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El objetivo final del Vaticano en Jerusalén
¿Cuándo se le impide a un cardenal asistir a misa? Cuando puede que sea víctima de un cohete iraní.
La policía impidió al cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca latino de Jerusalén, entrar en la Iglesia del Santo Sepulcro para celebrar la misa del Domingo de Ramos el 29 de marzo. En ese momento, Irán estaba disparando misiles contra Israel. La Ciudad Vieja de Jerusalén tiene pocos refugios antiaéreos modernos y ninguna vía de escape fácil, por lo que, por razones de seguridad, las autoridades israelíes cerraron varias zonas públicas, incluyendo el Muro Occidental, la Mezquita de al-Aqsa y la Iglesia del Santo Sepulcro.
Pizzaballa convirtió la situación en un enfrentamiento público. Calificó la actuación policial de “irrazonable y totalmente desproporcionada” y afirmó que establecía un peligroso precedente, ya que se trataba del primer bloqueo de este tipo en siglos. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, intervino y ordenó a los funcionarios que dejaran entrar al cardenal para que pudiera “celebrar los servicios que deseara”. Los líderes de la Iglesia llegaron más tarde a un acuerdo con las autoridades para permitir los actos cristianos de Semana Santa y Pascua en Jerusalén.
Pero el daño ya estaba hecho. En cuestión de horas, medios de comunicación como cnn, bbc, The Guardian y Al Jazeera publicaron artículos en los que se presentaba el acontecimiento como un importante ataque israelí contra el cristianismo. Muchos incluyeron fotos del cardenal en las barricadas. En las redes sociales, se difundieron rápidamente etiquetas como #Israelpersiguealoscristianos y #notoquenJerusalén. Los grupos propalestinos y procatólicos ayudaron a impulsar la noticia.
El Vaticano reclama desde hace tiempo un “estatuto especial” garantizado internacionalmente para los sitios sagrados de Jerusalén. Esto daría a potencias extranjeras voz y voto en la administración de los sitios, supuestamente con el fin de proteger la libertad religiosa. El incidente del Domingo de Ramos avivó la ira internacional contra Israel, aumentando la presión para lograr un acuerdo de este tipo.
Este incidente calculado apunta a una realidad más amplia: el Vaticano está trabajando duro para ganar más influencia en Jerusalén. Mientras el mundo observa el conflicto entre Estados Unidos e Irán y las conversaciones de paz entre israelíes y palestinos, la Iglesia católica impulsa en silencio su plan centenario para la Ciudad Santa. A lo largo de los años, la Iglesia ha utilizado las cruzadas, la diplomacia y los acuerdos negociados para reforzar su posición allí. Ahora esos esfuerzos se están intensificando.
La profecía bíblica advierte de una sangrienta lucha que se avecina por el control de la Ciudad Santa, una lucha en la que las ambiciones religiosas se enfrentarán a las realidades modernas en un choque de alto riesgo destinado a sacudir a las naciones.
Raíces antisemitas
Los lugares sagrados de Jerusalén suelen ser motivo de tensión, ya que la ciudad es sagrada para tres grandes religiones: el judaísmo, el cristianismo y el islam.
Para los cristianos, Jerusalén tiene un valor incalculable. Es donde Jesús fue crucificado, enterrado y resucitado de entre los muertos. Es donde sus seguidores recibieron el Espíritu Santo el día de Pentecostés, donde los apóstoles predicaron por primera vez el evangelio y donde se reunió el Primer Concilio de Jerusalén hacia el año 50 d. C.
Muchos cristianos desconocen que la iglesia original de Jerusalén cambió de manos después de la revuelta de Bar Kojba, entre los años 132 y 135 d. C. El historiador Eusebio escribió que los judeocristianos, algunos de los cuales eran parientes de Jesús, dirigieron la Iglesia de Jerusalén hasta entonces. El último obispo judío fue Judas Kyriakos, bisnieto de Judas, hermano de Jesús.
Después de que el emperador Adriano reprimiera la revuelta en el año 135 d. C., renombró Jerusalén como Aelia Capitolina y prohibió la presencia de judíos en la ciudad bajo pena de muerte. También prohibió la observancia del Sábado y la enseñanza del Antiguo Testamento. Judas Kyriakos fue destituido y se instaló a un obispo gentil llamado Marco, el primero de una serie de líderes que siguieron las normas antijudías de Adriano. A partir de ese momento, la Iglesia de Jerusalén estuvo dirigida por gentiles que observaban el domingo y no por judíos que guardaban el Sábado.
