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¿Unidad europea? Tenga cuidado con lo que desea

El carácter de Europa determinará su futuro.

Un ejército europeo. Un superestado. Un nuevo gobierno europeo. Los líderes de la Unión Europea están constantemente pidiendo estas cosas. En marzo, el presidente francés, Emmanuel Macron, escribió un artículo para que se publicara en los periódicos de los 28 Estados miembros de la UE exigiendo más Europa.

“Nunca, desde la Segunda Guerra Mundial, Europa ha sido tan esencial”, escribió. “Sin embargo, nunca ha estado Europa en tanto peligro”.

Más Europa significa más poder. Si se combinan con éxito, la UE tendría la segunda economía más grande del mundo y el segundo presupuesto militar más grande.

Pero, ¿sería esto algo bueno? ¿Sería la UE una fuerza para el bien en este mundo?

Para muchos, la respuesta es un obvio sí. Una Europa renovada y revitalizada podría ser un poderoso aliado de Estados Unidos, defendiendo los valores occidentales como la libertad, el estado de derecho y la democracia. Si Europa dejara de inclinarse ante los dictadores del mundo, y si comenzara a defenderse por sí misma contra el islam radical, el mundo sería un lugar mucho mejor.

De la mano de esta visión color de rosa del futuro de Europa hay una imagen color de rosa del pasado de Europa. Los griegos inventaron la democracia, nos decimos a nosotros mismos. Roma inventó el estado de derecho. El Imperio Romano introdujo la paz, la prosperidad y el progreso. La vida era buena, hasta que cayó Roma. Luego llegamos a la Edad Media, un tiempo de violencia y barbarie. El progreso humano se detuvo. El mundo solo se iluminó por breves períodos cuando los gobernantes europeos intentaron resucitar el Imperio Romano.

Luego vino la Ilustración. Pensadores libres de toda Europa inventaron la libertad tal como la conocemos hoy. Gran Bretaña desarrolló esas ideas y EE UU las puso en práctica con un nuevo gobierno radical basado en estos ideales.

Con esa perspectiva del pasado, parece obvio que una Europa unida y segura de sí misma, construida sobre valores históricos sería una fuerza para el bien del mundo.

Pero, ¿qué si esta visión de la historia está terrible, terriblemente equivocada? Los partidarios de la unidad europea deberían tener cuidado con lo que desean.

El verdadero carácter de Roma

Hay muchas cosas admirables en la historia de Europa: grandes hombres, obras de arte maravillosas, y otros logros políticos y culturales. Pero esta visión estándar de la historia pasa por alto mucha oscuridad.

Considere a Roma. Los Padres Fundadores de EE UU admiraban la República romana. Nombraron al Capitolio y al Senado en honor a sus predecesores romanos. Alrededor de la mitad de estos hombres entendían latín y tomaron mucho de la historia romana.

Pero todo esto esconde una oscuridad en el corazón de Roma. Ésta era una sociedad donde seres humanos observaban a otros seres humanos pelear a muerte como entretenimiento. Donde un bebé no contaba como ser humano hasta que fuera aceptado por su padre. Si era rechazado, los padres “lo expondrían”, dejando al bebé morir a la intemperie en un basurero. Las excavaciones arqueológicas confirman que esta práctica era escalofriantemente común.

Si el bebé tenía suerte, sería rescatado, pero por traficantes de esclavos, ansiosos por beneficiarse de la insaciable demanda de la república por mano de obra de prisioneros. El número de esclavos en Italia en el siglo i a. C. se estima en 20 a 40% de la población (al menos 1,5 millones de personas). En tiempos posteriores, el imperio fue apoyado por una fuerza laboral de alrededor de 5 millones de esclavos.

Si trataba así a sus hijos y a sus esclavos, no es de extrañar que Roma fuera brutal con sus enemigos.

La República romana se convirtió en una superpotencia en el siglo ii a. C. con dos actos de brutalidad impactante.

Cartago había sido un gran rival de Roma por el dominio del Mediterráneo. En el 216 a. C. el cartaginés Aníbal derrotó a los romanos en Cannas, dejando vulnerable a toda la república. Roma apenas sobrevivió, pero en el transcurso de la guerra de 17 años, finalmente venció a Cartago.

