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Dejen que las piedras y la ciencia hablen

(Brent Nagtegaal/Dejen que las piedras hablen/Cortesía del patrimonio de la Dra. Eilat Mazar)

Dejen que las piedras y la ciencia hablen

¿Cómo hemos llegado al punto en que muchos arqueólogos consideran que utilizar la historia bíblica es una reliquia de una época pasada de la investigación arqueológica?

Hace unas semanas, encontré un pequeño libro azul. Estaba moviendo cajas dentro del desordenado despacho de la difunta Dra. Eilat Mazar, que, aparte de un par de computadoras portátiles, probablemente tenía el mismo aspecto que cuando lo ocupaba el abuelo de Eilat, el profesor Benjamin Mazar, eminente arqueólogo y ex presidente de la Universidad Hebrea.

Los escritorios, estanterías, cajones y armarios metálicos estaban cubiertos y llenos de libros, informes finales de excavación, carpetas, notas de campo, fotografías, mapas de excavación e incluso cajas de artefactos inéditos, todo representaba dos vidas de trabajo científico. Pero este pequeño libro azul me llamó la atención.

Las páginas estaban dobladas en una esquina, arrugadas y descoloridas tras décadas de dedos polvorientos que pasaron por éstas, una y otra vez, haciendo tantos subrayados y anotaciones manuscritas a lápiz y en tinta azul y negra, que gran parte de la letra era difícil de leer.

Era un ejemplar del Tanaj, la Biblia hebrea. En el interior de la portada figuraban dos nombres: Benjamin Mazar y Eilat Mazar.

Trabajé con la Dra. Mazar durante más de 15 años. Ella me había contado suficientes anécdotas sobre su abuelo como para saber que había heredado de él la costumbre de subrayar y marcar, igual que en este libro; aunque ni ella ni él eran religiosos, la razón por la que dejaron una Biblia hebrea tan marcada es que ambos la utilizaron mucho como parte de su trabajo arqueológico. Aun así, me conmovió su evidente afecto por la Biblia.


Benjamin y Eilat Mazar [Cortesía del patrimonio de la Dra. Eilat Mazar].

Pensé en el consejo que el profesor Mazar le había dado a la Dra. Mazar, y que ella me había dado a mí: “Léala cuidadosamente [la Biblia] una y otra vez”, me dijo, “porque contiene en su interior descripciones de la auténtica realidad histórica”.

Estos dos científicos practicaron lo que predicaban durante casi un siglo. Entonces pensé: ¿Quién va a mantener vivo este trabajo?

Para el profesor Mazar, el uso de la Biblia era algo natural: era conocido por llevarla a todas partes. El uso de la Biblia por parte de la Dra. Mazar era natural. Pero el uso del registro bíblico no es natural para la mayoría de los arqueólogos modernos. El periodista Andrew Lawler escribió recientemente: “Hasta el final de su vida, ella siguió siendo una de las últimas científicas universitarias que excavaban con una pala en una mano y una Biblia en la otra, ansiosa por descubrir pistas sobre las personas y los lugares descritos en las Escrituras” (Aeon, 10 de diciembre de 2021).

Sin la Dra. Mazar, ¿cuál será el futuro de la arqueología bíblica?

‘Dejen que las piedras hablen’

Una de las frases más famosas de la Dra. Mazar era: “Dejen que las piedras hablen”. La utilizaba en casi todas las entrevistas y probablemente se la oí decir docenas de veces. En cierto modo, esto encarna a la perfección su enfoque arqueológico.

¿Qué quería decir ella con esto? Algunos de sus colegas sostenían que lo que revelan las piedras y los artefactos requiere interpretación, y obviamente así es. Entonces, ¿por qué seguía diciendo la Dra. Mazar: “Dejen que las piedras hablen”?

Los descubrimientos realizados en excavaciones rara vez se interpretan por sí mismos. Por lo general, el material descubierto en las excavaciones sólo proporciona una comprensión limitada. Lo mejor que la ciencia puede hacer por sí misma es informarnos sobre la cultura material de la gente: los tipos de vasijas que utilizaban, las armas con las que luchaban, las herramientas que empleaban para la industria. Mediante una excavación minuciosa, los arqueólogos pueden determinar cuándo fueron usados esos objetos. Si ellos saben eso, pueden datar la estructura en la que se encontraron. Todo esto es información arqueológica importante. Pero, a falta de registros y relatos históricos, nos dicen poco sobre la naturaleza más amplia, la cultura, la historia y el comportamiento de las personas que los utilizaron.

