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La guerra católica contra el trono británico

Católicos británicos y estadounidenses han hecho grandes contribuciones a sus naciones. Muchos creen sinceramente que su Iglesia sólo busca el bienestar espiritual de los habitantes de Gran Bretaña. Sin embargo, una mirada a la historia nos muestra una realidad diferente: la historia de un intento deliberado de subyugar a la corona británica.

En 1605, terroristas católicos intentaron deshacerse del rey Jacobo i y de toda la cúpula británica con explosiones. Una vez que eso fracasó, intentó seducir a la familia real británica. Mientras los parlamentos exigían participar en el gobierno, la Iglesia católica enseñaba que los reyes gobernaban por derecho divino y no podían ser cuestionados ni responsabilizados por ninguna ley promulgada por sus súbditos. La Iglesia también animó a los reyes de Inglaterra a casarse con novias católicas, concediendo exenciones especiales a tales matrimonios. Tanto Carlos i como Carlos ii se casaron con católicas y firmaron tratados secretos prometiendo promover la Iglesia católica. Carlos ii se convirtió al catolicismo en su lecho de muerte. Su hermano, Jacobo ii, se había convertido al catolicismo antes de su coronación. Cuando la nación se levantó contra él, la Iglesia se dio cuenta de que, en aquel momento, no podía recuperar Inglaterra solamente con la conversión del rey.

Así que la Iglesia católica adoptó otro enfoque: patrocinar a los enemigos más peligrosos de Gran Bretaña. Firmó un concordato con Napoleón Bonaparte en 1801. Esto devolvió a los católicos a la vida pública después de que la Revolución Francesa los hubiera desarraigado. Poco después, Napoleón comenzó a formar el Armée d’Angleterre para invadir y conquistar Gran Bretaña. Pero transportar ese ejército a través del canal de la Mancha resultó ser un obstáculo insuperable. El ejército se dedicó a otras tareas y la alianza con Roma se desmoronó.

Más de un siglo después, la misma Iglesia ayudó a llevar al poder a Hitler y Mussolini. Ambos forjaron concordatos con la Iglesia católica. El papa Pío xi aclamó a Mussolini como “un hombre enviado por la Providencia”. Pío y su secretario de Estado, Eugenio Pacelli, colaboraron con el Partido del Centro Católico para permitir que Hitler asumiera el poder como dictador. La Iglesia pidió la bendición de Dios para el nuevo Reich de Hitler y ordenó a los obispos alemanes que juraran lealtad al régimen nazi. Pacelli se convirtió en el papa Pío xii en 1939. Él no hizo nada para detener el Holocausto, alentó a los fascistas croatas en su brutal guerra contra los serbios y se convirtió en el mayor contrabandista nazi al final de la guerra. Sin embargo, en lugar de arrepentirse de esta vergonzosa historia, la Iglesia católica está en proceso de hacer a Pío un santo.

Después de la guerra, el Ejército Republicano Irlandés [ira, por sus siglas en inglés] católico libró una guerra contra el trono y contra la opinión pública británica. Asesinaron a Lord Moutbatten, primo de la reina Isabel ii en 1979. Cinco años más tarde explotaron el Gran Hotel de Brighton en un intento de asesinar a la primera ministra Margaret Thatcher y a su gabinete. Hacían explotar bombas regularmente en centros de transporte, tiendas y centros urbanos. Los líderes católicos se negaron a condenar esto y no excomulgaron ni al más violento de los terroristas, a pesar de los repetidos llamados para que lo hicieran. En su lugar, atacaron a los enemigos del ira, acusándolos de llevar a cabo una “indescriptible maldad” y “campaña asesina” contra “la comunidad nacionalista y católica en general”, como dijo el cardenal Dalí, primado de Irlanda.

A lo largo de este conflicto, la Iglesia católica se ha opuesto a muchos de los valores bíblicos que Gran Bretaña apreciaba. La Carta Magna es aclamada en Gran Bretaña y Estados Unidos como documento fundacional de la libertad y el Estado de derecho. La Iglesia católica tiene una opinión diferente. El papa Inocencio iii declaró “en nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo” que la carta era “nula y carente de toda validez para siempre”, y amenazó con la excomunión a cualquiera que intentara defenderla. La Carta Magna limita el poder de un monarca o de un Estado y concede derechos y libertades a las personas. En 1864, el Papa Pío ix dejó clara la oposición de la Iglesia católica a este planteamiento. Denunció como herética la separación de la Iglesia y el Estado, así como la tolerancia religiosa. Más tarde, el papa León xiii siguió condenando lo que llamó “americanismo”.

La guerra católica contra el trono británico es real. El acercamiento del rey Carlos no contrarresta los efectos de estos ataques, sino que los consolida.