Con los líderes judeocristianos expulsados, la corriente dominante del cristianismo se inclinó cada vez más hacia la oposición a los judíos. Alrededor del año 140 d. C., el influyente maestro Marción de Sinope ganó influencia en Roma. Él hizo una gran donación de 200.000 sestercios a la Iglesia romana y comenzó a enseñar que el Dios que envió a Jesús era totalmente diferente del Dios del Antiguo Testamento. Retrató al Dios judío como duro, vengativo e inferior —esencialmente el diablo— y argumentó que los cristianos debían rechazar las Escrituras hebreas. Aunque líderes de la Iglesia como Policarpo condenaron enérgicamente a Marción, llegando a llamarlo el “primogénito de Satanás”, sus ideas se difundieron rápidamente e intensificaron el desdén de la corriente dominante cristiana por todo lo judío.
Poco después, el apologista cristiano Justino Mártir escribió que los judíos como grupo eran culpables de la muerte de Jesús. Dijo que la observancia del Sábado y la circuncisión eran signos del castigo de Dios sobre ellos. Más tarde, el teólogo cristiano Agustín (354-430 d. C.) se basó en estas ideas. Enseñó la “doctrina del testimonio judío”, que afirma que Dios ha mantenido a los judíos dispersos y humildes como prueba de la verdad cristiana. Este argumento afirmaba que, al igual que Caín —quien fue marcado después de matar a Abel— los judíos llevaban consigo las Escrituras del Antiguo Testamento (las cuales apuntaban a Jesús) mientras vivían en una condición de humildad que daba testimonio de la superioridad del Nuevo Pacto.
Esta forma de pensar le dio forma a los puntos de vista católicos durante siglos. Para muchos católicos tradicionales, la existencia de un Estado judío fuerte en Tierra Santa va en contra de las enseñanzas de los primeros padres de la Iglesia. Aquellos padres enseñaban que los judíos estaban malditos a vagar sin una patria propia. Una Jerusalén controlada por los judíos desafía la idea de que la Iglesia católica ha sustituido a Israel. Esto ayuda a explicar por qué el Vaticano se ha resistido al control judío sobre los sitios sagrados.
El reino de los cruzados
En el año 451 d. C., el Concilio de Calcedonia convirtió al obispo de Jerusalén en patriarca junto al patriarca de Roma, Constantinopla, Alejandría y Antioquía. Esto dio a la Iglesia de Jerusalén una posición oficial más fuerte sobre los lugares santos clave del cristianismo, incluyendo la Iglesia del Santo Sepulcro. Esa iglesia fue construida en el año 335 d. C. por el emperador Constantino en el sitio donde los cristianos creen que Jesús fue enterrado y resucitó.
Los cristianos mantuvieron Jerusalén hasta que las fuerzas árabes musulmanas la tomaron del 636 al 638 d. C. Durante los primeros años del dominio musulmán, los cristianos solían poder mantener su presencia en los lugares sagrados. Pero en 1009, la situación cayó en crisis. El califa fatimí Al-Hákim bi-Amrillah (a menudo llamado el “califa loco”) ordenó la destrucción de la Iglesia del Santo Sepulcro y prohibió el culto cristiano en dicho lugar.
Este acontecimiento se convirtió en uno de los principales catalizadores de las Cruzadas católicas.
En 1095, el papa Urbano ii convocó la primera cruzada. Liberar Jerusalén y recuperar la Iglesia del Santo Sepulcro eran sus principales objetivos. El grito “¡Dios lo quiere!” inspiró a decenas de miles de cristianos europeos a luchar para recuperar la tumba de Cristo del control musulmán. Lamentablemente, su fervor cruzado no sólo iba dirigido contra los musulmanes. Cuando capturaron Jerusalén el 15 de julio de 1099, también mataron a miles de judíos. Muchos de los que se escondieron en la sinagoga principal fueron quemados vivos.
Tras tomar la ciudad, los cruzados crearon un pequeño Estado en el Mediterráneo oriental llamado Reino de Jerusalén. Destituyeron al patriarca ortodoxo oriental, instalaron a un patriarca latino leal a Roma y crearon una estructura eclesiástica bajo el papa. También prohibieron el asentamiento judío en la ciudad. Jerusalén casi no tuvo residentes judíos durante unos 90 años.
Una vez que el Reino de Jerusalén fue reconquistado por los musulmanes en 1187, se permitió a un número limitado de judíos regresar a la ciudad. Los musulmanes trataban tanto a los judíos como a los cristianos como ciudadanos de segunda clase, a quienes se les exigía el pago de impuestos adicionales. Sin embargo, el islam no contaba con una enseñanza similar a la “doctrina del testimonio judío” de Agustín. Por lo tanto, los musulmanes no excluyeron a los judíos de Jerusalén como lo hicieron los católicos.
Incluso después de sufrir esta dolorosa derrota, los católicos nunca abandonaron su objetivo de reconquistar la Tierra Santa.
