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ISTOCK.COM/FORTGENS

El 11-S y la hermosa humildad

En medio del terror y la tragedia, algo profundamente maravilloso puede surgir.

Esa mañana, antes de que cualquiera de nosotros supiera lo que estaba pasando, estadounidenses aterrorizados llamaban a sus familias desde aviones de pasajeros, diciendo que habían sido secuestrados. Los negocios y planes de la mañana, las intenciones para el resto del día —y el resto de sus vidas— se habían disuelto.

En esos últimos momentos en aquellos aviones, muchos, si no todos, experimentaron claridad. Había en ellos anhelo de sobrevivir, y aceptación de que sus vidas probablemente no pasarían de ese día. También experimentaron claridad respecto a lo que importa en la vida. En el terror, las preferencias, irritaciones, discusiones y vanidades se disolvieron. En aquellas llamadas telefónicas, les dijeron a sus seres queridos “Te amo”. En la calamidad, vieron lo que más importaba, y lo que no.

Luego, a las 8:46 a.m., los golpes de martillo comenzaron a sacudir a la nación. El vuelo 11 de American Airlines se estrelló en la Torre Norte del World Trade Center de la ciudad de Nueva York, matando a las 92 personas a bordo y a un sinnúmero dentro del edificio. En minutos, las pantallas de televisión por todo el país y el mundo se llenaron con imágenes del humo que salía de la torre. Todas las cámaras en Manhattan estaban fijas en la tragedia, y millones de televidentes absortos trataban de encontrarle sentido a lo que estaban presenciando. La horripilante respuesta se hizo más clara minutos después, cuando a las 9:03, el vuelo 175 de United Airlines entró a la escena. El incendio del impacto mató a los 65 pasajeros y a muchos más dentro de la Torre Sur.

Estados Unidos estaba bajo ataque.

A medida que los agonizantes minutos pasaban, más conmociones venían. A las 9:37, cinco terroristas volaron otro avión secuestrado, el vuelo 77 de American Airlines, al lado oeste del Pentágono, matando a las 64 personas a bordo y 125 trabajadores en el edificio. A las 9:59, la estructura de acero de la Torre Sur, reblandecida por el fuego intenso, provocó la caída de las columnas perimetrales. Los 30 pisos superiores del edificio comenzaron a caer con un peso aplastante y una fuerza creciente, pulverizando piso tras piso de la superestructura en un colapso que acabó con las vidas de 630 personas que aún estaban adentro. A las 10:03, un cuarto avión se estrelló en un campo en Pennsylvania, matando a las 44 personas en su interior; más tarde sabríamos que los pasajeros habían opuesto resistencia a los secuestradores, asegurando así estrellarse. A las 10:28, la Torre Norte colapsó, y perecieron 1.335 personas.

Un total de 2.977 personas fueron asesinadas en masa ese día. Y el mundo cambió.

El 11 de septiembre de 2001, fue un momento esclarecedor que humilló a EE UU y lo hizo reflexionar. La gente puso sus vidas en pausa. Observamos, lloramos, contemplamos, nos conectamos con la familia, nos aferramos a nuestros seres queridos; y tratamos de entender. Esa tarde, en el capitolio de la nación, los representantes de ambos sectores políticos se reunieron y se levantaron, unidos, tras el portavoz de la Cámara, quien le dijo a la nación: “Nos mantendremos unidos”. Después de un momento de silencio, espontáneamente cantaron “Dios bendiga a Estados Unidos”.

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Un bombero de la ciudad de Nueva York asiste al funeral de un capellán del departamento de bomberos muerto cuando las torres colapsaron.
(Crédito: Joe Raedle/Getty Images)

En las semanas siguientes, compartimos una pérdida común. Vimos la fragilidad de la vida. Nos dimos cuenta qué tan fácilmente somos distraídos y consumidos por trivialidades. Nos callamos —escuchamos— nos acercamos unos a otros. Esta monstruosa atrocidad causó un inmenso dolor, pero también un impulso para dejar a un lado vanidades insignificantes y volvernos más conscientes, más solidarios y más agradecidos. La nación, y en algún grado incluso el mundo, reconoció la realidad de que hay maldad allá afuera, y que, si estamos divididos, somos vulnerables. En mayor o menor medida, la gente se unió. Aumentaron los actos de caridad. Las banderas estadounidenses ondearon.

La catástrofe del 11-S incluso llevó los pensamientos de los estadounidenses hacia Dios. Por todas partes aparecieron carteles con mensajes religiosos. La asistencia a las iglesias aumentó dramáticamente. La gente hablaba mucho sobre oración, sanidad, perdón y fe.

Es trágico que se necesite una tribulación tan espantosa para volver nuestras mentes en esa dirección. Pero el hecho es que el sufrimiento nos trae claridad.

La última hora

Ese día cruel cambió a EE UU, pero tristemente, sólo por un tiempo breve. Después de algunas semanas, los estadounidenses siguieron adelante. La asistencia a las iglesias se redujo a como era antes; las distracciones, el materialismo, el derroche, la juerga y la división volvieron a rugir.