Para el 146 a. C., esto era historia antigua. Cartago ya no era una amenaza. Pero Roma decidió que Cartago debía ser destruida. A las legiones se les ordenó no dejar ningún edificio en pie y no dejar a nadie con vida. Tomó casi un año, pero la gran Cartago fue sistemática, cuidadosa, y literalmente borrada del mapa.

Cartago no fue la única gran ciudad mediterránea que Roma destruyó ese año. Grecia en ese tiempo estaba bajo la protección de Roma. Corinto continuaba riñendo con otras ciudades griegas como siempre lo había hecho. Para Roma, eso era un desafío.

Corinto era la ciudad más rica de Grecia en ese entonces. Era famosa en todo el Mediterráneo por su arte y su cultura, así como por sus entretenimientos más sórdidos. En el 146 a. C., Roma la borró. Todos los hombres fueron asesinados. En una ciudad famosa por sus prostitutas, las mujeres no fueron asesinadas, sino esclavizadas, al igual que los niños. La historia de la destrucción de Corinto hizo eco en todo el mundo.

Esto se convirtió en una doctrina fundacional del poder romano: el castigo a través de la destrucción de la ciudad. Si los romanos hubieran tenido armas nucleares, las habrían usado, logrando el mismo efecto con mucho menos mano de obra.

El historiador Tom Holland escribe en su libro Rubicón: auge y caída de la República romana: “La destrucción no de una sino de dos de las ciudades más grandes del Mediterráneo fue un escándalo impresionante. (…) Incluso los propios romanos se sintieron un poco intranquilos. Ya no se podía pretender que estaban conquistando el mundo en defensa propia. (…) Amedrentados y serviles, Estados muy distantes de las costas de Grecia también redoblaron sus esfuerzos para anticiparse a los deseos de la república. En todas las monarquías de Oriente, una variedad de perritos falderos de la realeza saltaría cada vez que los romanos chasqueaban sus dedos, perfectamente conscientes de que un leve indicio de independencia podría resultar dejando inhabilitados a sus elefantes de guerra, o con el ascenso repentino de sus rivales a sus tronos”.

Y todo eso sucedió antes de que Roma siquiera se convirtiera en un imperio.

Algunos de los relatos más detallados de la brutalidad de la expansión romana provienen de la conquista de la Galia por Julio César un siglo después. César expandió las fronteras de Roma, refundando a Cartago y Corinto, y finalmente ayudando a transformar a Roma en un imperio. Pero mientras conquistaba la tierra que ahora es Francia durante la guerra de las Galias, cerca de un millón de galos fueron asesinados y otro millón tomados como esclavos.

Cuando alguien desafiaba o disgustaba a Roma, la respuesta era fuerza aplastante. Cuando los judíos se rebelaron, los romanos masacraron a decenas de miles de ellos en el año 70 d. C. Al final ellos borraron del mapa los nombres de “Jerusalén” y “Judea”. Josefo estimó la cifra de muertos en un millón, con otros 97.000 llevados como esclavos.

Nada de esto borra los logros de Roma. Pero les da su contexto adecuado. La Pax romana, la paz bajo Roma, ciertamente existió. Pero fue impuesta con brutalidad.

Los propios romanos eran muy conscientes de esto. Mientras Escipión Emiliano observaba a sus soldados destruir Cartago, lloró. El historiador romano Publio Cornelio Tácito escribió que su pueblo “hace un desierto y lo llama paz”.

Emuladores romanos

El Imperio Romano occidental cayó en el siglo v. En Oriente, perduró como el Imperio Bizantino.

En el año 527 d. C., este imperio debilitado recibió un soplo de nueva vida bajo el emperador Justiniano.

Generalmente, el Imperio Romano se preocupaba poco por la religión de sus súbditos, con la excepción de perseguir periódicamente a judíos y cristianos. El emperador Constantino se había convertido al catolicismo 200 años antes e inició a Roma en el camino hacia un Estado teocrático. Pero bajo Justiniano, el Imperio Romano adoptó completamente la religión estatal; y la persecución de disidentes.

