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La Trompeta

Autobiografía de Herbert W. Armstrong: El verdadero comienzo de la obra actual

Capítulo 29: El verdadero comienzo de la obra actual

Continuación de De regreso al ministerio

Las reuniones llevadas a cabo por el Anciano S. A. Oberg y yo en el distrito “Hollywood” de Salem, Oregón, terminaron el 1 de julio de 1933. Justo antes de esta fecha recibí una invitación que resultaría en el comienzo de la actual gran Obra mundial.

Esta invitación vino del Sr. y la Sra. Elmer E. Fisher. Ellos eran la pareja que había sido traída a la iglesia por medio de nuestro estudio bíblico privado en mi habitación, la noche que la tormenta impidió la reunión, durante la campaña en la carpa en Eugene, en el verano de 1931. Los Fisher eran unos granjeros exitosos, que vivían siete millas al occidente de Eugene. El Sr. Fisher era miembro de la mesa directiva de una escuela de un solo salón, en Firbutte, a ocho millas al occidente de Eugene en el antiguo camino Elmira. Los Fisher me pidieron que llevara a cabo reuniones en esa escuela rural, invitándome a hospedarme en su granja durante las reuniones.

Organizando otra iglesia

Yo todavía estaba empleado por la Conferencia de Oregón de la Iglesia de Dios. El salario, como lo declaré en el capítulo anterior, era de $3 dólares a la semana. La Conferencia pagaba la renta de nuestra casa en Salem y nos suministraba alimentos a granel, harina de trigo integral, azúcar morena y granos. Algunos granjeros nos proveían vegetales y frutas. Sin embargo, parte del tiempo la Conferencia era incapaz de pagar la renta de nuestra casa, que era de $7 dólares al mes, y mi esposa tuvo que cubrir el déficit lavando la ropa de la señora a quien le rentábamos la casa. Además de esto, ese verano yo cultivé un jardín de vegetales en nuestro lote.

Decidir acerca de las reuniones en la escuelita de Firbutte cerca de Eugene, requirió de una reunión especial de la Junta Directiva de la Conferencia. Hacia el mismo tiempo en que vino la invitación de los Fisher, también se abrió el camino para llevar a cabo una serie de reuniones en el pequeño salón de la iglesia que habíamos alquilado en Harrisburg. La junta quería decidir qué asignación me darían, y cuál al anciano Oberg.

De buena gana, la Junta me asignó a la escuela rural. El anciano Oberg fue asignado al edificio de la iglesia en Harrisburg, ante su urgente solicitud ya que la iglesia de Harrisburg tenía espacio para unas 150 personas y estaba localizada en una ciudad, mientras que la escuela Firbutte tenía cupo solo para 35, y estaba ubicada como a 12 km de la ciudad, en un distrito rural poco poblado donde las fincas estaban a unos 800 metros una de otra.

Mientras tanto, después de tres meses las reuniones de Salem terminaron sin resultados, el 1 de julio de 1933. El Sr. Oberg partió de inmediato para hacer preparativos para sus reuniones en Harrisburg.

Después que él se fue, la Sra. Armstrong y yo visitamos a varias de las personas que asistían regularmente. Ellos no habían entrado a la iglesia debido a unas pocas diferencias doctrinales. Como lo expliqué antes, el Sr. Oberg había hecho casi toda la predicación después de la primera semana. Las reuniones se habían vuelto completamente “pentecostales”, o como algunos lo dirían “inspiracionales”. Estas diferencias doctrinales no habían sido explicadas. Yo sentía que podía explicarlas; y como resultado del trabajo de casi una semana con estas personas en sus hogares, varios de ellos aceptaron la verdad. Por tanto, nosotros los aceptamos a congregarse como miembros de la Iglesia.

