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Carta abierta a Alemania
Dadas las recientes tensiones entre nuestros dos países, Estados Unidos y Alemania, sentí el deseo de poder enviar una carta abierta a los alemanes. Podría decir algo como lo siguiente:
Escuché hablar de su país por primera vez cuando era niño. Como estadounidense que creció a finales de las décadas de 1970 y 1980, Alemania fue, quizás junto con Gran Bretaña, la primera nación de la que oí hablar.
A mi padre le gustaban las películas antiguas, y ustedes eran los malos. Los cascos de acero inclinados y esculpidos de sus soldados, y los uniformes grises de campaña, se grabaron profundamente en mi memoria.
Una noche, durante la cena, cuando yo tenía unos 6 años, vimos un episodio de un documental sobre la Segunda Guerra Mundial narrado por Sir Laurence Olivier. Fue la primera vez que vi imágenes filmadas de los viles horrores de la guerra.
Estaban los dos bandos conocidos, el suyo y el nuestro, el Eje y los Aliados, pero el narrador seguía refiriéndose a una misteriosa tercera fuerza. La llamó el “Ejército Rojo”. Por más que lo intentara, no lograba saber si estos eran los buenos o los malos. Y no parecían vestir de rojo, aunque, hay que admitirlo, las imágenes eran en blanco y negro. Le pregunté a mi papá, pero su respuesta no aclaró nada.
Cada vez que se mencionaba a este Ejército Rojo, se veían por todas partes muchos escombros grisáceos y edificios grises y destruidos. Percibí que los alemanes tenían buenas razones para temerles.
Pronto oí hablar de Mozart, Bach y Beethoven, los maravillosos compositores que ustedes le dieron al mundo. Hubo un tiempo en que todo niño en este país conocía sus nombres. Eso era prueba fehaciente de las maravillosas cualidades y el increíble potencial de su país, un anticipo de sus futuras contribuciones a la humanidad.
Vimos cómo Europa del Este cayó en manos de títeres comunistas rusos, y deseamos fervientemente que las cosas hubieran sido diferentes, por el bien de EE UU, pero también por el bien de Europa del Este, porque muchos de nosotros conocíamos y detestábamos la abyecta crueldad del comunismo, su fraude y absoluta hipocresía. Lo odiábamos tanto como odiábamos al nazismo. Nos alegraba tanto que ustedes hubieran abandonado este último. Y para entonces, temíamos a los rusos tanto como ustedes.
EE UU los absolvió política y culturalmente de la culpa del Holocausto, y en la Guerra Fría, me alegraba tenerlos de nuestro lado: ¿quién no querría la destreza de las armas alemanas de su lado en una pelea? Y muchos de ustedes habían cambiado, notablemente.
A diferencia de otros países, era como si ustedes poseyeran una habilidad casi cósmicamente otorgada para reconocer sus faltas y apartarse de ellas. Me preocupaba que algunos alemanes no hubieran cambiado, pero traté de no pensar en eso.
Llegó el séptimo grado. Aprendimos que, a finales del siglo xix, Alemania había iniciado varias guerras en el mismo instante en que se convirtió en una nación unida. Pero lo olvidé. Luego, en una librería de segunda mano, encontré un viejo libro empastado y polvoriento que afirmaba que Alemania había sido responsable de iniciar la Primera Guerra Mundial, contrario a lo que comúnmente se enseña. También olvidé eso.
Tiempo después, ya de joven adulto, le pregunté a un miembro de la Iglesia que produce esta publicación sobre los sucesos del tiempo del fin, y si Saddam Hussein iba a iniciar la Tercera Guerra Mundial. Él respondió: “¿Y qué me dices de Alemania?”. Nunca olvidaré que me reí a carcajadas.
Semanas después, leí el clásico ¿Quién o qué es la bestia profética?, del difunto Herbert W. Armstrong (es gratuito si lo solicita). Él demostró que el nazismo pasó a la clandestinidad con el fin de prepararse para ganar la tercera ronda, la Tercera Guerra Mundial, y que esto está profetizado en la Biblia.
Ahora su país se está rearmando, con una actitud desafiante hacia Rusia y enojo hacia EE UU. Hay que admitir que, en algunos aspectos, los líderes estadounidenses no están ayudando a mejorar las cosas.
El Sr. Armstrong también demostró cómo los antiguos historiadores griegos habían identificado a las tribus “germanas” que invadían Europa como los remanentes de una Asiria militarista destruida en el siglo séptimo a. C. por sus vecinos oprimidos. Demostró que los romanos acuñaron el nombre para ustedes, “germano”, y que significa “hombre de guerra”. Resulta que, a pesar de su grandeza artística y otras cualidades fantásticas, durante miles de años ustedes han estado desempeñando este papel.
Las Escrituras de hecho dicen que ustedes son la vara de la ira de Dios para castigar a Israel por sus horribles pecados (Isaías 10:5). El problema es que periódicamente disfrutan ese papel y se exceden en su mandato (Isaías 10:6-19). Pero Dios castiga con medida, por amor, siempre (Jeremías 30:11; Apocalipsis 3:19).
En realidad, también aprendí del Sr. Armstrong que ustedes son la única nación gentil de la que se tiene constancia que se arrepintió colectivamente ante el gran Dios, tal como se revela en el libro bíblico de Jonás. Jonás 3:4-10 registra un ejemplo sumamente inspirador y alentador para el mundo entero. Gerald Flurry, quien es el único que continúa con la labor y el legado del Sr. Armstrong, nos recuerda con frecuencia este hecho a todos.
Por encima de todo, el destino de ustedes me inspira y me alienta.
Dondequiera que resida, solicite gratis el libro del Sr. Armstrong El misterio de los siglos, que demuestra que las muchas piezas de la verdad y la profecía bíblicas son como las piezas de un rompecabezas que encajan de una sola manera. Su libro demuestra y explica la Biblia y el destino de ustedes como ningún otro libro lo ha hecho: quién y qué es Dios, y su increíble y emocionante propósito para ustedes y para la humanidad a través de Su hermoso camino de vida, el camino de Su ley que conduce a la paz y a la felicidad duradera.
Y nos mostró a todos esta maravillosa joya de la profecía: cuando Jesucristo regrese para establecer el Reino de Su Padre en el maravilloso Mundo de Mañana, ustedes, Alemania, y las naciones israelitas, incluyendo a EE UU y a la pequeña nación judía en el Oriente Medio, serán amigos muy especiales (Isaías 19:24).
Probablemente ustedes nos enseñarán a ser más ordenados, más organizados, más minuciosos y artísticos, y quizás nosotros les enseñemos a reír un poco más. Habrá muchos motivos para reír y para alegrarse.