Por ejemplo, se han descubierto antiguos ídolos paganos en todo Israel, aunque han estado presentes en ciertos periodos de tiempo, también han desaparecido en otros. ¿A qué se debe esto? ¿Acaso los idólatras se volvieron ateos de repente? Si sólo tuviéramos en cuenta los ídolos, es imposible comprender el cuadro completo. Pero cuando se consulta el texto antiguo, se encuentran registros específicos de que un rey judío condujo a una generación de judíos a la idolatría, y la siguiente no sólo dejó de usarlos, sino que los erradicó del territorio casi por completo.

¿Cómo hemos llegado al punto en que muchos arqueólogos consideran que utilizar la historia bíblica es como usar una reliquia de una época pasada de la investigación arqueológica?

Sin un texto histórico, nuestra comprensión es incompleta y en gran medida conjetural. Con un texto histórico, nuestra comprensión es más completa, rica y precisa.

La Dra. Mazar destacaba explicando las relaciones de artefactos, edificios y piedras con la historia de la humanidad. ¿Por qué? Porque el texto antiguo en el que tanto se basaba Eilat era la mejor fuente disponible, científica e históricamente exacta para la tierra de Israel.

“La arqueología no puede sostenerse por sí misma como método muy técnico”, me dijo una vez Eilat. “En realidad es bastante primitiva sin el apoyo de los documentos escritos. Excavar la antigua tierra de Israel y no leer y conocer la fuente bíblica es una estupidez. No veo cómo puede funcionar. Es como excavar un yacimiento clásico e ignorar las fuentes griegas y latinas. Es imposible”.

La Dra. Mazar no consideraba que la Biblia fuera divina; de hecho, pensaba que algunos de sus registros podían estar sujetos a exageraciones o errores (como el griego, el latín y todas las demás fuentes históricas). Sin embargo, para ella y su abuelo, “no había ninguna duda de que la Biblia reflejaba la historia, [y] no había ninguna razón real para suponer, nunca, que lo que la Biblia nos cuenta no es una fuente histórica”.

La Dra. Mazar, no más devota que cualquier otro arqueólogo, no podía practicar la ciencia de buena fe sin recurrir a la historia bíblica. Le resultaba imposible descubrir ruinas y artefactos que obviamente coincidían con los registros bíblicos y fingir que no era así. Ella se esforzó por abordar su estudio con humildad, dejar a un lado los prejuicios personales, ignorar la presión de los compañeros y dar voz a la versión más verídica de lo que se había descubierto. Ella dejó que el texto histórico y el propio descubrimiento hablaran. Ella dejó que a las piedras hablaran.

Ella era, en una palabra, intelectualmente honesta. Y, sorprendentemente, eso la hizo controversial.

Uso y abuso del texto histórico

¿Cómo hemos llegado al punto en que muchos arqueólogos consideran que utilizar la historia bíblica es como usar una reliquia de una época pasada de la investigación arqueológica?

En el siglo XIX y principios del XX, cuando se inició el campo de la exploración arqueológica en el Oriente Medio, la mayoría de los científicos eran firmes creyentes en la Biblia. El arqueólogo G. Ernest Wright escribió en Biblical Archaeology (1957) [Arqueología Bíblica]: “La Biblia, a diferencia del resto de la literatura religiosa del mundo, no se centra en una serie de enseñanzas morales, espirituales y litúrgicas, sino en la historia de un pueblo que vivió en una época y un lugar determinados” (énfasis añadido).



[Brent Nagtegaal/Deje que hablen las piedras/Cortesía del patrimonio de la Dra. Eilat Mazar] .