Durante estos cuatro o cinco días alquilé el edificio de una iglesia en la misma parte general de Salem, en 17 y Chemeketa para servicios de sábado, y reuniones de oración los jueves en la noche. Después de la conferencia con la Junta, se acordó que el Sr. A. J. Ray actuaría como pastor de la nueva iglesia en Salem. Los miembros del área de Jefferson acordaron asistir a Salem, y esto formó una iglesia de unos 30 o 35 miembros.

La iglesia allí duró solo unos pocos meses. Los nuevos miembros “pentecostales” aparentemente se retiraron después de unas pocas semanas, y los miembros antiguos alrededor del área de Jefferson regresaron para reunirse en una escuela rural al suroccidente de Jefferson.

El INICIO de la Obra actual

Tan pronto como los arreglos para comenzar la nueva iglesia en Salem fueron completados, yo me apresuré en llegar a la granja Fisher para comenzar la nueva campaña al oeste de Eugene.

El Sr. Oberg estaba comenzando sus nuevas reuniones el sábado por la noche, el 9 de julio en Harrisburg. Los Fisher y yo decidimos comenzar esa misma noche las reuniones en la escuela de Firbutte. El 5 o 6 de Julio llegué a la granja Fisher, dejando a mi esposa e hijos en nuestra casa en Salem.

Este fue el pequeño, y de hecho muy diminuto comienzo de lo que estaba destinado a crecer a ser una gran Obra mundial del evangelio alcanzando a muchos millones de gente cada semana.

Aunque pequeño, comenzó con una explosión de energía e inspiración. Primero, comenzó con una oración privada intensa y sincera. En la parte trasera de la casa de la granja Fisher, había una colina de buen tamaño. Al correr sobre esta colina para hacer ejercicio descubrí una roca de aproximadamente 14 pulgadas de alto. Ésta estaba en un lugar apartado. Pensé de cómo Jesús había escapado de las multitudes y había subido a una montaña “aparte” para orar solo con Dios. Me arrodillé ante esta roca, que parecía la altura adecuada para arrodillarme, y comencé a orar fervientemente por el éxito de las reuniones. Esto se convirtió en una especie de peregrinación diaria, durante mi estancia en los Fisher. Ésta se convirtió en mi “roca de oración”. Estoy seguro que bebí mucha energía, fuerza espiritual e inspiración en esa roca de oración.

Preparándome para las reuniones, tomé prestada una máquina de escribir. Creo que los Fisher me la consiguieron a través de uno de sus parientes. Con papel carbón, escribí unos 30 avisos, anunciando las reuniones y los temas de los sermones durante la primera semana o 10 días.

No había periódico local en ese distrito escolar local. Ni podríamos haber comprado espacio publicitario para anunciar las reuniones, si hubiera habido uno. Ni teníamos fondos para imprimir folletos. Pero tomé estos avisos mecanografiados, y parte del tiempo caminando, parte del tiempo con el Sr. Fisher conduciéndome, y parte del tiempo conduciendo su automóvil que me dejó usar, visité todas las casas dentro de unos 8 km a la redonda (hacia el oeste), dejando los anuncios mecanografiados informando a las personas sobre las reuniones e invitándolos a asistir.

Luego esperamos ansiosamente el domingo por la noche. ¿Vendría la gente?

Veintisiete personas ocuparon 27 de los 35 asientos esa primera noche. Yo hablé sobre la profecía.

La asistencia de la segunda noche se redujo a 19. Pero esa noche tuvimos un poco de emoción. Se produjo un evento que estimuló mucho el interés.

Interrumpido y puesto en aprietos

En este vecindario cerca de la escuela, vivía un anciano “estudioso de la Biblia” con bastante reputación en la comunidad. Se llamaba Belshaw. Poseía la biblioteca teológica más extensa del distrito, y probablemente la única. Los vecinos lo consideraban una especie de autoridad bíblica.

