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VERNON YUEN/NURPHOTO/ GETTY IMAGES

Hong Kong: comienza el fin de la libertad

El duro apretón de China debería preocupar a ‘cualquier persona en cualquier país’.

“Hong Kong no es China”. Este fue el grito de batalla de muchos manifestantes en Hong Kong el 21 de julio cuando entraban a su séptima semana de manifestaciones. Pero los activistas se encontraron esa noche con un nuevo nivel de violencia que demuestra cuán intolerables son esas palabras para Beijing, lo cual indica cómo podrían terminar estas protestas.

Una ‘isla estéril’ transformada

A principios del siglo xix, la Isla de Hong Kong era un área escasamente habitada de unos pocos pueblitos pesqueros, con menos de 7.500 personas. Lord Palmerston la llamó, “una isla estéril con apenas una casa en ella”.

Pero en enero de 1841, el Imperio Británico levantó su bandera en el territorio y comenzó a desarrollarlo. Inmediatamente se convirtió en un centro para empresarios europeos ansiosos de comerciar con China bajo la protección británica. Los ciudadanos chinos también acudieron en masa a buscar trabajo para construir una nueva ciudad. A medida que el continente sufría violentas agitaciones, varias oleadas de refugiados chinos huyeron hacia Hong Kong. En 1956, la población era de 2,5 millones.

El floreciente territorio adquirió una identidad única. “El dominio británico”, escribió Steve Tsang en Una historia moderna de Hong Kong, “llevó al surgimiento de un pueblo que sigue siendo esencialmente chino, sin embargo, comparte una forma de vida, valores fundamentales y una perspectiva que se asemejan al menos, si no aún más, a la del neoyorquino o londinense promedio, en lugar de la de sus compatriotas en China”.

A medida que avanzaba el siglo xx, la población y la riqueza de Hong Kong continuaron proliferando. Se convirtió en el tercer centro mundial de finanzas y en uno de los lugares más ricos y más poblados de la Tierra. Bajo el dominio británico, la “isla estéril” se transformó radicalmente en un faro de prosperidad y modernidad.

El fin de un imperio

Después de la Segunda Guerra Mundial, el Imperio Británico declinó abruptamente. En 1997, a pesar de la oposición de la mayoría del pueblo de Hong Kong, los británicos entregaron el territorio al dominio chino.

Los hongkoneses temían ser absorbidos por el continente autoritario, pero Gran Bretaña negoció un acuerdo para la colonia: China prometió dejar que Hong Kong conservara su identidad distintiva bajo una rúbrica llamada “un país, dos sistemas”. Esta fórmula garantizaba que al menos durante 50 años, China permitiría al gobierno y al pueblo de Hong Kong un alto grado de autonomía económica, política y judicial.

¿Pero por qué los líderes nacionalistas de China se arriesgarían a permitir que parte de su país tuviera libertades mucho más amplias que el resto? Porque a pesar de la aversión de los líderes chinos por Occidente (especialmente por el colonialismo de Gran Bretaña), no podían negar que el sistema que los británicos habían establecido allí fue extraordinariamente exitoso. En 1997, la población de Hong Kong—6,4 millones—constituía la mitad del 1% de la población total de China. Sin embargo, su economía representaba entonces un sorprendente 18% del producto interno bruto de China. Su pib por persona fue de 25.292 dólares, mientras que la cifra para China continental era inferior a 800 dólares.

Los chinos prometieron preservar las libertades de Hong Kong para que el territorio pudiera enriquecer a Beijing. Además, con la profunda integración de Hong Kong en el sistema económico internacional, podría ser una interfaz conectando mejor la economía mundial con China.

Grietas en el pacto

Por un corto tiempo, se vigiló con atención el modelo de los “dos sistemas”. Pero a principios de la década de 2000, China comenzó a inmiscuirse en los asuntos de Hong Kong. Ahora, 22 años después de la entrega, la invasión de China es omnipresente. “Como un hongkonés local, puedo decirle que todo está bajo el control de China, ya sea directa o indirectamente”, le dijo a la Trompeta un analista en el territorio bajo condición de anonimato.

Las actuales protestas fueron provocadas el 9 de junio por una ley propuesta que permitiría al gobierno comunista de China transferir fácilmente a delincuentes sospechosos en Hong Kong—incluyendo extranjeros—al continente para ser juzgados.

La posibilidad de sufrir tal destino es horrible para los hongkoneses porque, a diferencia del sistema judicial basado en normas que heredaron de los británicos, el sistema judicial de China es completamente corrupto. No existe una configuración de control y equilibrio de los poderes del Estado y los órganos que hacen cumplir la ley, como la policía, los abogados y los jueces, y los líderes del Partido Comunista están por encima de la ley. Ellos armaron el sistema judicial para castigar a sus enemigos y reforzar su control sobre el poder. Las autoridades arrestan habitualmente a personas que critican al partido y utilizan la tortura para obtener confesiones. La tasa de condenas por los tribunales chinos es un asombroso 99,9%, y los que son declarados culpables a menudo son ejecutados sólo 72 horas después de la condena. China ejecuta a más prisioneros que el resto del mundo combinado.

El temor a ser sometido a este sistema chino ha llevado a 2 millones de hongkoneses—más de una cuarta parte de la población total del territorio—a protestar en las calles este verano. Los manifestantes obtuvieron una victoria el 15 de junio, cuando el gobierno de Hong Kong, comprometido con China, suspendió la ley de extradición propuesta. Pero una suspensión no es una retirada. Y los manifestantes temieron que el cambio fuera diseñado para minar el impulso de su movimiento, para que el Partido Comunista pudiera tranquilamente forzar la ley más tarde.

