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Cuándo guardar esos pulgares

¿Debería enviar este texto? ¿Debería hacer este comentario? ¿Debería expresar ese pensamiento? Parece que cada vez menos personas se están haciendo estas preguntas—y eso está causando caos.

¿Debería enviar este texto? ¿Debería hacer este comentario? ¿Debería expresar ese pensamiento? Parece que cada vez menos personas se están haciendo estas preguntas—y eso está causando caos.

Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora, escribió el sabio Salomón. Esto incluye un “tiempo de callar” (Eclesiastés 3:7). Sí, hay un tiempo cuando el pensamiento que está en su mente es mejor dejarlo justo ahí donde está—oculto, sin escribir.

Lamentablemente, el “sentido común” de esto se está perdiendo cada vez más. Nuestro mundo es más veloz que nunca, noticias, hechos, opiniones, juicios, “comentarios calientes” y otras reacciones dan la vuelta al mundo en un abrir y cerrar de ojos. La gente no sólo dice todo lo que está en su mente, sino que envían textos, tuitean, ‘chatean’, ‘bloguean’ o publican videos también, sin vacilación.

Nunca es una buena idea hablar impulsivamente. Saber cuándo mantener su boca cerrada y sus pulgares fuera de su teléfono es una habilidad vital de la vida. Y Dios tiene mucho que decir al respecto. La Biblia rebosa de admoniciones para controlar lo que usted dice, y advierte de las aflicciones que causará si no lo hace. Esta invaluable guía es doblemente cierta cuando se trata de enviar textos y publicar cosas en línea.

“El necio no toma placer en entender, sino sólo en expresar su opinión” (Proverbios 18:2; Revised Standard Version). ¿Hay alguna mejor descripción de lo que desencadena la mayoría de las publicaciones en las redes sociales?

Si usted no está restringiendo sus palabras, Dios claramente lo llama necio. “No te des prisa con tu boca (…) Y de la multitud de las palabras [viene] la voz del necio” (Eclesiastés 5:2-3). “De la boca [o teléfono] de los necios emanarán estupideces” (Proverbios 15:2; Nueva Versión KJ).

Compare lo que usted ve en línea con la sabiduría en estos proverbios: “El que guarda su boca guarda su alma; mas el que mucho abre sus labios tendrá calamidad. (…) El que ahorra sus palabras tiene sabiduría; de espíritu prudente es el hombre entendido. (…) El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustias” (Proverbios 13:3; 17:27; 21:23).

Este consejo es importante por lo que usted le dice a un amigo o dos, y es esencial por lo que usted escribe o publica en línea, para ser visto por docenas o miles de personas más. Al estar conectado, ese comentario casual fácilmente puede alcanzar los oídos y ojos de quien usted no deseaba, y causar un daño indecible al nombre de otros y al suyo propio. Además, colegios, empleadores y otros, a menudo analizan sus estados de cuenta en línea cuando están decidiendo si le ofrecen o no, oportunidades como admisiones y ofertas de trabajo. Lo que se publica puede perdurar y ser difícil o imposible de borrar. Muchas personas se sienten frustradas al ver que sus vidas “se arruinaron” debido a comentarios o fotos que publicaron algunas veces sin considerarlo—años atrás cuando eran adolescentes.

Hay una razón más por la que todos debemos prestar atención al apóstol Santiago: “Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar [tardo para enviar textos, tardo para publicar], tardo para airarse (…) Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana” (Santiago 1:19, 26). Otro proverbio: “¿Has visto hombre ligero en sus palabras? Más esperanza hay del necio que de él” (Proverbios 29:20).

La sabiduría de la Biblia se vuelve aún más específica en un área donde demasiada gente se ha vuelto demasiada cómoda en dejar volar sus opiniones: la crítica y la condenación. Los lugares de trabajo hacen eco de esto y la Internet nada en ello.

Cuando un pensamiento condenatorio timbra en su mente, ¡definitivamente es “un tiempo de guardar silencio”! Santiago dice claramente: “No murmuréis los unos de los otros” (Santiago 4:11). El apóstol Pablo dice que “a nadie difamen” (Tito 3:2).

¿Por qué esto es tan importante? Ignorar esta sabiduría destruye relaciones, arruina reputaciones, y trae amargura y dolor a otros—y a usted. “Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; más la lengua de los sabios es medicina” (Proverbios 12:18). Antes que usted hable, o publique algo, pregúntese honestamente si sus palabras hieren o sanan.

En el corazón de toda esta instrucción bíblica late esta simple verdad: el camino de vida de Dios es: dar, es la preocupación amorosa por otros más que por uno mismo. El camino de Satanás es el del obtener, de la preocupación vana por uno mismo sobre la de los demás. El impulso de criticar surge del camino de Satanás. Usted pregona la debilidad y errores de otros para rebajarlos de algún modo. ¿Cuenta esa jugosa historia para sentirse superior y reírse, sin siquiera considerar si tiene toda la historia, o cómo eso puede herir a la persona, o si él o ella merecen el derecho a la privacidad? ¿O cómo quiere que otros manejen esos detalles poco favorecedores sobre usted?

El chisme, el rumor y la difamación han causado muchos problemas en toda la historia humana, y ahora estos son amplificados por los teléfonos inteligentes y las redes sociales. Con el correr de los pulgares en una pequeña pantalla, las golosinas chismosas pueden resonar alrededor del mundo en cosa de segundos. La sensación que usted consigue es potente y adictiva.

Y Dios odia eso. Él ordena: “No andarás chismeando entre tu pueblo…” (Levítico 19:16)—y con el 4G y el Wifi, usted puede “subir y bajar” sin dejar su asiento. Aún más: “No aborrecerás a tu hermano en tu corazón” (versículo 17). Dios quiere que usted frene no sólo sus labios y sus dedos, sino también su mente y su corazón.

Aprenda la sabiduría de Dios en reconocer “un tiempo de callar”. Viva el camino del dar. Piense en lo bueno y lo que es de buen nombre, de los otros (Filipenses 4:8). Muestre amabilidad y respeto. Hable lo que edifica (Efesios 4:29)—no lo que hace daño, sino lo que sana. 

Boletín, AD