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BRENDAN SMIALOWSKI/AFP/GETTY IMAGES

La humildad y el camino a la grandeza

Una lección poderosa en medio de los dolorosos acontecimientos recientes.

De todas las plagas del mundo actual, una de las más grandes es la arrogancia de nuestros líderes. Puede verse en su gestión de la pandemia del coronavirus, en la desastrosa evacuación de Afganistán por parte de EE UU, y en crisis tras crisis. A pesar de las montañas de pruebas que demuestran que están cometiendo errores importantes, incluso fatales, ¡nuestros líderes actúan como si no pudieran tener más razón!

La historia está repleta de hombres que creían tener la razón, que estaban resolviendo problemas y ayudando a la gente. Y la Tierra está manchada con la sangre de los millones que mataron.

¡El hombre puede estar tan desastrosamente equivocado y tan poco dispuesto a reconocerlo!

Negarse a admitir el error no es sólo un problema de nuestros líderes. Es un problema de todo ser humano, ya sea liderando una nación, una empresa, una comunidad, una escuela, una familia o incluso su propia vida. En su afán por hacer las cosas bien según su propia definición de lo que es correcto, la gente destruye vidas. Y es nuestra naturaleza negarnos a confesar el error.

¿De dónde viene esta forma de pensar? ¿Por qué está tan arraigada en nosotros, incluso cuando es claramente errónea y perjudicial?

Whittaker Chambers, un comunista reformado, describió el fundamento del comunismo como la exaltación de la razón humana como la más alta autoridad del universo. Lo llamó “la segunda fe más antigua del hombre. Su promesa fue susurrada en los primeros días de la creación bajo el árbol del conocimiento del bien y del mal: ‘Seréis como dioses”.

¿Quién estableció realmente esta fe? Alguien que había vivido en un entorno pacífico gobernado por Dios, pero que luego comenzó a confiar en su propia mente. Alguien que se convenció y, a pesar de un universo de pruebas en contra, ¡sigue convencido de que tiene la razón!

¡Los esfuerzos de Lucifer por “mejorar” las cosas basándose en sus propias ideas causaron un cataclismo universal! (Isaías 14:12-14). Todo lo que ha hecho desde entonces ha producido destrucción, ¡pero sigue pensando que su camino es mejor que el de Dios! Y tentó a los primeros seres humanos a adoptar esa misma creencia.

Cada uno de nosotros ha aceptado esta actitud, sea que nos demos cuenta o no. No es que nuestros líderes estén insistiendo erróneamente en que ellos tienen la razón cuando en realidad somos usted y yo quienes la tenemos. Todos estamos profundamente infectados por la actitud de Satanás de ser uno mismo quien tiene la razón. Cuando confiamos en nuestro propio razonamiento, estamos haciendo lo que Adán y Eva hicieron antes que nosotros, y lo que Satanás hizo antes que ellos. Y el diablo puede manipularnos por ello, tal como manipuló a nuestros primeros padres.

En Proverbios 6, Dios nos dice que odia “los ojos altivos”. Por muy reconfortante que nos parezca el orgullo en nosotros mismos, Dios sabe a qué conduce: a milenios de engaño, auto justificación, vacío, sufrimiento, desesperanza y muerte.

“El temor de [el Eterno] es aborrecer el mal; la soberbia y la arrogancia, el mal camino, y la boca perversa, aborrezco” (Proverbios 8:13). Dios advierte en Proverbios 16:18 de esta ley de causa y efecto: la soberbia siempre lleva a la destrucción.

Esta forma de pensar, promovida por la serpiente sutil y persuasiva — “el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:2)—, es fatal. Y es imposible de curar sin Dios.

Desde sus primeras páginas hasta las últimas, la Biblia aboga por que los hombres, incluso los reyes, cultiven la humildad y el temor de Dios. El rey David desarrolló esta hermosa actitud, y la expresó a lo largo de sus salmos. El rey Salomón dijo a Dios: “Yo soy joven, y no sé cómo entrar ni salir”. Ésta no era una humildad falsa. Fue un reconocimiento del hecho: nuestras mentes están equivocadas, y Dios tiene la razón. Cuando usted entiende la verdad sobre la naturaleza humana, se da cuenta de lo terrible que es el pecado universal del orgullo propio, y de lo necesaria y maravillosa que es la actitud de exaltar no su propia voluntad, sino la de Dios.

El Ser más grande de toda la existencia y de toda la eternidad, junto a Dios, se hizo hombre. Iluminó las mentes con sus enseñanzas, curó gente al instante, resucitó gente de entre los muertos y se sacrificó por el mundo. Jesucristo, el mayor ser humano de todos los tiempos, fue también el mayor ejemplo de humildad hacia Dios. Dijo: “No puedo yo hacer nada por mí mismo...”. (Juan 5:30).

El apóstol Santiago escribió: “… Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones (…) Humillaos delante del Señor, y él os exaltará” (Santiago 4:6-10).

Qué lección tan profunda podemos extraer de los dolorosos acontecimientos recientes. Aquí hay una esperanza real, poderosa y verdadera: ¡si usted se humilla así mismo, el súper poderoso Satanás huirá de usted porque usted estará acercándose al Dios todopoderoso!

Jesucristo, el Ser más humilde y sumiso de todos los tiempos, está a punto de regresar con una fuerza abrumadora para hacerse cargo de todos los gobiernos humanos. Con Él estarán aquellos que hayan aprendido a someterse, arrepentirse y obedecer Su ley de amor. Humíllese delante del Señor, y Él lo exaltará


Boletín, AD