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China flag

Chinese Flag by edward stojakovic on flickr/CC by 2.0/Cropped from the Original

¿Darán los aliados asiáticos de Estados Unidos un giro hacia China?

Después del giro fallido de Estados Unidos para contrarrestar a China, muchos de los aliados de EE UU se sienten forzados a reorientarse hacia Beijing.

Estaba ligeramente nublado en Canberra, Australia el día que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama entró en el Parlamento. Mientras se abría paso por la cámara, de todos lados se extendían manos que querían estrecharle la mano al Presidente. Después de una cálida introducción hecha por el primer ministro de Australia, el Sr. Obama caminó hacia el atril. Las declaraciones preparadas para decir allí eran de cierta manera como las de cualquier otro discurso; y, de otra manera, eran un cambio absolutamente tectónico.

Éste fue el discurso en el cual Obama anunció que su administración daría un “giro en dirección al Asia”. El discurso, dado el 17 de noviembre de 2011, señaló que el enfoque de la era de Bush en Oriente Medio y Europa había terminado. El cambio significó nada menos que tomar los recursos, el poder político, la influencia financiera, proyección militar y masa económica de una superpotencia continental, y desviar la mayor parte de ello a la interacción con los poderes de asiáticos.

Con el cambio, el presidente Obama pretendía revivir la influencia de EE UU en la vital región de Asia y el Pacífico. Y al impulsar la cooperación entre EE UU y sus aliados y socios asiáticos, el cambio buscaba contener e involucrar a China. El plan incluyó el Acuerdo de Asociación Transpacífico (tpp, por sus siglas en inglés), un acuerdo de libre comercio que vincularía a EE UU con varios países de la región de Asia y el Pacífico, y reduciría la influencia de China sobre las naciones participantes.

En términos de itinerancia diplomática, transferencias electrónicas, tráfico de cables, reuniones de personal del consulado, guías de embarque, planeamiento naval, despliegue de tropas, tonelaje mercantil, construcción de puertos, y volumen aduanero, difícilmente podría haberse producido una transformación estructural a largo plazo más profunda que lo que pretendía el “giro en dirección al Asia”.

Lenta, pero inexorablemente, todos estábamos a punto de sentir la Tierra moverse bajo nuestros pies.

Excepto que eso fue un fracaso. En cuestión de pocos meses se hizo claro que la plática del giro, no se estaba traduciendo en mucha acción. El plan no solo no estaba frenando la agresión china sino que estaba provocándola más. Y mientras China intimidaba a los socios de EE UU en el área, la administración de Obama tomaba pocas medidas para contrarrestarla. Con el paso de los años, a muchos socios asiáticos de EE UU les parecía que Washington estaba apaciguando a Beijing.

A finales de 2016, cuando se hizo evidente que la transición en el liderazgo de Estados Unidos marcaría la sentencia de muerte del tpp, muchas de las naciones socias de EE UU lo sintieron como un golpe final. Comenzaron a entrar en pánico. Inseguras de la dirección y compromiso de EE UU, e incapaces de ignorar el poder creciente de Beijing y su creciente resolución de usar su poder, estas naciones que por décadas habían estado alineadas con EE UU, ahora están cambiando su curso, en dirección hacia China.

Tres tendencias en una

Hay evidencia de la misma tendencia ocurriendo en diferentes grados, en Camboya, Laos y Myanmar.

A primera vista, esto parece estar motivado por la creciente afinidad hacia China de los países asiáticos más pequeños. Esto podría ser un factor en los cálculos de Duterte y de otros a un grado pequeño. Pero estos cambios en curso están sucediendo sobre todo porque las naciones asiáticas están muy conscientes de la decadencia de Estados Unidos, y el ascenso de China. En consecuencia, el deseo de auto-preservación los motiva a realinearse.

En un informe sobre la estrategia publicado en diciembre, Ross Babbage, el colaborador principal del grupo de expertos en el Center for Strategic and Budgetary Assessments [Centro de asesorías estratégicas y presupuestarias], en Estados Unidos, explicó: “En efecto, Beijing está ejerciendo presión sobre países de la región en un arreglo que refleja el mismo contrato con su propio pueblo; a saber, beneficios económicos a cambio de conformidad política, con un gran garrote al acecho al fondo, amenazando venganza por el comportamiento no autorizado. (…) Esto está causando daño significante a Estados Unidos y la credibilidad de los aliados. En la ausencia de cambios importantes en la política aliada, gran parte de Asia Sur-Oriental probablemente cambiará a la órbita de Beijing”.