La ley bizantina establecía que los cristianos que no se sometían a la Iglesia Católica debían ser “conducidos fuera de los muros de la ciudad con violencia implacable”. Los lugares de culto no católicos fueron erradicados tan lejos como al norte de África.

La Enciclopedia Británica escribió sobre Justiniano: “Como ningún soberano anterior había estado tan interesado en los asuntos de la iglesia, ninguno parece haber mostrado tanta actividad como perseguidor de paganos y herejes”.

La religión también se convirtió en una parte importante de los objetivos externos del imperio. “Por primera vez en la historia romana, la conversión de reyes paganos se consagró como una prioridad de Estado”, escribe Tom Holland en su libro A la sombra de las espadas. “La Iglesia, por supuesto, había sido ambiciosa de plantar la cruz en los confines más lejanos del mundo. (…) Que el Estado romano tenía el deber de contribuir a esta misión era, sin embargo, una presunción más radical”.

Como parte de esta misión, Justiniano reconquistó Roma, restaurando el imperio en Occidente. Pero no pudo sostenerlo por mucho tiempo. Después de su muerte, el imperio retrocedió.

El siguiente en revivir Roma fue Carlomagno. Carlomagno ascendió al trono franco en el 768 d. C. y rápidamente formó una sociedad con la Iglesia Católica. El papa legitimó su gobierno al predicar que él era el rey legítimo de los francos y, más tarde, el Sacro emperador romano. A cambio, Carlomagno apoyó al papa con su ejército.

Este imperio tenía el mismo espíritu guerrero. Carlomagno pasó la mayor parte de su vida luchando, pero su guerra más larga fue contra los sajones. Su propio biógrafo y leal servidor, Einhard, escribió: “Nunca hubo una guerra más prolongada o más cruel que ésta, ni una que requiriera mayores esfuerzos por parte de los pueblos francos”.

Holland describe el patrón general de destrucción en su libro Millennium: “La guerra había sido durante mucho tiempo la actividad elegida entre los francos. (…) Los líderes que no proporcionaban a sus seguidores el botín del pillaje rara vez perduraban por mucho tiempo. Tan pronto como el invierno daba paso a la primavera, los francos, desempolvando sus lanzas, se prepararían para seguir a su rey en campaña. Carlomagno, cuya hambre por el botín era insaciable, había heredado al máximo los apetitos de una línea primordial de jefes guerreros”.

Carlomagno nació guerrero. Holland habla de la visión de Carlomagno de sí mismo como un nuevo David, el jefe de un nuevo pueblo elegido con la aprobación de Dios: “Fue en la perfecta conciencia de esto que Carlomagno hizo que los restos de Sajonia fluyeran con sangre pagana; que él extendió incluso entre los bárbaros eslavos que plagaban los confines del mundo, horribles rumores sobre la ira y el terror de su nombre; que regresaba cada otoño de sus campañas con pesados vagones de botín, despojos con los que fortalecía el orden cristiano a lo largo de sus vastos dominios”(ibíd.).

La sangre que fluía no solo era derramada en la batalla. Después de una rebelión, Carlomagno ejecutó a miles de prisioneros. Tribus enteras fueron reubicadas por la fuerza. Incluso algunos de los asesores de Carlomagno cuestionaban el grado de derramamiento de sangre que infligió.

Él impuso el catolicismo sobre todo lo que pudo alcanzar. Negarse a ser bautizado significaba la muerte. Lo mismo sucedió con las antiguas religiones paganas, la celebración de reuniones religiosas no autorizadas y el consumo de carne durante la Cuaresma. “Desde la era de los Césares no se habían cometido atrocidades en una escala tan imperiosa; y nunca antes con el objetivo de imponer el amor de Cristo” (ibíd.; énfasis agregado).