Sin embargo, muchos de los primeros arqueólogos se precipitaron al relacionar sus descubrimientos con la Biblia. Se cometieron errores. Un arqueólogo situó las bíblicas Sodoma y Gomorra al sur del mar Muerto en lugares que databan de una época equivocada; otro halló pruebas de una antigua inundación local en Mesopotamia y afirmó que había encontrado pruebas del diluvio bíblico. Aunque exploradores del siglo XIX como Edward Robinson eran sorprendentemente precisos en la localización de lugares bíblicos, su capacidad para datar sus hallazgos era extremadamente limitada.

No fue hasta la década de 1930 cuando los arqueólogos mejoraron la precisión de las dataciones, sobre todo gracias a las excavaciones de William Foxwell Albright en Tel Beit Mirsim, así como también el trabajo de Wright. Ellos fueron capaces de relacionar los cambios en los estilos cerámicos con el paso del tiempo. En la década de 1950, los arqueólogos disponían de métodos científicos mejorados y eran capaces de poner a prueba las interpretaciones y conclusiones de los primeros fundamentalistas, algunas de las cuales demostraron estar equivocadas.

Los nuevos arqueólogos, muchos de los cuales eran escépticos de la Biblia, afirmaban que los primeros arqueólogos estaban equivocados porque se basaban en la Biblia. Identificaban la Biblia como la razón principal de los errores de interpretación. Su razonamiento era más o menos el siguiente: Los primeros arqueólogos utilizaron la Biblia y eso les hizo cometer terribles errores. Por lo tanto, no debemos utilizar la Biblia en nuestra práctica de la arqueología.

Pero este razonamiento no es lógico. La Biblia no fue responsable de esos errores de datación y denominación. El problema lo tuvieron los que interpretaron la arqueología y la historia bíblica.

Sin embargo, hoy en día este sesgo antibíblico está firmemente arraigado. Un comentario sobre el mundo bíblico publicado el año pasado destacaba este cambio, afirmando que los libros bíblicos relativos a los reyes de Judá e Israel no deberían considerarse una fuente histórica primaria. “En 1982, todavía era posible escribir, en relación a la edad de Hierro iib, que las ‘fuentes primarias de conocimiento para el período de la monarquía dividida en Judá e Israel (…) son los libros de la Biblia, complementados por inscripciones contemporáneas y por los resultados de las excavaciones’. Esta afirmación”, escribió James E. Harding, “parece ahora ingenua” (The Biblical World [El Mundo Bíblico], segunda edición).

¿Es el punto de vista antibíblico que ahora domina este campo el resultado de un hecho científico? ¿O es una función del mismo sesgo antibíblico que ahora se extiende por la educación, la política y otros campos de la ciencia, desde la microbiología a la astronomía?

“Hoy en día es muy común desechar las frutas frescas con las podridas”, escribe el profesor de la Universidad Hebrea Yosef Garfinkel en Debating Khirbet Qeiyafa [Debatiendo Khirbet Qeiyafa]. “Esto forma parte del ámbito mucho más amplio de los desarrollos intelectuales formulados en Occidente durante las últimas décadas del siglo XX. Hoy nos encontramos en una era posmoderna y deconstructiva. Todo es relativo, no hay correcto ni errado, y los enfoques contradictorios son todos legítimos”.

El profesor Garfinkel ha visto de primera mano cómo esta visión de la posverdad está infectando la arqueología bíblica. Garfinkel excavó en Khirbet Qeiyafa, un yacimiento de la época davídica situado entre Jerusalén y Gaza. Su motivación para excavar en Khirbet Qeiyafa no tenía nada que ver con la Biblia ni con intentar probar el relato bíblico del rey David. De hecho, ni siquiera pensaba en David.

Sin embargo, a medida que avanzaban las excavaciones y se descubrían restos de 3.000 años de antigüedad, todos los marcadores étnicos y políticos apuntaban a que Judá controlaba este lugar.

El profesor Garfinkel se enfrentaba a una decisión por tomar. Aunque no se había propuesto “probar la Biblia”, la arqueología de Khirbet Qeiyafa se correlacionaba bien con su registro del reino de David. Garfinkel podría haberse callado, pero hizo lo que haría cualquier arqueólogo honesto: relacionó sus descubrimientos con una fuente histórica contemporánea que describe la época y el lugar en cuestión.

Él dejó que las piedras hablaran. Y éstas dijeron lo mismo que la fuente histórica contemporánea: la Biblia.