Estas naciones ven el palo grande de China rondando en el fondo y también ven que ya no se puede confiar en Estados Unidos para protegerlos de ésta. Están haciendo un reajuste calculado: si no puedes vencerlos, únete con ellos.

Es posible que el Sr. Trump pudiera darle prioridad a recuperar el liderazgo de Estados Unidos en la región. Él podría intentar cambios importantes para demostrar la superioridad militar de Estados Unidos para desalentar más aventurerismo chino y recuperar la confianza de los aliados de Estados Unidos. Pero el daño ya se hizo. Tal intento
lograría poco.

Este desarrollo refleja tres tendencias proféticamente significativas: la decadencia del poder estadounidense, la unión de los “reyes de oriente” y el surgimiento del poderío de China.

Hace décadas Herbert W. Armstrong predijo el deterioro del poder de Estados Unidos. Justo después que Estados Unidos fracasó en la invasión a Cuba en 1961, el Sr. Armstrong identificó la culpa no en los militares de Estados Unidos, ni en la administración de Kennedy pero en el pueblo norteamericano, diciendo: “a menos que, o hasta que Estados Unidos en general se arrepienta y regrese a lo que se ha convertido en un eslogan hueco en sus dólares (En Dios confiamos), ¡Estados Unidos de Norteamérica ha ganado su última guerra! (…) El Dios, al que Estados Unidos ha abandonado, le dio su más humillante derrota. ¿Qué significa la debacle cubana? ¡Significa, Sr. y Sra. Estados Unidos que ya tienen al frente la mano que escribió sobre la pared! [Daniel 5]” (La Pura Verdad, octubre del 1961).

El Sr. Armstrong sabía que el poder de Estados Unidos se estaba derrumbando y que la nación se dirigía hacia el colapso. Hizo estas declaraciones con confianza porque se basaban en la profecía bíblica. La Biblia incluye una previsión sorprendentemente reconocible y específica para los descendientes de Israel, que incluyen a Estados Unidos. Dios dijo que, si la nación rechaza Su ley, “[quebrantaré, kjv] el orgullo de tu poder” (Levítico 26:19).

En las décadas desde que el Sr. Armstrong escribió esas palabras, la gente de Estados Unidos ha endurecido su rechazo de la ley de Dios. Sólo han intensificado su desprecio de ésta. Desde aquel tiempo, Estados Unidos se ha inmiscuido en varios altercados militares. Y cada una de esas campañas, emprendidas a medio vapor, le ha agotado un poco más el orgullo del país en su poderío.

El 1 de octubre de 2012 el jefe editor de la Trompeta, Gerald Flurry, dijo que la reacción tortuga de Estados Unidos ante la masacre de Bengasi el mes anterior, significó que la profecía de Levítico 26:19 ha sido cumplida completamente. Él dijo: “Dios ya no está diciendo, Quebrantaré el orgullo de tu poder. ¡Dios ya lo quebrantó! ¡Nunca he visto a Estados Unidos en tan bajo estado como ahora!”

La mayoría de los estadounidenses no aceptan que la voluntad de Estados Unidos en utilizar su poderío está quebrada, pero los socios asiáticos de Estados Unidos pueden verlo claramente. Como resultado, estos Estados asiáticos se están uniendo alrededor de China. Esto también fue profetizado que sucedería.

Apocalipsis 9:16 habla de un ejército oriental conformado de un asombroso 200 millones de soldados. Apocalipsis 16:12 llama a esta enorme fuerza los “reyes del oriente”, con el plural reyes señalando que se trata de una fuerza multinacional; de un bloque de varias naciones asiáticas. Ezequiel 38 proporciona muchos más detalles sobre este bloque militar asiático, incluyendo el hecho de que será dirigido por Rusia, con China número dos en posición.

Las naciones asiáticas que ahora están formándose detrás de China, están poniendo el cimiento para que se cumpla la profecía de “los reyes del oriente”. Ellos son los “reyes del oriente” que se fusionan en un bloque asiático.

La tercera tendencia que está cumpliéndose es lo que la Biblia llama “los tiempos de los Gentiles”. Jesucristo mismo utilizó este término en Lucas 21:24. El contexto muestra que esos “tiempos” se producirán después de un cambio en el poder mundial, que aleja el poder de Estados Unidos y Gran Bretaña y fortalece a dos bloques de poder principales: uno dirigido por Alemania, y el otro dirigido por Rusia y China. Para que este tiempo profetizado ocurra, tiene que haber un incremento de poder hacia China. Esto es lo que estamos viendo con las naciones asiáticas alejándose de Estados Unidos e inclinándose de repente hacia China.

