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EMMA MOORE/LATROMPETA

El cementerio de pronósticos geopolíticos fallidos

Las predicciones futuras de eventos mundiales siempre fallan, ¿o no?

“Tantos siglos después de la creación, es improbable que alguien pueda encontrar aún tierras desconocidas de algún valor”. Eso es lo que el jefe de la Comisión Real Española escribió en 1486, aconsejando al rey Fernando a rechazar la propuesta de exploración de un tal Cristóbal Colón.

A principios de 1792, el primer ministro británico William Pitt el Joven, justificó drásticos recortes en el ejército del país diciendo que: “[S]in duda, nunca hubo un momento en la historia de este país en que, por las circunstancias de Europa, pudiéramos razonablemente esperar 15 años de paz más que en este momento”.

En 1956, el líder soviético Nikita Khrushchev, dijo a los representantes de las naciones capitalistas: “[E]l socialismo conquistará, a la larga, al capitalismo. Así es la lógica del desarrollo histórico de la humanidad”. En 1964, dijo que la futura victoria del socialismo sobre el capitalismo era “tan segura como la salida del sol”.

Todos estos eran individuos altamente educados, bien informados y poderosos, que hicieron serias predicciones sobre la forma en que se desarrollarían los eventos globales, y lo entendieron exactamente mal: un Nuevo Mundo de tierras aún desconocidas yacía en el horizonte, décadas de guerra comenzaron apenas unas semanas después del discurso de Pitt, y el socialismo soviético murió hace por lo menos 30 años atrás.

Las personas se equivocan, pero también fallan las teorías geopolíticas modernas, que son formadas, estudiadas y creídas por un gran número de las mentes más brillantes del mundo.

“El fin de la historia”

Después de la caída del Muro de Berlín que condujo al colapso de la Unión Soviética y al final de cuatro décadas de Guerra Fría, el representante del Departamento de Estado de EE UU, Francis Fukuyama, proclamó que el mundo había llegado al “fin de la historia”. Su tesis afirmaba que la humanidad había intentado todos los tipos de gobierno plausibles y había surgido un claro ganador: la democracia liberal de Occidente. Esto representaba, escribió Fukuyama, “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad, la forma definitiva de gobierno humano”.

Occidente había ganado. La continua difusión de la democracia liberal, la libertad individual y la soberanía popular eran inevitables. El sol se pondría sobre el autoritarismo y la era de las grandes potencias peleando entre sí había terminado.

El discurso del presidente George H. W. Bush ante el Congreso en 1990 hizo eco del pensamiento de Fukuyama, aclamando un futuro “libre de la amenaza del terrorismo, más fuerte en la búsqueda de la justicia y más segura en la búsqueda de la paz”. La humanidad estaba entrando a un “mundo nuevo (…) muy diferente del que hemos conocido, un mundo donde el estado de derecho suplanta a la ley de la jungla”.

El “fin de la historia” fue una hipótesis emocionante, y se convirtió en un éxito instantáneo entre analistas y formuladores de políticas en todo Occidente.

El poder militar, económico y cultural de EE UU estaba en la cima, la expansión de la democracia republicana era segura, por lo cual EE UU perdió interés en el resto del mundo y se quedó dormido. A lo largo de la década de 1990, en gran parte debido a la reducción de la demanda, las redes de televisión y los periódicos redujeron dos tercios de la cobertura de noticias internacionales. “Los adultos jóvenes estaban más preocupados por la ‘Dieta de la Zona’ que de los pormenores de la diplomacia de Oriente Medio”, escribe Joseph Nye en La paradoja del poder estadounidense. Y muchos líderes estadounidenses “se volvieron arrogantes sobre nuestro poder, argumentando que no necesitábamos prestar atención a otras naciones. Parecíamos invencibles e invulnerables”.

El observador político Kishore Mahbubani dijo que la creencia generalizada en el pronóstico de Fukuyama “hizo mucho daño cerebral”, y como resultado, “Occidente se puso en piloto automático”.