Qué dura es la naturaleza humana.

Los estadounidenses a duras penas y brevemente se volvieron a las iglesias, pero al no encontrar respuestas, se dieron media vuelta otra vez. Pero hay una Iglesia que puede responder exactamente por qué ocurrió el 11-S, y por qué en ese momento.

En mayo de 2001, el jefe de redacción de la Trompeta y Pastor General de la Iglesia de Dios de Filadelfia (idf), Gerald Flurry, dio un sermón en el cual dijo que el mundo había entrado a “la última hora” profetizada en 1 Juan 2:18. Él había dicho que el mundo estaba entrado a un tiempo más serio y peligroso que cualquier otro que hubiera experimentado antes. “Cuando esa última hora llegue, bueno, ya estamos en ella, su conclusión será cuando Jesucristo regrese a esta Tierra”. “Así que obviamente estamos muy cerca del regreso de Jesucristo. (…) Se trata de ‘no más tardanza’; se trata de aguantar este espantoso y horrible tiempo que viene sobre la Tierra. (…) Y es necesario que usted lleve la cuenta del tiempo. Dios nos está dando, creo yo, un reloj para que podamos llevar esa cuenta y motivarnos, y nunca olvidar (…) que estamos en esa última hora”.

Cuatro meses después, la Iglesia vio esa profecía confirmada en una forma dramática. Todo el mundo sabía que la humanidad había entrado a un tiempo más grave y peligroso.

Incluso mientras EE UU reaccionaba al 11-S y sus consecuencias, el Sr. Flurry pronosticó que la unidad no duraría y que la nación se volvería más débil porque no estaba abordando la causa fundamental del desastre. Cuatro días después de los ataques y de que los congresistas cantaran “Dios bendiga a EE UU”, él dijo en un sermón a los miembros de la idf: “¿Está Dios realmente bendiciendo a EE UU ahora? Pues, ciertamente no lo estaba haciendo el martes en la mañana, ¿verdad? (…) Hermanos, estamos viviendo en la última hora, y estamos en la agonía de la muerte de esta nación de Israel”.

¿Por qué permitió Dios que ocurriera el 11-S? “Diles: Vivo yo, dice [el Eterno] el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?” (Ezequiel 33:11).

Dios está abordando la causa fundamental de nuestro sufrimiento; no solo del 11-S, sino de todo el sufrimiento. ¡Él está tratando de volvernos de nuestros malos caminos! “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:6).

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Miembros de la Fuerza de Tarea de Búsqueda y Rescate de Puerto Rico despiden a un compañero bombero puertorriqueño muerto en el ataque terrorista.
(Crédito: Jose Jimenez/Primera Hora/Getty Images)

Dios sencillamente podría olvidarse de nosotros y dejarnos en el sufrimiento que el mal trae sobre nosotros mismos y sobre otros. Él podría dejarnos vivir nuestras vidas revolcándonos en nuestros propios vicios y gratificando nuestro propio egoísmo hasta convertirnos en individuos y en una sociedad que está más allá de toda esperanza.

O podría corregirnos, forzarnos a una claridad absoluta y llevarnos al arrepentimiento de nuestros males.

Si el 11-S no lo hace, Dios procederá a castigos más duros. Y la Biblia profetiza que eso es lo que ocurrirá.

Gran Tribulación

Jeremías 25:31 “Hasta los confines de la tierra llegará un ruido; porque [el Eterno] tiene controversia contra las naciones, él rogará a toda carne…” (vkj). ¿Cómo rogará Él? En este momento, Él lo está haciendo con palabras, con la obra detrás de la Trompeta, dirigida por Gerald Flurry. Es un ruego pacífico, como las palabras que usted está leyendo justo ahora.

Pero no siempre será así. Jeremías continúa: “Entregará los impíos a espada, dice [el Eterno]. Así ha dicho [el Eterno] de los ejércitos: He aquí que el mal irá de nación en nación, y grande tempestad se levantará de los fines de la tierra” (versículos 31-32).

Este mundo está a punto de experimentar un tiempo de caos sin precedentes. Un montón de cientos, incluso miles de 11-S.

El profeta Daniel lo describió así: “Será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces…” (Daniel 12:1). El profeta Jeremías también lo hizo: “¡Ah, cuán grande es aquel día! tanto, que no hay otro semejante a él; tiempo de angustia para Jacob…” (Jeremías 30:5-7). Él lo llama “angustia para Jacob” porque caerá con más fuerza sobre los descendientes modernos de Jacob, quien luego se llamó Israel, principalmente EE UU y Gran Bretaña.

Jesucristo Mismo también profetizó sobre este tiempo de castigo sin paralelo. Dentro de Su profecía sobre el fin de esta presente era maligna y las señales de Su retorno, Él dijo: “Porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá” (Mateo 24:21).

Recuerde la conmoción, minuto tras minuto, del 11-S. Un golpe tras otro, y tras otro. Recuerde la sensación de saber que había tantos otros aviones aún en el aire y no saber cuántas ciudades más serían atacadas, hasta dónde se extendería el terror, cuándo o cómo terminaría.