Las profecías de la Biblia muestran que estas tendencias llevarán a una época de conflicto global y de sufrimiento sin precedentes (Mateo 24:21). Reconocer la inminente guerra y el sufrimiento, ver la decadencia de Estados Unidos y el surgimiento de un bloque empeñado en destruir el orden mundial, es preocupante. Pero es de vital importancia saber que estas serias tendencias están conectadas con el futuro más radiante y lleno de esperanza imaginable. La Biblia explica claramente que justo después de la devastación que sucederá, se cumplirá el acontecimiento más impresionante y maravilloso en la historia del universo: el retorno de Jesucristo.

Las tendencias en curso en Asia ahora muestran que Jesucristo muy pronto regresará para empezar una era de paz y prosperidad para los pueblos de China, Filipinas, Malasia, Tailandia, Vietnam, ¡Estados Unidos y todos los países! De este futuro tiempo de la paz mundial, Isaías 2:4 dice: “... no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra”. Sabiendo lo cerca que está este futuro, nos da la perspectiva correcta y nos llena de esperanza y
optimismo. n

Las Filipinas

Por décadas, las Filipinas ha sido uno de los aliados más leales de Estados Unidos. Desde 1951, las dos naciones han estado unidas por un acuerdo bilateral para la defensa mutua, haciendo a las Filipinas uno de solo dos aliados por acuerdos con EE UU en el sureste de Asia. La alianza ha sido de inmenso beneficio para las Filipinas, como lo demuestran los cientos de millones de dólares que Estados Unidos le ha dado a Manila a lo largo de los años para ayuda militar, asistencia para el desarrollo, asistencia humanitaria y ayuda por las tormentas. La alianza también ha hecho de las Filipinas un pilar de la política exterior de EE UU en la región.

Pero en junio pasado, llegó al poder un nuevo presidente a Manila, quien parece tener poco afecto por Estados Unidos: Rodrigo Duterte. Después de ver el fracaso de la administración de Obama para contrarrestar la intimidación china a los filipinos en el Mar del Sur de China, Duterte no perdió tiempo para mostrarse amistoso con China apenas ocupó el cargo.

Después que miembros de la administración de Obama habían criticado las violaciones a los derechos humanos en la campaña nacional de Duterte contra las drogas, él insultó personalmente al presidente Obama, y dijo que las fuerzas militares de EE UU deberían prepararse para salir de las Filipinas.

Duterte entonces le dijo a su gobierno que cuando la península de Crimea de Ucrania fue anexada por Rusia, Estados Unidos “no fue capaz de hacer nada”. A la luz de esto, y refiriéndose al tratado de defensa de Manila con EE UU, él le pregunto a sus oficiales: “¿Ustedes realmente piensan que lo necesitamos [a EE UU]?”

Durante su visita a Beijing, Duterte elevó la retórica a un nuevo extremo anunciando la “separación” de su país de EE UU y la realineación con China. “Estados Unidos ha perdido ahora. Me he realineado con el flujo ideológico [de China]”, dijo él. “Y tal vez también vaya a Rusia para hablar con Putin y decirle que somos tres contra el mundo: China, Filipinas y Rusia. Ésa es la única manera”.

Después, bajo la presión de los altos mandos del ejército de las Filipinas, Duterte suavizó algunas de sus declaraciones contra EE UU, diciendo que él solamente quería una política exterior más independiente que le permitiera construir una relación más cercana con China. Pero a pesar de retractar sus palabras parcialmente, las acciones de Duterte han dejado claro que él está dispuesto a sacrificar la relación entre Washington y Manila para fortalecer los lazos con China.

Duterte también canceló algunas patrullas conjuntas de Filipinas y EE UU que vigilaban buques chinos cerca de aguas territoriales filipinas. Él canceló algunos ejercicios conjuntos con el ejército estadounidense, anunció que empezaría a comprar armas de China y firmó una serie de acuerdos con Beijing por valor de decenas de miles de millones de dólares.

Mientras tanto, Duterte le entregó un distinguido triunfo al presidente Chino Xi Jinping cuando declinó reconocer una victoria obtenida por las Filipinas contra China en una corte internacional en La Haya. China impone su soberanía sobre el 80 por ciento del vasto Mar del sur de China, partes del cual también son reclamadas por las Filipinas, Vietnam, Malasia, Brunei y Taiwán. Desde 2012 la construcción de islas y el movimiento de buques chinos en esta disputada región han empujado hacia el territorio filipino, planteando un gran desafío para el orden mundial basado en ciertas reglas, y conduciendo al juicio de alto perfil en 2016. El tribunal resolvió que los territorios marítimos legalmente no le pertenecen a China, sino a las Filipinas. La decisión de Duterte de básicamente ignorar la sentencia equivale a la reverencia más amplia que las Filipinas puedan rendirle a China. La decisión, junto con la masiva acumulación militar de China allí, también significa que Beijing pronto podría declarar una Zona de Identificación de Defensa Aérea sobre el Mar del sur de China.