El señor y la señora Fisher me habían advertido sobre uno de sus hábitos, que era tradicional en el vecindario. En Eugene, contiguo al campus de la Universidad de Oregón, hay un seminario teológico. Con frecuencia, los estudiantes avanzados eran enviados a una de estas escuelas del país para celebrar una breve serie de reuniones como parte de su capacitación. Era costumbre del Sr. Belshaw asistir a una de las dos primeras reuniones, y poner al orador en aprietos haciéndole una pregunta capciosa.

El Sr. Belshaw deducía que estos jóvenes realmente no tenían un conocimiento profundo de la Biblia, pero estaba seguro de que él sí. Era experto en hacer preguntas cuya respuesta él estaba bastante seguro de que el joven predicador, o futuro predicador, no sabía responder. Si el Sr. Belshaw pudiera enredar al orador y exponer su ignorancia, los vecinos se reirían y no asistirían a ninguna otra reunión.

“Si el Sr. Belshaw puede atraparlo con una pregunta capciosa, nadie asistirá a sus reuniones después de eso”, advirtió el Sr. Fisher. “Casi siempre tiene una pregunta que estos jóvenes no pueden responder. Pero si usted puede contestarle o ponerlo a él en aprietos, las noticias se extenderán por todo el vecindario y la asistencia aumentará”.

El señor Belshaw no había aparecido la primera noche. Aparentemente había decidido ver primero si tenía una buena concurrencia. Pero la segunda noche, fue uno de los 19 presentes.

Él interrumpió mi sermón.

“Sr. Armstrong”, me llamó, “¿Puedo hacerle una pregunta?”

“Sí señor Belshaw”, le respondí, “sí puede”.

“¿Es usted ya salvo?”

Al instante supe cuál era su trampa. Por supuesto, él esperaba que yo dijera que ya soy salvo. Entonces me habría preguntado si no sabía lo que Jesús dijo en Mateo 24:13. Entonces, inmediatamente le cité esta escritura.

“Jesús dijo, en Mateo 24:13, que el que persevere hasta el fin, éste será salvo. Y en el siguiente versículo, Jesús también dijo que Su evangelio del Reino (a saber, el gobierno de Dios y el acatar Sus mandamientos) será predicado en todo el mundo, para testimonio. Eso es lo que estoy haciendo aquí esta noche. ¿Por qué usted no obedece los mandamientos, como Jesús dijo Sr. Belshaw?”

Yo sabía que el Sr. Belshaw argumentaba en contra de Los diez mandamientos.

“Lo haría si pudiera ver algo de amor en ellos”, él respondió.

“Entonces usted debe estar ciego espiritualmente”, yo dije. “Los diez mandamientos son simplemente los 10 puntos de la gran ley del amor. Los primeros cuatro le dicen cómo amar a Dios; los últimos seis muestran cómo amar al prójimo. La Biblia dice que el amor es el cumplimiento de la ley. Los mandamientos provienen de Dios, y Dios es amor. Él nos dio los mandamientos ¿Cree usted que Dios alguna vez hizo algo que no haya sido hecho con amor?”

El señor Belshaw no tenía respuesta. Fue silenciado por esa noche. Pero no había terminado. Trató de atraparme con las Escrituras tres veces más, en reuniones posteriores.

Se difundió la noticia.

El martes por la noche asistieron 36, uno tuvo que pasar el servicio de pie. El jueves por la noche llegaron 35, cada asiento estaba lleno. Nuestra asistencia más alta fue de 64, con 29 de pie en el pequeño salón lleno de gente. La asistencia durante las seis semanas promedió 36, una más que la capacidad de los asientos.

¡Interrumpido una y otra vez!

El último domingo por la noche, comenzando la última semana de las reuniones, un joven ministro que también luchaba contra la ley de Dios vino como visitante. Era la costumbre pedirles a los ministros visitantes que dirigieran la oración; una costumbre que hace mucho tiempo aprendí a no hacer. Le pedí a él que dirigiera en oración.