El imperio se vino abajo después de la muerte de Carlomagno. Pero en el año 955, Roma resucitó de nuevo. Esta vez fueron los propios sajones, ahora completamente convertidos al catolicismo, quienes proporcionaron al emperador, Otto el Grande. En el imperio de Otto, “se dio por sentado que la guerra podría ser el deber fundamental de un cristiano”, escribe Holland. Y el carácter del imperio seguía siendo el mismo. Los enemigos católicos del imperio podrían esperar algo de clemencia. Pero cuando derrotó a los magiares paganos en la Batalla de Lechfeld en 955, Otto no tomó prisioneros excepto a nobles de alto rango. Era costumbre en aquellos días rescatar y regresar a los príncipes capturados; Otto, en cambio, los ejecutaba públicamente. Poco después, Otto derrotó a los eslavos paganos en la Batalla de Recknitz y ejecutó a todos los prisioneros. Estas dos batallas salvajes consolidaron el gobierno de Otto.

Durante el reinado de los descendientes de Otto, la Iglesia Católica emprendió las Cruzadas, una serie de guerras sangrientas con el propósito de recuperar la Tierra Santa. Millones de personas murieron. Aunque son quizás los ejemplos más conocidos del derramamiento de sangre católico, las Cruzadas fueron solo parte de un patrón mucho más prolongado, más grande y más sangriento en los últimos dos milenios.

La dinastía de los Habsburgo sucedió a la dinastía de Otto para dirigir al Sacro Imperio Romano. Bajo los Habsburgo, el Sacro Imperio Romano alcanzó su mayor extensión territorial. Maximiliano i fue uno de los primeros de estos gobernantes en alcanzar prominencia. Bajo su hijo, Felipe, España conquistó la mayor parte del Nuevo Mundo.

La Iglesia Católica entró a raudales en los territorios recién conquistados. Aunque es imposible de verificar, los informes contemporáneos afirman que solo los franciscanos bautizaron a 5 millones de personas; cerca del 1% de la población mundial en ese momento.

Las enfermedades recién introducidas eliminaron a un gran número de conquistados, pero los conquistadores españoles y portugueses también cometieron masacres, y las documentaron. “A través de una combinación de crueldad que se compara con las grandes invasiones de los mongoles en Asia, [Hernán] Cortés y sus hombres se apoderaron de los tesoros aztecas, saqueando ‘como pequeñas bestias (…) cada hombre completamente poseído por la codicia’, según un recuento recopilado en el siglo xvi con testimonios de testigos presenciales” (The Silk Roads [La ruta de la seda]).

Por supuesto que los aztecas no eran víctimas amables. Los españoles estaban acabando con una civilización construida sobre la esclavitud y el sacrificio de humanos. Pero el punto es que el patrón de la carnicería europea continuó.

Mientras tanto, había mucha más matanza católica en casa. La Reforma Protestante había comenzado, y los Habsburgo tomaron la iniciativa para combatirla. El imperio mató o expulsó a protestantes, judíos y musulmanes de España. Las guerras religiosas estallaban a menudo. Se estima que las persecuciones y las guerras de este período mataron a unos 50 millones de personas.

Napoleón fue el siguiente en intentar resucitar el Imperio Romano. Sus ejércitos marcharon bajo estándares que representaban a las águilas romanas. Él conscientemente siguió el ejemplo de Julio César. Después de oponerse inicialmente a la Iglesia Católica, hizo un trato con ella. Regresó el catolicismo a la Francia secular y posrevolucionaria, y restauró muchos de sus privilegios, así como el papel de la iglesia en la educación. A cambio, recibió el apoyo de la iglesia.

En su intento por apoderarse de Europa, Napoleón lanzó una guerra tras otra. Estimaciones creíbles de la cifra total de muertos es de alrededor de 5 millones. Napoleón era insensible con respecto a la muerte, incluso a la muerte de sus propios compatriotas. Después de la batalla de Austerlitz, cuando un general lamentó el número de franceses muertos, Napoleón respondió diciendo: “Las mujeres de París pueden reemplazar a esos hombres en una noche”. En 1813, cuando el ministro de relaciones exteriores de Austria, Klemens von Metternich, advirtió a Napoleón sobre el costo humano por continuar peleando, Napoleón dijo que con mucho gusto sacrificaría a un millón de franceses para lograr su ambición.

En Waterloo, en 1815, Napoleón se enfrentó a otra batalla con un terrible número de muertes; y esta fue la última.

