cabeza de Diem.

El acto inicial me recordó la autoinmolación que incitó la Primavera Árabe en Túnez, en 2011. El júbilo que llenó a Vietnam del Sur ante la noticia del deceso del autócrata me recordó las protestas masivas que llenan las calles en este momento en Hong Kong y el Cairo, Santiago y San Petersburgo, Bratislava, Barcelona y Beirut; en Asia, en Europa, en Suramérica, en el Caribe, y en Oriente Medio. Multitudes diferentes, pero la misma exasperación, rabia y pasión por el cambio; y la misma convicción de que eliminar a un líder ofrecerá un nuevo comienzo y una nueva y radiante era.

Las protestas que ahora surgen en todo el mundo evocan una mezcla de emociones. Muchas de estas personas están arriesgando sus vidas valientemente para desafiar la verdadera tiranía. Otros tienen motivos más bajos. Pero hay señales de advertencia de que la mayoría de estas manifestaciones no tendrán finales felices, y que en realidad pueden desatar fuerzas poderosamente destructivas en el mundo.

Varios factores indican que estamos entrando en un período de agitación política que seguramente creará mucho más trastorno, en una escala más amplia, que ninguna otra antes. Uno es la inestabilidad del orden económico global que está llevando a las naciones al estancamiento, la recesión, austeridad forzada y volatilidad. Otro es una generación de jóvenes movilizados, que componen un porcentaje creciente de la población, ignorante de la historia, vagamente unido por la costumbre y la religión, conectado y consciente del mundo gracias a la Internet y las redes sociales, y susceptible a la intoxicación por el espíritu de la revolución. Las nuevas expectativas significan que incluso las personas que están bastante bien, según las comparaciones históricas, están insatisfechas y enojadas.

¿Cuántas de estas protestas terminarán bien? La pregunta cruzó por mi mente cuando vi lo que pasó con Vietnam del Sur en 1963. La euforia que siguió al derrocamiento del presidente Diem terminó rápidamente. Su asesinato creó un vacío que nadie más llenaría. Durante los siguientes dos años tumultuosos, la nación agonizó en la procesión de seis diferentes gobiernos ineptos.

La historia está llena de ejemplos de pueblos que se levantan y desafían la injusticia del orden existente, gente que busca destruir el statu quo. Pero caso tras caso, la oleada de júbilo y esperanza que conlleva derrocar a un dictador o a un gobierno pronto accede a la desesperación, a veces incluso a una peor que antes. Aunque los revolucionarios pueden identificar correctamente los problemas, los errores y equivocaciones, generalmente fallan en las soluciones. Los rebeldes saben qué los enoja, pero a menudo ignoran los desafíos de implementar mejoras genuinas. “El reformador siempre tiene razón sobre lo que está mal”, dijo G.K. Chesterton, “también suele estar equivocado acerca de lo que es correcto”. Los disturbios y los desplazamientos masivos pueden destruir, pero pocos demuestran ser capaces de construir con éxito.

Hay problemas reales en el mundo; después de todo, éste es el mundo de Satanás. Literalmente él lo gobierna e influye (2 Corintios 4:4; Apocalipsis 12:9). Muchos de estos manifestantes tienen quejas legítimas. Pero están equivocados al suponer que cualquier cosa que llene el vacío será una mejora. Y se equivocan al pensar que la violencia de la resistencia es universalmente virtuosa. La rabia de las multitudes es a menudo un terreno fértil para que el diablo fomente la división, la emoción tóxica y la furia devastadora en la nación.

En un ejemplo histórico tras otro, convulsiones como las que vemos hoy en realidad conducen a una mayor tiranía. Donde los gobiernos pueden, las aplastan. Donde no pueden, el desorden da lugar a nuevos tiranos. La anarquía es insufrible, y la gente se sacia de ella rápidamente. Pronto alguien interviene para restablecer el orden, a menudo a un mayor costo y sufrimiento.

La revolución puede significar un cambio político repentino, pero también puede referirse a la órbita cíclica de un cuerpo alrededor de un eje, un movimiento que ocurre de manera repetitiva y predecible. Esta correlación es adecuada. Durante 6.000 años de historia humana, el sufrimiento bajo un mal gobierno ha encendido el deseo de cambio, lo que ha despertado la esperanza en un nuevo régimen. La promesa de progreso ha motivado casi todas las elecciones, golpes de Estado y revoluciones en la historia, ya sea en los franceses en 1789, en los bolcheviques en 1917, los intransigentes iraníes en 1979, los nazis en 1933 o el Estado Islámico en 2016. Ningún líder jamás se propone crear un legado de la misma falla del statu quo antiguo. Sin embargo, con una consistencia frustrante, eso es precisamente lo que logran, o peor. Y el sufrimiento se reanuda, y el ciclo se repite.

Favorablemente, estas revoluciones de revoluciones están a punto de terminar.

Por 6.000 años, la humanidad ha estado escribiendo lecciones cruciales, si tan solo las aprendiéramos. Hemos demostrado nuestra incapacidad para gobernar de una manera que brinde una paz amplia, prosperidad significativa, justicia y libertad duraderas. Hemos confirmado repetidamente el mal intratable de la naturaleza humana. La profecía bíblica enfatiza poderosamente estas lecciones: describe claramente las condiciones que surgirán de las alteraciones de hoy: ¡un tiempo de tribulación peor que cualquier otro en la historia humana! (Mateo 24:21; Daniel 12:1; Jeremías 30:7). La inestabilidad que va de país en país hoy augura problemas mucho más serios por venir. Pero culminarán en la revolución final: la coronación del Rey de reyes, quien reinará sin oposición, eternamente.

Ésta es la suprema lección que estamos registrando: que este mundo necesita desesperadamente un gobierno perfecto, establecido por la única Fuente de soluciones genuinas a sus injusticias y problemas. Felizmente está ya casi aquí. 

Boletín, AD