En un acto de servilismo particularmente extraño, Duterte también dijo a los oficiales chinos que él estaría feliz de compartir con Beijing el petróleo que Filipinas encuentre en esta región en disputa.

Estos movimientos demuestran que aún si el Sr. Duterte no puede lograr una “separación” inmediata y total de EE UU, él está deseoso de reducir drásticamente la dependencia de Manila de EE UU. Y demuestran que él está determinado a alinease con China.

Después de la transición en Estados Unidos, del presidente Obama a Donald Trump, había esperanzas que Duterte diera marcha atrás y regresara a Estados Unidos. Después de todo, el Sr. Trump no ha criticado las violaciones a los derechos humanos de la guerra contra las drogas del Sr. Duterte, a diferencia del Sr. Obama quien sí lo hizo enfurecer. Pero no hay indicios de mejora en la relación de EE UU y Filipinas. De hecho, cuando el Sr. Trump llevaba 10 días en la presidencia, Duterte le pidió a EE UU que ya no almacenara armas en las instalaciones filipinas bajo el pacto existente de defensa, diciendo que él no quiere que Filipinas quede enredada en ningún conflicto que estalle entre China y EE UU.

Un aliado por acuerdo y dispuesto, no hablaría de ese conflicto potencial como algo en lo que no tiene que ver, ni tiene intenciones de involucrarse.

En febrero de 2017, Duterte rehusó asignar un embajador a Estados Unidos. “Ningún embajador irá allí”, dijo él. “No quiero enviarlo”.

Éstas no son las palabras o acciones de un aliado por acuerdo y dispuesto.

Días después de las alarmantes declaraciones del Sr. Duterte acerca de buscar la “separación” de EE UU, el líder de otra nación socia firme de EE UU, expresó los mismos sentimientos.

Malasia

En la víspera de una histórica visita a Beijing en noviembre, el primer ministro de Malasia Najib Razak dijo que él trabajaría para “elevar la relación entre” China y Malasia. Él elogió la forma como Beijing ha “creado beneficios no sólo para la gente de [China y Malaysia] sino también para la estabilidad y armonía regional”.

Esa afirmación no se basa en la realidad. Aparentemente fue diseñada para adular al liderazgo chino, un gobierno al que Najib teme con justa razón, especialmente mientras ve que EE UU se retira de Asia.

En Beijing al día siguiente, Najib firmó un acuerdo para comprar buques de patrulla naval chinos. Esto marcó un hito: el primer acuerdo de defensa importante de Malasia con China.

Najib entonces advirtió a las “antiguas potencias coloniales (es decir, Estados Unidos y Gran Bretaña) de no sermonear a los países que ellos una vez explotaron, sobre cómo conducir hoy sus propios asuntos internos”. Durante mucho tiempo, los malayos han tenido una opinión favorable y relación diplomática próspera con EE UU. Casi de repente, ahora la nación está mirando hacia China.

Richard Heydarian, un especialista en asuntos geopolíticos asiáticos, dijo que la realineación de Filipinas y de Malasia es alarmante porque sucedieron muy abruptamente: “Éste es un giro dramático de los eventos, ya que Filipinas y Malasia no solo son considerados firmes socios estratégicos de Occidente, sino que también han estado atrapados en amargas disputas territoriales con China, la cual ha expandido rápidamente sus huellas por todo el Mar del sur de China” (Al Jazeera, 8 de noviembre de 2016).

Estos países deberían estar enojados con China por intimidarlos, dice Heydarian. Pero ellos aparentemente han calculado que ahora es demasiado tarde para eso. Más bien, es hora de pagarle el chantaje al abusivo [al bully].

Heydarian también dijo que bien podría haber más deserciones hacia China: “Puestas juntas, las visitas consecutivas de Najib y Duterte a Beijing han provocado pánico en algunas capitales de Occidente, por las advertencias de los observadores respecto a una ola de deserciones entre los socios tradicionales de Occidente, que ahora giran hacia China”.

Ésta temida “ola de deserciones” ganó un gran impulso a finales de diciembre pasado cuando los oficiales en otra nación asiática amigable con EE UU hicieron un anuncio histórico.