El próximo intento de resucitar a Roma necesita poca explicación. Adolfo Hitler y Benito Mussolini modelaron su gobierno según el Imperio Romano, y ambos firmaron el mismo tipo de acuerdos con la Iglesia Católica. La cifra de muertos resultante de esta aventura fue de unos 60 millones.

La Segunda Guerra Mundial puede parecer una aberración en la historia europea, pero a la verdad, fue la continuación de 2.000 años de historia europea.

Una bestia

La historia de Europa es la historia de una iglesia aliándose con un poder militar, vida tras vida, siglo tras siglo.

Entonces, ¿qué tiene que decir la Biblia al respecto? La Biblia contiene profecías específicas sobre el surgimiento de este poder y el papel de esta iglesia.

En el libro de Daniel, Dios da una visión general de miles de años de historia mundial. Estas profecías describen figuras históricas como Alejandro Magno; profecías tan precisas y claras que los críticos insisten en que deben haber sido escritas después de que ocurrieron los hechos.

Pero el libro también describe el imperio que siguió al de Alejandro. Daniel 7:7 describe una bestia simbólica que es “aterradora, espantosa y muy fuerte. Devoraba y aplastaba a sus víctimas con enormes dientes de hierro y pisoteaba los restos bajo sus pies” (Nueva Traducción Viviente). Esta es una excelente descripción de un poder que derrotó a Cartago y luego, 50 años más tarde, regresó para convertir sus últimos restos en polvo. El versículo 23 dice que esta bestia “Devorará al mundo entero, pisoteando y aplastando todo lo que encuentre a su paso” (nlt). Esta es una profecía del Imperio Romano.

Al describir a las potencias mundiales enumeradas en Daniel 7, el jefe de redacción de la Trompeta, Gerald Flurry, escribe: “Estas son bestias espantosas que conquistan y esclavizan a naciones enteras. Es lo que hacen estas bestias”. Sin embargo, él continúa, a Gran Bretaña y Estados Unidos les gusta “pensar que son como animales salvajes inofensivos. (…) Temen enfrentar la verdad extremadamente desagradable” (Daniel Unlocks Revelation; Daniel descifra Apocalipsis, disponible en inglés).

Esta cuarta bestia, el Imperio Romano, se destaca en Daniel 7 por su fuerza y poder destructivo. “El Imperio Romano es la bestia más cruel que este mundo haya conocido”, continúa el Sr. Flurry. “Es el monstruo más grande que los seres humanos han visto jamás”.

Dios describe a esta cuarta bestia de Daniel 7 con 10 cuernos. Estos, dice la Biblia, “son diez reyes [o reinos] que surgirán” de esta bestia (versículo 24). Durante un tiempo, esta bestia gobernó al mundo. Pero luego vendrían 10 resurrecciones más de ese imperio.

“Mientras yo contemplaba los cuernos, he aquí que otro cuerno pequeño salía entre ellos, y delante de él fueron arrancados tres cuernos de los primeros; y he aquí que este cuerno tenía ojos como de hombre, y una boca que hablaba grandes cosas” (versículo 8). Este cuerno pequeño “se levantará (…) el cual será diferente de los primeros, y a tres reyes derribará. Y hablará palabras contra el Altísimo, y a los santos del Altísimo quebrantará, y pensará en cambiar los tiempos y la ley…” (versículos 24-25).

El Sr. Flurry describe Daniel 7:8 como “el versículo más revelador en el libro de Daniel”. Este “cuerno pequeño” se refiere a una gran iglesia falsa. Los primeros tres “cuernos” que resucitaron el imperio fueron las tribus bárbaras que conquistaron Roma: los hérulos, los vándalos y los ostrogodos. Pero ellos fueron “derribados” por la Iglesia Católica cuando, en el año 554 d. C., el Imperio Bizantino de Justiniano estableció una relación con la Iglesia Católica y reconquistó Roma. Las resurrecciones posteriores del Imperio Romano siguieron ese patrón de combinar el catolicismo con el poder político y militar. Esa iglesia pasó a “cambiar los tiempos y la ley”, influyendo en los imperios durante los siglos venideros, hasta el punto que hasta el día de hoy todavía usamos el calendario diseñado por el papa Gregorio xiii.