Simpatías fascistas
Setecientos años después, la posición básica del Vaticano no había cambiado. En 1904, el líder sionista Theodor Herzl solicitó al papa Pío x su apoyo para el retorno de los judíos a Palestina. El Papa respondió: “No podemos impedir que los judíos vayan a Jerusalén, pero nunca podríamos dar nuestra aprobación”. “Los judíos no han reconocido a nuestro Señor, por lo que nosotros no podemos reconocer al pueblo judío”. Añadió que, aunque resultaba desagradable ver a los turcos en posesión de los lugares sagrados, era imposible apoyar el control judío sobre ellos. Los padres de la Iglesia habían enseñado que tal cosa nunca ocurriría.
A pesar de la postura del Papa, Dios no tardó en intervenir en los asuntos humanos para propiciar el regreso de los judíos a la Tierra Prometida. El difunto Herbert W. Armstrong lo explicó poderosamente en su folleto La prueba de la Biblia, (gratis previa solicitud). Demostró que Dios utilizó a Gran Bretaña para liberar Jerusalén de los turcos otomanos el 9 de diciembre de 1917, exactamente 2.520 años después de que Nabucodonosor aceptara la rendición de los judíos en el año 604 a. C. Este período de 2.520 años (siete “tiempos” proféticos de 360 días cada uno, según el principio bíblico de “un día por un año”; vea Ezequiel 4:6) constituye una medida de castigo divino y restauración (vea Levítico 26 y Daniel 4).
Después de que el ejército británico liberara Jerusalén del Imperio otomano, que la había gobernado durante exactamente 400 años, el Vaticano intentó ejercer su influencia ante la recién creada Sociedad de las Naciones para garantizar que Italia u otro Estado católico obtuviera el control de Tierra Santa. El papa Benedicto xv no quería que Gran Bretaña ni ninguna otra nación protestante controlara Jerusalén, porque temía que ayudaran a los judíos a regresar.
Sin embargo, la Sociedad de las Naciones le concedió la Tierra Santa a Gran Bretaña en 1922, y los británicos permitieron a los judíos regresar a la Tierra Prometida. El Vaticano se opuso firmemente a ambas decisiones.
En junio de 1940, 30 obispos italianos enviaron un telegrama al dictador italiano Benito Mussolini instándole a coronar la “victoria inquebrantable de nuestro Ejército” izando la bandera italiana sobre Jerusalén. También aparecieron informes en la revista Time según los cuales las potencias del Eje planeaban ceder el control de Tierra Santa al Vaticano, con Italia a cargo de la administración del territorio.
Sin embargo, gracias a muchos más milagros divinos, las potencias aliadas ganaron la Segunda Guerra Mundial y Tierra Santa permaneció en manos británicas hasta noviembre de 1947, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas votó a favor de la partición de Tierra Santa en un Estado judío y un Estado árabe.
Esto iba en contra de los deseos del Vaticano. Pero como el gobierno fascista de Italia había caído, el papa Pío xii no tuvo más remedio que aceptar la decisión de la ONU. En lugar de presionar por el control católico de toda Tierra Santa, el Papa empezó a presionar para que Jerusalén se convirtiera en una ciudad-Estado internacional dirigida por la ONU.
El Estado palestino
La propia existencia del Estado de Israel ha creado una profunda división en la Iglesia católica.
Muchos católicos tradicionalistas que hoy atacan a los judíos y a los cristianos sionistas intentan defender la enseñanza de Agustín de que los judíos deben permanecer dispersos como castigo por rechazar a Cristo. Para ellos, un Estado judío en Tierra Santa es un desafío a la idea de que la Iglesia católica ha sustituido completamente a Israel. Por otra parte, los católicos partidarios de la reforma se han visto obligados a admitir que Dios sigue manteniendo un pacto con el pueblo judío. Esta división subraya los desafíos a los que se enfrenta el Vaticano a la hora de navegar por las realidades del Israel moderno.
El Vaticano no reconoció oficialmente el Estado de Israel hasta 45 años después de su creación. En comparación, reconoció a la República Islámica de Irán inmediatamente después de su creación en 1979.
En la actualidad, el Vaticano apoya una solución de dos Estados en Tierra Santa. Al mismo tiempo, exige que Jerusalén sea reconocida como una ciudad compartida bajo alguna forma de supervisión internacional.
Esto nos lleva directamente al enfrentamiento del cardenal Pizzaballa con la policía israelí en la Iglesia del Santo Sepulcro. El incidente no se limitó a una misa del Domingo de Ramos. Fue un movimiento cuidadosamente programado que generó titulares en todo el mundo contra Israel y un aumento de la presión para conseguir exactamente el tipo de control internacional que el Vaticano ha buscado durante siglos.