Durante estos días de “piloto automático”, los ataques terroristas del 11 de septiembre golpearon a EE UU con una sorpresa absoluta. Unos años después, la Rusia de Vladimir Putin invadió la exnación soviética de Georgia, trayendo de vuelta una gran parte de su territorio al control de Moscú. Su invasión de Ucrania en 2014 y la anexión de su Península de Crimea fue aún más dramático.

Muchos líderes occidentales no podían creer lo que estaban viendo. “Rusia está en el lado equivocado de la historia”, dijo el presidente de EE UU Barack Obama, aparentemente negando que el pronóstico de Fukuyama hubiera fallado. “En el siglo xxi, las fronteras de Europa no se pueden reescribir con la fuerza”.

Pero Rusia acababa de reescribirlas. El secretario de Estado John Kerry parecía igualmente perplejo por cómo la “historia” podría estar sucediendo en una era en la que se suponía que había terminado. “Es realmente el comportamiento del siglo xix en el siglo xxi”, dijo él.

Mientras tanto, la Primavera Árabe y la Revolución Naranja de Ucrania no lograron sus objetivos prodemocráticos, la guerra civil siria se transformó en batallas indirectas entre potencias más grandes, India y Pakistán estuvieron bloqueados en un enfrentamiento nuclear, Irán y Arabia Saudí ocupados en una guerra indirecta en Yemen, los fanáticos iraníes sistematizaron su caos terrorista, y en todo el mundo el populismo y el autoritarismo regresaron con una venganza.

Y resultó que la historia—la complicada, injusta, retrógrada, violenta y fea historia humana, no terminó en 1989.

La “fantasía de China”

“Cuanto más traigamos a China al mundo”, dijo el presidente de EE UU Bill Clinton en 1993, “más traerá el mundo cambio y libertad a China”. Su sucesor republicano, George W. Bush, hizo eco de esas declaraciones en 1999, diciendo: “Negocien libremente con China, el tiempo está de nuestro lado. La libertad económica crea hábitos de libertad. Y los hábitos de libertad crean expectativas de democracia”.

Este pronóstico fue popular durante toda la década de 1990 y hasta principios de la década del 2000. Los empresarios magnates y los políticos occidentales de todas las tendencias creían que la integración de China en la economía global y su creciente prosperidad causaría que la nación liberalizara sus ideologías políticas autoritarias y represivas. Ellos creían que el gobernante Partido Comunista chino se vería obligado a adoptar un comportamiento nacional e internacional responsable y, eventualmente, la democracia. Una China verdaderamente libre y democrática beneficiaría al mundo entero. Esto llevó a los occidentales a seguir políticas de compromiso con China en todos los niveles, incluyendo la bienvenida a la Organización Mundial de Comercio.

El optimismo casi universal de Occidente fue identificado por el corresponsal de Los Angeles Times James Mann, como la “fantasía de China”.

Para 2010, China se había vuelto mucho más fuerte y rica, pero apenas libre. Luego, en 2012, Xi Jinping se convirtió en el líder de China y comenzó a revertir las minúsculas reformas que había hecho la nación.

Xi utilizó la mayor fuerza de China al comprometerse con Occidente para incrementar el dominio del Partido Comunista sobre la nación—y para impulsar su propio poder a niveles asombrosos. Él tomó medidas drásticas contra los medios de comunicación y silenció a los activistas. Hizo desaparecer a cientos de abogados de derechos humanos y a miles de disidentes, y detuvo a más de un millón de ciudadanos chinos en campos de concentración. Rechazó los límites del mandato constitucional a su gobierno, despejando el camino para poder controlar a China por el resto de su vida. Y dejó en claro que en el comercio internacional, China sólo servía a los intereses del régimen—así de brutal.

La “fantasía de China” previó la dinámica exactamente equivocada: la integración china en el sistema internacional generó más autoritarismo, una estructura política más cerrada y un enemigo mucho más vengativo y poderoso para Occidente.