Desafortunadamente, los colegas de Garfinkel han lanzado un ataque apasionado y no científico contra su identificación del yacimiento como controlado por Judá. Aunque sus argumentos no presentan una identificación científica más probable, han enturbiado las aguas y creado suficiente confusión como para que muchos curiosos no sepan qué creer.

Arqueología de calidad

Un testigo presencial contemporáneo suele ser la fuente más fiable para describir un acontecimiento. Por lo general, cuanto más tiempo pasa, más posibilidades de error hay. Por eso algunos eruditos afirman que los autores de la Biblia escribieron sus libros lo más tarde posible después de los eventos. Así es más fácil cuestionar o descartar los registros bíblicos. Pero ¿se atienen estos eruditos a la ciencia o están mostrando su parcialidad general contra la Biblia?

“Podría decirse que las fuentes más problemáticas son los libros de la Biblia hebrea”, escribe Harding, “no por sus sesgos y prejuicios inherentes (…) sino porque se componen de una compleja variedad de fuentes altamente redactadas, que en su mayor parte fueron compiladas, editadas y cotejadas mucho después de los acontecimientos a los que pretenden referirse, (…) Las fuentes primarias que aún existen dentro de la Biblia hebrea se encuentran ahora en contextos secundarios, o incluso terciarios. Las fuentes bíblicas deben leerse con una mirada crítica sobre sus sesgos ideológicos y su complejo crecimiento literario, pero no deben dejarse de lado por completo” (op. cit.).

El costo de marginar el texto antiguo no es insignificante, y los estudiosos que adoptan esta visión tan escéptica de la historia bíblica suelen ser más limitados en su arqueología. Un arqueólogo con este punto de vista nunca podría haber hecho lo que hizo la Dra. Mazar para descubrir el palacio de David. Jamás habría estudiado 2 Samuel 5:17 y aceptado su interpretación literal, ni habría utilizado el versículo para desarrollar una hipótesis científica y, finalmente, descubrir una enorme estructura del siglo X a. C.

El jurado de eruditos aún no ha decidido cuándo se escribió la Biblia por primera vez. Dicen que los relatos de la vida de David pudieron escribirse durante su vida (entre finales del siglo XI y principios del X a. C.) o en fecha tan tardía como el siglo V a. C. No existe consenso entre los estudiosos sobre la fecha.

Incluso si los registros de la vida de David se editaran una última vez cientos de años después de que viviera, eso no invalidaría necesariamente esos registros.

“Los eruditos minimalistas (…) suponen que la época en que se escribió, editó o recibió su forma definitiva una determinada tradición bíblica es también la época en que describe el texto”, escribe Garfinkel. “Si un visitante de París envía hoy una carta con una descripción de la catedral de Notre Dame, la construcción de la catedral, según la metodología minimalista, debería datarse en el siglo XXI e. c. De la misma manera, la obra Julio César, escrita por Shakespeare a finales del siglo XVI demuestra, según las teorías minimalistas, que Julio César es una figura puramente mitológica”.

“Por lo que respecta a la arqueología del Levante meridional en la Edad del Hierro, sencillamente no se puede ignorar el principal texto histórico que nos ha llegado de la Antigüedad” (op. cit.).

Se han producido errores honestos y falta de honradez intelectual en ambos lados del debate sobre la conveniencia de consultar la Biblia en la arqueología de Oriente Medio. Pero los arqueólogos aún tienen que elegir. Cada uno debe decidir por sí mismo si consultar este antiguo registro es intelectualmente honesto, y si quiere utilizarlo en su ciencia.

¿Cuál sería el futuro inmediato de la arqueología bíblica en los próximos meses y años si elimináramos los sesgos flagrantes, aplicáramos herramientas, métodos y conocimientos modernos y utilizáramos la Biblia como lo que es: una fuente antigua que contiene una serie de hechos históricos verificados por la arqueología?

No es muy difícil especular. Una estructura monumental en la Ciudad de David y un pequeño libro azul desgastado de un despacho desordenado de la Universidad Hebrea nos dan una buena idea de lo que está por venir. Sólo tenemos que seguir el ejemplo de la Dra. Mazar y dejar que las piedras hablen.