Daniel 7 nos da esta visión crucial de la historia europea.

La Restauración Imperial de Justiniano, el Reino Franco, Otto el Grande, la Dinastía de los Habsburgo, Napoleón, Hitler y Mussolini: el imperio católico-europeo ha surgido seis veces.

La Biblia profetiza siete.

Hoy, el mundo ve a la Europa moderna, sofisticada y principalmente secular como una potencia cultural y económica, no como una potencia militar o religiosa. Ciertamente, no consideramos que este sea el bloque de poder que más probablemente instigue un derramamiento de sangre masivo. Consideramos los esfuerzos de la Unión Europea por integrarse como una curiosidad con ramificaciones limitadas.

Nosotros olvidamos.

Esta historia parece una advertencia sobre los esfuerzos actuales de integración de Europa. Sí, Europa es el hogar de algunos de los mayores logros de la humanidad. Pero también es el hogar de algunas de las peores atrocidades de la humanidad.

“El arte de Europa, inmanente y trascendente, la filosofía y la política, todos han llevado a la humanidad a un lugar en el que nunca antes había estado”, escribe George Friedman sobre la Europa de 1913. “Para muchos, parecía como si estuvieran a las puertas del cielo. (…) Nadie esperaba que este momento fuera el prefacio del infierno. En los 31 años siguientes, Europa se desgarró. (…) Otras civilizaciones han sufrido disturbios, guerras y esclavitud. Pero lo inesperado, la intensidad, la rapidez y las consecuencias para todo el mundo fueron características. (…) La conexión entre la alta cultura europea y los campos de exterminio es sorprendente, por decir lo menos” (Flashpoints: The Emerging Crisis in Europe; Focos de tensión: la crisis emergente en Europa).

Esta paradoja no fue un hecho aislado. Los emperadores Habsburgo ayudaron a matar a un gran número de no católicos. “Ellos hicieron su matanza mientras apoyaban a artistas como Mozart, Bach y Schubert”, escribe el Sr. Flurry, “eran muy sofisticados mientras asesinaban personas” (op. cit.).

Dos mil años de historia son una poderosa advertencia sobre el futuro de Europa. Una potencia europea fuerte y unida con tecnología moderna tiene implicaciones globales. La historia enseña que la Europa moderna es en realidad una amenaza. La Biblia lo profetiza.

Pero la Biblia también añade una gran esperanza a la advertencia. El Dios que en los años 500 a. C. describió los siguientes 2.500 años de historia humana con tanta precisión tiene una mente poderosa y un poder increíble. Y Él dio Sus profecías para nuestro beneficio.

Daniel 7 también detalla la razón por la que Dios le permite a este imperio de iglesia-estado instigar repetidamente el derramamiento de sangre masivo a lo largo de la historia. De hecho, el enfoque del capítulo no está en los poderes de las terribles bestias, sino en lo que sucede después de que finalmente se hayan ido. Dice que los tronos de estas bestias son “derribados”. En su lugar, “uno como el Hijo del hombre” recibe “dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvan” (versículos 9, 13-14; versión kj, en inglés).

Ahora vivimos en el tiempo del cuerno final, el último rey de este poder de la Sacra bestia romana. El siguiente evento importante en la historia es el regreso y el gobierno de Jesucristo: el verdadero Cristo, no el que la iglesia falsa dice adorar.

Dios le permite a esta bestia aplastar al mundo por última vez. Pero todo esto tiene un propósito enormemente positivo: “Estos eventos tienen el propósito de aplastar toda esperanza que el hombre tiene en sí mismo; y tornarlo para que espere en Dios”, escribe el Sr. Flurry (ibíd.).

La historia del hombre no es una larga marcha de superación centrada en Europa o en cualquier otro lugar. Solo cuando los esfuerzos del hombre de confiar en sí mismo hayan demostrado ser un fracaso total y destructivo, el hombre escuchará y se someterá voluntariamente a Dios. Una vez que eso suceda, un mundo maravilloso y libre de este tipo de destrucción llegará.

Aquí es a donde está llevando la historia del hombre; como fue predicho y causado por el Dios Todopoderoso. 

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