El ‘contrapeso de la India’

A fines de la década del 2000, cuando se hizo evidente que la “fantasía de China” se estaba derrumbando y que el creciente poder de Beijing y sus ambiciones geopolíticas eran motivo de preocupación, EE UU comenzó a buscar ayuda para restringir al dragón que había despertado. El poder militar y económico de la India, su ubicación geográfica, su estatus como la democracia más grande del mundo y su rivalidad histórica con China hicieron que pareciera la nación perfecta para el trabajo.

Para convertir a la India en un contrapeso de seguridad ante China, la administración Bush comenzó a vender a la nación preciada tecnología nuclear. Los defensores del control de armas condenaron la decisión, pero la posibilidad de tener una India fuerte como baluarte democrático para China era demasiado atractivo, por lo que las ventas continuaron. El gobierno de Obama continuó el cortejo, expandiendo los lazos comerciales entre EE UU y la India, e impulsó aún más la cooperación de seguridad.

El optimismo occidental por la teoría abundaba. Quizás fue mejor articulada por la ‘Heritage Foundation’ en 2011: “El complejo desafío presentado por una China en ascenso, inevitablemente impulsará a EE UU e India a aumentar los lazos y la cooperación en una amplia gama de sectores en los próximos años”.

Pero en 2014, el principal socio de China, Rusia, anexó ilegalmente a Crimea, y el presidente Obama dijo que las naciones del mundo estaban “muy unidas” al ver la medida como ilegal. Y después de todo lo que los gobiernos de Bush y Obama habían hecho para ganarse el favor de la India, la expectativa era que respaldaría la posición de EE UU.

En vez de eso, India sorprendió al mundo al unirse a China y apoyar a Rusia.

En los años posteriores, India ha desafiado cada vez más a Occidente y se ha inclinado hacia el eje Rusia-China: Se ha unido a la Organización de Cooperación de Shanghái liderada por China, ha comprado grandes cantidades de armas rusas en violación de las sanciones de EE UU y ha llevado a cabo una serie de ejercicios militares con Rusia y China. Y el primer ministro indio, Narendra Modi, ha sostenido una serie de reuniones personales importantes con Putin y Xi, lo que el Diplomat llamó una señal de “cambio monumental con respecto al status quo posterior a la Guerra Fría”.

Con cada una de estas compras, entrenamientos de guerra y reuniones, se hace más claro que la teoría del contrapeso de la India se ha hundido.

“Declarando el fin desde el principio”

Muchas otras hipótesis, teorías y modelos predictivos del futuro de los acontecimientos mundiales se han puesto de moda en las últimas décadas. La teoría del consenso moral, el imperialismo petrolero, la unificación voluntaria, la teoría de la industrialización por sustitución de importaciones, la teoría del neo-otomanismo y la democracia islámica, la teoría de la paz democrática, el reinicio ruso, el ajuste estructural y la lista continúa.

Todas han sido posteriormente desacreditadas por el curso de los eventos actuales, y han sido enterradas en el cementerio de pronósticos geopolíticos fallidos. Incluso las mejores y más brillantes mentes de la humanidad constantemente fallan en predecir el curso de los asuntos mundiales.

Pero hay alguien que revela de manera confiable lo que viene.

Isaías 46:9-10 cita al Dios Creador haciendo una declaración extraordinaria: “... Yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero”.

A diferencia de los hombres cuyas predicciones generalmente envejecen como la leche, Dios sabe exactamente lo que está en el horizonte de los asuntos globales. Él puede decir algo y luego miles de años después lo hace realidad. Y en Su manual de instrucciones para la humanidad, la Santa Biblia, ofrece una extraordinaria cantidad de detalles con respecto a naciones específicas actuales y cómo interactuarán entre ellas. Él da una guía para las relaciones internacionales en el tiempo del fin.

