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Destino manifiesto

JULIA HENDERSON/LA TROMPETA

Destino manifiesto

El propósito de Estados Unidos

No hay nada igual como la forma en que la luz irrumpe sobre este país. La vasta oscuridad se aclara y se disipa, definiéndose en los dorados del amanecer.

El cielo matutino, mundo de vapores, tormentas, truenos y nevadas, se extiende hacia adelante. El amanecer destella un millón de veces sobre las grandes y anchas aguas en la superficie. Ilumina costas rocosas y tierra seca: bahías, playas, pantanos, desembocaduras, campos y lechos de arroyos. Los manantiales descienden por las colinas, pasan sobre las piedras, llegan hasta los prados, pastizales y tierras vírgenes, y se filtran a través del suelo fértil, la arena y el granito hasta los cimientos de las montañas y sus cámaras y cavernas.




El día se abre paso a través de la red de ramas, vástagos y tallos hasta el suelo de los bosques, entre las hierbas ondulantes y las llanuras cultivadas con hojas, hierbas, pétalos, semillas, brotes, tallos, matorrales y arboledas. Se vuelven hacia la luz. Y las aves hacen sus nidos, los peces se ocultan entre los juncos y todas las bestias beben. Desde los reptiles hasta los gigantes, algunos se recuestan en sus guaridas, otros se recuestan para volver al polvo.

El amanecer revela una gran disposición, diseñada inteligentemente como morada para el hombre.

Un pueblo

Los hombres de este país se levantan antes del amanecer. Ven esa luz, observan esos cielos, conocen la tierra y lo que ella produce. Ven la providencia de todas estas cosas y saben de dónde proceden.

Seis días salen a sus labores y a su trabajo hasta la tarde, cultivando cosechas, criando animales y construyendo edificios. En las laderas orientadas al sur hay jardineros y agricultores. En la sombra y en la oscuridad hay leñadores y mineros del metal. Topógrafos, ingenieros, fundidores, cargadores de mercancías, transportistas, navegantes, fabricantes de herramientas, diseñadores, capitanes, apiladores de trigo y molineros de grano palanquean, taladran, empalman, atan, estampan, sujetan, sueldan, generan, clasifican, registran, embalan y siembran.

Sus hijos alimentan a los rebaños, techan los graneros, manejan la maquinaria, aprenden sus mapas, sus ecuaciones y sus instrumentos. Sus esposas e hijas están junto a las cunas, los hogares, las estufas, los fregaderos, los escritorios, los corrales, los gallineros, las bibliotecas, las escuelas, los lechos de enfermos y las tumbas.

Construyen sus ciudades. Aprenden arquitectura, comercio, historia natural, pintura, poesía y escultura. Recuerdan su herencia: los peregrinos, los patriotas, los héroes que amaron a su país más que a sí mismos. Conservan sus tradiciones. Honran a sus padres.

Son un país, una nación, un pueblo, una familia grande, coronada con la bendición de la hermandad.

Los vecinos hablan con los vecinos. Los desconocidos saludan con la mano. Los hombres abren las puertas. Compradores y vendedores se ponen de acuerdo. Dueños y trabajadores aportan mutuamente. Los líderes son sabios y comprensivos. Y los hombres saben que son creados iguales y que en seis días harán toda su obra, y en el séptimo honrarán al Creador de la luz, de las aguas y del firmamento, de la tierra seca y de las plantas, de las lumbreras celestiales, de las aves y de los peces, de las bestias y de los reptiles, y de las generaciones del hombre.

No se glorían en sí mismos, ni en sus ciudades, ni en sus ejércitos, sino únicamente en su Creador.

Entre ellos persisten disputas, engaños, injusticias, empobrecimientos, contaminaciones, egoísmo y pecado. Pero siempre van en busca de la felicidad, como dijo uno de sus poetas, por senderos a través de la espesura del pensamiento, para enmendar sus defectos, para convertir sus éxitos en nobleza, para hacer divinas sus ganancias, para afirmar su espíritu en el dominio propio y sus libertades en el cumplimiento de la ley.

¿Dónde está este país? ¿Quién es este pueblo?

¿Es este nuestro pueblo, en el año 250 de la independencia de Estados Unidos?

Un destino

Este era nuestro destino. Nuestros Padres Fundadores soñaron que sus padres habían aprendido subsistencia y piedad para que ellos pudieran aprender la guerra y la ley natural, para que sus hijos pudieran aprender la política y la virtud cívica, para que sus hijos pudieran cultivar las artes y las letras, para que sus hijos pudieran tener la esperanza de aprender de alguna manera, y quizás alcanzar, el propósito para el cual el hombre fue creado.

Esta es la luz de la esperanza. Este es el sueño patriótico.

No es meramente un sueño de resistir parcialmente a los depravados, expulsar a algunos de los intrusos, encarcelar brevemente a los incorregibles, hacer y deshacer nuestras alianzas, combatir esporádicamente contra los carniceros, amenazar a tirones a nuestros rivales y proclamar audazmente que nos pondremos a nosotros mismos primero.