Mi tema del sermón había sido anunciado. Él sabía que iba a hablar sobre el tema del día de reposo de Dios. En su oración, este joven predicador hizo todo lo posible por humillarme, y desacreditar todo lo que él pensaba que yo podría decir en mi sermón, y dar la impresión de que yo no estaba predicando el evangelio.

“Te agradezco, oh Señor”, oró con voz fuerte, “que tenemos un Cristo para adorar, ¡y no un día! Ayúdanos, Señor, a predicar a Cristo, y a Él crucificado, no sobre días y leyes. Ayúdanos a estar ‘decidido a no saber nada (…) salvo a Jesucristo y a Él crucificado’ como dijo el Apóstol Pablo”.

Mientras él oraba, me di cuenta que estaba tratando de denigrar mi sermón pintándolo como sombrero raro, antes que siquiera pudiera comenzar a predicarlo. A menos que yo tuviera la respuesta correcta, su oración provocaría que muchos estuvieran prejuiciados, rechazando todo lo que yo quisiera decir. Mientras aquél oraba, yo oré desesperadamente, pidiéndole a Dios que pusiera la respuesta correcta en mi mente. ¡Dios lo hizo! Al instante supe qué decir.

Este es otro incidente que se ha mencionado antes, al aire y en la Pura Verdad, pero pertenece propiamente en este punto de la Autobiografía. Después de la oración le dije a la audiencia: “Me alegra saber que el Sr. ... (no recuerdo su nombre) dice que está decidido a no saber nada más que a Jesucristo y a Él crucificado, porque yo también soy de la misma determinación. ¡Esta noche voy a predicar a Jesucristo y a Él crucificado! Pero para hacer eso, ¡uno primero tiene que saber por qué Jesucristo tuvo que ser crucificado!

“Acabo de recibir una carta de mi esposa en Salem”, continué. “Ella me escribió diciendo que nuestro hijo mayor, Richard David, de 5 años, acababa de predicar su primer sermón. Él también predicó a Cristo crucificado”. Él y otro niño estaban jugando al lado de nuestra casa. La ventana estaba abierta y mi esposa escuchó la conversación. El otro niño había estado usando mucho lenguaje soez. Nuestro “Dicky” estaba exasperado. Cogió dos palos, cruzando el más largo con el más corto.

“Ahora mira esto, Donald”, dijo Dicky con indignación. “¿Sabes lo que es esto?”

“No”, respondió Donald.

“Bueno, esto aquí es una cruz. Y tuvieron que poner a Jesucristo en una cruz, y clavarle clavos en las manos y en los pies, y clavarlo en esa cruz para que muriera, ¡solo porque has estado diciendo malas palabras y maldiciendo! ¡Ya no digas esas palabras nunca más!”

“Yo me pregunto”, continué, “si las personas se dan cuenta de que el pecado es la transgresión de la ley de Dios, ¡y que Jesucristo fue crucificado porque ustedes han transgredido Su santo sábado! ¡Así que dejen ya de profanar lo que es santo para Dios! Y ahora me propongo a predicar de Cristo crucificado esta noche, ¡y de por qué fue crucificado!”

Mi invitado, el joven predicador, encendido de ira salió apurado del recinto ante la risa de la audiencia, todos los cuales estaban aparentemente encantados de ver la mesa girada, contra quien aprovechó hostilmente una invitación amistosa para dirigir en oración.

Él simplemente me había proporcionado la introducción más efectiva posible para mi sermón.

El último reclamo de Belshaw

El anciano Sr. Belshaw lo intentó dos veces más durante estas reuniones, para atraparme con las Escrituras. Pero cada vez, Dios puso la respuesta correcta en mi mente, a través de Su Espíritu Santo, y los textos correctos para responder.

Mucho más tarde, después que las reuniones terminaron y estábamos teniendo reuniones tres veces a la semana en otra escuela (en la escuela Jeans a como 6 km más al oeste), él hizo un intento final. Apostó todo sobre ésta, su última pregunta.