Tailandia

En 1954 EE UU y Tailandia firmaron el Pacto de Manila de la antigua Organización del Tratado del Sureste Asiático. Este pacto y dos acuerdos posteriores unieron a Washington y Bangkok como aliados oficiales del tratado. Por décadas, la alianza fue inquebrantable.

Pero en 2014, las Fuerzas Armadas Reales de Tailandia lanzaron un golpe de Estado que derrocó el gobierno del país y estableció una junta para gobernar en su lugar. Los oficiales militares que tomaron el poder derogaron partes de la constitución, disolvieron el parlamento, declararon ley marcial y establecieron un toque de queda en todo el país. Prohibieron las reuniones políticas, arrestaron a numerosos activistas anti golpistas, y tomaron el control sobre los medios de comunicación de Tailandia.

Washington congeló la ayuda para seguridad y defensa de Tailandia y dijo que las relaciones pueden regresar a la normalidad solo después que terminen las violaciones a los derechos humanos y se restaure la democracia.

Pero China no hace tales exigencias. En un marcado contraste con los sermoneos de Estados Unidos por los abusos a los derechos humanos y la supresión de la democracia, China está completamente despreocupada de esos temas. En diciembre de 2016, un grupo de funcionarios tailandeses viajaron a Beijing y fueron persuadidos por China. Ellos anunciaron que Tailandia desarrollaría un importante centro de producción militar juntamente con China.

Y ahí no terminó esto. A principios de enero, Tailandia dijo que estaba comprando una cantidad considerable de tanques VT-4 de China, y consultando con China sobre las inversiones conjuntas de Tailandia en tanques y otras armas pesadas. Incluso antes de la visita de diciembre, las fuerzas aéreas de China y Tailandia realizaron sus primeros ejercicios conjuntos. Ahora Tailandia ha seleccionado a China para un contrato de varios miles de millones de dólares para construir sus primeros submarinos. Bangkok y Beijing también han dado pasos históricos para colaborar en el entrenamiento militar, intercambios de personal y cooperación de antiterrorismo.

Es posible que las relaciones entre EE UU y Tailandia se vuelvan cálidas otra vez después que Tailandia tenga las elecciones que la junta ha prometido para 2018. Pero para entonces, el control cada vez más fuerte de Beijing pudiera dejar poco espacio para que EE UU se las arregle para recuperar a Tailandia.

Vietnam

Tan recientemente como en 2014, parecía que el temor de Vietnam a una agresión china era lo bastante intenso como para mantenerla firmemente del lado de EE UU. Ese verano, la compañía estatal de petróleo de China, colocó ilegalmente una plataforma petrolera en las aguas de la zona económica exclusiva de Vietnam. El movimiento provocó tensiones que culminaron en choques entre buques de pesca vietnamitas y chinos. Estados Unidos se abalanzó sobre la oportunidad condenando fuertemente a China y respaldando el gobierno pro-occidental de Vietnam al financiar una modernización de partes del ejército de la nación.

El Diplomat dijo que el aumento de las tensiones significaba que las relaciones entre China y Vietnam habían “pasado el punto de no retorno”.

Pero en enero de 2016, la situación comenzó a cambiar drásticamente. Vietnam celebró su 12avo Congreso nacional, el cual vio el liderazgo pro-occidental reemplazado por una facción pro-china encabezado por Nguyen Phu Trong. Como la nueva Cabeza del Politburó de Vietnam, Trong no perdió tiempo en girar al país hacia China, y apartarlo de Washington.

La reorientación de Vietnam estaba en pantalla completa en enero cuando Trong visitó Beijing por cuatro días. El presidente Xi le dio una bienvenida a nivel de jefe de Estado. El viaje resultó en un comunicado conjunto destacando el compromiso de ambas naciones para reforzar su cooperación estratégica. El Diplómate admitió que los eventos recientes comprobaban que su anterior declaración sobre el “punto de no retorno” estaba equivocada, y dijo que la visita de Trong “destacó un cambio importante en las relaciones bilaterales China-Vietnam” (25 de enero).

El viaje demostró que Vietnam “parece anticipar ciertos obstáculos a su asociación con Washington bajo el triunfo del presidente Trump”, dijo Diplomat, “especialmente ahora que [Trump] ha retirado a Estados Unidos de la Alianza Transpacífica (TPP)”.

El analista de Asia de Forbes, Ralph Jennings, dijo que no es probable que mejore las relaciones entre Estados Unidos y Vietnam la transición de liderazgo en Estados Unidos, pero que solamente las hará más tensas. “Comparado con el aún nuevo gobierno de Estados Unidos, China se siente cómodamente predecible”, él escribió. “Tiene un inquebrantable sistema de partido único como el de Vietnam” (20 de febrero). 

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