No es meramente el resplandor de las celebraciones de aniversario, por emocionantes que puedan ser: exposiciones de historia a bordo de camiones, tráileres y aviones de propulsión; servicio voluntario; concursos cívicos; excursiones; cuentacuentos; conciertos; carreras; fiestas vecinales; desfiles; exhibiciones aéreas; veleros; recreaciones históricas; ceremonias y funerales bajo la bandera de las franjas y las estrellas.

Las celebraciones del semiquincentenario de 2026 son un barniz brillante en rojo, blanco y azul sobre una sociedad de confusión, división, subversión, perversión, odio y autodestrucción: una sociedad en la oscuridad que ha olvidado y peca contra el Dios que la creó y la bendijo.

Eche un vistazo a algunas de estas festividades tan bien producidas del “Estados Unidos 250” y use por un momento su imaginación. Imagine a esas multitudes bajo esos fuegos artificiales cumpliendo las leyes civiles y los Diez Mandamientos. Imagínelos no sólo leyendo sobre los días nacionales de humillación, oración y ayuno, sino también participando en ellos. Imagine que esos niños de primaria que miran con los ojos bien abiertos las exhibiciones de la Constitución regresan a casa con sus padres, quienes están dedicados a sus madres, quienes a su vez están dedicadas a que sus hijos aprendan las leyes de la naturaleza y del Dios de la naturaleza.

¡Imagine que EE UU ve su destino porque ve a su Dios!

El destino de EE UU les fue claramente manifestado a nuestros antepasados, no en Filadelfia, sino en Canaán y en Sinaí.

Una ley

El mismo Dios que renovó la superficie de la Tierra en seis días y descansó en el séptimo llamó a Abraham, Isaac y Jacob (Israel) a creer y obedecerle, prometiéndoles que sus descendientes llegarían a ser tan numerosos como el polvo de la Tierra, llegarían a ser una nación y un conjunto de naciones, tendrían poder sobre sus enemigos, engendrarían reyes y se extenderían al oeste y al este, al norte y al sur. Estas eran promesas que definirían la civilización mundial.

El mismo Dios que prometió grandeza nacional a los hijos de Israel los llevó después en multitudes al monte Sinaí para entregarles la propia ley del Creador, los mandamientos que esclarecen la vida humana, las relaciones y el gobierno; que evitarían billones de engaños, robos, divorcios, asesinatos, orfandades, opresiones, empobrecimientos, enfermedades y conflictos (véase Éxodo 19-20).

Él prometió que si guardaban esta ley y “diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa…” (Éxodo 19:5-6).

“Mirad, yo os he enseñado estatutos y decretos, como [el Eterno] mi Dios me mandó, para que hagáis así en medio de la tierra en la cual entráis para tomar posesión de ella”, dijo Moisés al pueblo antes de morir. “Guardadlos, pues, y ponedlos por obra; porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta” (Deuteronomio 4:5-6; véase también Deuteronomio 7:6-8; 26:18-19).

¿Le resulta familiar esto? Una nación distinta a cualquier otra, protegida por Dios, enriquecida por Dios, fortalecida por Dios y enseñada en las leyes y principios de Dios. Una nación bendecida, más allá de toda circunstancia, más allá de toda comparación, no por sí misma ni por su propia justicia, sino bendecida a pesar de sí misma, con el propósito de ser un ejemplo y una bendición para otras naciones. (Véase Deuteronomio 7-9; Ezequiel 36; John Winthrop 1630, George Washington 1789; Abraham Lincoln 1863, etcétera). Una nación de pie ante los ojos de las demás naciones.

Una ciudad sobre un monte.

Lo que fue cierto de Israel fue y es cierto de EE UU porque los israelitas son los antepasados de los estadounidenses.

Nacionalismo del Dios de Israel

El excepcionalismo estadounidense no se trata de los estadounidenses: ¡se trata exclusivamente del Dios de los estadounidenses!

Esta es la verdadera razón por la cual su corazón se llena de devoción, asombro y orgullo cuando ve a Washington; cuando lee a Jefferson y a Madison, o a John y Abigail Adams; cuando mira grabaciones en blanco y negro de soldados estadounidenses en el barro; cuando escucha las 24 notas de “Taps”. En medio de los fracasos y pecados de nosotros los estadounidenses, y a pesar de ellos, permanecen los hermosos, imperecederos, preciosos y perfectos principios del Creador de toda la humanidad.

El sueño patriótico de “America the Beautiful” [Estados Unidos hermoso] no es un aumento del producto interno bruto, del ingreso disponible y del orgullo. Son ciudades de alabastro resplandecientes, “sin opacar por las lágrimas humanas”. Este es el sueño de nuestros padres: unos Estados Unidos que cumplen su propósito, unos Estados Unidos que cumplen su destino.

Este no es un nacionalismo del dinero en efectivo, ni un nacionalismo del rock and roll, ni un nacionalismo de aviones furtivos. Este es un nacionalismo de los Diez Mandamientos, de la oración matutina, de la cena en familia y del Dios Creador. Este es el nacionalismo del Dios de Israel.