Él esperó hasta después de la conclusión de mi sermón. Me abordó en la parte trasera del aula justo cuando la gente comenzaba a irse.

“Señor Armstrong”, dijo en voz alta. “¿Puedo hacerle una pregunta?”

Esto generó algo como una descarga eléctrica en todos los presentes. La pregunta del Sr. Belshaw había despertado mucha emoción. Los dos o tres que ya habían salido por la puerta, volvieron corriendo. Todos rodearon al Sr. Belshaw y a mí.

“Claro que sí, Sr. Belshaw; definitivamente usted puede intentarlo una vez más”, le respondí, y para este entonces con una sonrisa confiada.

“Bueno, Sr. Armstrong: ¿no es verdad que usted mencionó las escrituras que dicen que el apóstol Pablo les dijo a los conversos gentiles que él no había rehuido declararles todo el evangelio, y que no había ocultado nada que les fuera beneficioso?”

“Eso es correcto”, sonreí.

“¿Y no ha dicho usted también que ninguna nación ha guardado el sábado, excepto los israelitas, es decir, que estos gentiles no habían guardado el sábado antes de que Pablo les enseñara?”

“¡Eso también es correcto!”

“Muy bien”, prosiguió el Sr. Belshaw con confianza y seguro que me tenía acorralado esta vez: “SI la ley del sábado se nos exige hoy, entonces fue exigida para esos gentiles tan pronto como se convirtieron en cristianos. Ellos nunca guardaron el sábado antes de la conversión. Pero SI guardarlo es exigido para nosotros, entonces fue necesario que Pablo les enseñara a guardarlo. Ahora bien, ¿puede usted mostrarme alguna Escritura en la que el apóstol Pablo haya enseñado u ordenado a los gentiles a que guardaran el sábado?” Él sintió que había dado un golpe devastador, sin respuesta, ¡y que por fin me desacreditaría de una vez por todas, junto con todo lo que prediqué! Él quedó sorprendido por mi respuesta.

“¡Claro que sí señor Belshaw!” Respondí sin dudarlo. “¡Ciertamente puedo! Pero antes de hacerlo, ahora le haré una pregunta: si le muestro dónde el apóstol Pablo ordenó a los conversos gentiles que guardaran el sábado, entonces esa es una prueba irrefutable de que a usted se le ordena que lo guarde hoy. Ahora pues, antes de mostrarle este mandato, exijo saber esto: si yo le muestro dónde Pablo ordenó a los gentiles a que guardaran el sábado, ¿dejará usted su rebelión y se rendirá para guardarlo también?”

Me miró completamente atónito. Él estaba seguro de que no había en el Nuevo Testamento un mandamiento de Pablo a los gentiles para guardar el sábado. Mi respuesta hizo que él retrocediera, y estaba tan sobresaltado que casi se cae hacia atrás. Literalmente lo indispuso. Ahora él no estaba tan seguro de sí mismo. Yo me veía muy confiado. Él no estaba seguro de si yo estaba fanfarroneando. Pero tenía miedo de arriesgarse.

“¡NO, no lo haré!”, él vociferó y salió furioso de la escuela.

Sin embargo, me apresuro a agregar que aparte de estas cuatro escaramuzas donde el Sr. Belshaw intentó atraparme (como era su costumbre con todos los predicadores que venían al vecindario), él fue muy amable conmigo y me respetaba. Se negó a aceptar, pero me respetó. Tuvimos juntos muchas visitas amistosas. El Sr. Fisher y yo lo visitamos en su casa tres o cuatro veces, y aunque le gustaba mucho discutir las Escrituras, él generalmente evitaba el tema cuando nos acercábamos.

Después que él se fue, le mostré al resto de las personas presentes dónde Pablo les ordenó a los gentiles que guardaran el sábado. Mi desafío al Sr. Belshaw no era sin fundamento. ▪

Continuará...

Capítulo 30: El programa de ‘El mundo de mañana’ comienza

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