Ahora imagine no solo un puñado de terroristas, ¡sino a potencias mundiales soltando aviones de guerra, buques de guerra y misiles balísticos con ojivas químicas, biológicas y nucleares! ¡Imagine explosiones nucleares golpeando ciudad tras ciudad! ¡Imagine las cifras de muertes subiendo a cientos de miles, incluso millones!

El trauma de esa destrucción sería incomprensible, indescriptible.

Aceptando la corrección

Dese cuenta de esto: Dios no corrige más de lo que tiene que corregir. ¡La única razón por la que todos los horrores de la Tribulación son necesarios es porque la humanidad es tan dura e incorregible! Pero muchas profecías de la Biblia muestran que a medida que estos traumas aumentan, más y más personas se rendirán ante Dios y abandonarán su maldad. En el momento en que lo hagan, ¡Dios los protegerá de más castigo!

¡Dios no se complace en la muerte del impío! Él es un Padre amoroso, y simplemente no dejará que Sus hijos se vuelvan tan completamente al mal que nunca puedan volver atrás. Vale la pena el castigo para que pueda volver a la gente hacia Él, y finalmente darles la vida eterna.

Por muy traumáticos que sean los eventos de la Tribulación, también servirán para un tremendo propósito, uno que no se lograría con nada menos.

El 11-S cambió brevemente la manera en que los estadounidenses piensan y ven sus vidas diarias. ¡La próxima Tribulación tendrá un efecto a nivel mundial, y aumentará en severidad cientos o miles de veces!

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Los estudiantes de secundaria de Nueva York recuerdan el 11 de septiembre en su 16º aniversario.
(Crédito: Jewel Samad/AFP/Getty Images)

Ese sabor de sobriedad y humildad que los estadounidenses demostraron después del 11-S será superado con creces por sus actitudes después de la Gran Tribulación. Ese sufrimiento creará en todo el mundo —en todos los que sobrevivan— una hermosa capacidad para aprender lo que vendrá después.

Los descendientes modernos de Israel, incluyendo a los estadounidenses, emergerán de la destrucción y el cautiverio de la Tribulación. ¡Dios los liberará con mano poderosa! “He aquí yo los hago volver de la tierra del norte, y los reuniré de los fines de la tierra, y entre ellos ciegos y cojos, la mujer que está encinta y la que dio a luz juntamente; en gran compañía volverán acá. Irán con lloro, mas con misericordia los haré volver, y los haré andar junto a arroyos de aguas, por camino derecho en el cual no tropezarán; porque soy a Israel por padre, y Efraín es mi primogénito. Oíd palabra de [el Eterno], oh naciones, y hacedlo saber en las costas que están lejos, y decid: El que esparció a Israel lo reunirá y guardará, como el pastor a su rebaño” (Jeremías 31:8-10).

Esos horrores habrán suavizado sus corazones, y finalmente estarán listos para escuchar a Dios. Eso es todo lo que Dios siempre ha querido, que sus corazones se vuelvan a Él. Es casi imposible captar la severidad del castigo que se necesita; pero al final, ¡Dios los alcanzará!

Incluso aquellos que han sido muertos (tanto en el 11-S pasado como en los 11-S por venir) serán resucitados. Aun después de haber sucumbido a la muerte física, su amoroso Padre finalmente los resucitará y les ofrecerá el arrepentimiento. ¡Y la gran mayoría de ellos, también, estarán dispuestos!

Imagínese ver a los heridos, traumatizados, quebrantados y esqueléticos saliendo de la Tribulación o quizás de la resurrección. Ellos han visto el terror. Ellos han sentido el horror. ¡Pero finalmente estarán dispuestos a someterse a su Creador! Y Él sanará sus traumas físicos y mentales incurables.

Imagínese ver a Dios lleno de alegría por su arrepentimiento. Imagínese ver la mirada en los ojos de tan sólo una persona cuando se dé cuenta que su Creador está dándole esperanza para el futuro. Luego multiplique eso por millones y miles de millones de personas.

“¿Puede usted reconocer cuando Dios está tratando de alcanzarle?”, escribió Gerald Flurry. “¿Conoce lo suficiente acerca de Dios para saber dónde está Él hablando? La Biblia es Jesucristo en forma impresa, y sólo hay un lugar en la Tierra donde puede escuchar el mensaje completo que Él está hablando. Usted no puede escapar de la Tribulación venidera a menos que sepa dónde está hablando Dios y luego atienda el mensaje que está entregando Su pueblo” (la Trompeta, mayo de 2019).

Dios permitió esa espantosa calamidad, y lo hizo por una razón. Usted necesita recordar ese día. Pregúntese honestamente, ¿aprendí la lección, enseñada a tan alto costo? Dios permitió el 11-S, no por crueldad, sino por amor. Él nos está advirtiendo de la gravedad de este tiempo, esta última hora. Y Él nos está enseñando a arrepentirnos. ▪

Boletín, AD