Este es el “sueño patriótico” de nuestros antepasados y, de hecho, de los antepasados de ellos: un pueblo, una nación, un ejemplo que muestra para lo que los seres humanos fueron creados.

¿Dónde está ese país? ¿Es una ficción? ¿Quién es ese pueblo? ¿Son solamente un sueño?

El pueblo de esta visión no son nuestros antepasados israelitas. No son nuestros antecesores colonos del siglo xvii, aunque los honramos por haber renunciado a todo para tratar de establecer el gobierno del Creador en la tierra. No son los estadounidenses de 1776 ni los de 2026.

Pero son reales. Son el futuro. Estados Unidos 300, por así decirlo.

A diferencia de otros pueblos, el pueblo angloestadounidense se benefició de los mandamientos y principios dados directamente por el Creador: el Estado de derecho, las relaciones de pacto, la administración de justicia, los poderes limitados y separados, la propiedad personal, la sumisión a Dios a través de Sus jueces y reyes. A lo largo de la historia de la humanidad, hemos conservado algo y perdido mucho de lo que recibimos. Recientemente, hemos construido un nuevo gobierno, asentando su fundamento y organizando sus poderes en la forma que nos pareció más adecuada que produjera nuestra seguridad y felicidad, más adecuada para formar una unión más perfecta, establecer la justicia, asegurar la tranquilidad, proveer la defensa común, promover el bienestar general y asegurar las bendiciones de la libertad para nosotros mismos y nuestra posteridad.

Implícito en nuestra fundación estaba el hecho de que sólo el Creador, el Dios de la naturaleza, el Juez Supremo del mundo y Su divina providencia pueden gobernar correctamente a los seres humanos, y Él no lo está haciendo directamente en la actualidad. Así que procedimos con un gran experimento en materia de gobierno.

El experimento habría abortado de inmediato de no ser por los repetidos milagros que lo prolongaron: las grandiosas disposiciones de geografía y los recursos de Norteamérica; el inexplicable nexo de los grandes hombres de intelecto y carácter que existieron en el mismo lugar al mismo tiempo con la misma causa en 1776; los milagros en las batallas de Trenton, Princeton, Saratoga, Yorktown, Nueva Orleans, Gettysburg, Midway, Normandía; los milagros de población; los milagros de economía y finanzas; los milagros de industria e invención; los milagros que afectaron al armamento del enemigo y a la puntería del asesino.

Sin embargo, aun con todas estas ventajas, este experimento, esta ciudad sobre una colina, es el ejemplo opacado, triste y vergonzoso que el mundo ve hoy. Y la culpa es nuestra, del pueblo.

A pesar de nosotros mismos, estamos demostrando al mundo que todos los pueblos y todas las naciones son, y por derecho deben ser, súbditos directos del Creador del cielo y de la tierra, obedientes a las leyes de la naturaleza y del Dios de la naturaleza.

Generaciones de rebelión y pecado han alejado a los estadounidenses del Dios de Israel. El arrepentimiento nacional es algo difícil de imaginar incluso para los más visionarios de los estadounidenses.

Sin embargo, hay esperanza.

El Dios de la creación, el Dios de la Biblia, bendijo a Israel con oportunidades y la maldijo por su desobediencia, no solamente para castigarla, sino para mostrar a todos los pueblos y naciones que el pecado contra la ley de Dios conduce a la destrucción; que el pecado, de hecho, es destrucción.

El Dios de Israel bendijo a Estados Unidos de Norteamérica con el cumplimiento de las bendiciones que prometió a Abraham, Isaac, Jacob y los hijos de Israel. Mostró la monumental magnitud de lo que significa que el Creador de la humanidad diga: “Te multiplicaré en gran manera”. Pero hemos tomado Sus bendiciones físicas de riqueza y poder, y nos hemos apartado a nosotros mismos, a nuestros hijos y a las naciones del cumplimiento de Sus leyes. Debemos ser maldecidos por nuestra desobediencia, por nuestro propio bien y por el bien de las naciones.

La Biblia profetiza esto. Pero también profetiza otra cosa. El Dios Creador, el Dios de Israel aún no se dará por vencido con nosotros. No sólo salvará a todas las naciones del suicidio de destrucción masiva, sino que aún elegirá a las naciones de Israel para que cumplan su propósito como naciones ejemplares, a pesar de sí mismas. Vendrá literalmente a la Tierra para gobernar directamente a las naciones y a los hombres, como sólo Él puede hacerlo. Él hará de nosotros un buen ejemplo ante los ojos de las naciones.

Y un día, algún día, ante los ojos de todas las naciones, el sol saldrá sobre este país, y nuestro pueblo obedecerá al Dios de Israel, será un pueblo sabio y entendido, y guiará a la humanidad hacia su Creador.

ESTADOS UNIDOS Y GRAN BRETAÑA EN PROFECÍA

La gente del mundo occidental estaría sorprendida y boquiabierta, ¡si lo supieran! Los gobiernos de Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Australasia y África del Sur pondrían en marcha gigantescos programas de protección, ¡si lo supieran! ¡Ellos podrían saberlo! ¡Pero, no lo saben! ¿Por qué?