Luego de que se impidiera la entrada del cardenal, el comentarista político estadounidense Jack Posobiec publicó un mensaje a sus 3 millones de seguidores en X en el que afirmaba que Pizzaballa “no necesita pedir permiso para ir a su propia Iglesia”. Declaró: “No olvide nunca que las Cruzadas fueron defensivas y estuvieron justificadas. Defender la Iglesia del Santo Sepulcro”. Su publicación despertó fuertes emociones y reavivó recuerdos históricos sobre las reivindicaciones católicas sobre los sitios sagrados.
Destacados líderes europeos se sumaron rápidamente a las críticas. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, afirmó que esta medida “constituye una ofensa no sólo contra los creyentes, sino contra todas las comunidades que reconocen la libertad religiosa”. El presidente francés, Emmanuel Macron, condenó la decisión, señalando que se suma al “preocupante aumento de las violaciones del estatuto de los sitios sagrados de Jerusalén”. La jefa de política exterior de la Unión Europea, Kaja Kallas, la calificó de “violación de la libertad religiosa y de las protecciones de larga data que rigen los sitios sagrados”.
Estas rápidas y contundentes declaraciones de los principales líderes europeos contribuyeron a convertir una medida de seguridad local en una controversia internacional. Aumentaron la presión sobre Israel y dieron un nuevo apoyo al antiguo llamado del Vaticano para que las potencias exteriores garanticen el acceso y el control de los sitios sagrados de Jerusalén.
Nueva sede
En Zacarías 12:3, Dios dice: “Y en aquel día yo pondré a Jerusalén por piedra pesada a todos los pueblos; todos los que se la cargaren serán despedazados, bien que todas las naciones de la tierra se juntarán contra ella”. Jerusalén significa “ciudad de paz”. Pero este pasaje muestra que no será un lugar de paz en los últimos días. Más bien, será una carga.
Zacarías 14:1-2 revela que la nación de Israel pronto perderá el control sobre Jerusalén Este, la mitad que adquirió en 1967. Entonces, un Sacro Imperio Romano resurgido reconquistará la ciudad y toda la región circundante.
Estos versículos revelan el objetivo final del Vaticano en Jerusalén. En primer lugar, líderes católicos como el cardenal Pizzaballa contribuirán a avivar los sentimientos antijudíos y un movimiento de resistencia palestino que conquistará violentamente la mitad de Jerusalén. Entonces, las “fuerzas de paz” europeas se desplazarán para “proteger” los sitios sagrados de Jerusalén estableciendo una especie de “Mandato Palestino” que aquellos 30 obispos instaron a Mussolini a crear en la década de 1940.
Esto significa que se avecina otra cruzada.
En La Pura Verdad de octubre de 1951, Herbert W. Armstrong destacó una profecía de Daniel 11:45 que indica que el Vaticano trasladará su sede a Jerusalén justo antes del regreso de Cristo. En referencia al líder de un Sacro Imperio Romano resurgido, este versículo dice: “Y plantará las tiendas de su palacio entre los mares y el monte glorioso y santo; mas llegará a su fin, y no tendrá quien le ayude”.
“¡Ahí está!”, escribió el Sr. Armstrong. “Mientras las hordas rojas comunistas, con una fuerza de 200 millones de personas, arrasan Europa destruyendo todo a su paso, la capital de este Imperio romano restaurado, junto con el Vaticano, se trasladará rápidamente a Palestina, ¡probablemente a Jerusalén! ¡Esa será la última abominación que se instale allí! Observe que, en Daniel 11:45, ‘tienda’ es un lugar de culto, y ‘palacio’ la residencia de un rey”.
Las profecías bíblicas indican que el objetivo que el Vaticano persigue desde hace siglos está llegando a este dramático punto culminante. El cardenal Pizzaballa puede parecer a veces un pacificador, pero su objetivo es el mismo que el del papa Urbano ii. Él desea una Iglesia dominante gobernada por un papa supremo desde una sede universal: Jerusalén.
La actual guerra entre Israel e Irán está brindando a la Iglesia católica la oportunidad de hacer que la opinión pública se vuelva en contra de los judíos. La profecía bíblica nos dice que ni los judíos ni los árabes saldrán victoriosos del proceso de paz. Más bien, la Iglesia católica romana liderará una última cruzada antes de que él llegue “a su fin”.
Jesucristo regresará y pondrá fin a todas las maquinaciones del hombre sobre la Ciudad Santa. Sólo Él establecerá la paz en Jerusalén y en el mundo entero. El objetivo final del Vaticano se está desarrollando rápidamente, ¡pero el plan de Dios prevalecerá!