Alguien que estudia la profecía bíblica nunca habría creído el pronóstico de contrapeso de la India porque Ezequiel 38 (usando nombres antiguos para la India moderna), dice que la nación finalmente se asociaría no con EE UU, sino con Rusia y China. (Vea “¿Menciona la Biblia a la India?”)

Tampoco habría creído la “fantasía de China”, porque Lucas 21 revela que durante los “tiempos de los gentiles”—la era del tiempo del fin cuando China y otras naciones no israelitas dominan los asuntos mundiales—estarán “desfalleciendo los hombres por el temor”. Esta no es una nación cuyo ascenso debería haberse acelerado y celebrado. (Vea el artículo de Gerald Flurry, “El colmo del gobierno del hombre sobre el hombre” en laTrompeta.es.)

Un lector de las profecías bíblicas también hubiera evitado dormirse por el “fin de la historia”. Numerosos pasajes bíblicos pronostican una tercera guerra mundial que se peleará con armas nucleares y hará que todas las guerras previas de la humanidad parezcan escaramuzas en un patio de recreo. Mateo 24:21-22 declara, “Porque habrá gran angustia, más que en cualquier tiempo desde que el mundo comenzó. Y nunca será tan grande otra vez. De hecho, a menos que ese tiempo de calamidad se acorte, ni una sola persona sobrevivirá” (New Living Translation). Esta guerra será por mucho el capítulo más sangriento en la historia de la humanidad, y en el período previo a esta tribulación, acontecimientos históricos como el 11 de septiembre y Crimea no deberían sorprendernos. (Solicite una copia gratuita del folleto del Sr. Flurry El Armagedón nuclear está ‘a las puertas’.)

Un estudio de la Biblia muestra que un tercio de ésta es profecía. Alrededor del 90% de esas profecías se refieren a nuestra era moderna. Las noticias de mañana sobre EE UU, Gran Bretaña e Israel, las naciones de Europa, Oriente Medio y Rusia, China e India, ¡ya se han escrito!

Estas profecías son inspiradas por el Dios omnisciente, y su precisión es asombrosa. Numerosas profecías específicas ya se han cumplido, demostrando tanto la existencia del Dios Todopoderoso como también que la Biblia fue divinamente inspirada. Y estas profecías cumplidas deberían darnos fe en la precisión de los pronósticos que aún no han sucedido.

El lenguaje de las Escrituras a veces suena arcaico para el oído moderno, y el simbolismo en la profecía a veces es oscuro. Incluso muchas personas que creen que la Biblia es la Palabra de Dios piensan que la profecía está tan codificada y es tan misteriosa que no se puede comprender.

Pero la profecía se puede entender. Usted puede saber cuándo son los “últimos días”, y quiénes son “Rosh”, “Magog”, “Cus”, “Asiria”, “Efraín” y “Manasés”. Es por eso que estas profecías han sido escritas. Es por eso que han sido milagrosamente preservadas por miles de años.

El Dios de la Santa Biblia cumple Sus promesas, incluidas Sus profecías. Él es un Dios que llega hasta el final. “Dios es el creador de la profecía”, escribe el editor jefe de la Trompeta, Gerald Flurry, en su folleto Daniel Unlocks Revelation (Daniel descifra el Apocalipsis, disponible en inglés). “El Padre tiene una profunda comprensión profética que ningún otro ser tiene”.

El Sr. Flurry continúa explicando que cuando estudiamos la profecía, debemos honrar al Padre que la origina y la revela. Debemos recordar que todos los eventos geopolíticos profetizados apuntan principalmente al amor de Dios, al pronto regreso de Jesucristo y a la Familia de Dios. “¡La profecía no tiene ningún beneficio si no tiene el amor de Dios!” escribió él. “Sin amor, entender toda la profecía del mundo no significa nada. (…) ¡Cristo vendrá y gobernará para siempre! Eso es por lo que debemos entusiasmarnos más que nada (…) Nuestro enfoque debe estar en conocer a Dios…”. 

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