Así que siguieron manifestándose y ampliaron su propósito a desafiar, no sólo el proyecto de ley de extradición propuesto, sino la usurpación general de China de la autonomía de Hong Kong. Ellos insisten en que “Hong Kong no es China”. Y en una clara señal de su determinación de mantener vivo el legado colonial del territorio, muchos de los manifestantes agitaban la bandera de Hong Kong de la era colonial y la bandera de Reino Unido.

Comienza el fin de la libertad

El 21 de julio, los manifestantes pintarrajearon la Oficina de Enlace de Beijing en Hong Kong, señalando por primera vez que su ira estaba enfocada directamente hacia la propia China. Más tarde esa noche, la policía de Hong Kong abandonó furtivamente el distrito de Yuen Long. En su ausencia, cientos de matones bien organizados de la “tríada” pro-China, llegaron y comenzaron a golpear a los manifestantes con palos y varas de metal. Lesionaron a 45 personas de tal gravedad que requirieron ser hospitalizadas, incluyendo a un hombre que permanece en estado crítico y a una mujer embarazada.

“En el pasado”, dijo el analista de Hong Kong a la Trompeta, “nunca hemos visto a estas tríadas golpear a la gente común”. La evidencia muestra que “China respaldó esto, o que el gobierno de Hong Kong respaldó esto para complacer a China”.

La represión fue localizada y muy lejos en la escala de la masacre de manifestantes en favor de la democracia en la Plaza de Tiananmen en 1989. Pero fue una violenta sacudida y demuestra que Beijing no permitirá el grito de batalla “Hong Kong no es China”, ni que el pensamiento separatista lo exprese y continúe indefinidamente.

Demuestra que el Partido Comunista chino está dispuesto a usar una violencia salvaje para sofocar la disidencia y prolongar su poder.

Estos eventos muestran que el Partido Comunista chino es “aterrador como enemigo”, dijo el analista. “Cualquier conspiración que se le ocurra, cualquier ardid que pueda imaginar, ellos la hacen realidad”.

Él agregó una ardiente petición a todas las personas: “Desde el fondo de mi corazón, advertiría a cualquiera, en cualquier país, que tenga cuidado con el gobierno chino”.

En los últimos años, las autoridades chinas han alentado a las poblaciones de todo el mundo a acoger favorablemente el auge de China. Han persuadido a un país tras otro a invitar a China a entrar en sus fronteras con la Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda y proyectos chinos similares, prometiendo enriquecer a los países anfitriones y al mismo tiempo preservar su libertad nacional. Estos países deberían mirar a Hong Kong.

Un referente de tiempos difíciles

Durante décadas, el liderazgo estadounidense y británico estabilizó gran parte del mundo y mejoró la civilización de numerosos pueblos y naciones. Esto es quizás más evidente en Hong Kong que en cualquier otro lugar. Pero la moderada era angloamericana está terminando, y las nubes de tormenta se están acumulando para una oscura nueva era.

Durante Su ministerio en la Tierra, Jesucristo profetizó sobre esta tempestad global que se acerca, llamándola “los tiempos de los gentiles” (Lucas 21:24).

El jefe editor de la Trompeta, Gerald Flurry, lo trató en nuestra edición de julio de 2014, explicando que el término gentiles se refiere a los pueblos no israelitas. Los pueblos israelitas conforman “mucho más que la pequeña nación en Oriente Medio”, escribió él, y agregó que, en la profecía del tiempo del fin, Israel se refiere principalmente a las actuales naciones de EE UU y Gran Bretaña. (Para una explicación esclarecedora, solicite su copia gratuita de Estados Unidos y Gran Bretaña en profecía, de Herbert W. Armstrong.)

“Cuando usted entiende quién es Israel”, continuó el Sr. Flurry, “entonces puede entender cómo es que los gentiles—los pueblos no israelitas—han comenzado a hacerse cargo del mundo ahora mismo”.

Continuó: “Si bien hoy día hay por ahí muchas naciones gentiles, cuando esta profecía se cumpla por completo, habrá dos potencias principales”. Él explicó que una de éstas será liderada por Alemania y la otra por Rusia y China.

“Estos ‘tiempos de los gentiles’ aún no se han hecho realidad completamente”, escribió el Sr. Flurry. “Sin embargo, estamos en los bordes exteriores de esta catastrófica tormenta”.

En Hong Kong, los efectos de la transición del dominio israelita al dominio gentil se manifiestan en el microcosmos. Nadie dice que el imperialismo británico fue perfecto; fue administrado por hombres, y todos los hombres gobiernan de manera deficiente. Pero cuando los hongkoneses agitan ansiosamente bandera de Reino Unido e insisten en que su legado colonial significa “Hong Kong no es China”, le están dando al mundo una señal anticipada de cuán oscuros serán los tiempos de los gentiles.

Hong Kong es un indicador de lo que el Sr. Flurry llamó la “catastrófica tormenta” que se avecina. Y mientras Beijing intensifica su control sobre el territorio, revela cuán violenta será la tempestad.

En Su predicción sobre los violentos días que se acercan, Cristo dijo que “la gente tendrá tanto miedo que se desmayará” (Lucas 21:26, versión PDT). Pero en el versículo siguiente, Él promete que las nubes de tormenta se quebrarán y darán paso a un resplandor espectacular: “Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria” (versículo 27). ¡Estos tiempos de los gentiles, los bordes exteriores nublados en los que el mundo ya se encuentra, hacen la transición directamente al regreso de Jesucristo!

Él terminará la era del tempestuoso dominio de la humanidad, y marcará el comienzo de una nueva era de gobierno pacífico y cielos tranquilos.

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